La autora

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Ésta soy yo.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Capítulo 13

Diario de la Santa Mano

27 de febrero de 1668


En julio cumpliré 85 años y la casi totalidad de ese tiempo (a excepción de mi primer mes de vida) la he pasado entre los muros de éste mi convento de San Alberto en Lisboa. La vida aquí transcurre tranquila; algunas de las monjitas de la congregación nos van dejando y sus almas ascienden junto al Señor, otras nuevas y jóvenes se unen a la comunidad para ocupar sus huecos, es ley de vida…Las hermanas me cuidan mucho y me miman con verdadero amor. Estoy ahora guardada a buen recaudo en un relicario de plata con forma de guantelete que mandaron hacer a un orfebre ex profeso para mí. En ocasiones especiales, como en el día de San Alberto de Jerusalén el 17 de septiembre o el día del nacimiento de mi madre Teresa de Jesús el 28 de marzo, me sacan de mi capilla y me exhiben ante los feligreses que me veneran con exaltado fervor. También a veces me muestran a personas eminentes y de alta alcurnia que tienen el deseo de contemplarme para que les otorgue mi bendición. Aparte de estos pocos días de asueto y algo de ajetreo, la rutina y el sosiego reinan entre las paredes de este convento.
No se puede decir lo mismo del exterior, pues los acontecimientos en la ciudad y en todo el reino han sido muchos y no precisamente monótonos. Llegué aquí y el reino de Portugal formaba parte de la corona hispánica gobernada bajo la prudente mano de Felipe II de España y I de Portugal, y hoy, hace apenas quince días, el reino recupera su independencia y deja definitivamente de formar parte de los reinos hispánicos.
Pero, ¿cómo llegó Portugal a formar parte de los reinos españoles? Por la muerte sin descendencia del rey Sebastián primero y de su tío el rey Enrique después. No me puedo resistir a relatar aquí la historia del rey Sebastián pues cuando la conocí me dejó fascinada.
Era Sebastián hijo del príncipe Juan Manuel de Portugal y de la archiduquesa Juana de Austria. Sus padres eran primos y era sobrino de Felipe II y nieto de Carlos V. Fue el resultado de una serie de matrimonios entre las mismas familias, de modo que tenía sólo cuatro bisabuelos cuando normalmente se tienen ocho. Su padre murió de diabetes 18 días antes de que naciera y su madre se fue de la corte a los pocos meses con destino a Castilla reclamada por cuestiones políticas. Nunca volvió a ver su madre, quien jamás volvió a Portugal, si bien se cartearon durante toda su vida. Se crió pues Sebastian junto a su abuela materna Catalina de Habsburgo, que fue regente del reino durante su minoría de edad. Creció bajo la tutela de los jesuitas y con los años se convirtió en un místico enamorado de la caza. Se convenció de que era un caballero cruzado con la misión de evitar la expansión del imperio turco en el norte de África. Nunca mostró interés por el bello sexo y se rumoreaba que era debido a una enfermedad en su órgano sexual que le provocaba impotencia y esterilidad. Su abuela quiso casarle con una princesa española pero él se negó a aceptar ningún tipo de compromiso. Cuando alcanzó la mayoría de edad comenzó los preparativos para llevar a cabo una cruzada contra la ciudad marroquí de Fez. Reunió un ejército compuesto en su mayor parte por mercenarios extranjeros, así como por gran parte de la nobleza portuguesa y algunas tropas enviadas por su tío Felipe II,  a pesar de que no estaba muy de acuerdo con la empresa que su sobrino pretendía llevar a cabo. Y es que la tal empresa consistía en ayudar a recuperar el trono de Marruecos a un sultán llamado Muley Ahmed al que su tío, un tal Abd el-Malik, le había arrebatado el poder con ayuda de los turcos. Muchos fueron los que le alertaron de los peligros pero Sebastián los desoyó a todos y ordenó a su ejército de diecisiete mil hombres dirigirse hacia Alcazarquivir donde estaban acantonadas las tropas enemigas. Se produjo pues allí la batalla el 4 de agosto de 1578 en la cual el ejército portugués fue masacrado bajo un asfixiante calor, aún más sofocante para los soldados lusos embutidos en sus corazas de metal recalentadas a pleno sol. En la contienda murió lo más granado de la nobleza portuguesa, con el rey Sebastián a la cabeza. Se supone (pues al parecer estaba irreconocible) que el cadáver del rey fue recuperado del campo de batalla y sepultado inicialmente en Alcazarquivir; en diciembre de ese mismo año fue entregado a las autoridades portuguesas en Ceuta, donde permanecería hasta 1580, fecha en que sería trasladado al monasterio de los Jerónimos de Belém para su entierro definitivo. También murieron los dos sultanes marroquíes, por lo que la batalla fue también conocida como la Batalla de los tres Reyes. Sin embargo, la leyenda del rey Sebastián estaba por empezar pues, en la misma noche de la batalla, un grupo de soldados portugueses supervivientes llegaron a la plaza portuguesa de Arcila buscando refugio, y para conseguir que la guardia les franquease la entrada en la ciudad fingieron que Sebastián venía con ellos, lo que provocó que entre el pueblo se propagase el rumor de que el rey seguía vivo. Este rumor de la supervivencia de Sebastián iría tomando más fuerza con el paso de los años, sobre todo a raíz de la llegada al trono portugués de la corona hispánica, pues el pueblo añoraba a un rey propio. Tras la muerte (o desaparición) del rey Sebastián le sucedió en el trono su tío el Cardenal Enrique, que intentó renunciar a sus votos eclesiásticos con el fin de encontrar una esposa y asegurar la continuación de la dinastía, pero el Papa Gregorio XIII, aliado de los Habsburgo, no le dispensó de los votos, de modo que murió sin descendencia. Se produjo entonces una crisis sucesoria en la que las Cortes Portuguesas debían decidir quién de entre varios aspirantes debería ocupar el trono, pero antes de que se tomara ninguna decisión Felipe II, amparándose en sus derechos a la sucesión de la corona portuguesa, ordenó la invasión militar de Portugal. Pese a que otro aspirante, el prior de Crato Antonio de Portugal, se autoproclamó rey apoyado por el pueblo llano, su causa fue totalmente derrotada en la batalla de Alcántara quedando así el camino libre para Felipe II, que fue reconocido rey de Portugal en 1581.
La instauración de la corona hispánica en el reino luso fue el caldo de cultivo ideal para que floreciera la leyenda del retorno del rey Sebastián. Eran muchos los que creían que el rey no había muerto en Alcazarquivir y que simplemente estaba esperando el momento oportuno para volver al trono y desterrar el domino extranjero. Se decía que Sebastián había vuelto a Portugal tras la batalla, pero que quiso volver de incógnito por estar avergonzado, y que había jurado vivir como hombre bajo durante veinte años para, así, purgar su pecado de soberbia que había llevado a Portugal a la ruina y a la terrible derrota.
Durante esos años hubo un gran número de “impostores” que aseguraban ser el rey Sebastián. El más célebre de todos ellos fue sin duda Gabriel de Espinosa, también conocido como “el pastelero de Madrigal”. Muchas son las brumas que se ciernen sobre este enigmático personaje. Hay quienes afirman que era huérfano, otros que era hijo bastardo de Juan Manuel de Portugal y por tanto hermanastro de Sebastián, y los hay que aseguran que era el mismísimo rey Sebastián. El caso es que llegó este Gabriel de Espinosa, que decía tener cuarenta años, a Madrigal a finales de junio de 1594 acompañado de una hija de dos años a la que llamaba Clara Eugenia y de una mujer gallega llamada Inés Cid que pasaba por ama de la niña. Venían de la Nava del Rey y su intención era  quedarse en Madrigal para vivir de los pasteles de carne y empanadas que preparaban; porque Gabriel ejercía de pastelero. Fue entonces cuando se produjo el encuentro entre Gabriel y fray Miguel de los Santos. Era este fraile un agustino portugués que en ese tiempo ejercía como vicario del convento de Nuestra Señora de Gracia el Real de Madrigal. Había sido confesor en la corte del rey Sebastián y, habiendo apoyado al Prior de Crato en sus intenciones de suceder al rey Sebastián, había sido por ello desterrado de Portugal y enviado a Castilla por Felipe II. Como vicario del convento entabló amistad con la más ilustre de sus monjas, que no era otra sino  María Ana de Austria, hija natural de Don Juan de Austria, héroe de Lepanto y a su vez hijo natural de Carlos I. Ingresó María Ana en el convento de Agustinas de Madrigal a los seis años de edad, enviada por su tío Felipe II. Al parecer no sentía vocación religiosa alguna, y prefería las historias de aventuras, especialmente si se referían a su padre o a su primo Sebastián, al que, como muchos más en esos años, creía vivo. Fray Miguel de los Santos alimentaba su imaginación relatando a doña Ana unas visiones que decía tener en las que se le aparecían ella misma y el rey don Sebastián uniendo sus vidas para acometer grandes empresas.
Así pues, cuando fray Miguel se topó con Gabriel de Espinosa en Madrigal creyó ver en él a su rey deseado, pues apreció gran parecido con el desaparecido Sebastián; era pelirrojo como él, de buenas y nobles maneras y de la misma edad que debería tener el ausente rey. Cuando el fraile le insinuó al pastelero si ocultaba su verdadera identidad de rey, éste, al parecer, le respondió ambiguamente. No está claro si Gabriel de Espinosa engañó a fray Miguel haciéndose pasar por el rey Sebastián, o si fray Miguel sabía que Gabriel no era el rey pero quiso creerlo y hacer campaña a favor de él para destronar a Felipe II; puede que los dos llegasen a algún tipo de acuerdo en el que ambos obtuviesen beneficio, el uno verse coronado rey y el otro accediendo a un alto puesto en la corte, llevando a cabo el engaño, o bien pudo ser (nada es imposible) que Gabriel Espinosa fuera realmente el rey Sebastián y ambos uniesen fuerzas en una causa común. El caso es que fray Miguel llevó a Gabriel al convento de Nuestra Señora a visitar a María de Austria. A través de la reja del convento de clausura María, al parecer, lo reconoció como su primo el rey Sebastián. De nuevo no hay certeza sobre si María Ana creyó realmente en la reaparición de su primo Sebastián o si sólo lo vio como una oportunidad de escapar del convento y cumplir sus sueños de ser reina. Tras varios encuentros a través de la reja ambos se prometieron en matrimonio, condicionándolo ella a conseguir la dispensa de voto que le daría la libertad, merced que el Papa no negaría a un rey. También se reunió Gabriel con varios nobles portugueses que, al igual que fray Miguel y María de Austria, dieron en “reconocer” al pastelero como su rey desaparecido. La relación del pastelero con la sobrina del rey no podía quedar en secreto. Y cuando las habladurías sobre sus constantes visitas se propagaron por la villa, Gabriel de Espinosa puso tierra de por medio y marchó a Valladolid con algunas joyas y dineros de María Ana supuestamente a buscar a un hermano de ésta que les ayudaría en su empresa. Pero en Valladolid hizo gala el supuesto Sebastián de un comportamiento bastante alejado del que se espera de un rey. Se dedicó a fanfarronear y a mostrar las joyas a la menor ocasión, así como a blasfemar en contra del rey Felipe II. En consecuencia fue denunciado y hecho preso por don Rodrigo de Santillán, alcalde del crimen en la Chancillería. Pero la sorpresa fue mayúscula cuando además de las joyas, se encuentran en su posesión cuatro cartas: dos de fray Miguel en las que trata de “Majestad” al pastelero y otras dos de Ana de Austria, sobrina del rey Felipe II, en las que le trataba como su prometido. Para don Rodrigo, con más deudas de las convenientes, aquélla era la oportunidad de alcanzar el favor real y la encomienda con que tantos altos funcionarios soñaban, así que, saltando jerarquías, escribió directamente a Su Majestad informando del insólito caso. El rey Felipe II en persona dio las instrucciones sobre cómo se debía actuar. Puso al mando de la operación a don Rodrigo, que viajó con sus alguaciles a Madrigal. Hizo éste encerrar a María Ana de Austria en su celda del convento después de registrar todas sus pertenencias y requisar los documentos pertinentes; también prendió a fray Miguel al que interrogaron sobre el asunto. Y fue entonces cuando el fraile reveló su fantástico descubrimiento: el extraño comportamiento del pastelero, las cartas en las que se le trata de “Majestad” , las amorosas cartas de María Ana…Todo se debe a que en realidad el pastelero es Sebastián, el derrotado y desaparecido rey portugués. Se informó a Felipe II de todo y, como era de esperar, se instruyó un proceso contra los detenidos por suplantación de la personalidad del rey.
Los dos son acusados de crimen de lesa majestad.  En la investigación que siguió participó para interrogar al fraile el doctor Juan de Llano Valdés, sacerdote, capellán real y antiguo inquisidor, con potestad para hacer justicia con frailes y monjas, a quienes por su fuero no podía castigar don Rodrigo. Ambos procesados fueron reiteradamente interrogados, algunas veces bajo tormento. Las preguntas se centraron en la relación con la sobrina del rey y sobre todo en la identidad del suplantador. Pero poco dijo Gabriel de su vida y andanzas, sosteniendo que su verdadero nombre no era por el que se le conocía sino que lo usaba por ser el que aparecía en su título de pastelero. Su comportamiento fue mutable, y va desde una pronta confesión de la suplantación de la persona del rey Sebastián hasta la negación de la misma. El proceso era tutelado personalmente por Felipe II desde la corte, pues se carteaba con regularidad con don Rodrigo y el doctor Llano, responsables de la investigación, que le iban informando de todo. Fue el rey quien en todo momento tuvo la última palabra. Finalmente los dos acusados fueron condenados a muerte. Gabriel Espinosa fue ahorcado en Madrigal el 1 de agosto de 1594 y su comportamiento durante la ejecución contribuyó a acrecentar su leyenda. Subió al cadalso con pasmosa tranquilidad, con mirada orgullosa y porte regio, maldijo con saña a don Rodrigo, el alguacil que le detuvo, y le emplazó a pagar sus pecados ante el Tribunal de Dios. Se colocó el mismo la soga al cuello y fue luego cumplida la pena. Después su cuerpo fue decapitado y descuartizado y se expusieron sus despojos al pueblo en cada una de las puertas de entrada a la villa; la cabeza se colocó en la fachada del ayuntamiento.
El fraile Miguel de los Santos fue también ejecutado por ahorcamiento pero en la Plaza Mayor de Madrid donde había sido trasladado y reducido a condición laica. A pie de cadalso, sus últimas palabras fueron para declarar su inocencia y su convicción de que Gabriel de Espinosa era el rey Sebastián, o que al menos así lo había creído él. Fue también decapitado tras morir ahorcado y su cabeza fue llevada a Madrigal para posar junto a la de su compañero.
Felipe II también castigó a su sobrina María Ana por su implicación en este enojoso asunto. Fue encerrada en el convento agustino de Ávila donde pasó más de tres años hasta que su primo Felipe III, al poco de suceder a su padre en el trono, le permitió volver al convento de Madrigal donde, con el tiempo, llegó a ser priora. Más adelante, en 1611, se le nombró abadesa perpetua de las Huelgas Reales de Burgos.
Ésta es la enigmática historia del rey Sebastián y de su supuesto suplantador Gabriel de Espinosa. Es ciertamente sorprendente cómo este Gabriel pudo, en no más de tres meses que estuvo en Madrigal, prometerse con la sobrina del rey y planear reclamar el trono portugués. Muchas dudas siguen hoy en el aire y este episodio estimuló a muchos súbditos portugueses a creer en un “rey Sebastián” que les liberase del dominio castellano. Fue el germen de las revueltas que estaban por venir. El pueblo portugués se levantó en armas en 1640 y tras varios años de enfrentamientos, hace hoy dos semanas, el 13 de febrero de 1668, se ha firmado el tratado de Lisboa en el convento de San Eloy que ha confirmado definitivamente a la Casa de Braganza como dinastía reinante en Portugal.

