Diario del
Padre Gracián
25
de noviembre de 1585
Ya
estamos en Ávila al fin después de no pocas tribulaciones. Pero nuestra misión
está cumplida.
Desde
que hace más de dos años dejara yo el cuerpo de la Madre Fundadora en su nuevo
emplazamiento en Alba de Tormes, las deliberaciones dentro de la orden
carmelita sobre la conveniencia de que el cuerpo permaneciese allí no han
cesado ni un minuto. La pequeña villa de Alba, los duques, sus gentes y su
Carmelo, como es natural, se hallaban todos encantados de que la santa Madre
reposase allí, pues atraía a no pocos peregrinos y daba a la ciudad un encanto
impagable al tener a tan ilustre santa entre sus muros. Mas las hermanas del
Carmelo de San José de Ávila no eran de la misma opinión pues afirmaban, no sin
razón, que el deseo de la Madre Teresa no era otro que el de descansar eternamente
en el primer convento que fundó de su reforma descalza y del que era priora
cuando murió, y que por tanto la Madre debería ser llevada a San José para
cumplir ésta su última voluntad. Las autoridades eclesiásticas de la ciudad
abulense eran del mismo parecer que las hermanas carmelitas y con más tesón
afirmaba que este traslado debía llevarse a cabo el obispo de Palencia don
Álvaro de Mendoza que lo era de Ávila cuando la Madre Teresa comenzó la reforma
y con la que le unía una profunda relación de amistad y cooperación. Tenía la
intención el obispo de sufragar los gastos de la construcción en la capilla de
San José de dos sepulcros, uno para la Madre Fundadora y otro para él, pues
tenía en tanta estima a la santa Madre que ni aún en la muerte quería separarse
de ella.
Así
las cosas, el 18 de octubre pasado se reunió en Pastrana el capítulo de la
orden carmelita descalza donde entre otras cosas se debatió este controvertido
asunto. Al fin se resolvió que se trasladara el cuerpo de la Madre Teresa al convento
de San José de Ávila. Nos encargó el capítulo a tres hermanos y a mí llevar a
buen puerto esta laboriosa tarea. Eran estos hermanos el padre Gregorio de
Nazianze, el canónigo Juan Carrillo y el padre Julián de Ávila. Como era a
todas luces seguro que los duques de Alba desaprobarían y se opondrían a este
traslado, se determinó que se realizase en el más marcado de los secretos. Por
ello decidimos viajar por separado a Alba de Tormes para no levantar recelos en
la villa. Se fijó la fecha de reunión de allí a cinco semanas día arriba día
abajo.
Llegué yo el último a Alba, cuando mis tres
hermanos ya habían llegado cada uno por su lado, el día de ayer 24 de noviembre
ya entrada la tarde. Las hermanas del Carmelo se extrañaron un tanto de vernos
allí llegar tan en secreto y de ese modo cada uno por libre, mas no nos
importunaron con preguntas incómodas.
En
un aparte, el padre Gregorio y yo planeamos el modo en el que íbamos a obrar
para llevar a cabo nuestra encomienda. Pensamos que lo mejor era actuar ya bien
entrada la noche para llamar la atención lo menos posible.
Así
pues, poco antes de la medianoche el padre Gregorio les pidió a las hermanas
carmelitas que rezaran los maitines en el coro superior de la capilla para
dejar así despejado el coro inferior que era donde se encontraba el féretro de
la Madre Teresa. Mientras las demás monjitas rezaban los maitines hice yo
llamar al coro inferior a la priora y a las dos hermanas que la seguían en
antigüedad. Y allí, junto al padre Gregorio, les comuniqué las malas noticias.
—Queridas
hermanas—les dije—Me temo que no traigo buenas nuevas para su convento. El
pasado mes el capítulo de la orden reunido en Pastrana dictaminó el mandato de
que el cuerpo de nuestra santa Madre Fundadora fuese trasladado al Carmelo de
San José de Ávila, que era el lugar donde ella quería ser inhumada, de modo que
nos han enviado a nosotros a que cumplamos esta disposición.
Ellas
se mostraron sumamente sorprendidas y comenzaron a lamentarse con gran pesar.
—Pero
¿qué me cuenta padre Gracián?—dijo la priora casi entre sollozos—¿Nos van a
dejar sin nuestra santa Madre? ¡Con la de bendiciones que ha traído su
presencia desde que está aquí en este convento nuestro! ¡Ay! ¡Y qué disgusto se
van a llevar los duques de Alba!
