La autora

La autora
Ésta soy yo.

jueves, 4 de febrero de 2016

Capítulo 03

Diario del Capitán Álvaro Villalba Rubio

1 de agosto de 1936


Escribo estas líneas en el calabozo de la comisaría de Ronda donde me tienen arrestado junto a otros ocho soldados. Nuestro intento de sublevación contra este gobierno ilegítimo ha fracasado. Al menos no se podrá decir que no hemos puesto empeño en nuestra misión; me han informado hoy de que hemos sido el único pueblo de la provincia que ha apoyado el golpe militar. Hay que estar orgullosos de ello, somos una digna excepción; se nos recordará como a héroes.
No me queda mucho tiempo. No creo que viva más de veinticuatro horas. Ya han llegado a mis oídos rumores de que los milicianos están ejecutando a gente afín a la sublevación lanzándolos al vacío del Tajo desde el puente o desde las casas situadas al borde. Es muy probable que estos malnacidos hagan lo mismo con nosotros a poco tardar, así que voy a contar lo sucedido.
El 18 de julio, una vez que fuimos informados del inicio del levantamiento militar, ordené a mi regimiento que tomaran las armas y se dispusieran a marchar sobre el ayuntamiento para hacernos con el control de la ciudad. Todos mis hombres obedecieron sin dudarlo, ninguno de ellos tuvo la más mínima vacilación a la hora de adherirse a la causa justa.
Desgraciadamente no tardé en percatarme de que nuestra rebelión tenía pocas posibilidades de éxito. Las autoridades civiles, informadas del inicio de la sublevación en las grandes capitales de provincia como Sevilla o Málaga, se habían apresurado a armar a más de un centenar de milicianos afectos al Frente Popular. Cuando llegamos a la plaza del ayuntamiento y nos disponíamos a entrar dentro del edificio surgieron numerosos hombres armados que se habían escondido en los parterres de la plaza y que sin duda nos estaban esperando. Nos rodearon y a voz en grito nos conminaron a que depusiésemos las armas. Viendo que no teníamos la más mínima opción de oponer resistencia, pues nos aventajaban en proporción de diez a uno, ordené a mis hombres que se rindieran. Se apoderaron de todas nuestras armas y a punta de fusil nos llevaron a la comisaría donde nos encerraron.
A la semana de estar encarcelado, un grupo de milicianos me sacaron de la celda y me llevaron a una sala de la comisaría donde me hicieron sentarme ante una mesa. Dos de ellos se sentaron también, me ofrecieron un cigarrillo y se dispusieron a explicarme en qué querían que les ayudase, pues no podía ser otra la razón de tanta amabilidad. Pretendían que fuese con ellos al convento de carmelitas descalzas de la Merced. Al parecer las monjas no dejaban entrar en el convento a los milicianos que habían ido allí a imponer su autoridad sobre ellas. Es probable que las religiosas hubiesen escuchado por la radio las noticias de los acontecimientos que estaban ocurriendo en el país y, como era normal, estuviesen temerosas y reticentes a dejar pasar a su convento a una horda de rojos. Los milicianos me pidieron que intercediera y que las convenciese para que abriesen las puertas ya que, según decían, no querían tener que usar la fuerza y entrar con violencia derribando las puertas con un ariete o volándolas con dinamita si era necesario.
Accedí a ayudarles siempre y cuando me jurasen por sus muertos que iban a respetar a las monjitas y todo lo que había en el interior del convento, nada de saqueos ni profanaciones. Ellos juraron y me aseguraron que simplemente querían comprobar que ningún rebelde se escondía allí y que todo estaba en orden.
Fuimos pues al convento sin más dilación. Les dije a los milicianos que me dejasen hablar con la priora, a  la cual yo conocía bien. Me dirigí a la sala del torno y toqué la campanilla para avisar a las hermanas. Informé de quién era a la que me respondió a través del torno y le dije que avisara a la priora para que le hablase. Al poco llegó y le oí susurrar:
—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida—le respondí.
—Sea usted bienvenido señor capitán. ¿Qué nuevas trae?
—Querida madre, supongo que ya sabrá lo que está ocurriendo en el país…
—Algo sé—me dijo.