Muchos han sido pues, desde que aquí estoy, los avatares políticos que se han producido en el reino, de los cuales me mantengo bien informada por los nobles personajes que de vez en cuando vienen a visitarme en mi capilla y charlan con las hermanas carmelitas. Muchas más cosas podría contar, pero tampoco conviene agotar a mis posibles lectores.

sábado, 30 de julio de 2016

Capítulo 12

Diario del Caudillo

2 de abril de 1939


“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.”
No me he podido resistir a incluir en este diario mío el último parte de guerra que, escrito de mi puño y letra, ayer enviamos desde mi cuartel general. Todo ha acabado, he limpiado España; ha sido duro, casi tres años de contienda, pero al fin todo ha ido según mis planes.
En Teruel lo pasamos mal y en la batalla del Ebro aún peor, pero al final salimos victoriosos asestándole a la República un golpe definitivo. Había que destruir por completo al Ejército Rojo. Podía haber conquistado fácilmente Cataluña en vez de enviar mis tropas hacia el Ebro, como me recomendaban algunos, y la guerra hubiera acabado antes, pero era necesario exterminar por completo al enemigo. En una guerra de desgaste las bajas son inevitables, muchos de los nuestros cayeron en el Ebro, me pude permitir el lujo de que se sacrificaran por la causa, pero serán honrados como merecen, ya tengo en mente un gran proyecto en honor a nuestros caídos. Kindelán se puso muy pesadito con lo de conquistar Cataluña pero me encabezoné en mi plan del Ebro. Faltó poco para que todo se fuera al traste por culpa de Hitler y su invasión de los Sudetes; me hizo sudar la gota gorda pues, si hubiera estallado un conflicto internacional, los franceses y británicos habrían apoyado sin duda la causa republicana. Menos mal que el ingenuo Chamberlain cedió ante el Führer y se mantuvo la paz en Europa.
Después de la batalla del Ebro todo fue rodado. Cataluña primero, luego Madrid y las demás ciudades que quedaban fueron cayendo una a una. La capital cayó el 28 de marzo, el mismo día en que nació mi adorada Santa Teresa de Jesús; no fue casualidad, es otra señal de su Divina intervención a favor de mi causa. Su Santa Mano me ha acompañado todo este tiempo y me ha guiado hacia la victoria final. La tengo aquí a mi lado como siempre mientras escribo, casi nunca la pierdo de vista, me gusta tenerla cerca en todo momento. Ahora me ayudará a gobernar España en estos tiempos de victoria, que no de paz. Esta guerra nuestra no ha sido una guerra civil sino una Cruzada, sí, una guerra religiosa como dijo el obispo Plà y Deniel; y Dios y sus Santos están de mi lado. Los que hemos combatido en esta guerra somos soldados de Dios y no hemos luchado contra otros hombres, sino contra el materialismo y el ateísmo. Y yo, como Jefe Supremo de esta Cruzada, sólo soy responsable ante Dios y ante la Historia. Soy como un Caudillo medieval castellano que guía a sus tropas contra las hordas infieles para llevar a cabo la Reconquista. Ayer mismo me recordaba Carmen las palabras de un párroco allá a finales de los años veinte; era el párroco de una pequeña finca de mi mujer llamada La Piniella, cerca de Oviedo. Cuando íbamos allí a pasar unos días este párroco siempre nos comentaba a mi Carmen y a mí que yo repetiría las hazañas de El Cid y de don Pelayo. ¡Qué razón tenía! ¡Qué sabios son los ministros de la Iglesia! Ayer, a Carmen y a mí, se nos llenó el corazón de gozo al recibir un telegrama en el que Santo Padre me agradecía la inmensa alegría que le había producido la victoria católica de España. Siempre me he sentido tan arropado por la Iglesia que, para hacer este abrigo más tangible, me atribuí a comienzos de la guerra la prerrogativa real de entrar y salir de las iglesias bajo palio. ¿Quién sino yo se merece tal honor? Nadie.
Ahora, una vez acabada la guerra, me va a tocar lidiar con monárquicos, falangistas y demás ralea. A Alfonso XIII, que me quiso meter prisa hace ya un par de años para que restituyese la monarquía, ya le dije que se olvidase de volver a ser rey y que fuera preparando a su heredero, si bien veo su entronización muy, muy lejana, tanto, que directamente ni la vislumbro ni la veo.
Luego está el insoportable Queipo de Llano. Aún tengo grabado cuando, a finales del 37, en la ceremonia de la jura de los miembros del Consejo Nacional, me sacó de quicio. Todo estaba muy bien preparadito por Ridruejo e Yzurdiaga, con regio sabor medieval, como a mí me gusta, en el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas en Burgos. Con tambores y cornetas sonando, todos los miembros del consejo desfilando por los claustros ataviados a la usanza del siglo XVI. Me juraron todos lealtad ante una imagen de mármol de Cristo y el pendón de la batalla de las Navas de Tolosa. Vino Queipo a estropearlo todo al quejárseme de que hubiera elegido a dedo a los miembros de Consejo sin consultar con nadie. Le hice callar gritándole:
—¡Esto no es un Parlamento y aquí no venimos a hacer política ni a plantear pequeñas cuestiones!
Ya me vengué de él más tarde al no darle ningún puesto en mi primer gobierno. Supongo que seguirá enfadado. Aún no he terminado contigo, amigo Queipo.
En mi primer gobierno tuve que hacer equilibrios para dejar contentos a todos, a falangistas y monárquicos, que siempre están a la gresca. Pero aún así la volvieron a liar e hicieron que estallase mi ira, cosa rara en mí, pues nunca expreso mi cabreo en público. En una Junta Política, Ridruejo, sin duda aguijoneado por Agustín Aznar y González Vélez, leyó una propuesta sobre los estatutos de FET y de las JONS elaborada por los sectores más extremistas de la Falange. El monárquico Sáinz Rodríguez se quejó de que la propuesta le daba excesivo poder al partido e iba en detrimento del gobierno y en su confianza en él. Yo no pude evitar estallar también:
—¡Más que en detrimento del Gobierno, va en mi contra! ¡Desconfianza en el Caudillo! ¡Deslealtad con él!—di un puñetazo en la mesa y todo—¡Tenía que haber fusilado a Hedilla! Sí, sí, fusilar, y también a Aznar y a González Vélez. ¿Y quiénes son los Ridruejos, los Aznares y los González Vélez para definir el partido? ¡Aquí mando yo!
Ridruejo se levantó y se disponía a irse. Me calmé y le dije que olvidara el incidente y se volviera a sentar. Eso sí, a González Vélez y a Aznar los hice encarcelar. Lo que hay que hacer para mantener el orden…
Y entre todas estas contrariedades me vino una desgracia familiar: la muerte de mi hermano Ramón. Se estrelló con su avión en el mar cuando se dirigía a bombardear Valencia. No derramé ni una lagrimilla por él la verdad; era un bala perdida, se veía venir. Envié un telegrama a la aviación nacional: “No es nada la vida que se da alegre por la Patria, y siento el orgullo de que la sangre de mi hermano, el aviador Franco, se una a la de tantos aviadores caídos.” Al entierro no fui, estaba muy ocupado, además era en Mallorca y desde lo de Mola no monto en avión. Mi otro hermano fue en mi nombre.
Pero no todo fueron calamidades, también tuve alguna que otra alegría. Una vez finalizada la batalla del Ebro me tomé un pequeño paréntesis en mis deberes y me fui para mi tierra. El gobernador civil de La Coruña, Julio Muñoz Aguilar y el banquero Pedro Barrié de la Maza, querían hacerme entrega de un regalito. Habían organizado una suscripción para recaudar fondos entre los habitantes de la provincia con el fin de agradecer a su Caudillo los servicios prestados a la patria por un hijo de la tierra; no hubo ni un vecino que no pagara, pues el que no lo hiciera quedaría marcado como simpatizante de los rojos. Con los fondos obtenidos adquirieron una mansión rural, llamada el Pazo de Meirás, que tenían el honor de regalarme. Se trata de un magnífico pazo de casi siete hectáreas de terreno coronado por un caserón de estilo medieval con tres torres que perteneció a la novelista Emilia Pardo Bazán. Conozco yo a esta escritora de oídas pero no he visto un libro suyo ni de lejos. Fui pues para allá con Carmen, Nenuca y la Santa Mano de Teresa de Jesús. Carmen, nada más entrar al caserón, dijo que había que hacer remodelación de la decoración y que quería que se plantasen hortensias (su flor favorita) por todo el pazo. Era necesario restaurar todo a su gusto, ya se sabe cómo son las mujeres. Me hicieron entrega de las llaves y de los certificados de la donación. A los dos benefactores responsables de este obsequio ya les recompensaré con algún favor, un ascenso o un ennoblecimiento cualquiera.
Volvimos, después de esta agradable excursión a Galicia, a Burgos, donde me dispuse a planear el ataque final a Cataluña. Llegó a los pocos días a la capital burgalesa mi sobrina Pilar, que había sido liberada de la cárcel de Valencia en un canje de prisioneros. Había estado dos años encerrada y se presentó con un bebé enfermo de meningitis; llevaba tal desaliño y tan mala pinta que me produjo un poco de asco. La recibí con apatía y con pocas palabras. Mi mujer hizo lo propio y observándola con mirada torva le preguntó:
—¿Tú de qué lado estás?
Respondió sin mucha convicción que del nuestro y la mandamos luego a que se asease. En fin, la familia no se escoge.
Espero que no me salga roja esta sobrina mía porque a los derrotados hay que darles mano dura. Ni amnistía ni reconciliación, los delincuentes republicanos no merecen otra suerte que la muerte o el exilio (eso el que pueda escapar).

