Diario del Caudillo
1
de marzo de 1937
Son
las once de la noche y hoy puedo decir que estoy muy contento. Ya era hora de
que tocara alguna alegría después de unos días en los que las malas noticias no
paraban de llegar.
¡Por
fin la tengo aquí a mi lado! La mano incorrupta de Santa Teresa está en mi
poder. Desde que supe que la habían encontrado en Málaga una vez conquistada la
ciudad, ordené que me la enviasen aquí a Salamanca. Por lo visto la hallaron en
una de las maletas del jefe del los rojos del Sur, el coronel José Villalba,
que salió huyendo de la ciudad a toda prisa. Yo conozco a este José Villalba;
coincidimos en Marruecos y en el desembarco de Alhucemas combatí en primera
línea junto a él, yo al mando de mis legionarios y él al de las Harcas de
Regulares. También conozco y respeto a
su padre, que era director de la Academia de Infantería cuando yo era
cadete y que estaba al mando del fuerte
de Tifasor en Melilla cuando llegué por primera vez a África a mis diecinueve
años; me dio buenos consejos que me ayudaron a adaptarme al gran Ejército
colonial. Lo primero que me dijo fue que recubriera la vaina de mi espada con cuero
mate para que no brillara y ofreciese un blanco fácil a los francotiradores
moros. Tengo un buen recuerdo de él. Sus otros hijos también son militares y
todos están en nuestro bando cumpliendo con su obligación como buenos
patriotas; uno de ellos es uno de los héroes del Alcázar de Toledo. Por eso me
extraña que el Coronel José Villalba esté sirviendo a los rojos; Cabanellas me
dijo que habló con él antes del golpe y que estaba de acuerdo en levantarse en
armas en la zona de Barbastro. Pero en fin, toda familia tiene que tener su
oveja negra, bien lo sé yo…Que a mi hermano Ramón hay que darle de comer
aparte; aunque ahora parece que le estoy haciendo entrar en vereda, ha vuelto
al buen camino; esperemos que no haga ninguna de las suyas en Mallorca y estrelle
algún avión, pues le he nombrado Jefe de las Fuerzas Aéreas de las islas con el
consiguiente enfado de Kindelán, que me escribió una carta y todo quejándose de
que no le consultase. No me digné ni a responderle; como si no supiese yo lo
que hay que hacer. Yo no pido permiso a nadie. Ya me la pagarás Alfredo, ésta
me la guardo.
Pero
bueno, volvamos a la Mano. Siempre he admirado a esa Santa que fue Teresa de
Jesús, su bondad y su tesón infinitos no pueden sino hacer que me acuerde de mi
madre que, a su modo, era también una Santa. Por eso no puedo expresar mi
júbilo al tener aquí una parte de esa divina española, digna representante de
la raza hispánica. Cuando me la trajeron esta tarde después de la recepción a
los italianos, quedé embelesado. ¡Qué belleza! ¡Qué prodigio! Atesorada en su
relicario en forma de guante, se puede observar a través de sus ventanillas de
cristal que la Santa Mano se mantiene totalmente incorrupta, como si se la
acabasen de cercenar a la Santa de su cuerpo aún caliente.
Al
enseñársela a Carmen ella también quedó igualmente extasiada ante el halo de
santidad que desprendía la reliquia.
—¡Ves,
Paco!—me dijo—¡Te lo dije! La Divina Providencia está contigo; ¿quién sino iba
a enviarte la Mano Santa para que te ayude a dirigir esta guerra como si de una
Santa Cruzada se tratase?
No
le falta razón. Esta señal Divina no puede ser gratuita. Y para prueba de su
milagrosa intercesión he aquí una: llevaba Nenuca
un par de días resfriadilla, con tos y congestión nasal; le restregó su madre
la Santa Mano por el pecho, la garganta, las narices…¡Y una hora después estaba
como si nada! La tos y los mocos habían desaparecido completamente y estaba la
niña de nuevo tan sana como una lechuga; quiso agradecer a la Mano su curación
y la llenó de besos. Incluso nos pidió a su madre y a mí, la muy picaruela, ¡si
podíamos dejarle la Mano para que jugara con ella y sus muñecas! Le dijimos que
la Manita de la Santa no era un juguete, pero que podía rezar con ella siempre
que quisiese.
Tengo
la más firme convicción de que esta manifestación de la Divina Providencia
traerá renovados aires a nuestra causa. Necesitamos su favor sobre todo en la
ofensiva hacia Madrid. La batalla del Jarama ha sido encarnizada; nuestro
avance ha quedado estancado y hemos perdido nada más y nada menos que unos
siete mil hombres, si bien los rojos han perdido aún más, unos diez mil. No
conseguimos tomar Madrid; nunca pensé que nos costaría tanto. Necesitamos como
agua de mayo que las tropas italianas entren en acción cuanto antes. Ya mandé a
Barroso y a Millán Astray a hablar con Faldella, a que le suplicasen si era
necesario, para que trajera lo antes posible a sus camisas negras de la
recientemente conquistada Málaga. Pero el maldito espagueti les dio largas
diciendo que no hay que precipitarse; se cobra venganza así de mis quejas por
recriminarle que sus tropas actuaban de modo independiente en Málaga y por mi
negativa a sus sugerencias de conquistar Valencia y acabar la guerra lo más
rápido posible. Yo me negué rotundamente, le dije que en una guerra civil como
está no se puede emplear una gran fuerza en un solo frente, que era preferible
una ocupación sistemática de territorio, acompañada de una limpieza necesaria,
a una rápida derrota de las tropas enemigas que deje el país infestado de
adversarios. Faldella no se lo tomó muy bien y hasta mandó a Roatta a hablar
con Mussolini a Roma. Por eso se hacían los remolones con mis enviados, pues
sabían que los necesitábamos con urgencia. Pero tras la recepción de hoy creo
que todo va a ir viento en popa.