—Los
duques no tienen motivo para inmiscuirse en asuntos de la orden—intervino el
padre Gregorio—De todos modos cuanto más tarde se enteren del traslado del
cuerpo de la Madre Teresa, mejor; por eso hemos venido hoy que sabemos que
están fuera de la villa. Y no se apuren que la Madre no se va a ir del todo. El
capítulo de Pastrana dispuso que, a modo de consolación, podrán, hermanas mías,
conservar una reliquia de la santa: su brazo izquierdo, del que el padre
Gracián aquí presente separó la mano la última vez que se exhumó el cuerpo de
la Madre.
—Brazo
sin mano no caza ratones—escuché murmurar a una de las hermanas.
—Teníamos
un cuerpo entero y se nos queda en un brazo manco—declaró la priora—En fin, a
disgusto transigimos empujadas por nuestro voto de obediencia; nos plegamos a
su demanda. Pero, dígame padre, ¿a qué hora se firmó la patente del traslado de
la santa Madre?
—Pues
fue a eso de las siete y media de la tarde—respondió el padre Gregorio.
—¡Lo
sabía!—exclamó la priora—Me quiere usted creer, padre, que a esa misma hora del
día 18 de octubre, el día del capítulo, estábamos nosotras en recreación
tratando de las cosas que pensábamos que se estarían debatiendo allá en
Pastrana cuando sentimos dar tres golpes juntos y recios cerca de nosotras; y
esto por dos veces, y pensamos que venía del torno de la sacristía, así que
temimos que alguien se hubiera quedado allí; mas de allí a un poco, haciendo la
portera la diligencia que podía para ver si había quedado alguna persona en la
iglesia, oyó otros tres golpes de la misma manera, y dije yo que acaso era el
Demonio que nos quería turbar. Pero otra monja dijo que sin duda aquel ruido
era en el arca donde estaba el santo cuerpo de nuestra Madre Teresa que estaba
cerca del torno ya dicho. Ahora entiendo yo que esos golpes los daba la santa a
modo de aviso o de despedida pues se acababa de firmar en Pastrana que nos iba
a dejar de allí a poco tardar como ahora juzgo.
No
fue éste el único milagro que nos contaron las hermanas. También nos enteraron
de uno de unas pajas. Y es que fue que cuando estuvimos el padre Cristóbal y yo
quitando las piedras del primer sepulcro de la santa, había tantas que algunas
las echamos sobre unas pajas que por allí había; y resulta que hartos días
después enfundaron con estas pajas un jergón para una novicia que se había
unido al Carmelo, y sintió la hermana que lo enfundaba un suave olor en las
pajas, y maravillándose mucho quiso saber de dónde venía, y halló que lo habían
tomado las pajas de las piedras del sepulcro que cayeron sobre ellas. De modo que
durmió la novicia de allí en adelante con olor a santidad en el jergón.
Después
de estas breves pláticas procedimos con nuestro deber. Entre el padre Gregorio
y yo sacamos el santo cuerpo del arca en que estaba y lo pusimos sobre una mesa
que habíamos hecho traer. El cuerpo estaba tan entero como al principio, sin
mácula de corrupción y con el mismo suave olor que dije en su día, aunque
estaba algo más enjuto y con los hábitos casi podridos. Le quitamos también un
mantelito de estameña que le habían puesto a la madre antes de morir, pues
sangraba mucho, y estaba este mantelito empapado en sangre la cual despedía un
excelente olor. Luego el padre Gregorio sacó un cuchillo que tenía colgado de
la cintura.
—Le
cedo los honores, padre Gracián—me dijo—Vuestra merced ya tiene experiencia en
esto de amputar extremidades santas.
—No,
no, padre Gregorio, hacedlo vos os lo suplico—le respondí.
He de admitir que me faltó valor para volver a
enfrentarme a la disección del cuerpo de la Madre Fundadora.
—Está
bien—dijo el padre Gregorio—Harto contra mi voluntad lo hago, pues mayor
sacrificio no he hecho en mi vida por nuestro Señor, pero he de cumplir con mi
voto de obediencia.
Así
pues el padre Gregorio procedió a cercenar el brazo izquierdo de la santa, el
mismo que se fracturó en vida cuando el Demonio la derribó de una escalera. En
cosa de un instante cortó el brazo el padre por sus coyunturas y quedó el
cuerpo a una parte y el brazo a otra.
—¡Qué
cosa maravillosa!—exclamó el padre Gregorio—¡No he hecho más fuerza que si
cortara un melón o un trozo de queso fresco! Y el tajo ha ido justo por la
articulación, como si hubiera estado un buen rato calculando para acertar.
¡Esto es un milagro!
