Diario del
Capitán Álvaro Villalba Rubio
1
de agosto de 1936
Escribo
estas líneas en el calabozo de la comisaría de Ronda donde me tienen arrestado
junto a otros ocho soldados. Nuestro intento de sublevación contra este
gobierno ilegítimo ha fracasado. Al menos no se podrá decir que no hemos puesto
empeño en nuestra misión; me han informado hoy de que hemos sido el único
pueblo de la provincia que ha apoyado el golpe militar. Hay que estar
orgullosos de ello, somos una digna excepción; se nos recordará como a héroes.
No
me queda mucho tiempo. No creo que viva más de veinticuatro horas. Ya han
llegado a mis oídos rumores de que los milicianos están ejecutando a gente afín
a la sublevación lanzándolos al vacío del Tajo desde el puente o desde las
casas situadas al borde. Es muy probable que estos malnacidos hagan lo mismo
con nosotros a poco tardar, así que voy a contar lo sucedido.
El
18 de julio, una vez que fuimos informados del inicio del levantamiento
militar, ordené a mi regimiento que tomaran las armas y se dispusieran a
marchar sobre el ayuntamiento para hacernos con el control de la ciudad. Todos
mis hombres obedecieron sin dudarlo, ninguno de ellos tuvo la más mínima
vacilación a la hora de adherirse a la causa justa.
Desgraciadamente
no tardé en percatarme de que nuestra rebelión tenía pocas posibilidades de
éxito. Las autoridades civiles, informadas del inicio de la sublevación en las
grandes capitales de provincia como Sevilla o Málaga, se habían apresurado a
armar a más de un centenar de milicianos afectos al Frente Popular. Cuando
llegamos a la plaza del ayuntamiento y nos disponíamos a entrar dentro del
edificio surgieron numerosos hombres armados que se habían escondido en los
parterres de la plaza y que sin duda nos estaban esperando. Nos rodearon y a
voz en grito nos conminaron a que depusiésemos las armas. Viendo que no
teníamos la más mínima opción de oponer resistencia, pues nos aventajaban en
proporción de diez a uno, ordené a mis hombres que se rindieran. Se apoderaron
de todas nuestras armas y a punta de fusil nos llevaron a la comisaría donde
nos encerraron.
A la semana de estar encarcelado, un grupo de milicianos me sacaron de la celda y
me llevaron a una sala de la comisaría donde me hicieron sentarme ante una
mesa. Dos de ellos se sentaron también, me ofrecieron un cigarrillo y se
dispusieron a explicarme en qué querían que les ayudase, pues no podía ser otra
la razón de tanta amabilidad. Pretendían que fuese con ellos al convento de
carmelitas descalzas de la Merced. Al parecer las monjas no dejaban entrar en
el convento a los milicianos que habían ido allí a imponer su autoridad sobre
ellas. Es probable que las religiosas hubiesen escuchado por la radio las
noticias de los acontecimientos que estaban ocurriendo en el país y, como era
normal, estuviesen temerosas y reticentes a dejar pasar a su convento a una
horda de rojos. Los milicianos me pidieron que intercediera y que las
convenciese para que abriesen las puertas ya que, según decían, no querían
tener que usar la fuerza y entrar con violencia derribando las puertas con un
ariete o volándolas con dinamita si era necesario.
Accedí
a ayudarles siempre y cuando me jurasen por sus muertos que iban a respetar a
las monjitas y todo lo que había en el interior del convento, nada de saqueos
ni profanaciones. Ellos juraron y me aseguraron que simplemente querían
comprobar que ningún rebelde se escondía allí y que todo estaba en orden.
Fuimos
pues al convento sin más dilación. Les dije a los milicianos que me dejasen
hablar con la priora, a la cual yo
conocía bien. Me dirigí a la sala del torno y toqué la campanilla para avisar a
las hermanas. Informé de quién era a la que me respondió a través del torno y
le dije que avisara a la priora para que le hablase. Al poco llegó y le oí
susurrar:
—Ave
María Purísima.
—Sin
pecado concebida—le respondí.
—Sea
usted bienvenido señor capitán. ¿Qué nuevas trae?
—Querida
madre, supongo que ya sabrá lo que está ocurriendo en el país…
—Algo
sé—me dijo.
