La autora

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Ésta soy yo.

miércoles, 27 de enero de 2016

Capítulo 02

Diario del Padre Gracián

4 de julio de 1583


Hecho está. No puede un alma estar más dichosa como la mía lo está hoy. He vuelto a ver hoy a la Madre Fundadora y no quepo en mí de gozo al poder afirmar que sigue estando igual de hermosa que cuando estaba viva. No puedo expresar la alegría que invade todo mi ser al tener aquí, junto a mí, una parte de su sagrado cuerpo: su mano izquierda. Pero empecemos desde el principio.
Yo, Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, como provincial de la orden del Carmelo Descalzo, tengo y tendré siempre una deuda impagable con Teresa de Jesús, la Madre Fundadora; fue ella la que me dio fuerzas y fe para no desfallecer en la vida que, no sin ciertas dudas en algunos momentos, decidí emprender como siervo de Dios y carmelita descalzo. Ella es mi maestra y mi guía y mi único propósito en esta vida es continuar la Obra que ella empezó, siguiendo sus normas, tal y como ella lo hubiera hecho.
Por eso, aunque hayan pasado ya nueve meses desde que Teresa muriese, aún sigo sintiendo la misma pena que sentí el primer día que me enteré de su pérdida; si bien me reconforta saber que ella está bien y feliz allá en el Cielo junto a nuestro Señor Jesucristo.
Cuando recibí la carta que me informó de la muerte de la Madre Fundadora estaba yo en Lisboa. Supe así que el alma de Teresa había partido para reunirse con Dios en Alba de Tormes. Había acudido allí enferma y de mala gana, cumpliendo su voto de obediencia, pues la duquesa de Alba, que estaba encinta y a punto de parir, reclamó su presencia. Pero la Madre Teresa no llegó a tiempo y la criatura nació antes de su llegada a Alba, de tal modo que una vez que llegó, su presencia pasó desapercibida, tan ocupados como estaban todos celebrando el feliz nacimiento. Se retiró pues al Carmelo donde se acostó, y tras varios días de dolencias y padecimientos entregó su alma. Al día siguiente, 15 de octubre de 1582 (según el nuevo calendario), se procedió a enterrarla en la capilla del convento.
Esto fue, a grandes trazos, lo que supe de la muerte de Teresa hasta hace cuatro días, cuando llegué yo mismo al lugar, a Alba de Tormes, desde donde hoy escribo estás páginas.
Llegamos aquí el padre Cristóbal de San Alberto y yo con el deseo de ver el cuerpo de la Madre Fundadora, pues llegó a nuestros oídos noticia de que no se había descompuesto a juzgar por el suave olor a santidad que exhalaba el ataúd.
Tan pronto como estuvimos instalados en el Carmelo las hermanas nos informaron de los prodigiosos hechos acaecidos tras la muerte de Teresa. Quedó su rostro nada más morir hermosísimo y sin arruga alguna, aunque en vida solía tener muchas; todo el cuerpo blanco y también sin arrugas como suelen tenerlo los niños de dos o tres años. Y sus miembros se mostraban tan blandos y elásticos a los que los tocaban que parecía que tenían la ternura de la niñez, y se veían hermoseados con manifiestas señales de inocencia y santidad. De todo el cuerpo salía un olor suave que nadie podía decir a qué se asemejaba, y era un olor tan fuerte que incluso hubo que abrir las ventanas porque comenzó a dolerle la cabeza a algunas de las hermanas que allí estaban. El olor se extendió por toda la casa la noche de su muerte y al día siguiente quedó el olor en sus ropas y en todas las cosas que sirvieron en su enfermedad: en los platos que usó, y aún en el agua con que los lavaban, y en cualquier rincón o entre paños sucios que la hubieran tocado se sentía el olor. Había allí entonces una hermana que había perdido el sentido del olfato y se lamentaba de no poder sentir ella y participar de aquella suavidad de olor que sus hermanas le decían. De modo que se llegó a besar los pies de la Madre Teresa y acto seguido recuperó el sentido ¡y olió lo mismo que las demás! Otra hermana que hacía mucho que sufría de males de cabeza y mucho dolor en un ojo llegó también a besarla los pies ¡y luego quedó curada!
Otros milagros parecidos tuvieron lugar mientras preparaban el cuerpo para el enterramiento, el cual hicieron de este modo: lavaron su cuerpo y lo vistieron con el hábito carmelita. Después, sin tomarse el tiempo de extraer las vísceras ni embalsamarlo, lo metieron en un ataúd de madera envuelto en un lienzo briscado en oro, que había sido obsequio de los duques de Alba quienes también se hicieron cargo de los gastos del funeral. Permaneció el ataúd expuesto en la capilla hasta la misa de funeral. Cuando terminó la ceremonia se procedió a la inhumación. Se llamó a un albañil y a un carpintero del lugar los cuales cavaron un nicho en el muro que separa la capilla del coro reservado a las religiosas, bajo la doble reja de clausura. En ese lugar metieron el ataúd con el cuerpo de la Madre Fundadora sobre el cual vertieron gran cantidad de tierra, cal y piedras. Tanto le echaron encima que el ataúd se quebró y entró dentro parte de esto. Después cerraron el nicho y lo tapiaron con no poca prisa.
Nos contaron las hermanas que todo esto fue dispuesto por la patrona del Carmelo, Teresa de Layz, la priora, el padre Antonio de Jesús y los duques de Alba. Y que lo pensaron de esta forma y con esa premura para que el cuerpo de la Madre Teresa no pudiera ser sacado de allí nunca.
—¡Aquí se quedará para siempre jamás!—nos comentaron que dijo el padre Antonio una vez acabada la obra.
