La autora

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Ésta soy yo.

sábado, 13 de febrero de 2016

Capítulo 04

Diario del Coronel José Villalba Rubio

9 de febrero de 1937


Acabo de llegar a Almería después del desastre. Yo ya supe que esto era inevitable desde el primer día que puse mis pies en Málaga; la ciudad estaba condenada de antemano. Ahora seguro que buscarán una cabeza de turco que cargue con las culpas de la derrota, y la cabeza mejor situada no cabe duda de que es la mía.
En mala hora el ministro me nombró Jefe del Ejército del Sur y en peor hora me enrolé yo en este bando republicano cuando todos mis hermanos y no pocos amigos combaten a buen seguro en el lado contrario. Pero no tuve otra opción. Y eso que tengo que reconocer que estaba entusiasmado por la sublevación... Me reuní con el general Cabanellas en Barbastro para planear el golpe e implantar la causa nacional en la zona. Pero el 18 de julio, al producirse la sublevación, no pude evitar vacilar por varios motivos. Pude percatarme de que la mayoría de los suboficiales y soldados a mi mando no veían con buenos ojos la sublevación. Además esa misma tarde se presentó una columna de anarquistas  barceloneses que asesinaron a más de un centenar de sacerdotes a los que yo había prometido protección y luego cercaron el cuartel. Estuve todo el día pegado al teléfono intentando  contactar con Zaragoza y Huesca pero no hubo manera. Después me enteré de la insurrección había fracasado en Madrid y Barcelona…De modo que decidí no sublevarme; todo se puso en mi contra. ¡No iba a levantarme en armas yo solo para que me fusilaran!
Una vez puesto al servicio de la República se me encargó el asedio de Huesca que, a pesar de las dos embestidas acometidas, no pudimos conquistar. Luego pasé a dirigir la segunda división del Ejército de Cataluña; más tarde me enviaron a Córdoba y finalmente al sector malagueño que estaba sufriendo ataques de los nacionales en sus costas. Cuando llegué a Málaga el pasado 23 de enero la situación era ya crítica. A pesar de contar con unos 12.000 milicianos, tan solo había 8.000 fusiles y poca munición. De artillería tampoco andábamos muy sobrados: 33 ametralladoras, 16 cañones y 22 morteros. Para colmo la CNT malagueña, que era mayoritaria en la zona, no reconocía ninguna autoridad, y así difícilmente se podía organizar una defensa estructurada con rigor militar.
Al poco de instalarme en mi puesto de mando me pasaron un inventario de las confiscaciones que se habían realizado en la provincia y que se guardaban en un almacén del cuartel. Entre ellas me llamó poderosamente la atención la reliquia de la mano de Santa Teresa que, según ponía en el informe, había sido traída de Ronda. Mandé a uno de mis hombres a que me la trajera para poder inspeccionarla. Al cuarto de hora ya tenía sobre la mesa de mi despacho el estuche que contenía la reliquia que, por cierto, era un estuche de una máquina de cortar el pelo. Cogí entre mis manos la mano incorrupta de la Santa; estaba guardada en un guantelete de plata adornado con valiosas joyas. En la palma y en el dorso del guante, así como en los dedos, había unas ventanitas de cristal por las que se podía contemplar la reliquia. En la peana del guante relicario había también otra ventanita dentro de la cual había un papelillo visiblemente antiguo en el que se podía leer: “teresa de jesús” escrito a mano. Mientras la observaba sentí una dulce paz interior, como si la mano me transmitiera toda la bondad y santidad de la Madre Teresa. Decidí quedarme con ella para ver si su divina protección me deparaba mejor suerte, pues sabe Dios que falta me hacía pero, seguramente debido a que servía a un bando en el que se cometían no pocos desmanes contra la religión cristiana, no caí en gracia a la reliquia, ya que las cosas no pudieron ir peor.
Ya el 17 de enero, antes de mi llegada, había comenzado la ofensiva nacionalista al mando de Queipo de Llano. En tres días avanzaron por la zona occidental de la provincia hasta Marbella sin apenas encontrar resistencia. Al mismo tiempo las tropas de Granada al mando de Muñoz conquistaron Alhama y los pueblos circundantes al norte. En esos días no pararon de llegar a la capital refugiados huyendo de las plazas perdidas a favor de los nacionales que se amontonaban para dormir en las losas de la catedral. Para colmo, supimos que nueve batallones de camisas negras italianos se habían reunido en el norte para acometer otra ofensiva.
Y mientras todo esto pasaba la ciudad resultaba ingobernable, como ya dije. Por si no fuera poco con que la CNT no atendiera a orden alguna, en el cuartel había un coronel ruso que se hacía llamar Kremen que pretendía darme órdenes a mí; comunicarse con él a través del intérprete era todo un calvario. Yo no sé si le traducía bien lo que yo ordenaba y si él se pensaba que era un zar comunista, por los aires que se daba. Por otro lado, del exterior tampoco se podía esperar ninguna ayuda; el gobierno de Valencia parecía habernos abandonado a nuestra suerte pues, al parecer, consideraban Málaga como un sector independiente, como una isla rodeada por los enemigos que no atendía a razón ni orden alguna. Sabiendo todo esto, era normal que la moral estuviera por los suelos y la disciplina brillara por su ausencia.
El 3 de febrero tres batallones dirigidos por el duque de Sevilla avanzaron desde el sector de Ronda. El día 5 los italianos comenzaron su ofensiva. Los días siguientes el avance de los nacionales continuó a pesar de la resistencia con que se encontraron.
Consciente de que la derrota total no llevaría más de una semana, ordené que estuvieran preparados para la evacuación general. Yo así lo hice preparando mis maletas, en una de las cuales guardé el estuche que contenía la reliquia de la mano de Santa Teresa; le había tomado cariño a la mano y todas las noches antes de dormir la sacaba para contemplarla y colocármela sobre mi pecho cuando me tumbaba en mi cama. Me producía un cosquilleo por todo el cuerpo que me relajaba de las tensiones del día, era como un masaje terapéutico. Tenía intención de quedármela y protegerla con mi vida si fuese necesario.
El día 7 por la tarde estaba organizando la retirada, cargando la artillería y todo lo que fuera útil y se pudiera evacuar. En ese momento uno de mis oficiales me informó de que los italianos estaban llegando a los suburbios de Málaga. Habían avanzado mucho más rápido de lo que esperaba. No había tiempo que perder, en menos de una hora estarían en el centro. Ordené retirada general y me monté en uno de los automóviles que partían en dirección a la carretera de Almería. No había tiempo de volver al cuartel a por mis maletas, aquello sería un caos y nos jugábamos la vida si nos demorábamos en exceso…Sentí una enorme pena de tener que abandonar a su suerte a mi venerada reliquia pero a ver qué hacía, ¡era la mano o la vida!
Enfilamos la carretera de Almería y tuvimos la suerte de llegar a esta ciudad sin mayores percances, a pesar de que una inundación en Motril nos hizo complicado el paso en ese punto. No están teniendo tanta suerte, como he sabido hoy, los miles de personas, la mayoría civiles, que están en estos momentos recorriendo esa carretera. Según nos informan, los aviones y buques nacionales están bombardeando sin compasión a la multitud de huidos que están intentando llegar hasta aquí desesperadamente. Me temo que mientras escribo esto se está produciendo una de las mayores masacres de lo que llevamos de esta fratricida guerra…

Y la mano de Santa Teresa allí, en mi maleta, abandonada, siendo testigo muda de la devastación de una ciudad, de la ruina de un país y de la ejecución de tanto ser humano inocente…

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