Aunque nuestra Cruzada Nacional ha terminado, España sigue siendo una nación en armas. Nuestra victoria es sólo la primera etapa en el renacimiento del gran Imperio español. El norte de África será el principio; España es una potencia Mediterránea, dominamos la entrada al Mare Nostrum, y los franceses y británicos tendrán que ir acostumbrándose a tratar conmigo de igual a igual en los asuntos de la zona. Mi sueño es convertirme en el heredero imperial de Carlos V de Alemania y I de España y de Felipe II…¡Vaya! Ya me llama Carmen para que me acueste y le lleve la Santa Mano de Teresa de Jesús. Mañana será otro día.

sábado, 18 de junio de 2016

Capítulo 11

Diario del Padre Gracián

28 de abril de 1588


¡Ay, Señor! ¡Qué tiempos me ha tocado vivir! Padezco por mis propias contrariedades, pero más aún lo hago por mi Madre Teresa de Jesús y su santo cuerpo, que no para quieto.
Va ya para tres años que dejé a la Madre Fundadora en el convento de San José de Ávila. Durante este tiempo la madre María, priora de San José, me ha mantenido informado por carta de todos los acontecimientos que se han ido produciendo.
A los pocos días de estar el santo cuerpo de Teresa en Ávila se fue corriendo la voz por toda la ciudad de su presencia y del suave perfume que exhalaba. Y tanto se habló y se debatió sobre esto que muchas voces pedían convocar a médicos y teólogos para que juzgasen si se trataba de cosa natural o si era milagrosa y que quedase constancia de ello. Así pues se le pidió a la madre María que hiciese una relación de todos los hechos ocurridos, pero ella no lo quiso hacer hasta que tuviese licencia para ello de su superior. El permiso le fue dado y así, poco más de un mes después de estar el cuerpo en Ávila, el último día del año de 1585, llegaron a la ciudad el padre Diego de Yepes, prior que era entonces de los Jerónimos de Madrid, el licenciado Laguna, oidor en el Consejo de Estado, y Francisco Contreras, oidor que es ahora en la Cancillería de Granada. Llegaron los tres de Madrid a pesar del mucho frío y el duro viaje con el único propósito de ver esta maravilla del Señor. Pasaron a visitar a su casa al obispo de la ciudad don Pedro Fernández de Temiño y mandó éste recado a la priora de que al día siguiente a primera hora irían todos a examinar el santo cuerpo.
Así pues, a las nueve de la mañana del siguiente día, que era día de la circuncisión, el primero de 1586, se presentaron en el convento de San José el obispo con los oidores, dos médicos y otras personas notables, en total unas veinte personas. Entraron a sacar el santo cuerpo el padre Diego de Yepes, el clérigo Julián de Ávila y los dos médicos; trajeron entre los cuatro el féretro a la portería y, con las puertas cerradas, extrajeron el santo cuerpo y lo colocaron sobre una alfombra de bordado oriental. Se descubrió luego el cuerpo y lo iluminaron todos con las antorchas que llevaban, teniendo cuidado de no quemar nada del santo cuerpo, sobre todo el pelo. Se pusieron muchos de rodillas para examinar mejor el cuerpo y lo admiraron grandemente e incluso hubo algunos que soltaron no pocas lágrimas del entusiasmo que les embargaba ante la contemplación de semejante milagro. Los médicos lo estudiaron con suma atención y detalle y llegaron a la conclusión de que aquello era imposible que fuese cosa natural sino verdaderamente milagrosa pues, un cuerpo que nunca jamás se abrió en canal ni le echaron bálsamo alguno ni la menor cosa del mundo, ¿cómo podía estar al cabo de más de tres años tan entero que no le faltase de nada (excepción hecha del brazo izquierdo amputado) y con un olor tan admirable para los sentidos? ¿Quién podía dejar de comprender que era obra de la mano derecha de Dios y que sobrepasaba toda explicación natural?
También se admiraron todos al contemplar aquel mantelito de estameña que le sacamos y que estaba empapado en una sangre tan fresca como recién sangrada y que despedía un agradabilísimo olor.
El obispo les manifestó a las hermanas que eran muy afortunadas de tener en su convento tan gran tesoro y que no tenían nada más que desear en esta vida terrenal pues eran testigos de hechos prodigios enviados por el Señor. Les dijo también que cuidaran del santo cuerpo con mucha decencia y que lo mantuvieran siempre bien aseado y acicalado. Dijo además que le enviasen luego la alfombra oriental sobre la que se había colocado el santo cuerpo pues quería acomodársela en su aposento para pisar sobre ella cada vez que se levantase del lecho.
Se dirigió después el obispo a todos los presentes y les quería hacer jurar que no revelasen todos los milagros que allí habían visto, pero empezaron todos a suplicarle que no les hiciese jurar tal cosa pues estaban ganosos de contar todas tales maravillas, y así el obispo renunció a ello y se publicaron prontamente por toda la ciudad de Ávila los prodigiosos hechos.

