Diario del
Padre Gracián
4
de julio de 1583
Hecho
está. No puede un alma estar más dichosa como la mía lo está hoy. He vuelto a
ver hoy a la Madre Fundadora y no quepo en mí de gozo al poder afirmar que
sigue estando igual de hermosa que cuando estaba viva. No puedo expresar la
alegría que invade todo mi ser al tener aquí, junto a mí, una parte de su
sagrado cuerpo: su mano izquierda. Pero empecemos desde el principio.
Yo,
Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, como provincial de la orden del Carmelo
Descalzo, tengo y tendré siempre una deuda impagable con Teresa de Jesús, la
Madre Fundadora; fue ella la que me dio fuerzas y fe para no desfallecer en la
vida que, no sin ciertas dudas en algunos momentos, decidí emprender como
siervo de Dios y carmelita descalzo. Ella es mi maestra y mi guía y mi único
propósito en esta vida es continuar la Obra que ella empezó, siguiendo sus
normas, tal y como ella lo hubiera hecho.
Por
eso, aunque hayan pasado ya nueve meses desde que Teresa muriese, aún sigo
sintiendo la misma pena que sentí el primer día que me enteré de su pérdida; si
bien me reconforta saber que ella está bien y feliz allá en el Cielo junto a
nuestro Señor Jesucristo.
Cuando
recibí la carta que me informó de la muerte de la Madre Fundadora estaba yo en
Lisboa. Supe así que el alma de Teresa había partido para reunirse con Dios en
Alba de Tormes. Había acudido allí enferma y de mala gana, cumpliendo su voto
de obediencia, pues la duquesa de Alba, que estaba encinta y a punto de parir,
reclamó su presencia. Pero la Madre Teresa no llegó a tiempo y la criatura
nació antes de su llegada a Alba, de tal modo que una vez que llegó, su
presencia pasó desapercibida, tan ocupados como estaban todos celebrando el
feliz nacimiento. Se retiró pues al Carmelo donde se acostó, y tras varios días
de dolencias y padecimientos entregó su alma. Al día siguiente, 15 de octubre
de 1582 (según el nuevo calendario), se procedió a enterrarla en la capilla del
convento.
Esto
fue, a grandes trazos, lo que supe de la muerte de Teresa hasta hace cuatro
días, cuando llegué yo mismo al lugar, a Alba de Tormes, desde donde hoy
escribo estás páginas.
Llegamos
aquí el padre Cristóbal de San Alberto y yo con el deseo de ver el cuerpo de la
Madre Fundadora, pues llegó a nuestros oídos noticia de que no se había
descompuesto a juzgar por el suave olor a santidad que exhalaba el ataúd.
Tan
pronto como estuvimos instalados en el Carmelo las hermanas nos informaron de
los prodigiosos hechos acaecidos tras la muerte de Teresa. Quedó su rostro nada
más morir hermosísimo y sin arruga alguna, aunque en vida solía tener muchas;
todo el cuerpo blanco y también sin arrugas como suelen tenerlo los niños de
dos o tres años. Y sus miembros se mostraban tan blandos y elásticos a los que
los tocaban que parecía que tenían la ternura de la niñez, y se veían
hermoseados con manifiestas señales de inocencia y santidad. De todo el cuerpo
salía un olor suave que nadie podía decir a qué se asemejaba, y era un olor tan
fuerte que incluso hubo que abrir las ventanas porque comenzó a dolerle la
cabeza a algunas de las hermanas que allí estaban. El olor se extendió por toda
la casa la noche de su muerte y al día siguiente quedó el olor en sus ropas y
en todas las cosas que sirvieron en su enfermedad: en los platos que usó, y aún
en el agua con que los lavaban, y en cualquier rincón o entre paños sucios que
la hubieran tocado se sentía el olor. Había allí entonces una hermana que había
perdido el sentido del olfato y se lamentaba de no poder sentir ella y
participar de aquella suavidad de olor que sus hermanas le decían. De modo que
se llegó a besar los pies de la Madre Teresa y acto seguido recuperó el sentido
¡y olió lo mismo que las demás! Otra hermana que hacía mucho que sufría de
males de cabeza y mucho dolor en un ojo llegó también a besarla los pies ¡y
luego quedó curada!
