Diario del
Coronel José Villalba Rubio
9
de febrero de 1937
Acabo
de llegar a Almería después del desastre. Yo ya supe que esto era inevitable
desde el primer día que puse mis pies en Málaga; la ciudad estaba condenada de
antemano. Ahora seguro que buscarán una cabeza de turco que cargue con las
culpas de la derrota, y la cabeza mejor situada no cabe duda de que es la mía.
En
mala hora el ministro me nombró Jefe del Ejército del Sur y en peor hora me
enrolé yo en este bando republicano cuando todos mis hermanos y no pocos amigos
combaten a buen seguro en el lado contrario. Pero no tuve otra opción. Y eso
que tengo que reconocer que estaba entusiasmado por la sublevación... Me reuní
con el general Cabanellas en Barbastro para planear el golpe e implantar la
causa nacional en la zona. Pero el 18 de julio, al producirse la sublevación,
no pude evitar vacilar por varios motivos. Pude percatarme de que la mayoría de
los suboficiales y soldados a mi mando no veían con buenos ojos la sublevación.
Además esa misma tarde se presentó una columna de anarquistas barceloneses que asesinaron a más de un
centenar de sacerdotes a los que yo había prometido protección y luego cercaron
el cuartel. Estuve todo el día pegado al teléfono intentando contactar con Zaragoza y Huesca pero no hubo
manera. Después me enteré de la insurrección había fracasado en Madrid y
Barcelona…De modo que decidí no sublevarme; todo se puso en mi contra. ¡No iba
a levantarme en armas yo solo para que me fusilaran!
Una
vez puesto al servicio de la República se me encargó el asedio de Huesca que, a
pesar de las dos embestidas acometidas, no pudimos conquistar. Luego pasé a
dirigir la segunda división del Ejército de Cataluña; más tarde me enviaron a
Córdoba y finalmente al sector malagueño que estaba sufriendo ataques de los
nacionales en sus costas. Cuando llegué a Málaga el pasado 23 de enero la
situación era ya crítica. A pesar de contar con unos 12.000 milicianos, tan
solo había 8.000 fusiles y poca munición. De artillería tampoco andábamos muy
sobrados: 33 ametralladoras, 16 cañones y 22 morteros. Para colmo la CNT
malagueña, que era mayoritaria en la zona, no reconocía ninguna autoridad, y
así difícilmente se podía organizar una defensa estructurada con rigor militar.
Al
poco de instalarme en mi puesto de mando me pasaron un inventario de las
confiscaciones que se habían realizado en la provincia y que se guardaban en un
almacén del cuartel. Entre ellas me llamó poderosamente la atención la reliquia
de la mano de Santa Teresa que, según ponía en el informe, había sido traída de
Ronda. Mandé a uno de mis hombres a que me la trajera para poder
inspeccionarla. Al cuarto de hora ya tenía sobre la mesa de mi despacho el
estuche que contenía la reliquia que, por cierto, era un estuche de una máquina
de cortar el pelo. Cogí entre mis manos la mano incorrupta de la Santa; estaba
guardada en un guantelete de plata adornado con valiosas joyas. En la palma y
en el dorso del guante, así como en los dedos, había unas ventanitas de cristal
por las que se podía contemplar la reliquia. En la peana del guante relicario
había también otra ventanita dentro de la cual había un papelillo visiblemente
antiguo en el que se podía leer: “teresa de jesús” escrito a mano. Mientras la
observaba sentí una dulce paz interior, como si la mano me transmitiera toda la
bondad y santidad de la Madre Teresa. Decidí quedarme con ella para ver si su
divina protección me deparaba mejor suerte, pues sabe Dios que falta me hacía
pero, seguramente debido a que servía a un bando en el que se cometían no pocos
desmanes contra la religión cristiana, no caí en gracia a la reliquia, ya que
las cosas no pudieron ir peor.
