La autora

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Ésta soy yo.

viernes, 20 de mayo de 2016

Capítulo 09

Diario del Caudillo

4 de junio de 1937


Bueno, ya está enterrado “el director”, el general Mola ya descansa bajo tierra en Pamplona.
Cuando estaba yo ayer en mi cuartel general enfrascado en las arduas tareas de la guerra, se presentó en mi despacho el almirante Cervera con rostro compungido y mustio.
—¿Qué pasa que trae usted esa cara?—le pregunté.
—Generalísimo—me dijo—No sé cómo decirle…Ha ocurrido una gran desgracia…
—¡No me diga! ¿qué ha pasado?
—Una calamidad—dijo casi entre sollozos—Desde luego ya es mala suerte…Menudo trago…Habrá que tomarlo con resignación…Son cosas que pasan…—y no soltaba prenda el hombre. Me estaba poniendo negro.
—¡Dígame de una vez! ¡Se lo ordeno!—le grité.
—Pues…Se trata del general Mola, su avión se ha estrellado esta mañana camino de Burgos…No ha habido supervivientes. Mola ha muerto.
—¡Ah! Finalmente no es más que eso…—dije aliviado—Temía que me iba a decir que los rojos habían hundido el crucero Canarias. ¿Y cómo ha sido?
—Al parecer su avión se ha estrellado contra un cerro, entre los pueblos de Castil de Peones y Alcocero, seguramente a causa de la poca visibilidad provocada por la espesa niebla…Pero todo es muy confuso aún. Bien podría haber sido abatido por error por uno de nuestros cazas, ya que Mola viajaba en un avión requisado británico muy similar a los que emplean para suministrar recursos a la República desde Francia. O tal vez haya sido un sabotaje de los rojos…
—Bueno, bueno, vale—le corté—Vamos a abrazar la versión de la niebla, que es la que menos daño hace. Si se investiga y resulta que la causa ha sido otra de las que dice usted, le echamos tierra encima, que no se sepa, no nos conviene ni crear mártires ni que los rojos se rían de nosotros si le hemos matado con fuego amigo.
—Como ordene mi Generalísimo.
Entraron luego mis demás subordinados del Estado Mayor: mi hermano Nicolás, Martín Moreno, Barroso y demás, quienes sin duda habían estado escuchando pegados a la puerta, temerosos de mi reacción…Por eso habían enviado al pobre Cervera a darme la “mala noticia”.
—Bueno—dijo mi hermano—están llevando los cuerpos de los fallecidos a Burgos, donde los van a velar toda la noche y mañana por la tarde se procederá a trasladar a cada uno a su ciudad, a Mola lo llevarán a Pamplona. Habrá que ir, ¿no?
—¡Qué remedio!—exclamé—Pero yo iré sólo a Burgos a presidir el traslado del cadáver, al entierro en Pamplona que vaya Millán Astray y que suelte uno de sus discursitos. Y nada de ir en avión, a ver si nos va  a pasar lo mismo; a partir de ahora todos los viajes en coche. Nunca me ha gustado volar, prefiero tener los pies en la tierra.
—Sí, sí—afirmó mi hermano—Hay que evitar riesgos innecesarios. Bastantes generales hemos perdido ya por percances aéreos.
—Y habrá que nombrar a alguien Jefe del Ejército del Norte en sustitución del caído Mola—intervino Barroso.
—Sí, claro—dije—que se nombre al general Dávila, es un hombre fiel a su Generalísimo y no tomará ninguna decisión sin consultarme.
—Por otro lado—dijo mi hermano—Habrá que concederle a Mola algún honor…La Laureada, digo yo…
—Pues sí—dije—Encárguense de publicar un decreto concediéndole la Gran Cruz Laureada de San Fernando, bien ganada se la tiene.