Otros
milagros parecidos tuvieron lugar mientras preparaban el cuerpo para el
enterramiento, el cual hicieron de este modo: lavaron su cuerpo y lo vistieron
con el hábito carmelita. Después, sin tomarse el tiempo de extraer las vísceras
ni embalsamarlo, lo metieron en un ataúd de madera envuelto en un lienzo
briscado en oro, que había sido obsequio de los duques de Alba quienes también
se hicieron cargo de los gastos del funeral. Permaneció el ataúd expuesto en la
capilla hasta la misa de funeral. Cuando terminó la ceremonia se procedió a la
inhumación. Se llamó a un albañil y a un carpintero del lugar los cuales
cavaron un nicho en el muro que separa la capilla del coro reservado a las
religiosas, bajo la doble reja de clausura. En ese lugar metieron el ataúd con
el cuerpo de la Madre Fundadora sobre el cual vertieron gran cantidad de
tierra, cal y piedras. Tanto le echaron encima que el ataúd se quebró y entró
dentro parte de esto. Después cerraron el nicho y lo tapiaron con no poca
prisa.
Nos
contaron las hermanas que todo esto fue dispuesto por la patrona del Carmelo,
Teresa de Layz, la priora, el padre Antonio de Jesús y los duques de Alba. Y
que lo pensaron de esta forma y con esa premura para que el cuerpo de la Madre
Teresa no pudiera ser sacado de allí nunca.
—¡Aquí
se quedará para siempre jamás!—nos comentaron que dijo el padre Antonio una vez
acabada la obra.
Luego,
con el paso de los días las hermanas fueron testigo de otras maravillas. Por
ejemplo, si sucedía que alguna de las monjas se echaba una siestecilla cerca
del cuerpo de la Reformadora, oía la hermana un ruido que la despertaba para
hacer oración, como espabilándola en su modorra. Y el olor del día del
fallecimiento seguía sintiéndose a pesar de estar el cuerpo debajo de tanta cal
y piedras. Y con más intensidad se sentía el olor en los días de los santos por
los que Teresa había sentido particular devoción. Era este olor, como dijimos,
muy suave, y no siempre de una manera, unas veces como de azucenas, otras como
de jazmines y violetas, otras no sabían a qué compararlo pero siempre
embriagador para los sentidos como si les inundara toda el alma de amor.
Todo
esto lo supe yo, como digo, hace cuatro días cuando llegué aquí a Alba junto
con el padre Cristóbal. Enseguida, después de contarnos todo esto, las hermanas
nos acompañaron a la capilla y nos mostraron el lugar donde se encontraba el
nicho. Ellas mismas nos animaron a abrir el sepulcro pues estaban con escrúpulo
de la mala manera como estaba puesto allí ese santo cuerpo.
—Ábralo
padre Gracián, no lo dude, que sabe Dios cómo estará el ataúd después de tanta
piedra como le echaron encima—me dijeron.
He
de reconocer que tanto el padre Cristóbal como yo ardíamos en ganas de ver de
nuevo a la Madre Fundadora, de modo que no hizo falta que nos hiciéramos mucho
de rogar. Discretamente, mandamos recado a un vecino albañil del lugar para que
nos hiciera llegar un par de piquetas, palas y varias sacas donde ir metiendo
los escombros.
Cuando
recibimos los aparejos comenzamos el padre Cristóbal y yo a picar la pared
donde se encontraba el nicho. Hicimos todo esto con mucho secreto, pues no
queríamos que se enterase nadie del lugar, por lo que hacíamos muchas pausas en
nuestra labor para que el ruido continuo no nos delatase. Esto, unido a nuestra
inexperiencia en labores de derribo y a la gran cantidad de piedras y de cal
que allí había, hizo que el trabajo se alargara varios días.
