La autora

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Ésta soy yo.

jueves, 25 de febrero de 2016

Capítulo 05

Diario del Caudillo

1 de marzo de 1937


Son las once de la noche y hoy puedo decir que estoy muy contento. Ya era hora de que tocara alguna alegría después de unos días en los que las malas noticias no paraban de llegar.
¡Por fin la tengo aquí a mi lado! La mano incorrupta de Santa Teresa está en mi poder. Desde que supe que la habían encontrado en Málaga una vez conquistada la ciudad, ordené que me la enviasen aquí a Salamanca. Por lo visto la hallaron en una de las maletas del jefe del los rojos del Sur, el coronel José Villalba, que salió huyendo de la ciudad a toda prisa. Yo conozco a este José Villalba; coincidimos en Marruecos y en el desembarco de Alhucemas combatí en primera línea junto a él, yo al mando de mis legionarios y él al de las Harcas de Regulares.  También conozco y respeto a su padre, que era director de la Academia de Infantería cuando yo era cadete  y que estaba al mando del fuerte de Tifasor en Melilla cuando llegué por primera vez a África a mis diecinueve años; me dio buenos consejos que me ayudaron a adaptarme al gran Ejército colonial. Lo primero que me dijo fue que recubriera la vaina de mi espada con cuero mate para que no brillara y ofreciese un blanco fácil a los francotiradores moros. Tengo un buen recuerdo de él. Sus otros hijos también son militares y todos están en nuestro bando cumpliendo con su obligación como buenos patriotas; uno de ellos es uno de los héroes del Alcázar de Toledo. Por eso me extraña que el Coronel José Villalba esté sirviendo a los rojos; Cabanellas me dijo que habló con él antes del golpe y que estaba de acuerdo en levantarse en armas en la zona de Barbastro. Pero en fin, toda familia tiene que tener su oveja negra, bien lo sé yo…Que a mi hermano Ramón hay que darle de comer aparte; aunque ahora parece que le estoy haciendo entrar en vereda, ha vuelto al buen camino; esperemos que no haga ninguna de las suyas en Mallorca y estrelle algún avión, pues le he nombrado Jefe de las Fuerzas Aéreas de las islas con el consiguiente enfado de Kindelán, que me escribió una carta y todo quejándose de que no le consultase. No me digné ni a responderle; como si no supiese yo lo que hay que hacer. Yo no pido permiso a nadie. Ya me la pagarás Alfredo, ésta me la guardo.
Pero bueno, volvamos a la Mano. Siempre he admirado a esa Santa que fue Teresa de Jesús, su bondad y su tesón infinitos no pueden sino hacer que me acuerde de mi madre que, a su modo, era también una Santa. Por eso no puedo expresar mi júbilo al tener aquí una parte de esa divina española, digna representante de la raza hispánica. Cuando me la trajeron esta tarde después de la recepción a los italianos, quedé embelesado. ¡Qué belleza! ¡Qué prodigio! Atesorada en su relicario en forma de guante, se puede observar a través de sus ventanillas de cristal que la Santa Mano se mantiene totalmente incorrupta, como si se la acabasen de cercenar a la Santa de su cuerpo aún caliente.
Al enseñársela a Carmen ella también quedó igualmente extasiada ante el halo de santidad que desprendía la reliquia.
—¡Ves, Paco!—me dijo—¡Te lo dije! La Divina Providencia está contigo; ¿quién sino iba a enviarte la Mano Santa para que te ayude a dirigir esta guerra como si de una Santa Cruzada se tratase?
No le falta razón. Esta señal Divina no puede ser gratuita. Y para prueba de su milagrosa intercesión he aquí una: llevaba Nenuca un par de días resfriadilla, con tos y congestión nasal; le restregó su madre la Santa Mano por el pecho, la garganta, las narices…¡Y una hora después estaba como si nada! La tos y los mocos habían desaparecido completamente y estaba la niña de nuevo tan sana como una lechuga; quiso agradecer a la Mano su curación y la llenó de besos. Incluso nos pidió a su madre y a mí, la muy picaruela, ¡si podíamos dejarle la Mano para que jugara con ella y sus muñecas! Le dijimos que la Manita de la Santa no era un juguete, pero que podía rezar con ella siempre que quisiese.
Tengo la más firme convicción de que esta manifestación de la Divina Providencia traerá renovados aires a nuestra causa. Necesitamos su favor sobre todo en la ofensiva hacia Madrid. La batalla del Jarama ha sido encarnizada; nuestro avance ha quedado estancado y hemos perdido nada más y nada menos que unos siete mil hombres, si bien los rojos han perdido aún más, unos diez mil. No conseguimos tomar Madrid; nunca pensé que nos costaría tanto. Necesitamos como agua de mayo que las tropas italianas entren en acción cuanto antes. Ya mandé a Barroso y a Millán Astray a hablar con Faldella, a que le suplicasen si era necesario, para que trajera lo antes posible a sus camisas negras de la recientemente conquistada Málaga. Pero el maldito espagueti les dio largas diciendo que no hay que precipitarse; se cobra venganza así de mis quejas por recriminarle que sus tropas actuaban de modo independiente en Málaga y por mi negativa a sus sugerencias de conquistar Valencia y acabar la guerra lo más rápido posible. Yo me negué rotundamente, le dije que en una guerra civil como está no se puede emplear una gran fuerza en un solo frente, que era preferible una ocupación sistemática de territorio, acompañada de una limpieza necesaria, a una rápida derrota de las tropas enemigas que deje el país infestado de adversarios. Faldella no se lo tomó muy bien y hasta mandó a Roatta a hablar con Mussolini a Roma. Por eso se hacían los remolones con mis enviados, pues sabían que los necesitábamos con urgencia. Pero tras la recepción de hoy creo que todo va a ir viento en popa.