—Se ha producido un levantamiento militar contra el corrupto gobierno de la República; por lo que yo sé, el golpe ha tenido éxito en varias ciudades importantes y las tropas de Marruecos no tardarán en cruzar el estrecho. Por desgracia, aquí en Ronda no ha sido así. Intenté hacerme yo con el control pero los milicianos nos apresaron. Llevo una semana en un calabozo. Me han traído aquí para que las convenza de abrir las puertas por las buenas, ya que me han dicho que si no lo hacen lo harán ellos por las malas echando las puertas abajo. Quieren comprobar que nadie se esconde dentro. Me han jurado por sus muertos que las respetarían a ustedes y a todo lo que aquí dentro hay…
—Piensa usted, querido capitán, que se puede confiar en la palabra de esos ateos, Dios los perdone…
—Quiero creer—le respondí—que no son unos desalmados y que algún respeto deben tener por sus muertos. En todo caso yo entraré con ellos y no permitiré, a no ser que me maten, que perpetren ningún ultraje. De todos modos no nos queda otra opción, pues como ya le he dicho, si no les abren, ya se encargarán ellos de entrar de modo nada pacífico.
—Sea así pues, abriremos las puertas enseguida. Dios nos proteja—sentenció la priora.
Salí de la sala y me dirigí al grupo de milicianos armados que esperaban en la plaza de la Merced. Les informé de que las monjas estaban de acuerdo en abrir el convento para que lo registrasen. No dudé en recordarles su promesa de que respetarían a las religiosas.
—¡Que sí hombre, que sí! Tranquilo que las trataremos con el respeto que merecen—me respondió el que parecía el jefe.
Fui con ellos a las puertas del convento y al poco una de las hermanas abrió. Nada más abrirse las puertas entraron en tromba  diez o doce de los milicianos que me acompañaban, sólo uno que me apuntaba por la espalda con su fusil no se dio tanta prisa. Entré yo a mi vez en el edificio aguijoneado por la punta del fusil contra mi espalda.
—Pase para dentro, mi capitán—me dijo el miliciano.
Una vez dentro se volvieron a cerrar las puertas y, tras explorar algunas estancias, nos fuimos para el refectorio donde las monjitas se habían reunido.
—¿Están todas las monjas aquí? ¿No queda nadie más por ahí?—preguntó el jefe de los milicianos.
—Estamos todas aquí señor—respondió la priora—Le juro por Jesucristo Nuestro Señor que aquí nadie se esconde.
—¡Chaves y Arenas!—gritó el jefe a dos milicianos—¡Registrad a fondo todo el convento!
—¡Sí, señor!—respondieron al unísono.
—¡Griñán!—volvió a llamar el jefe a otro miliciano—Busca la mano y tráela.
Aquí fue cuando caí yo, tonto de mí, en que lo que realmente buscaban y querían estos bastardos no era otra cosa que la reliquia de la Mano Incorrupta de Santa Teresa, la cual, a pesar de haberlo olvidado yo, se guardaba en este convento.
—¿Para qué quieren la mano de la Santa?—dije dirigiéndome al jefe de los miserables— Me juraron que iban a respetar todo lo que había aquí en este sagrado lugar.
—¡Pascual!—dijo el jefe a uno de sus hombres—Esposa a nuestro querido capitán; átale a esa silla y amordázale la boca de cerdo que tiene para que no suelte más gilipolleces por esos morros suyos.
Por mucho que protesté y les maldije no pude evitar que me ataran como a un gorrino para la matanza. Quedé así como simple testigo mudo de los acontecimientos. Sólo pude pues observar rabiando lo que acaeció a continuación…
Enseguida llegaron los milicianos Chaves y Arenas diciendo que no habían encontrado a ningún otro ser viviente en todo el convento.
—Está todo desierto camarada Anguita—informó el tal Arenas al jefe—No hay ni un alma en toda la guarida ésta de crédulas monjiles; ni siquiera un pobre cura acojonado vestido de novicia y con el rabo entre las piernas peludas…
No tardó en llegar el otro mandado, el llamado Griñán, que había ido en busca de la Mano Santa.
—¡Camarada Anguita!—dijo— No encuentro la incorrupta mano de la santa falsaria…No la veo por ningún lado…Para mí que la han escondido en algún recoveco del convento o se la han guardado ellas vete tú a saber dónde…
—A ver, hermanitas de la caridad—declaró el jefe al que llamaban Anguita—¿Dónde está la mano? No me apetece jugar al escondite a estas horas, no me hagáis buscar la mano en saco roto…¡Venga! ¡Soltad la reliquia de mierda si no queréis que traiga a los perros rabiosos para que os la saquen a bocados y os despellejen los pezones!