Le
dije yo que algo similar me había sucedido a mí cuando le segué la mano y que no
se extrañase pues todo lo que atañía a la santa Madre era cosa de milagro.
Una
vez que se despachó el tema de la reliquia del brazo, que quedó en manos de una
de las hermanas, transitamos al siguiente paso de la operación. El canónigo
Juan Carrillo se había proveído de un baúl para trasportar el santo cuerpo.
Pero a la hora de ir a meterlo dentro resultó que no cabía; el baúl era
demasiado pequeño, la cabeza de la santa no entraba y no era plan de
decapitarla
—¡Ay,
señor canónigo!—le dije a Juan Carrillo—Cierto es que la Madre Fundadora era
menuda, ¡pero no tanto, hombre de Dios! ¡Vaya ojo que tiene usted!
El
canónigo se disculpó por su equivocación y su desviado sentido para tasar la
talla de la Madre. Enseguida el padre Gregorio tomó la iniciativa y pidió a la
priora una manta; al punto trajo una manta de sayal en la que envolvimos el
santo cuerpo. Entre el padre Gregorio y yo levantamos el cuerpo de la Madre, él
por los hombros y yo por los pies y nos dispusimos a sacarlo del convento por
la portería a toda prisa pues, sin duda alertadas por el gran olor que
desprendía el cuerpo de la santa, las monjas que estaban en el coro superior
sospechaban que nos llevábamos su tesoro y ya se les oía venir a comprobar qué
acontecía. Pero salimos del convento con la santa a cuestas nosotros antes de
que ellas llegaran.
—¡Corra,
padre Gracián, corra! ¡Que vienen las monjas!—exclamaba el canónigo una vez ya
fuera del convento.
—¡Pero,
cómo van a venir, hombre de Dios!—le dije—¡Si son monjas de clausura!
Llevamos
el santo cuerpo a un cuarto, alquilado para la ocasión por el padre Julián de
Ávila, que estaba enfrente del convento. Allí nos esperaba el mismo padre
Julián. Entre todos envolvimos el cuerpo de la Madre en una sábana y luego en
la manta de sayal la cual cosimos bien para que no hubiera peligro de fuga. Una
vez hecho esto tomamos en brazos de nuevo el cuerpo de la santa y lo instalamos
sobre una mula, entre dos pacas de paja para amortiguar posibles baches. Cuando
tuvimos todo listo tomamos camino a Ávila. Eran ya cerca de la una de la mañana
y la noche era oscura cuando partimos.
Llegamos
a Ávila con el alba y enfilamos hacia el convento de San José. Las hermanas del
Carmelo se alegraron lo que no está escrito al recibir el cuerpo de la santa
Madre y, como era comprensible, estaban ansiosas de verlo y palparlo.
—¡Pero
cómo me traen este santo cuerpo, padre Gracián!—exclamó la hermana María de San
Gerónimo, priora del convento—¡Parece un saco de patatas en esa tela de sayal!
—Es
lo que hay, hermana—le dije—Demos gracias al Señor de que todo ha ido bien y
que el cuerpo ha llegado sano y salvo.
Colocamos
a la santa Madre en la sala capitular, dentro de un ataúd sobre unos
caballetes, y dispusieron las hermanas alrededor unas cortinas para poder
ocultarlo cuando fuera menester. Me dijo la priora que de allí a poco les
traerían un arca que el obispo había mandado hacer la cual iba a estar forrada
por dentro de tafetán morado, con pasamanos de plata y seda; por fuera iba a
ser de terciopelo negro con adornos de oro y seda, con clavos dorados, al igual
que las cerraduras, las empuñaduras y los anillos. Para rematar, la obra iba a
tener dos escudos en oro y plata, uno con los símbolos de la orden y el otro
con el nombre de Jesús. En un rótulo de tela bordado en oro se iba a leer:
Madre Teresa de Jesús. No sé yo si a la Madre le hubiera gustado tanto lujo,
nunca fue ella amiga de ostentaciones, pero en fin, donde manda obispo…
Yo
ya he cumplido con mi misión de traer hasta aquí el santo cuerpo y ahora sólo
espero que repose tranquila en este su primer convento de su Reforma Descalza.
Yo pronto me iré y la dejaré aquí a buen resguardo con las hermanas del
Carmelo. Pero seguiré llevando inseparablemente conmigo, como desde hace más de
dos años ya, una pequeña parte de la Santa Madre, el dedo meñique que le corté
a su Santa Mano, el cual desde que lo llevo a mi lado me ha protegido tanto que
desde entonces ni un simple resfriado ni catarro he padecido.
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