Hoy
tocaba recibir al embajador italiano, Roberto Cantalupo. Era necesario
organizar una bienvenida como Dios manda para que quedaran gratamente
impresionados, había que hacerles un poco la pelota ahora que los necesitamos
más que nunca. Por eso monté un acto oficial con todo el esplendor que se
pudiera desplegar. Tengo que reconocer que le voy cogiendo el gustillo a esto
de la pompa y los baños de masas; cada vez nado mejor, como trucha de río, en
estas ceremonias de tintes regios en las que soy la principal figura. Creo que
he nacido para esto.
Ocho
bandas militares desfilaron tocando las mejores marchas para el embajador
italiano. Saliendo de la Plaza Mayor de Salamanca, majestuosa como siempre,
desfilaron solemnemente en su honor milicias falangistas y carlistas junto con
las tropas españolas, marroquíes e italianas hasta el palacio del Ayuntamiento;
todo un espectáculo rebosante de colorido y dinamismo. Yo iba, como siempre,
escoltado por mi guardia mora, cuyos integrantes lucían sus centelleantes capas
azules y sus deslumbrantes corazas. La multitud me recibió con ensordecedores
gritos de: “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!”. La recepción a Cantalupo tuvo lugar en
un enorme salón lujosamente adornado para la ocasión. Era preferible pasarse de
fastuosidad que quedarse cortos; pusieron en las paredes tapices españoles del
siglo XVI y distribuyeron por doquier porcelanas del XVII. Además de los
oficiales italianos, estuvieron presentes en el acto Mola, Dávila, Kindelán,
Cabanellas y Queipo de Llano. A estos tres últimos ya los pondré yo en su sitio
cuando las cosas se despejen, que han sacado los pies del tiesto más de lo
deseable. A Kindelán por quejarse del nombramiento de mi hermano y por contumaz
monárquico. A Cabanellas por masón, por bocazas, por oponerse a mi nombramiento
como Jefe Militar de todos los Ejércitos y por haber sido mi superior en
África, donde me llamaba “Franquito”. Y a Queipo, que es de largo el peor de
todos, por su pasado de héroe republicano y su parentesco con Alcalá Zamora, por
sus iracundas alocuciones radiofónicas (no nos conviene dar esa imagen en el
exterior) y por mofarse de mi persona a mis espaldas; mis confidentes me tienen
bien informado de sus insultos; el muy canalla se refiere a mí como “Paca la
culona”. Cierto es que estoy un poco pasadito de peso, pero ya quisiera él
tener mis torneados glúteos, todo es pura envidia. Pero ya me las pagarán ya…
Para
terminar la recepción a Cantalupo salimos él y yo a uno de los balcones que
daban a la Plaza Mayor. Una multitud enfervorizada me aplaudía y me vitoreaba
sin descanso esperando mis palabras; tenía previsto soltar alguna arenga pero
me quedé bloqueado, no supe qué decir y simplemente saludé al respetable con el
brazo en alto. Todavía me faltan tablas para desenvolverme con soltura en este
tipo de concentraciones multitudinarias; hay que reconocer que la masa impone.
Tengo que foguearme más a menudo para dominar el tema. Carmen me ayuda mucho en
esto, siempre me pide que le recite discursos antes de acostarnos para que coja
más práctica. Ahora, con la ayuda agregada de la Santa Mano de Teresa de Jesús,
espero hacer grandes progresos en mis artes oratorias. ¡Qué mejor guía que la
mano de una Santa y egregia escritora para que me ilumine por los oscuros
caminos de la elocuencia! También ha de auxiliarme para llevar a buen puerto mi
proyectada unificación política; es necesario que Falange y Comunión
Tradicionalista se fundan en un solo ser y se dejen de estar a la gresca de una
vez. Esto no puede seguir así, ya me lo aconsejó el italianini Danzi: hay que
fundar una asociación política que reúna a todas y de la que yo sea el líder
oficial e indiscutible. Ya lo iré yo poniendo todo en su sitio como quien no
quiere la cosa, y la Santa Mano me ha de orientar con su celestial poder. Con
ella a mi vera tengo la total seguridad de que todos mis planes se irán
haciendo realidad sin prisa pero sin pausa, como a mí me gusta. Ya he informado
al cardenal Gomá de que no tengo intención de separarme de la Santa Mano, ni
pensarlo, que se lo diga al obispo de Málaga y a quien haga falta. Esta
reliquia es tan valiosa en esta guerra (o más) como lo son los cruceros gemelos
Canarias y Baleares; ella no tendrá cañones, ni falta que le hacen, pero posee
el poder de la Fe que mueve montañas para que aplasten a los rojos ateos bajo
sus faldas.
¡Qué
tranquilo y qué plácidamente voy a dormir esta noche! Voy a dormir el sueño de
los justos, bien ganado me lo tengo. Ya está bien por hoy. Me llevo la Santa
Mano a mi mesita de noche para que custodie nuestro descanso. Aunque antes
seguro que Carmen quiere que recemos juntos la Mano, ella y yo para dar gracias
a Dios por unirnos a los tres en este día que dejará una huella imborrable en
nuestras cristianas almas.
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