No
fue hasta esta mañana cuando por fin pudimos retirar todas las piedras y la cal
que cubrían el ataúd. Hallamos el ataúd, como nos dijeron las hermanas,
quebrado por encima y medio podrido, lleno de moho porque para poner las
piedras habían echado primero cal sobre él y aquella humedad pasó abajo.
Llegó
al fin el momento que todos estábamos deseosos de vivir. Abrimos con cuidado la
tapa de la caja donde reposaba el cuerpo de la santa Madre. Sus vestidos, como
el ataúd, estaban podridos, con moho y oliendo a humedad. Pero ella, la santa
Fundadora, estaba resplandeciente: la cara tersa y blanca con la piel suave,
con una sonrisa beatífica en los labios. Y del mismo modo estaba el resto del
cuerpo, intacto, entero como si lo acabasen de enterrar, pues nuestro Señor le
había guardado de toda corrupción.
¡Cómo
expresar la alegría y la piedad que nos invadía a todos los presentes! Éramos
conscientes de que estábamos presenciando la obra de Dios, cosa sólo reservada
a muy pocos mortales.
En
esto, mi compañero fray Cristóbal y yo nos salimos fuera mientras las hermanas
desnudaban el cuerpo de la santa. Y al poco, teniéndola cubierta con una
sábana, me llamaron para que la viera, y descubriendo los pechos me admiré de
verlos tan llenos y altos. Las hermanas habían ya retirado toda la tierra y
lavado el cuerpo. Las ropas que llevaba tuvieron que quemarlas pues apestaban a
humedad.
Viéndola
así a la santa Madre en ese estado de majestad inmaculada, en olor de santidad,
no pude resistir un fuerte impulso que me salió de lo más hondo del alma. Mandé
a una de las hermanas que me trajera de la cocina el cuchillo mejor afilado que
tuvieran. Cuando lo tuve en mis manos me acerqué al santo cuerpo y, ayudado por
el padre Cristóbal, que sujetaba el brazo, le corté la mano izquierda de un
limpio tajo. Fue un corte suave, como si hubiera trinchado un sedoso y jugoso
solomillo de cerdo. Al contrario de los infieles sarracenos, que cortan la mano
a los ladrones, yo cercené la mano de la más santa de las mujeres. La envolví
en un pañuelo y luego en papel y me la guardé bajo el hábito.
Después
de esto las hermanas vistieron el cuerpo con vestidos nuevos. Entre el padre
Cristóbal y yo cogimos el santo cuerpo y lo metimos en un arca fácil de abrir y
cerrar que habíamos hecho traer para este propósito. La colocamos en el coro
para que las hermanas pudieran venerarla en ocasiones especiales y para que con
su sagrada presencia velara por todas las almas del convento.
Estas
labores se extendieron a lo largo de toda la tarde y, tras cenar algo a hora
temprana, me retiré a mi estancia pues estaba no poco fatigado y sufriendo de
agujetas después de estos días de duro trabajo. Saqué la mano de la santa de mi
regazo y la guardé en un cofrecillo. Esta santa reliquia es un regalo que
pienso hacer a mis amadas hermanas carmelitas de Lisboa. Pero no he podido
resistirme a la tentación de llevarme conmigo, para mí solo, una pequeña
porción de mi amada Madre Teresa, una pequeña reliquia que me acompañe todo el
tiempo que Dios nuestro Señor quiera que me quede en este mundo, un pequeño
obsequio que me hago a mí mismo: acabo de cortarle a la Santa Mano el dedo
meñique, el cual pienso guardar como oro en paño y espero que sea mi compañero
inseparable en los días que me quedan por vivir en este mundo terrenal.
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