Mientras, en Alba de Tormes, tal como me contó el padre Ribera, las cosas eran muy distintas. No estaban sus gentes tan jubilosas como las de Ávila, ni mucho menos. Y menos que nadie lo estaban el duque don Antonio de Toledo y su tío don Hernando de Toledo, prior de San Juan. Cuando nos llevamos el cuerpo de la santa Madre de Alba estaban ellos dos fuera de la villa, pues adrede elegimos esas fechas para que no nos impidieran el traslado. Al enterarse de que el santo cuerpo había volado cogieron ellos gran enojo, sobre todo el prior, que sentía una gran devoción por la santa y que era consciente del gran tesoro que perdía la villa; además era su parecer que el agravio se había hecho no tanto al duque como a él mismo, pues a su cargo estaban todos los asuntos del duque.
Se presentó el prior como un poseso en el convento echando pestes de los, según él, “malditos monjes expoliadores, ladrones de cadáveres con nocturnidad y alevosía”. Se trajo consigo a un escribano y, ante la priora y las demás monjas, le dictó un documento en el que daba orden de que bajo ningún concepto se sacase de allí el brazo izquierdo que había quedado, pues si así sucediera caerían grandes penas sobre el responsable del hurto.
Y no quedó ahí la cosa sino que escribió luego a la Santa Sede de Roma al mismo Papa Sixto V explicándole lo sucedido y reclamándole la reincorporación del santo cuerpo a Alba. Y tan acertadamente reivindicó sus razones que el Santo Padre le dio razón y ordenó que el cuerpo de la Madre Teresa fuese devuelto a Alba. De modo que el padre Nicolás Doria de Jesús María, quien me había sucedido como Provincial de la orden carmelita descalza, al recibir la notificación con las órdenes de Su Santidad, se trasladó de inmediato a Ávila para volver a mudar el santo cuerpo. Fueron con él también el padre Juan Bautista, que era entonces prior en Pastrana, y el padre Nicolás de san Cirilo, prior que era del monasterio de Mancera.
La madre María de san José me escribió con gran pena relatándome cómo habían llegado al convento y les habían informado de la decisión del Santo Padre. La amargura y la desdicha inundaron el convento. Para consolarlas, el padre Nicolás Doria les dejó que se quedasen con una reliquia de la santa; y como la que más a mano tenían era la clavícula del lado izquierdo, que sobresalía por el hueco del brazo amputado, tiró del hueso la priora y salió éste suavemente como el de un muslo de pollo.
Se llevaron luego los padres el cuerpo de la madre de noche y con mucho secreto para Alba de Tormes, donde llegaron a eso de las ocho de la mañana del día 23 de agosto, víspera de San Bartolomé, del año de 1586. El padre Ribera, que llegó ese mismo día al convento, me contó cómo, cuando se supo en Alba del regreso del santo cuerpo, hubo muchos clérigos que quisieron hacer fiesta para celebrarlo, con procesiones y música. Mas el padre Doria, que no veía este traslado como definitivo sino como de prestado, y que sólo lo hacía por cumplir las órdenes del Papa, se negó a que se celebrase fiesta alguna y tan solo consintió en que se entregase el santo cuerpo a las monjas y en que quedase constancia de ello. Colocaron pues el cuerpo de la Madre en el coro inferior y se dejó entrar en la iglesia, al otro lado de la reja, al duque de Alba y a la condesa de Lerín, su madre, así como a mucha más gente que llenó a reventar el templo. Se descubrió luego el cuerpo de la Madre Teresa y se enfocó con luz suficiente rodeándolo de candelabros; estando así preguntó el prior de Pastrana a las monjas si reconocían ser aquel el cuerpo de la Madre Fundadora Teresa de Jesús y si se daban por entregadas de él; ellas respondieron que sí y todos los del otro lado de la reja también dijeron que sí, que lo reconocían, y de todo esto tomó nota y dio testimonio un escribano. Y gracias a Dios que la reja separaba al santo cuerpo de la muchedumbre pues, si no estuviera la tal reja, era tal el fervor y el entusiasmo de las gentes que a buen seguro hubieran hecho jirones el hábito de la santa para hacer reliquias y aún el mismo cuerpo hubiera corrido peligro de ser desmembrado del todo. Durante toda la tarde estuvo la iglesia llena de gente que venía a venerar la maravilla del santo cuerpo, no se iban y no se hartaban de verla. Y cuando ya anocheció hubo varios vecinos de la villa que, no creyendo que los padres fueran a dejar allí el santo cuerpo y temiendo que se lo pudieran llevar de nuevo por la noche, hicieron guardia en las puertas del convento para evitar que lo sacasen usando la fuerza si llegaba el caso. Fue éste sin duda uno de los más felices días de la historia de la villa de Alba de Tormes. Y el Señor quiso anticipar este dichoso día ya que un mes antes, estando una monja en oración, vio con claridad meridiana una bellísima estrella en el coro alto, justo en el lugar donde se puso y está ahora el santo cuerpo, y era su luz tan brillante que en comparación a las otras estrellas no daban luz ninguna, así que entendió la hermana que alguna gran cosa había de suceder, y luego comprobó que era por el retorno del cuerpo de la Madre Fundadora. Y allí en Alba se ha de quedar el santo cuerpo pues, aunque la priora del convento de San José de Ávila ha apelado la decisión del Santo Padre, dudo mucho que cambie de opinión en su favor. Además, el prior de san Juan, que ha sido el mayor artífice de que el cuerpo retorne a Alba, ha declarado que construirá un buen sepulcro para la santa Madre.
Hace poco me escribió el padre Ribera y me contó que, a petición del obispo de Salamanca, Jerónimo Manrique, el pasado 25 de marzo se llevó a cabo un nuevo examen del cuerpo de la Madre Teresa. El padre Ribera estuvo presente y en su carta me relató con sumo detalle cómo fue. Empezaron por el brazo izquierdo, al que corté yo la mano, la cual llevé a Lisboa hace ya casi cinco años; a parte de esto está de una pieza, pero, bien por ser este brazo el que se rompió cuando la Madre Teresa se cayó (por obra del Diablo) de la escalera o bien por haberle quitado la mano y haber por allí perdido grasa, tiene menos carne que el otro que está en el cuerpo, pero aún así tiene mucha, y al principio tenía más, sólo que se ha enjugado y resecado algo. El color es justamente como el de un dátil maduro, la carne está como cecina, la piel tiene arrugas a lo largo como ocurre cuando las personas mayores adelgazan, pero mantiene su vello y todo; lo tienen siempre envuelto en un paño limpio que cada cierto tiempo se cambia pues queda empapado de una especie de aceite o grasilla que supura del brazo, y queda el paño como si lo hubiesen metido en aceite o algo semejante, pero tiene este aceitillo el mismo lindo olor que el brazo y el cuerpo. Son muchísimos los paños de estos que se han dado a los fieles como reliquias y se siguen dando, pero cada vez menos, pues la carne se va enjugando y ya no se producen tantos. Pero esta carne no hay modo ninguno en el mundo por el que se corrompa, como si fuera de acero, ni una pizca se pudre ni por más calor que haga en verano ni las moscas se le acercan. Es cosa probada que la carne de la Madre Teresa dura sin corromperse como duran los huesos de cualquier otro santo. Y me cuenta el padre Ribera que la primera vez que tomó en sus manos este brazo de la santa Madre fue poco antes de comer y que le quedó en las manos ese encantador olor y que le dio tanta pena que no quiso lavárselas para comer para que no se le fuese el aroma; si bien ya de noche se las hubo de lavar, pero aún así el olor no se fue ya que, aún después de acostado, sentía el mismo olor en las manos y todavía le duró el perfume quince días.
Pasó luego el padre a describirme el estado del santo cuerpo. Me cuenta en su carta que está enhiesto, aunque algo inclinado hacía adelante, como con chepa, como suelen andar los viejos; pero está de tal suerte y tan sano que, puesto en vertical, con una mano de alguien que le aguante por la espalda, se tiene en pie y lo visten y lo desnudan como si estuviera vivo, como si fuera una señora de alta alcurnia ayudada por sus doncellas. El color es como el del brazo, de dátil maduro, aunque en algunas partes está más blanco. Lo que más oscuro tiene es el rostro, que lo tiene un poco maltratado, pero muy entero pues ni en el pico de la nariz no le falta ni poco ni mucho; los cabellos los tiene como recién muerta, sedosos y fuertes. Los ojos están secos, pues han perdido ya la humedad que tenían, pero están enteros, como dos canicas. En los lunares que tenía en la cara se ven aún los pelillos. La boca la tiene cerrada a cal y canto, pues no se puede abrir, que bien lo intentó el padre. En las espaldas tiene el santo cuerpo particularmente mucha carne, bien blandita. La parte donde se cortó el brazo está jugosa, pues suelta un jugo viscoso que al tocarlo queda en la mano el mismo olor del cuerpo. La mano derecha está puesta como en posición de quien echa la bendición, aunque no tiene los dedos enteros; y me dice el padre Ribera que hicieron mal en quitárselos pues con esa misma mano hizo grandes cosas la Madre Teresa y ya que Dios la dejó entera, así debía haber quedado. Los pies están muy lindos y muy proporcionados y el padre no perdió ocasión de besárselos. Y está, en fin, el santo cuerpo muy lleno de carne, y su olor es igual que el del brazo pero más intenso. Termina el padre su carta expresándome su deleite al haber podido ver el cuerpo de la Madre Fundadora y me dice que no se hartaba de contemplarlo y que tiene tal día como el más feliz de su vida. Y añade que le da gran pena el pensar que algún día han de descuartizar el santo cuerpo bien por orden de personas graves o a instancias de los monasterios para hacer reliquias, y que esto no se debería hacer. Ignora el buen padre Ribera que tengo yo junto a mí el dedo meñique de la mano izquierda de la santa Madre…

Yo tan solo pido a Dios que se quede el cuerpo ya quieto y que no haya más trajín con él, pues ya bastante andariega fue la Madre Fundadora en vida como para que lo siga siendo su cuerpo ya muerto. Que no corra más penurias pues bastantes tengo yo ya, las cuales contaré otro día. Beso el dedo de la santa y me retiro al lecho.