—Se
ha producido un levantamiento militar contra el corrupto gobierno de la
República; por lo que yo sé, el golpe ha tenido éxito en varias ciudades
importantes y las tropas de Marruecos no tardarán en cruzar el estrecho. Por
desgracia, aquí en Ronda no ha sido así. Intenté hacerme yo con el control pero
los milicianos nos apresaron. Llevo una semana en un calabozo. Me han traído
aquí para que las convenza de abrir las puertas por las buenas, ya que me han
dicho que si no lo hacen lo harán ellos por las malas echando las puertas
abajo. Quieren comprobar que nadie se esconde dentro. Me han jurado por sus
muertos que las respetarían a ustedes y a todo lo que aquí dentro hay…
—Piensa
usted, querido capitán, que se puede confiar en la palabra de esos ateos, Dios
los perdone…
—Quiero
creer—le respondí—que no son unos desalmados y que algún respeto deben tener
por sus muertos. En todo caso yo entraré con ellos y no permitiré, a no ser que
me maten, que perpetren ningún ultraje. De todos modos no nos queda otra
opción, pues como ya le he dicho, si no les abren, ya se encargarán ellos de
entrar de modo nada pacífico.
—Sea
así pues, abriremos las puertas enseguida. Dios nos proteja—sentenció la
priora.
Salí
de la sala y me dirigí al grupo de milicianos armados que esperaban en la plaza
de la Merced. Les informé de que las monjas estaban de acuerdo en abrir el
convento para que lo registrasen. No dudé en recordarles su promesa de que
respetarían a las religiosas.
—¡Que
sí hombre, que sí! Tranquilo que las trataremos con el respeto que merecen—me
respondió el que parecía el jefe.
Fui
con ellos a las puertas del convento y al poco una de las hermanas abrió. Nada
más abrirse las puertas entraron en tromba
diez o doce de los milicianos que me acompañaban, sólo uno que me
apuntaba por la espalda con su fusil no se dio tanta prisa. Entré yo a mi vez
en el edificio aguijoneado por la punta del fusil contra mi espalda.
—Pase
para dentro, mi capitán—me dijo el miliciano.
Una
vez dentro se volvieron a cerrar las puertas y, tras explorar algunas
estancias, nos fuimos para el refectorio donde las monjitas se habían reunido.
—¿Están
todas las monjas aquí? ¿No queda nadie más por ahí?—preguntó el jefe de los
milicianos.
—Estamos
todas aquí señor—respondió la priora—Le juro por Jesucristo Nuestro Señor que
aquí nadie se esconde.
—¡Chaves
y Arenas!—gritó el jefe a dos milicianos—¡Registrad a fondo todo el convento!
—¡Sí,
señor!—respondieron al unísono.
—¡Griñán!—volvió
a llamar el jefe a otro miliciano—Busca la mano y tráela.
Aquí
fue cuando caí yo, tonto de mí, en que lo que realmente buscaban y querían
estos bastardos no era otra cosa que la reliquia de la Mano Incorrupta de Santa
Teresa, la cual, a pesar de haberlo olvidado yo, se guardaba en este convento.
—¿Para
qué quieren la mano de la Santa?—dije dirigiéndome al jefe de los miserables— Me
juraron que iban a respetar todo lo que había aquí en este sagrado lugar.
—¡Pascual!—dijo
el jefe a uno de sus hombres—Esposa a nuestro querido capitán; átale a esa
silla y amordázale la boca de cerdo que tiene para que no suelte más
gilipolleces por esos morros suyos.
Por
mucho que protesté y les maldije no pude evitar que me ataran como a un gorrino
para la matanza. Quedé así como simple testigo mudo de los acontecimientos.
Sólo pude pues observar rabiando lo que acaeció a continuación…
Enseguida
llegaron los milicianos Chaves y Arenas diciendo que no habían encontrado a
ningún otro ser viviente en todo el convento.
—Está
todo desierto camarada Anguita—informó el tal Arenas al jefe—No hay ni un alma
en toda la guarida ésta de crédulas monjiles; ni siquiera un pobre cura
acojonado vestido de novicia y con el rabo entre las piernas peludas…
No
tardó en llegar el otro mandado, el llamado Griñán, que había ido en busca de
la Mano Santa.
—¡Camarada
Anguita!—dijo— No encuentro la incorrupta mano de la santa falsaria…No la veo
por ningún lado…Para mí que la han escondido en algún recoveco del convento o
se la han guardado ellas vete tú a saber dónde…
—A
ver, hermanitas de la caridad—declaró el jefe al que llamaban Anguita—¿Dónde
está la mano? No me apetece jugar al escondite a estas horas, no me hagáis
buscar la mano en saco roto…¡Venga! ¡Soltad la reliquia de mierda si no queréis
que traiga a los perros rabiosos para que os la saquen a bocados y os
despellejen los pezones!