Luego, con el paso de los días las hermanas fueron testigo de otras maravillas. Por ejemplo, si sucedía que alguna de las monjas se echaba una siestecilla cerca del cuerpo de la Reformadora, oía la hermana un ruido que la despertaba para hacer oración, como espabilándola en su modorra. Y el olor del día del fallecimiento seguía sintiéndose a pesar de estar el cuerpo debajo de tanta cal y piedras. Y con más intensidad se sentía el olor en los días de los santos por los que Teresa había sentido particular devoción. Era este olor, como dijimos, muy suave, y no siempre de una manera, unas veces como de azucenas, otras como de jazmines y violetas, otras no sabían a qué compararlo pero siempre embriagador para los sentidos como si les inundara toda el alma de amor.
Todo esto lo supe yo, como digo, hace cuatro días cuando llegué aquí a Alba junto con el padre Cristóbal. Enseguida, después de contarnos todo esto, las hermanas nos acompañaron a la capilla y nos mostraron el lugar donde se encontraba el nicho. Ellas mismas nos animaron a abrir el sepulcro pues estaban con escrúpulo de la mala manera como estaba puesto allí ese santo cuerpo.
—Ábralo padre Gracián, no lo dude, que sabe Dios cómo estará el ataúd después de tanta piedra como le echaron encima—me dijeron.
He de reconocer que tanto el padre Cristóbal como yo ardíamos en ganas de ver de nuevo a la Madre Fundadora, de modo que no hizo falta que nos hiciéramos mucho de rogar. Discretamente, mandamos recado a un vecino albañil del lugar para que nos hiciera llegar un par de piquetas, palas y varias sacas donde ir metiendo los escombros.
Cuando recibimos los aparejos comenzamos el padre Cristóbal y yo a picar la pared donde se encontraba el nicho. Hicimos todo esto con mucho secreto, pues no queríamos que se enterase nadie del lugar, por lo que hacíamos muchas pausas en nuestra labor para que el ruido continuo no nos delatase. Esto, unido a nuestra inexperiencia en labores de derribo y a la gran cantidad de piedras y de cal que allí había, hizo que el trabajo se alargara varios días.
No fue hasta esta mañana cuando por fin pudimos retirar todas las piedras y la cal que cubrían el ataúd. Hallamos el ataúd, como nos dijeron las hermanas, quebrado por encima y medio podrido, lleno de moho porque para poner las piedras habían echado primero cal sobre él y aquella humedad pasó abajo.
Llegó al fin el momento que todos estábamos deseosos de vivir. Abrimos con cuidado la tapa de la caja donde reposaba el cuerpo de la santa Madre. Sus vestidos, como el ataúd, estaban podridos, con moho y oliendo a humedad. Pero ella, la santa Fundadora, estaba resplandeciente: la cara tersa y blanca con la piel suave, con una sonrisa beatífica en los labios. Y del mismo modo estaba el resto del cuerpo, intacto, entero como si lo acabasen de enterrar, pues nuestro Señor le había guardado de toda corrupción.
¡Cómo expresar la alegría y la piedad que nos invadía a todos los presentes! Éramos conscientes de que estábamos presenciando la obra de Dios, cosa sólo reservada a muy pocos mortales.
En esto, mi compañero fray Cristóbal y yo nos salimos fuera mientras las hermanas desnudaban el cuerpo de la santa. Y al poco, teniéndola cubierta con una sábana, me llamaron para que la viera, y descubriendo los pechos me admiré de verlos tan llenos y altos. Las hermanas habían ya retirado toda la tierra y lavado el cuerpo. Las ropas que llevaba tuvieron que quemarlas pues apestaban a humedad.
Viéndola así a la santa Madre en ese estado de majestad inmaculada, en olor de santidad, no pude resistir un fuerte impulso que me salió de lo más hondo del alma. Mandé a una de las hermanas que me trajera de la cocina el cuchillo mejor afilado que tuvieran. Cuando lo tuve en mis manos me acerqué al santo cuerpo y, ayudado por el padre Cristóbal, que sujetaba el brazo, le corté la mano izquierda de un limpio tajo. Fue un corte suave, como si hubiera trinchado un sedoso y jugoso solomillo de cerdo. Al contrario de los infieles sarracenos, que cortan la mano a los ladrones, yo cercené la mano de la más santa de las mujeres. La envolví en un pañuelo y luego en papel y me la guardé bajo el hábito.
Después de esto las hermanas vistieron el cuerpo con vestidos nuevos. Entre el padre Cristóbal y yo cogimos el santo cuerpo y lo metimos en un arca fácil de abrir y cerrar que habíamos hecho traer para este propósito. La colocamos en el coro para que las hermanas pudieran venerarla en ocasiones especiales y para que con su sagrada presencia velara por todas las almas del convento.

Estas labores se extendieron a lo largo de toda la tarde y, tras cenar algo a hora temprana, me retiré a mi estancia pues estaba no poco fatigado y sufriendo de agujetas después de estos días de duro trabajo. Saqué la mano de la santa de mi regazo y la guardé en un cofrecillo. Esta santa reliquia es un regalo que pienso hacer a mis amadas hermanas carmelitas de Lisboa. Pero no he podido resistirme a la tentación de llevarme conmigo, para mí solo, una pequeña porción de mi amada Madre Teresa, una pequeña reliquia que me acompañe todo el tiempo que Dios nuestro Señor quiera que me quede en este mundo, un pequeño obsequio que me hago a mí mismo: acabo de cortarle a la Santa Mano el dedo meñique, el cual pienso guardar como oro en paño y espero que sea mi compañero inseparable en los días que me quedan por vivir en este mundo terrenal.

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