sábado, 4 de junio de 2016

Capítulo 10

Diario de la Santa Mano

9 de agosto de 1583


Paso hoy mi primera noche en Lisboa donde hemos llegado hoy después de un viaje un tanto accidentado.
Salimos de Ávila el padre Gracián y yo el día 17 de julio y dejamos atrás el Carmelo de San José con sus piadosas hermanas, quienes nos bendijeron a ambos.
—Que la Santa Mano le guíe y le lleve a usted por el buen camino, padre Gracián—dijo la priora—Les echaremos de menos a los dos. Dios les bendiga.
—Gracias hermana—respondió el padre Gracián—Ya volveré por aquí a no mucho tardar. Que Jesucristo nuestro Señor las proteja.
El padre Gracián acomodó sus bultos (yo entre ellos) en su mula y se dispuso a comenzar viaje. Había él convenido realizar el mismo junto a un grupo de mercaderes que también se dirigían a la ciudad portuguesa, de modo que se fue para la Plaza Mayor donde se reunió con ellos. Una vez que el grupo estuvo preparado salimos de la amurallada ciudad abulense hacia el vecino reino de Portugal.
En mi poco más de un mes de vida he tenido tiempo de plantearme no pocas preguntas trascendentales.
¿Qué soy yo? Soy la mano incorrupta de mi santa madre Teresa de Jesús. Vivo, siento y padezco. Puedo oír y ver lo que me rodea aunque esté guardada en mi cofrecillo, mis sentidos son metafísicos.
¿Por qué estoy viva? En lo más profundo de mi ser vislumbro que la Gracia de Dios me ha dado la vida. Vivo porque así lo quiere Dios, mi Fe en Él me lo afirma.
¿Cuál es mi misión en esta vida? Quisiera poder comunicarme con el Altísimo para que me lo dijera. Sólo puedo seguir el consejo de mi madre Teresa y dejar constancia de mis vivencias en este mundo hasta que Dios nuestro Señor me llame a su lado si le place. Y aprender; debo absorber todas las experiencias que la vida me vaya presentando; tengo ansia de conocimiento de todo tipo, pero sobre todo de comprensión del alma humana. No puedo desplazarme por mí misma, dependo de los hombres para eso; no puedo comunicarme con ellos, no poseo ese don, pero sí puedo comunicarme con seres como yo, o al menos eso deduzco de la breve conversación que tuve con mi madre mi primer día de vida. Afronto mi existencia con las más esperanzadoras expectativas. Dios dirá lo que ha de ser de mí. De momento seguiré siendo cronista del viaje del padre Gracián.
El primer día transcurrió sin mayores percances, llegamos ya entrada la tarde a la villa de Piedrahíta donde nos dispusimos a hacer noche. El padre Gracián se encaminó al convento de carmelitas calzadas que en esta villa había para que le dieran hospedaje. Las hermanas le recibieron con cristiana hospitalidad, si bien no dejé de notar cierto recelo por ser el padre Gracián provincial de la nueva rama reformada de las carmelitas. Tal vez fuera también ésta la razón por la que no mostraron desmesurada alegría ni mucho menos cuando el padre Gracián me mostró a sus ojos. No parecían sentir gran admiración por la figura de mi madre Teresa de Jesús.
—Le falta el dedo meñique, padre—dijo la priora cuando me vio—No se lo habrá comido una rata o algún can hambriento, ¿no?
—No, no, nada de eso—respondió el padre Gracián—El dedo se lo corté yo mismo y siempre lo llevo conmigo debajo de mi hábito.
Y enseñó mi dedillo con orgullo paternal.
Pasamos pues la noche en el convento y al día siguiente retomamos el camino junto al grupo de mercaderes. Había uno de éstos que respondía al nombre de Gonzalo y que, ayudando al padre Gracián a montar sus bultos a la mula, no le pasó por alto el cofrecillo en el que yo iba alojada y en un descuido del padre lo abrió, y al verme se pegó un buen susto tirando al suelo el cofrecillo y a mí con él.
—¡Dios bendito, padre!—exclamó espantado—¿la mano de quién trae usted ahí?
—Pero, hijo mío—dijo el padre Gracián mientras me recogía del suelo—¿Cómo osas husmear en mis pertenencias?
—No lo hice, padre—mintió Gonzalo—Se me cayó el cofre y al caer se abrió solo escupiendo esa zarpa.
—Bueno hijo, bueno, le creo, perdóneme. Pero no blasfeme, por Dios; ésta es la mano incorrupta de la Madre Teresa de Jesús, es una reliquia que llevo al convento carmelita de Lisboa.
—Ah, discúlpeme padre, como iba yo a saber…Tenía fama de santa la Madre Teresa.
—Lo era—afirmó el padre Gracián—De esas almas puras que Dios nos envía una vez cada mil años.
—Dios la tenga en su Gloria eterna—dijo el mercader mientras se santiguaba con cristiana devoción.
Noté yo que este Gonzalo se quedó mirándome con suma atención, como maquinando algo dentro de su caletre. Y no andaba yo errada porque, en una parada que hicimos en el camino para almorzar, cuando el padre Gracián se retiró unos pasos para orinar, aprovechó el tal Gonzalo para hurtarme del cofrecillo y guardarme con celeridad en su zurrón.
Cuando el padre Gracián volvió de hacer sus necesidades no se percató del hurto, pues no se le ocurrió comprobar si estaba yo en mi cofrecillo.
Al poco de retomar la marcha Gonzalo declaró que iba a desviarse del camino para visitar a unos familiares. Los demás no objetaron nada, de modo que Gonzalo se separó del grupo conmigo en su zurrón y tomó rumbo norte. Era mi ladronzuelo un hombre joven, de poco más de veinte años, moreno y fornido.
A media tarde llegamos a la villa de Guijuelo. Gonzalo llamó a la puerta de una de las casas del centro de la villa. Le abrió un hombre de mediana edad.
—¡Hombre, sobrino!—exclamó al verle—¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? Pasa, hombre, pasa.
—Hola tío Balbino. Pues nada, iba de camino a Lisboa pero me he desviado para pasar por aquí porque traigo un remedio para el mal del primo Cesáreo.
—¡No me digas!—dijo su tío—¿Y qué remedio es ese que traes?
—Nada más y nada menos que la mano de una santa—dijo Gonzalo con regocijo—De la monja esa famosa que montó aquel revuelo en los carmelitas, Teresa de Jesús.
Y diciendo esto me sacó de su zurrón y me mostró a su tío.
—¡Válgame Dios!—exclamó—Sí que he oído yo hablar de esa Teresa y a fe mía que tenía fama de santa, sí. Pero, sobrino mío ¿cómo diablos te has hecho tú con la mano de esa beata mujer?
—Pues la llevaba un cura que iba en mi grupo de viaje a Lisboa. Le expliqué yo el problema de mi primo Cesáreo y él, muy amablemente, me la prestó para que su Divino poder le libre de su trastorno.
En esto apareció una mujer que a buen seguro era la mujer de Balbino y tía de Gonzalo, una rolliza señora de pueblo.
—¡La mano de una santa dices que traes, sobrino!—exclamó—A ver, a ver que la vea yo.
Y la buena mujer me cogió y me inspeccionó con detenimiento.
—Le falta un dedo—dijo—Sobrino, ¿seguro que es de una santa? ¡A ver si va a ser de alguna pelandusca!
—No, tía Francisca—negó Gonzalo—Te juro por mi alma, que se queme en el infierno si miento, que es de Teresa de Jesús, el cura me lo dijo con total convencimiento, y los curas no mienten. Además, ¿no ves lo incorrupta que está y el buen olor que trae?
—Sea, así debe ser entonces—dijo Francisca—Vamos al cuarto de Cesáreo pues.
Entramos en un pequeño aposento en el había un camastro sobre el que yacía un chico joven, de no más de dieciocho años, bastante regordete también, como la madre, y que parecía estar dormido.
—Hijo—dijo la madre mientras le despabilaba dándole ligeros pescozones en la cabeza—despierta hijo, que está aquí el primo Gonzalo y trae un regalito para ti.
El muchacho se desadormeció y se restregó las legañas, luego dijo:
—Madre, quiero chorizo. Quiero jamón, madre.
—Sí, sí hijo—dijo el padre—ahora te damos, espera.
Enseguida comprendí yo que el pobre muchacho padecía algún tipo de retraso mental.
—Restriégale la mano por la cabeza, sobrino—dijo la madre—Y también por la cara, por la frente y las mejillas.
Gonzalo así lo hizo, siguiendo las instrucciones de su tía. Tenía Cesáreo una piel sedosa, poblada en ciertas partes de una agradable pelusilla.
—Madre, quiero jamón, jamón. Quiero chorizo, madre—repetía el infeliz Cesáreo.
—Sí hijo, sí, ahora—dijo Francisca—Cuidado sobrino que no te quite la mano, que igual se piensa que es una manita de cerdo y le da un bocado, no se la acerques mucho a la boca, sólo piensa en comer el pobrecito mío.
—Descuide tía, ya tengo cuidado de que no lo haga—dijo Gonzalo.
—Pásasela sobre todo por el cráneo, por donde está el cerebro—dijo el padre—que, digo yo, que allí será donde se concentre la causa de su mal.
—Madre, jamón. Chorizo quiero, madre.
Después de varios minutos de realizar estas operaciones el padre le trajo a su hijo una ristra de chorizos, los cuales devoró el buen muchacho con no poca fruición. Una vez con el estómago lleno no tardó en caer dormido de nuevo.
—Déjale la mano puesta sobre la cabeza—dijo Francisca a su sobrino—Así le hará más efecto el poder sanador de la reliquia.
Y allí me quedé puesta con mi palma bajo la cabeza de Cesáreo más de dos horas.
Al cabo de las cuales volvieron a recogerme los tíos y el sobrino.
—Es una muy buena idea—venía diciendo Balbino.
—Sí, sí, ya lo creo, venga, coge la mano de la santa y vamos a la pocilga—dijo Francisca.
Me cogió Gonzalo y se dirigieron los tres a la parte de atrás de la casa donde por un portón se accedía al corral. Se metieron luego en la pocilga en la que habría una docena de cerdos y otros tantos cochinillos. Comenzaron luego a frotarme con ellos y a acariciarles conmigo sus lomos, piernas, cabezas…
—Restriégales a todos con la santa mano—decía Francisca—Ya verás qué jamones más buenos van a salir. Jamones y chorizos bendecidos por la mano de una santa. Cuando se los coma mi Cesáreo le harán mucho bien si es que no está aún recuperado para cuando hagamos matanza.
—A los cochinillos también sobrino—dijo Balbino—Que a todo cerdo le llega su San Martín.
—Hasta podemos luego vender algunos como milagrosos en los mercados—dijo Francisca—Chorizos, morcillas y jamones de la santa Teresa de Jesús, tocados y amasados con su incorrupta mano. Carnes y embutidos curativos.
—No es mal proyecto, mujer mía—dijo su marido.