Así que esta mañana me ha tocado ir a Burgos, en coche, no fuera a ser que por aire no llegara. Llegamos a eso del mediodía.
La ciudad estaba envuelta en luctuoso luto, todos los balcones lucían colgaduras nacionales con crepones negros, banderas a media asta, multitudes afligidas…
Cuando salí del coche el público me acogió con una enorme ovación. Me dirigí directamente a la capilla ardiente, que había sido instalada en el Salón del Trono del Palacio de Capitanía General. Habían adornado todo con lienzos negros y el altar había sido montado en el lugar que ocupaba el trono. Los féretros de los cinco fallecidos estaban envueltos en la bandera nacional y cubiertos de flores. Yo me coloqué frente al de Mola, que estaba en el centro y que era fácilmente reconocible por ser visiblemente más largo que el de los demás. Si algo le he envidiado yo a este Mola es su altura, ¡qué alto era! Hay que reconocer que era un buen bigardo.
Permanecí allí de pie varios minutos haciendo como que rezaba mientras dos prelados a mi espalda murmuraban responsos. Después se procedió a sacar los féretros, primero los de los acompañantes y el último el del general, que era el de más calidad, era de caoba. Cuando fue éste bajado de la capilla ardiente a hombros de los jefes del Estado Mayor, mientras las bandas interpretaban el Himno Nacional y las tropas presentaban armas, levanté yo enérgicamente mi brazo derecho a modo de saludo fascista en un intento de imprimir solemnidad al acto, pero, para mi desgracia, sin duda por culpa de los kilitos de más que he cogido estos meses, la sisa de mi uniforme se reventó, produciendo un delator sonido a costura rasgada. Pude percibir cierta contenida hilaridad entre alguno de los presentes; me entraron ganas de mandar fusilarlos pero lo pasé por alto.
A continuación colocaron el féretro del general en un armón de Artillería tirado por caballos y cubierto todo él de coronas y flores; una vez acomodado el ataúd en el armón, se puso éste en movimiento. Yo eché a andar justo detrás del coche fúnebre, solo, sin nadie a mi lado. Detrás de mí avanzaron a su vez las otras autoridades entre las que estaban los generales Dávila, Moscardó, Cabanellas, Orgaz…También iban el embajador alemán Von Batet y el encargado de Negocios italiano, Bosin, entre otros.
El cortejo fúnebre fue avanzando entre el respetuoso silencio del público burgalés (sólo roto por alguna que otra ovación dirigida a mi persona y algún “¡viva Mola!”) hasta llegar al Ayuntamiento. Una vez allí se estacionaron los féretros en línea y se rezaron responsos presididos por el Arzobispo de Burgos. Finalmente los ataúdes fueron introduciéndose en sendas ambulancias sanitarias para que fueran trasladados cada uno a su lugar de destino y de enterramiento: el general Mola, a Pamplona; el teniente coronel Pozas, a Zaragoza; el comandante Senac, a Logroño; el capitán Chamorro, a Valladolid, y el del sargento mecánico a no sé dónde…Cada una cogió su rumbo y las siguieron largas caravanas de automóviles, sobre todo a la de Mola, a la que se unió también un coche del Ayuntamiento de Burgos con diversas personalidades en su interior para acompañarle hasta Pamplona.
Una vez finalizado este acto tan solemne y emotivo se dio por finiquitado el paripé y me volví para Salamanca.

Al fin y al cabo, no es para tanto…Un general que muere en el frente en acto de servicio…Bueno, pues casi es normal. Además, Mola siempre fue un majadero y un cabezota. Cuando le daba órdenes que diferían de sus propósitos solía preguntarme: ¿ya no confías en mí?
Mientras escribo estas líneas con mi otra mano acaricio la Santa Mano de Teresa de Jesús, ¡qué placer! No creo que su Divina Intercesión haya permanecido ajena al hecho de haberme quitado de en medio a Mola. En el futuro era uno de los pocos que podía hacerme sombra y que no coincidía con mis ideas políticas para la España de después de la guerra: hablaba de gobierno parlamentario, libertad religiosa y derechos de los trabajadores…
Nada más producirse el Alzamiento, la Providencia se deshizo por medio de otro accidente aéreo de Sanjurjo, cuya muerte también ayudó a allanarme el camino al poder. ¡Pobrecito Sanjurjo! Ése que decía de mí: “Franquito es un cuquito que va a lo suyito” por no apoyarle en su desastroso golpe contra la República en el 32; descansa en pacecita Sanjurjito.
Y después de Sanjurjo cayó Primo de Rivera fusilado por los rojos en Alicante. Nunca me cayó bien este muchacho. En las elecciones por Cuenca el señorito se negó a que figurara yo en la lista de candidatos junto a él; me lo vino a contar mi cuñado Serrano y me convenció de que me retirara de las listas aduciendo que no tenía yo experiencia parlamentaria y que no convenía cabrear a José Antonio. De lo que por lo visto carecía él era de valor pues, según me han contado, se comportó como un cobarde lloriqueando antes de que le fusilaran. Otro obstáculo menos en mi camino.
Y antes de estos tres también partió para el Reino de los Cielos otro que me podía haber plantado cara: Calvo Sotelo. Los rojos me han hecho más favores de los que se imaginan…
Voy ascendiendo al poder escalando una montaña de cadáveres.
¡Ay! ¡Qué sosiego me transmite mi reliquia teresiana! Desde que la tengo a mi lado las cosas van mejor. Algún disgustillo hemos tenido, como lo de Guadalajara, pero la cosa se va enderezando. Vamos por el buen camino.

Bueno, me voy a dormir ya que hoy ha sido un día duro.

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