Las
carmelitas no se acobardaron ante estas amenazas y se fusionaron en un solo cuerpo a modo de legión romana para
resistir la embestida impía, hermanándose como buenas cristianas ante el mal
que les acechaba.
Viendo
los milicianos que las descalzas no daban su pie a torcer y que no soltaban palabra
alguna así como si les hubieran cortado de cuajo la lengua a todas, pasaron
éstos a poner en práctica métodos más expeditivos.
—Muy
bien, muy bien—afirmó el tal Anguita—O sea que no decís esta mano es mía…Pues
habrá que manosearos a fondo para ver si ocultáis lo que buscamos… ¡Camaradas!
¡Todos a magrear a las monjas a discreción a ver qué encontráis y qué palpáis
entre sus carnes!
Se
produjeron a continuación bochornosas escenas que me resisto a reproducir en su
totalidad…Sólo diré que tuve escuchar obscenidades de este pelaje:
—Hermanitas—proclamaba
uno de los rojos—Tengo aquí entre las piernas un badajo bien largo y gordo con
el que os voy a palpar a fondo hasta que entréis en éxtasis místico…
—Monjas
glotonas zampabollos—decía otro—Dadme a probar uno de esos dulces que guardáis
en lo más secreto de vuestra intimidad, esos confites con agujero que tenéis
vírgenes ahí debajo de vuestros hábitos decrépitos con telarañas perpetuas…
Este
tipo de zafiedades pecaminosas soltaban por esas bocas mientras cacheaban y
sobaban a manos llenas a las pobres religiosas…Y yo sin poder alzar la voz ni
la mano para evitar estas vejaciones inmundas.
—¡Aquí
está camaradas!—gritó uno de los cernícalos—¡La tiene la gorda ésta debajo de
su hábito!—y señalaba a la priora de la congregación—La acabo de sobar por
dentro y he sentido un frío metálico ahí en lo bajo de su barriga, algo duro y
erecto que tiene entre las enaguas…
La
rodearon ipso facto varios canallas herejes y violentándola y a base de
empellones le obligaron a expulsar la reliquia como si la pariese, saliendo
ésta disparada a modo de bala de cañón; la expelió muy a su pesar y a disgusto,
tal y como pude certificar, y con no menos dolor que si hubiera dado a luz a un
auténtico retoño de carne y hueso.
Uno
de los milicianos se apresuró a recoger la mano y se la entregó al jefe que la
examinó un momento y luego se la guardó en una mochililla que llevaba colgada
al hombro.
—Bien,
ya tenemos lo que queríamos ¡Vámonos de este antro!—dijo Anguita—Hermanitas,
nos llevamos prestada su manita. No se preocupen que la trataremos bien, la
mimaremos mucho…Igual se la dejamos un rato al ateo Torralba, que es muy
aficionado a hacerse pajas, y me comentó que le gustaría aliviarse con la ayuda
de la mano de la Santa ya que una novia que tuvo y que le puso los cuernos se
llamaba Teresa.
Los
malditos renegados prorrumpieron en sonoras carcajadas al tiempo que las pobres
monjas lloraban y se lamentaban sin consuelo.
—Quedaos
aquí tranquilitas en vuestra clausura y que no se os ocurra salir, bien
recluidas como a vosotras os gusta —prosiguió el canalla—¡Y no lloriqueéis,
coño! Sólo nos llevamos un trozo de carne muerta.
—¿Y
qué hacemos con el gran capitán?—preguntó uno señalando en mi dirección.
—Desatadle
sólo de las piernas y que vaya andando con la silla pegada al culo—ordenó el
malnacido de Anguita.
Y
de este modo, amordazado y con la silla a cuestas, me tocó recorrer el trecho
de vuelta a la comisaría. Además, cada dos por tres, me empujaban para que
rodase por el suelo y pudieran echarse unas risas a mi costa.
Cuando
al fin llegamos se dignaron a desatarme del todo y quitarme la mordaza de la boca. Empecé a
maldecirlos y a soltar todos los insultos que se me vinieron a la cabeza, que
no fueron pocos. Ellos respondieron propinándome varias patadas en la boca del
estómago que me dejaron medio muerto. Me arrastraron hacia el interior de la
celda donde me arrojaron como a un guiñapo.
Y
aquí sigo desde entonces, con no pocos moratones aún de la paliza que me
dieron. Si los rumores son ciertos y mañana me despeñan desde el puente, espero
que estos hijos de puta reciban su merecido cuando los nuestros tomen la
ciudad. Creo que uno de los malditos carceleros se ha dado cuenta de que estoy
escribiendo…
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