Estuvo pues Gonzalo manoseando a todos los gorrinos de la piara conmigo, los cuales no paraban quietos y no parecían apreciar en su buena medida el honor de que yo les palpase por todas sus partes, de modo que no pocas veces provocaban encontronazos y tropiezos que acababan con Gonzalo (y yo con él) rodando por el apestoso fango. Acabamos los dos bastante pringados de tanto rebozarnos en el lodo.
Una vez terminados todos los menesteres de bendición de puercos entramos de nuevo en la casa y Gonzalo se retiró a asearse mientras Francisca me limpiaba a mí con un paño húmedo. Una vez limpios todos, los tíos y el sobrino se dispusieron a cenar. Tomaron todo tipo de productos del cerdo y dos huevos fritos cada uno. Tras llenar la panza no tardaron en retirarse a dormir.
Al día siguiente Gonzalo se levantó muy temprano y se despidió de sus tíos y de su primo.
—Adiós sobrino—dijo Francisca—Vuelve a visitarnos pronto. Quiera Dios que la Gracia de la mano de santa sane a nuestro Cesáreo.
—Dios lo quiera—dijo Gonzalo—Hasta pronto, tíos, cuídense; adiós, primo Cesáreo.
—Quiero jamón, madre. Chorizo, morcilla quiero, madre.
No sé si mis masajes craneales ayudaron a normalizar la mente del pobre Cesáreo. Espero y pido a Dios que así fuera.
Salimos pues de la villa de Guijuelo y tomamos dirección sur. Gonzalo iba imponiendo un apresurado ritmo a su borrico, de modo que paramos a comer en Béjar y llegamos luego a Plasencia antes de caer la tarde. Enseguida que llegamos a la villa empezó Gonzalo a preguntar por su grupo de mercaderes y por el padre Gracián. Se enteró así de que hacía poco más de media hora que habían llegado, que los mercaderes estaban alojados en una fonda y que el cura estaría en alguno de los conventos de la ciudad. Siguió Gonzalo indagando y por fin supo que el padre estaba en el convento de los dominicos. Se dirigió pues hacia allí y cuando llegó preguntó a un monje que se disponía a entrar si estaba allí un carmelita recién llegado a la villa. Le respondió el monje que así era y que aguardase un momento a que le diera aviso de que le buscaban.
No tardó el padre Gracián en salir. Llevaba el padre un semblante tristísimo, como si portara el alma en los pies.
—Sois el mercader que se separó del grupo ayer ¿no?—dijo el padre—¿qué queréis de mí?
—Padre—dijo Gonzalo—Tengo vuestra mano.
—¡Qué me dices, hijo mío!—exclamó Gracián—¡Gracias a Dios! Ya la daba yo por perdida, pensaba que se me había extraviado en algún punto del camino…Pero dime, ¿cómo es que la tienes tú? ¿Te las has encontrado acaso por ahí tirada?
—A decir verdad, padre—dijo Gonzalo al tiempo que me sacaba de su zurrón y me entregaba a Gracián—yo se la robé a vuestra merced en un descuido…
—¡Pero hijo!
—Lo sé, lo sé, padre…Quiero que me perdone, quiero confesar…No lo hice por malicia, lo hice para llevarla donde mi primo, que el infortunado es lento de entendimiento, como un niño de 3 años, y quise pasarle la santa mano por la sesera, para a ver si con su Divino poder hacía que se le iluminara el cerebro.
—¡Ay, hombre de Dios!—exclamó el padre Gracián—¡No sabes el mal rato y la angustia que me has hecho pasar! Pero, ¿cómo no me pediste que fuera contigo a auxiliar a tu pobre primo? Yo hubiera ido encantado…
—Discúlpeme, padre—dijo Gonzalo—lo hice sin pensar, fue como un impulso provocado por el demonio.
—Bueno, bueno, dejemos al demonio que arda en su fuego eterno y demos gracias al Señor por haberte hecho volver a estar en tus cabales. Por cierto, ¿quedó tu primo curado de su mal tras bendecirle con la santa mano?
Explicó Gonzalo al padre cómo dejó a su primo a la espera de que el tratamiento llevado a cabo por él a través de mí surtiera el deseado efecto de la curación. Se despidió luego el arrepentido muchacho hasta la mañana siguiente en que se reanudaría el viaje.
Los días posteriores transcurrieron tranquilos, sin mayores percances durante el trayecto; pero poco antes de llegar a Badajoz fui de nuevo robada. Aprovechando una pequeña siesta que el padre Gracián se estaba echando, uno de los mercaderes, que respondía al nombre de Braulio, se apropió del cofrecillo que me contenía. Sin duda le había informado Gonzalo a este Braulio de que el padre era portador de una santa reliquia, pues eran los dos bastante amigos y siempre andaban juntos. Envolvió pues el cofre en una manta, lo guardó en un saco, se montó en su yegua y sin esperar a los demás, que estaban reposando la comida, echó a andar para Badajoz.
Llegó a la ciudad en menos de dos horas y se fue directo a una fonda de la que, por lo visto, era cliente habitual, pues todo el mundo le conocía. Después de instalarse en una de las alcobas bajó a cenar llevándome consigo en mi cofrecillo. Tras llenar su abombada barriga de todo tipo de viandas se fue a una mesa en la que tres parroquianos estaban jugando a los naipes. Se sentó con ellos, pidió una gran jarra de vino y se puso a jugar con la animación del que adivina prontas ganancias por medio del favor de la diosa fortuna. Dos horas después estaba completamente borracho y había perdido hasta el último maravedí.
—Anda, Braulio—le dijo uno de los jugadores—vete a dormir la mona que ya no tienes ni un real.
—¡De eso nada!—gritó—Quiero jugar la última mano, todo o nada. Me voy a jugar algo mucho más valioso que el sucio dinero…¡Me apuesto la mano incorrupta de la santa Teresa de Jesús! Aquí la tengo, ¡mirad qué hermosura!
Y diciendo esto me sacó de mi cofrecillo y me colocó en medio de la mesa junto a los montones de monedas apostadas. Quedaron todos atónitos y la fonda entera se agolpó alrededor de la mesa para observarme.
—¿De verdad es la mano de una santa?—preguntó uno.
—¡Lo juro por que me caiga aquí muerto ahora mismo! ¡Que me metan un hierro candente por el trasero si miento!—gritaba Braulio.
—¡Qué uñas más bonitas tiene!—comentó alguien.
Dos de los jugadores se negaron a aceptar la apuesta de Braulio, pues les parecía sacrílego semejante comercio con cosas de Dios; pero el tercero sí que estuvo de acuerdo en jugar, estaba también un poco beodo y dijo que pensaba ganar la mano para regalársela a su abuela ciega, así que se apostó todo lo que tenía, para satisfacción de Braulio, que ya veía recuperadas sus anteriores pérdidas. Pero no era aquella ciertamente la noche de Braulio; volvió a perder esta última mano y con ella a su recién adquirida mano, o sea, a mí. Mas, como era de esperar, no se tomó bien la derrota, y cuando su contrincante descubrió sus cartas y constató Braulio que de nuevo perdía, se puso como un basilisco; le lanzó a la cara las cartas a su rival y empujó violentamente la mesa, luego me agarró a mí antes que nadie pudiera evitarlo.
—¡La mano de la santa es mía!—gritó—¡Has hecho trampa maldito canalla!
—¡Mentira!—exclamó el otro. Y se lanzó sobre él para arrebatarle su premio, que era yo. Rodamos los tres por el suelo y tras varios puñetazos y forcejeos salí yo volando por los aires yendo a caer dentro de un barreño en el que estaban en remojo jarras, vasos y platos sucios. Una muchacha que trabajaba en la fonda me sacó del grasiento líquido y me secó con un paño; mientras, varios hombres se dedicaron a poner paz y a separar a los dos contendientes. En ese momento entró en la fonda Gonzalo acompañado del padre Gracián.
—¡Así que estás aquí, granuja!—le dijo Gonzalo a Braulio—Nos hemos recorrido todas las fondas de la ciudad buscándote. ¿Dónde tienes la mano de la santa?
Braulio apenas podía pronunciar palabra, sólo emitía balbuceos inconexos entre espumarajos. Los presentes les explicaron todo lo sucedido a Gonzalo y al padre y éstos a su vez les informaron de la desaparición de la reliquia y cómo, sospechando que Braulio era el responsable, habían ido a buscarle. Así que una vez aclarado todo, la muchacha me entregó al padre Gracián.
—Se ha mojado un poco, padre—le dijo—Pero la he secado bien y está como nueva.
El padre Gracián le dio las gracias, recogió el cofrecillo que estaba tirado por el suelo y me guardó en él. Perdonó luego al pecador de Braulio.
—Yo te perdono, hijo mío—le dijo—Pero enmiéndate y no infrinjas de nuevo las leyes de Dios. Reza, hijo mío. Y arrepiéntete. Dios te bendiga.
No sé yo si Braulio se percató de estos consejos porque mientras se los decía el padre estaba él medio inconsciente revolcándose en un charco de vino regurgitado.
Después de despedirse salimos de la fonda y el padre Gracián se encaminó a su lugar de alojamiento, que no era otro que el convento carmelita de la ciudad.
Los días siguientes continuamos el viaje sin ningún otro contratiempo importante hasta que llegamos esta mañana a Lisboa. El padre Gracián se despidió de sus compañeros de viaje y enfiló hacia el convento de San Alberto, mi lugar de destino.
Las hermanas carmelitas recibieron al padre Gracián con mucho afecto y entraron literalmente en éxtasis cuando el padre me mostró ante ellas y les dijo que era yo un regalo para su uso y disfrute.
—¡Queridísimo padre Gracián!—dijo la priora del convento—¡Qué bendición nos trae! No sabe lo feliz que nos acaba de hacer; tener con nosotras una mano de la Madre Fundadora es un honor que jamás hubiéramos imaginado recibir. Nunca se lo podremos agradecer lo suficiente, es una deuda impagable la que contraemos, Dios se lo pague, padre.
Todas las demás hermanas mostraron también su agradecimiento y su contento al tiempo que pasaba yo de mano en mano y era contemplada y no pocas veces besada por todas.
Se trató luego sobre el lugar donde colocarme, asunto que trajo un vivo debate. Al final se decidió situarme en una capilla a la derecha del altar. También se habló sobre la necesidad de encargar un relicario que me custodiase; tarea que se encargaría de allí a poco tardar a uno de los más afamados orfebres de la ciudad portuguesa.
Y hasta aquí llega la narración de éste mi viaje de iniciación. Descanso ahora en mi capilla y quedo a la espera de las pruebas que Dios nuestro Señor tenga a bien imponerme.