Hoy tocaba recibir al embajador italiano, Roberto Cantalupo. Era necesario organizar una bienvenida como Dios manda para que quedaran gratamente impresionados, había que hacerles un poco la pelota ahora que los necesitamos más que nunca. Por eso monté un acto oficial con todo el esplendor que se pudiera desplegar. Tengo que reconocer que le voy cogiendo el gustillo a esto de la pompa y los baños de masas; cada vez nado mejor, como trucha de río, en estas ceremonias de tintes regios en las que soy la principal figura. Creo que he nacido para esto.
Ocho bandas militares desfilaron tocando las mejores marchas para el embajador italiano. Saliendo de la Plaza Mayor de Salamanca, majestuosa como siempre, desfilaron solemnemente en su honor milicias falangistas y carlistas junto con las tropas españolas, marroquíes e italianas hasta el palacio del Ayuntamiento; todo un espectáculo rebosante de colorido y dinamismo. Yo iba, como siempre, escoltado por mi guardia mora, cuyos integrantes lucían sus centelleantes capas azules y sus deslumbrantes corazas. La multitud me recibió con ensordecedores gritos de: “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!”. La recepción a Cantalupo tuvo lugar en un enorme salón lujosamente adornado para la ocasión. Era preferible pasarse de fastuosidad que quedarse cortos; pusieron en las paredes tapices españoles del siglo XVI y distribuyeron por doquier porcelanas del XVII. Además de los oficiales italianos, estuvieron presentes en el acto Mola, Dávila, Kindelán, Cabanellas y Queipo de Llano. A estos tres últimos ya los pondré yo en su sitio cuando las cosas se despejen, que han sacado los pies del tiesto más de lo deseable. A Kindelán por quejarse del nombramiento de mi hermano y por contumaz monárquico. A Cabanellas por masón, por bocazas, por oponerse a mi nombramiento como Jefe Militar de todos los Ejércitos y por haber sido mi superior en África, donde me llamaba “Franquito”. Y a Queipo, que es de largo el peor de todos, por su pasado de héroe republicano y su parentesco con Alcalá Zamora, por sus iracundas alocuciones radiofónicas (no nos conviene dar esa imagen en el exterior) y por mofarse de mi persona a mis espaldas; mis confidentes me tienen bien informado de sus insultos; el muy canalla se refiere a mí como “Paca la culona”. Cierto es que estoy un poco pasadito de peso, pero ya quisiera él tener mis torneados glúteos, todo es pura envidia. Pero ya me las pagarán ya…
Para terminar la recepción a Cantalupo salimos él y yo a uno de los balcones que daban a la Plaza Mayor. Una multitud enfervorizada me aplaudía y me vitoreaba sin descanso esperando mis palabras; tenía previsto soltar alguna arenga pero me quedé bloqueado, no supe qué decir y simplemente saludé al respetable con el brazo en alto. Todavía me faltan tablas para desenvolverme con soltura en este tipo de concentraciones multitudinarias; hay que reconocer que la masa impone. Tengo que foguearme más a menudo para dominar el tema. Carmen me ayuda mucho en esto, siempre me pide que le recite discursos antes de acostarnos para que coja más práctica. Ahora, con la ayuda agregada de la Santa Mano de Teresa de Jesús, espero hacer grandes progresos en mis artes oratorias. ¡Qué mejor guía que la mano de una Santa y egregia escritora para que me ilumine por los oscuros caminos de la elocuencia! También ha de auxiliarme para llevar a buen puerto mi proyectada unificación política; es necesario que Falange y Comunión Tradicionalista se fundan en un solo ser y se dejen de estar a la gresca de una vez. Esto no puede seguir así, ya me lo aconsejó el italianini Danzi: hay que fundar una asociación política que reúna a todas y de la que yo sea el líder oficial e indiscutible. Ya lo iré yo poniendo todo en su sitio como quien no quiere la cosa, y la Santa Mano me ha de orientar con su celestial poder. Con ella a mi vera tengo la total seguridad de que todos mis planes se irán haciendo realidad sin prisa pero sin pausa, como a mí me gusta. Ya he informado al cardenal Gomá de que no tengo intención de separarme de la Santa Mano, ni pensarlo, que se lo diga al obispo de Málaga y a quien haga falta. Esta reliquia es tan valiosa en esta guerra (o más) como lo son los cruceros gemelos Canarias y Baleares; ella no tendrá cañones, ni falta que le hacen, pero posee el poder de la Fe que mueve montañas para que aplasten a los rojos ateos bajo sus faldas.

¡Qué tranquilo y qué plácidamente voy a dormir esta noche! Voy a dormir el sueño de los justos, bien ganado me lo tengo. Ya está bien por hoy. Me llevo la Santa Mano a mi mesita de noche para que custodie nuestro descanso. Aunque antes seguro que Carmen quiere que recemos juntos la Mano, ella y yo para dar gracias a Dios por unirnos a los tres en este día que dejará una huella imborrable en nuestras cristianas almas. 

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