Ya
el 17 de enero, antes de mi llegada, había comenzado la ofensiva nacionalista
al mando de Queipo de Llano. En tres días avanzaron por la zona occidental de
la provincia hasta Marbella sin apenas encontrar resistencia. Al mismo tiempo
las tropas de Granada al mando de Muñoz conquistaron Alhama y los pueblos
circundantes al norte. En esos días no pararon de llegar a la capital
refugiados huyendo de las plazas perdidas a favor de los nacionales que se
amontonaban para dormir en las losas de la catedral. Para colmo, supimos que
nueve batallones de camisas negras italianos se habían reunido en el norte para
acometer otra ofensiva.
Y
mientras todo esto pasaba la ciudad resultaba ingobernable, como ya dije. Por
si no fuera poco con que la CNT no atendiera a orden alguna, en el cuartel
había un coronel ruso que se hacía llamar Kremen que pretendía darme órdenes a
mí; comunicarse con él a través del intérprete era todo un calvario. Yo no sé
si le traducía bien lo que yo ordenaba y si él se pensaba que era un zar
comunista, por los aires que se daba. Por otro lado, del exterior tampoco se
podía esperar ninguna ayuda; el gobierno de Valencia parecía habernos
abandonado a nuestra suerte pues, al parecer, consideraban Málaga como un
sector independiente, como una isla rodeada por los enemigos que no atendía a
razón ni orden alguna. Sabiendo todo esto, era normal que la moral estuviera
por los suelos y la disciplina brillara por su ausencia.
El
3 de febrero tres batallones dirigidos por el duque de Sevilla avanzaron desde
el sector de Ronda. El día 5 los italianos comenzaron su ofensiva. Los días
siguientes el avance de los nacionales continuó a pesar de la resistencia con
que se encontraron.
Consciente
de que la derrota total no llevaría más de una semana, ordené que estuvieran
preparados para la evacuación general. Yo así lo hice preparando mis maletas,
en una de las cuales guardé el estuche que contenía la reliquia de la mano de
Santa Teresa; le había tomado cariño a la mano y todas las noches antes de
dormir la sacaba para contemplarla y colocármela sobre mi pecho cuando me
tumbaba en mi cama. Me producía un cosquilleo por todo el cuerpo que me
relajaba de las tensiones del día, era como un masaje terapéutico. Tenía
intención de quedármela y protegerla con mi vida si fuese necesario.
El
día 7 por la tarde estaba organizando la retirada, cargando la artillería y
todo lo que fuera útil y se pudiera evacuar. En ese momento uno de mis
oficiales me informó de que los italianos estaban llegando a los suburbios de
Málaga. Habían avanzado mucho más rápido de lo que esperaba. No había tiempo
que perder, en menos de una hora estarían en el centro. Ordené retirada general
y me monté en uno de los automóviles que partían en dirección a la carretera de
Almería. No había tiempo de volver al cuartel a por mis maletas, aquello sería
un caos y nos jugábamos la vida si nos demorábamos en exceso…Sentí una enorme
pena de tener que abandonar a su suerte a mi venerada reliquia pero a ver qué
hacía, ¡era la mano o la vida!
Enfilamos
la carretera de Almería y tuvimos la suerte de llegar a esta ciudad sin mayores
percances, a pesar de que una inundación en Motril nos hizo complicado el paso
en ese punto. No están teniendo tanta suerte, como he sabido hoy, los miles de
personas, la mayoría civiles, que están en estos momentos recorriendo esa
carretera. Según nos informan, los aviones y buques nacionales están
bombardeando sin compasión a la multitud de huidos que están intentando llegar
hasta aquí desesperadamente. Me temo que mientras escribo esto se está
produciendo una de las mayores masacres de lo que llevamos de esta fratricida
guerra…
Y
la mano de Santa Teresa allí, en mi maleta, abandonada, siendo testigo muda de
la devastación de una ciudad, de la ruina de un país y de la ejecución de tanto
ser humano inocente…
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