viernes, 20 de mayo de 2016

Capítulo 09

Diario del Caudillo

4 de junio de 1937


Bueno, ya está enterrado “el director”, el general Mola ya descansa bajo tierra en Pamplona.
Cuando estaba yo ayer en mi cuartel general enfrascado en las arduas tareas de la guerra, se presentó en mi despacho el almirante Cervera con rostro compungido y mustio.
—¿Qué pasa que trae usted esa cara?—le pregunté.
—Generalísimo—me dijo—No sé cómo decirle…Ha ocurrido una gran desgracia…
—¡No me diga! ¿qué ha pasado?
—Una calamidad—dijo casi entre sollozos—Desde luego ya es mala suerte…Menudo trago…Habrá que tomarlo con resignación…Son cosas que pasan…—y no soltaba prenda el hombre. Me estaba poniendo negro.
—¡Dígame de una vez! ¡Se lo ordeno!—le grité.
—Pues…Se trata del general Mola, su avión se ha estrellado esta mañana camino de Burgos…No ha habido supervivientes. Mola ha muerto.
—¡Ah! Finalmente no es más que eso…—dije aliviado—Temía que me iba a decir que los rojos habían hundido el crucero Canarias. ¿Y cómo ha sido?
—Al parecer su avión se ha estrellado contra un cerro, entre los pueblos de Castil de Peones y Alcocero, seguramente a causa de la poca visibilidad provocada por la espesa niebla…Pero todo es muy confuso aún. Bien podría haber sido abatido por error por uno de nuestros cazas, ya que Mola viajaba en un avión requisado británico muy similar a los que emplean para suministrar recursos a la República desde Francia. O tal vez haya sido un sabotaje de los rojos…
—Bueno, bueno, vale—le corté—Vamos a abrazar la versión de la niebla, que es la que menos daño hace. Si se investiga y resulta que la causa ha sido otra de las que dice usted, le echamos tierra encima, que no se sepa, no nos conviene ni crear mártires ni que los rojos se rían de nosotros si le hemos matado con fuego amigo.
—Como ordene mi Generalísimo.
Entraron luego mis demás subordinados del Estado Mayor: mi hermano Nicolás, Martín Moreno, Barroso y demás, quienes sin duda habían estado escuchando pegados a la puerta, temerosos de mi reacción…Por eso habían enviado al pobre Cervera a darme la “mala noticia”.
—Bueno—dijo mi hermano—están llevando los cuerpos de los fallecidos a Burgos, donde los van a velar toda la noche y mañana por la tarde se procederá a trasladar a cada uno a su ciudad, a Mola lo llevarán a Pamplona. Habrá que ir, ¿no?
—¡Qué remedio!—exclamé—Pero yo iré sólo a Burgos a presidir el traslado del cadáver, al entierro en Pamplona que vaya Millán Astray y que suelte uno de sus discursitos. Y nada de ir en avión, a ver si nos va  a pasar lo mismo; a partir de ahora todos los viajes en coche. Nunca me ha gustado volar, prefiero tener los pies en la tierra.
—Sí, sí—afirmó mi hermano—Hay que evitar riesgos innecesarios. Bastantes generales hemos perdido ya por percances aéreos.
—Y habrá que nombrar a alguien Jefe del Ejército del Norte en sustitución del caído Mola—intervino Barroso.
—Sí, claro—dije—que se nombre al general Dávila, es un hombre fiel a su Generalísimo y no tomará ninguna decisión sin consultarme.
—Por otro lado—dijo mi hermano—Habrá que concederle a Mola algún honor…La Laureada, digo yo…
—Pues sí—dije—Encárguense de publicar un decreto concediéndole la Gran Cruz Laureada de San Fernando, bien ganada se la tiene.

Así que esta mañana me ha tocado ir a Burgos, en coche, no fuera a ser que por aire no llegara. Llegamos a eso del mediodía.
La ciudad estaba envuelta en luctuoso luto, todos los balcones lucían colgaduras nacionales con crepones negros, banderas a media asta, multitudes afligidas…
Cuando salí del coche el público me acogió con una enorme ovación. Me dirigí directamente a la capilla ardiente, que había sido instalada en el Salón del Trono del Palacio de Capitanía General. Habían adornado todo con lienzos negros y el altar había sido montado en el lugar que ocupaba el trono. Los féretros de los cinco fallecidos estaban envueltos en la bandera nacional y cubiertos de flores. Yo me coloqué frente al de Mola, que estaba en el centro y que era fácilmente reconocible por ser visiblemente más largo que el de los demás. Si algo le he envidiado yo a este Mola es su altura, ¡qué alto era! Hay que reconocer que era un buen bigardo.
Permanecí allí de pie varios minutos haciendo como que rezaba mientras dos prelados a mi espalda murmuraban responsos. Después se procedió a sacar los féretros, primero los de los acompañantes y el último el del general, que era el de más calidad, era de caoba. Cuando fue éste bajado de la capilla ardiente a hombros de los jefes del Estado Mayor, mientras las bandas interpretaban el Himno Nacional y las tropas presentaban armas, levanté yo enérgicamente mi brazo derecho a modo de saludo fascista en un intento de imprimir solemnidad al acto, pero, para mi desgracia, sin duda por culpa de los kilitos de más que he cogido estos meses, la sisa de mi uniforme se reventó, produciendo un delator sonido a costura rasgada. Pude percibir cierta contenida hilaridad entre alguno de los presentes; me entraron ganas de mandar fusilarlos pero lo pasé por alto.
A continuación colocaron el féretro del general en un armón de Artillería tirado por caballos y cubierto todo él de coronas y flores; una vez acomodado el ataúd en el armón, se puso éste en movimiento. Yo eché a andar justo detrás del coche fúnebre, solo, sin nadie a mi lado. Detrás de mí avanzaron a su vez las otras autoridades entre las que estaban los generales Dávila, Moscardó, Cabanellas, Orgaz…También iban el embajador alemán Von Batet y el encargado de Negocios italiano, Bosin, entre otros.
El cortejo fúnebre fue avanzando entre el respetuoso silencio del público burgalés (sólo roto por alguna que otra ovación dirigida a mi persona y algún “¡viva Mola!”) hasta llegar al Ayuntamiento. Una vez allí se estacionaron los féretros en línea y se rezaron responsos presididos por el Arzobispo de Burgos. Finalmente los ataúdes fueron introduciéndose en sendas ambulancias sanitarias para que fueran trasladados cada uno a su lugar de destino y de enterramiento: el general Mola, a Pamplona; el teniente coronel Pozas, a Zaragoza; el comandante Senac, a Logroño; el capitán Chamorro, a Valladolid, y el del sargento mecánico a no sé dónde…Cada una cogió su rumbo y las siguieron largas caravanas de automóviles, sobre todo a la de Mola, a la que se unió también un coche del Ayuntamiento de Burgos con diversas personalidades en su interior para acompañarle hasta Pamplona.
Una vez finalizado este acto tan solemne y emotivo se dio por finiquitado el paripé y me volví para Salamanca.

Al fin y al cabo, no es para tanto…Un general que muere en el frente en acto de servicio…Bueno, pues casi es normal. Además, Mola siempre fue un majadero y un cabezota. Cuando le daba órdenes que diferían de sus propósitos solía preguntarme: ¿ya no confías en mí?
Mientras escribo estas líneas con mi otra mano acaricio la Santa Mano de Teresa de Jesús, ¡qué placer! No creo que su Divina Intercesión haya permanecido ajena al hecho de haberme quitado de en medio a Mola. En el futuro era uno de los pocos que podía hacerme sombra y que no coincidía con mis ideas políticas para la España de después de la guerra: hablaba de gobierno parlamentario, libertad religiosa y derechos de los trabajadores…
Nada más producirse el Alzamiento, la Providencia se deshizo por medio de otro accidente aéreo de Sanjurjo, cuya muerte también ayudó a allanarme el camino al poder. ¡Pobrecito Sanjurjo! Ése que decía de mí: “Franquito es un cuquito que va a lo suyito” por no apoyarle en su desastroso golpe contra la República en el 32; descansa en pacecita Sanjurjito.
Y después de Sanjurjo cayó Primo de Rivera fusilado por los rojos en Alicante. Nunca me cayó bien este muchacho. En las elecciones por Cuenca el señorito se negó a que figurara yo en la lista de candidatos junto a él; me lo vino a contar mi cuñado Serrano y me convenció de que me retirara de las listas aduciendo que no tenía yo experiencia parlamentaria y que no convenía cabrear a José Antonio. De lo que por lo visto carecía él era de valor pues, según me han contado, se comportó como un cobarde lloriqueando antes de que le fusilaran. Otro obstáculo menos en mi camino.
Y antes de estos tres también partió para el Reino de los Cielos otro que me podía haber plantado cara: Calvo Sotelo. Los rojos me han hecho más favores de los que se imaginan…
Voy ascendiendo al poder escalando una montaña de cadáveres.
¡Ay! ¡Qué sosiego me transmite mi reliquia teresiana! Desde que la tengo a mi lado las cosas van mejor. Algún disgustillo hemos tenido, como lo de Guadalajara, pero la cosa se va enderezando. Vamos por el buen camino.

Bueno, me voy a dormir ya que hoy ha sido un día duro.