Las carmelitas no se acobardaron ante estas amenazas y se fusionaron en  un solo cuerpo a modo de legión romana para resistir la embestida impía, hermanándose como buenas cristianas ante el mal que les acechaba.
Viendo los milicianos que las descalzas no daban su pie a torcer y que no soltaban palabra alguna así como si les hubieran cortado de cuajo la lengua a todas, pasaron éstos a poner en práctica métodos más expeditivos.
—Muy bien, muy bien—afirmó el tal Anguita—O sea que no decís esta mano es mía…Pues habrá que manosearos a fondo para ver si ocultáis lo que buscamos… ¡Camaradas! ¡Todos a magrear a las monjas a discreción a ver qué encontráis y qué palpáis entre sus carnes!
Se produjeron a continuación bochornosas escenas que me resisto a reproducir en su totalidad…Sólo diré que tuve escuchar obscenidades de este pelaje:
—Hermanitas—proclamaba uno de los rojos—Tengo aquí entre las piernas un badajo bien largo y gordo con el que os voy a palpar a fondo hasta que entréis en éxtasis místico…
—Monjas glotonas zampabollos—decía otro—Dadme a probar uno de esos dulces que guardáis en lo más secreto de vuestra intimidad, esos confites con agujero que tenéis vírgenes ahí debajo de vuestros hábitos decrépitos con telarañas perpetuas…
Este tipo de zafiedades pecaminosas soltaban por esas bocas mientras cacheaban y sobaban a manos llenas a las pobres religiosas…Y yo sin poder alzar la voz ni la mano para evitar estas vejaciones inmundas.
—¡Aquí está camaradas!—gritó uno de los cernícalos—¡La tiene la gorda ésta debajo de su hábito!—y señalaba a la priora de la congregación—La acabo de sobar por dentro y he sentido un frío metálico ahí en lo bajo de su barriga, algo duro y erecto que tiene entre las enaguas…
La rodearon ipso facto varios canallas herejes y violentándola y a base de empellones le obligaron a expulsar la reliquia como si la pariese, saliendo ésta disparada a modo de bala de cañón; la expelió muy a su pesar y a disgusto, tal y como pude certificar, y con no menos dolor que si hubiera dado a luz a un auténtico retoño de carne y hueso.
Uno de los milicianos se apresuró a recoger la mano y se la entregó al jefe que la examinó un momento y luego se la guardó en una mochililla que llevaba colgada al hombro.
—Bien, ya tenemos lo que queríamos ¡Vámonos de este antro!—dijo Anguita—Hermanitas, nos llevamos prestada su manita. No se preocupen que la trataremos bien, la mimaremos mucho…Igual se la dejamos un rato al ateo Torralba, que es muy aficionado a hacerse pajas, y me comentó que le gustaría aliviarse con la ayuda de la mano de la Santa ya que una novia que tuvo y que le puso los cuernos se llamaba Teresa.
Los malditos renegados prorrumpieron en sonoras carcajadas al tiempo que las pobres monjas lloraban y se lamentaban sin consuelo.
—Quedaos aquí tranquilitas en vuestra clausura y que no se os ocurra salir, bien recluidas como a vosotras os gusta —prosiguió el canalla—¡Y no lloriqueéis, coño! Sólo nos llevamos un trozo de carne muerta.
—¿Y qué hacemos con el gran capitán?—preguntó uno señalando en mi dirección.
—Desatadle sólo de las piernas y que vaya andando con la silla pegada al culo—ordenó el malnacido de Anguita.
Y de este modo, amordazado y con la silla a cuestas, me tocó recorrer el trecho de vuelta a la comisaría. Además, cada dos por tres, me empujaban para que rodase por el suelo y pudieran echarse unas risas a mi costa.
Cuando al fin llegamos se dignaron a desatarme del todo y  quitarme la mordaza de la boca. Empecé a maldecirlos y a soltar todos los insultos que se me vinieron a la cabeza, que no fueron pocos. Ellos respondieron propinándome varias patadas en la boca del estómago que me dejaron medio muerto. Me arrastraron hacia el interior de la celda donde me arrojaron como a un guiñapo.

Y aquí sigo desde entonces, con no pocos moratones aún de la paliza que me dieron. Si los rumores son ciertos y mañana me despeñan desde el puente, espero que estos hijos de puta reciban su merecido cuando los nuestros tomen la ciudad. Creo que uno de los malditos carceleros se ha dado cuenta de que estoy escribiendo…

No hay comentarios:

Publicar un comentario