sábado, 16 de abril de 2016

Capítulo 08

Diario del Padre Gracián

25 de noviembre de 1585


Ya estamos en Ávila al fin después de no pocas tribulaciones. Pero nuestra misión está cumplida.
Desde que hace más de dos años dejara yo el cuerpo de la Madre Fundadora en su nuevo emplazamiento en Alba de Tormes, las deliberaciones dentro de la orden carmelita sobre la conveniencia de que el cuerpo permaneciese allí no han cesado ni un minuto. La pequeña villa de Alba, los duques, sus gentes y su Carmelo, como es natural, se hallaban todos encantados de que la santa Madre reposase allí, pues atraía a no pocos peregrinos y daba a la ciudad un encanto impagable al tener a tan ilustre santa entre sus muros. Mas las hermanas del Carmelo de San José de Ávila no eran de la misma opinión pues afirmaban, no sin razón, que el deseo de la Madre Teresa no era otro que el de descansar eternamente en el primer convento que fundó de su reforma descalza y del que era priora cuando murió, y que por tanto la Madre debería ser llevada a San José para cumplir ésta su última voluntad. Las autoridades eclesiásticas de la ciudad abulense eran del mismo parecer que las hermanas carmelitas y con más tesón afirmaba que este traslado debía llevarse a cabo el obispo de Palencia don Álvaro de Mendoza que lo era de Ávila cuando la Madre Teresa comenzó la reforma y con la que le unía una profunda relación de amistad y cooperación. Tenía la intención el obispo de sufragar los gastos de la construcción en la capilla de San José de dos sepulcros, uno para la Madre Fundadora y otro para él, pues tenía en tanta estima a la santa Madre que ni aún en la muerte quería separarse de ella.
Así las cosas, el 18 de octubre pasado se reunió en Pastrana el capítulo de la orden carmelita descalza donde entre otras cosas se debatió este controvertido asunto. Al fin se resolvió que se trasladara el cuerpo de la Madre Teresa al convento de San José de Ávila. Nos encargó el capítulo a tres hermanos y a mí llevar a buen puerto esta laboriosa tarea. Eran estos hermanos el padre Gregorio de Nazianze, el canónigo Juan Carrillo y el padre Julián de Ávila. Como era a todas luces seguro que los duques de Alba desaprobarían y se opondrían a este traslado, se determinó que se realizase en el más marcado de los secretos. Por ello decidimos viajar por separado a Alba de Tormes para no levantar recelos en la villa. Se fijó la fecha de reunión de allí a cinco semanas día arriba día abajo.
 Llegué yo el último a Alba, cuando mis tres hermanos ya habían llegado cada uno por su lado, el día de ayer 24 de noviembre ya entrada la tarde. Las hermanas del Carmelo se extrañaron un tanto de vernos allí llegar tan en secreto y de ese modo cada uno por libre, mas no nos importunaron con preguntas incómodas.
En un aparte, el padre Gregorio y yo planeamos el modo en el que íbamos a obrar para llevar a cabo nuestra encomienda. Pensamos que lo mejor era actuar ya bien entrada la noche para llamar la atención lo menos posible.
Así pues, poco antes de la medianoche el padre Gregorio les pidió a las hermanas carmelitas que rezaran los maitines en el coro superior de la capilla para dejar así despejado el coro inferior que era donde se encontraba el féretro de la Madre Teresa. Mientras las demás monjitas rezaban los maitines hice yo llamar al coro inferior a la priora y a las dos hermanas que la seguían en antigüedad. Y allí, junto al padre Gregorio, les comuniqué las malas noticias.
—Queridas hermanas—les dije—Me temo que no traigo buenas nuevas para su convento. El pasado mes el capítulo de la orden reunido en Pastrana dictaminó el mandato de que el cuerpo de nuestra santa Madre Fundadora fuese trasladado al Carmelo de San José de Ávila, que era el lugar donde ella quería ser inhumada, de modo que nos han enviado a nosotros a que cumplamos esta disposición.
Ellas se mostraron sumamente sorprendidas y comenzaron a lamentarse con gran pesar.
—Pero ¿qué me cuenta padre Gracián?—dijo la priora casi entre sollozos—¿Nos van a dejar sin nuestra santa Madre? ¡Con la de bendiciones que ha traído su presencia desde que está aquí en este convento nuestro! ¡Ay! ¡Y qué disgusto se van a llevar los duques de Alba!
—Los duques no tienen motivo para inmiscuirse en asuntos de la orden—intervino el padre Gregorio—De todos modos cuanto más tarde se enteren del traslado del cuerpo de la Madre Teresa, mejor; por eso hemos venido hoy que sabemos que están fuera de la villa. Y no se apuren que la Madre no se va a ir del todo. El capítulo de Pastrana dispuso que, a modo de consolación, podrán, hermanas mías, conservar una reliquia de la santa: su brazo izquierdo, del que el padre Gracián aquí presente separó la mano la última vez que se exhumó el cuerpo de la Madre.
—Brazo sin mano no caza ratones—escuché murmurar a una de las hermanas.
—Teníamos un cuerpo entero y se nos queda en un brazo manco—declaró la priora—En fin, a disgusto transigimos empujadas por nuestro voto de obediencia; nos plegamos a su demanda. Pero, dígame padre, ¿a qué hora se firmó la patente del traslado de la santa Madre?
—Pues fue a eso de las siete y media de la tarde—respondió el padre Gregorio.
—¡Lo sabía!—exclamó la priora—Me quiere usted creer, padre, que a esa misma hora del día 18 de octubre, el día del capítulo, estábamos nosotras en recreación tratando de las cosas que pensábamos que se estarían debatiendo allá en Pastrana cuando sentimos dar tres golpes juntos y recios cerca de nosotras; y esto por dos veces, y pensamos que venía del torno de la sacristía, así que temimos que alguien se hubiera quedado allí; mas de allí a un poco, haciendo la portera la diligencia que podía para ver si había quedado alguna persona en la iglesia, oyó otros tres golpes de la misma manera, y dije yo que acaso era el Demonio que nos quería turbar. Pero otra monja dijo que sin duda aquel ruido era en el arca donde estaba el santo cuerpo de nuestra Madre Teresa que estaba cerca del torno ya dicho. Ahora entiendo yo que esos golpes los daba la santa a modo de aviso o de despedida pues se acababa de firmar en Pastrana que nos iba a dejar de allí a poco tardar como ahora juzgo.
No fue éste el único milagro que nos contaron las hermanas. También nos enteraron de uno de unas pajas. Y es que fue que cuando estuvimos el padre Cristóbal y yo quitando las piedras del primer sepulcro de la santa, había tantas que algunas las echamos sobre unas pajas que por allí había; y resulta que hartos días después enfundaron con estas pajas un jergón para una novicia que se había unido al Carmelo, y sintió la hermana que lo enfundaba un suave olor en las pajas, y maravillándose mucho quiso saber de dónde venía, y halló que lo habían tomado las pajas de las piedras del sepulcro que cayeron sobre ellas. De modo que durmió la novicia de allí en adelante con olor a santidad en el jergón.
Después de estas breves pláticas procedimos con nuestro deber. Entre el padre Gregorio y yo sacamos el santo cuerpo del arca en que estaba y lo pusimos sobre una mesa que habíamos hecho traer. El cuerpo estaba tan entero como al principio, sin mácula de corrupción y con el mismo suave olor que dije en su día, aunque estaba algo más enjuto y con los hábitos casi podridos. Le quitamos también un mantelito de estameña que le habían puesto a la madre antes de morir, pues sangraba mucho, y estaba este mantelito empapado en sangre la cual despedía un excelente olor. Luego el padre Gregorio sacó un cuchillo que tenía colgado de la cintura.
—Le cedo los honores, padre Gracián—me dijo—Vuestra merced ya tiene experiencia en esto de amputar extremidades santas.
—No, no, padre Gregorio, hacedlo vos os lo suplico—le respondí.
 He de admitir que me faltó valor para volver a enfrentarme a la disección del cuerpo de la Madre Fundadora.
—Está bien—dijo el padre Gregorio—Harto contra mi voluntad lo hago, pues mayor sacrificio no he hecho en mi vida por nuestro Señor, pero he de cumplir con mi voto de obediencia.
Así pues el padre Gregorio procedió a cercenar el brazo izquierdo de la santa, el mismo que se fracturó en vida cuando el Demonio la derribó de una escalera. En cosa de un instante cortó el brazo el padre por sus coyunturas y quedó el cuerpo a una parte y el brazo a otra.
—¡Qué cosa maravillosa!—exclamó el padre Gregorio—¡No he hecho más fuerza que si cortara un melón o un trozo de queso fresco! Y el tajo ha ido justo por la articulación, como si hubiera estado un buen rato calculando para acertar. ¡Esto es un milagro!
Le dije yo que algo similar me había sucedido a mí cuando le segué la mano y que no se extrañase pues todo lo que atañía a la santa Madre era cosa de milagro.
Una vez que se despachó el tema de la reliquia del brazo, que quedó en manos de una de las hermanas, transitamos al siguiente paso de la operación. El canónigo Juan Carrillo se había proveído de un baúl para trasportar el santo cuerpo. Pero a la hora de ir a meterlo dentro resultó que no cabía; el baúl era demasiado pequeño, la cabeza de la santa no entraba y no era plan de decapitarla
—¡Ay, señor canónigo!—le dije a Juan Carrillo—Cierto es que la Madre Fundadora era menuda, ¡pero no tanto, hombre de Dios! ¡Vaya ojo que tiene usted!
El canónigo se disculpó por su equivocación y su desviado sentido para tasar la talla de la Madre. Enseguida el padre Gregorio tomó la iniciativa y pidió a la priora una manta; al punto trajo una manta de sayal en la que envolvimos el santo cuerpo. Entre el padre Gregorio y yo levantamos el cuerpo de la Madre, él por los hombros y yo por los pies y nos dispusimos a sacarlo del convento por la portería a toda prisa pues, sin duda alertadas por el gran olor que desprendía el cuerpo de la santa, las monjas que estaban en el coro superior sospechaban que nos llevábamos su tesoro y ya se les oía venir a comprobar qué acontecía. Pero salimos del convento con la santa a cuestas nosotros antes de que ellas llegaran.
—¡Corra, padre Gracián, corra! ¡Que vienen las monjas!—exclamaba el canónigo una vez ya fuera del convento.
—¡Pero, cómo van a venir, hombre de Dios!—le dije—¡Si son monjas de clausura!
Llevamos el santo cuerpo a un cuarto, alquilado para la ocasión por el padre Julián de Ávila, que estaba enfrente del convento. Allí nos esperaba el mismo padre Julián. Entre todos envolvimos el cuerpo de la Madre en una sábana y luego en la manta de sayal la cual cosimos bien para que no hubiera peligro de fuga. Una vez hecho esto tomamos en brazos de nuevo el cuerpo de la santa y lo instalamos sobre una mula, entre dos pacas de paja para amortiguar posibles baches. Cuando tuvimos todo listo tomamos camino a Ávila. Eran ya cerca de la una de la mañana y la noche era oscura cuando partimos.
Llegamos a Ávila con el alba y enfilamos hacia el convento de San José. Las hermanas del Carmelo se alegraron lo que no está escrito al recibir el cuerpo de la santa Madre y, como era comprensible, estaban ansiosas de verlo y palparlo.
—¡Pero cómo me traen este santo cuerpo, padre Gracián!—exclamó la hermana María de San Gerónimo, priora del convento—¡Parece un saco de patatas en esa tela de sayal!
—Es lo que hay, hermana—le dije—Demos gracias al Señor de que todo ha ido bien y que el cuerpo ha llegado sano y salvo.
Colocamos a la santa Madre en la sala capitular, dentro de un ataúd sobre unos caballetes, y dispusieron las hermanas alrededor unas cortinas para poder ocultarlo cuando fuera menester. Me dijo la priora que de allí a poco les traerían un arca que el obispo había mandado hacer la cual iba a estar forrada por dentro de tafetán morado, con pasamanos de plata y seda; por fuera iba a ser de terciopelo negro con adornos de oro y seda, con clavos dorados, al igual que las cerraduras, las empuñaduras y los anillos. Para rematar, la obra iba a tener dos escudos en oro y plata, uno con los símbolos de la orden y el otro con el nombre de Jesús. En un rótulo de tela bordado en oro se iba a leer: Madre Teresa de Jesús. No sé yo si a la Madre le hubiera gustado tanto lujo, nunca fue ella amiga de ostentaciones, pero en fin, donde manda obispo…

Yo ya he cumplido con mi misión de traer hasta aquí el santo cuerpo y ahora sólo espero que repose tranquila en este su primer convento de su Reforma Descalza. Yo pronto me iré y la dejaré aquí a buen resguardo con las hermanas del Carmelo. Pero seguiré llevando inseparablemente conmigo, como desde hace más de dos años ya, una pequeña parte de la Santa Madre, el dedo meñique que le corté a su Santa Mano, el cual desde que lo llevo a mi lado me ha protegido tanto que desde entonces ni un simple resfriado ni catarro he padecido.