La autora

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Ésta soy yo.

sábado, 4 de junio de 2016

Capítulo 10

Diario de la Santa Mano

9 de agosto de 1583


Paso hoy mi primera noche en Lisboa donde hemos llegado hoy después de un viaje un tanto accidentado.
Salimos de Ávila el padre Gracián y yo el día 17 de julio y dejamos atrás el Carmelo de San José con sus piadosas hermanas, quienes nos bendijeron a ambos.
—Que la Santa Mano le guíe y le lleve a usted por el buen camino, padre Gracián—dijo la priora—Les echaremos de menos a los dos. Dios les bendiga.
—Gracias hermana—respondió el padre Gracián—Ya volveré por aquí a no mucho tardar. Que Jesucristo nuestro Señor las proteja.
El padre Gracián acomodó sus bultos (yo entre ellos) en su mula y se dispuso a comenzar viaje. Había él convenido realizar el mismo junto a un grupo de mercaderes que también se dirigían a la ciudad portuguesa, de modo que se fue para la Plaza Mayor donde se reunió con ellos. Una vez que el grupo estuvo preparado salimos de la amurallada ciudad abulense hacia el vecino reino de Portugal.
En mi poco más de un mes de vida he tenido tiempo de plantearme no pocas preguntas trascendentales.
¿Qué soy yo? Soy la mano incorrupta de mi santa madre Teresa de Jesús. Vivo, siento y padezco. Puedo oír y ver lo que me rodea aunque esté guardada en mi cofrecillo, mis sentidos son metafísicos.
¿Por qué estoy viva? En lo más profundo de mi ser vislumbro que la Gracia de Dios me ha dado la vida. Vivo porque así lo quiere Dios, mi Fe en Él me lo afirma.
¿Cuál es mi misión en esta vida? Quisiera poder comunicarme con el Altísimo para que me lo dijera. Sólo puedo seguir el consejo de mi madre Teresa y dejar constancia de mis vivencias en este mundo hasta que Dios nuestro Señor me llame a su lado si le place. Y aprender; debo absorber todas las experiencias que la vida me vaya presentando; tengo ansia de conocimiento de todo tipo, pero sobre todo de comprensión del alma humana. No puedo desplazarme por mí misma, dependo de los hombres para eso; no puedo comunicarme con ellos, no poseo ese don, pero sí puedo comunicarme con seres como yo, o al menos eso deduzco de la breve conversación que tuve con mi madre mi primer día de vida. Afronto mi existencia con las más esperanzadoras expectativas. Dios dirá lo que ha de ser de mí. De momento seguiré siendo cronista del viaje del padre Gracián.
El primer día transcurrió sin mayores percances, llegamos ya entrada la tarde a la villa de Piedrahíta donde nos dispusimos a hacer noche. El padre Gracián se encaminó al convento de carmelitas calzadas que en esta villa había para que le dieran hospedaje. Las hermanas le recibieron con cristiana hospitalidad, si bien no dejé de notar cierto recelo por ser el padre Gracián provincial de la nueva rama reformada de las carmelitas. Tal vez fuera también ésta la razón por la que no mostraron desmesurada alegría ni mucho menos cuando el padre Gracián me mostró a sus ojos. No parecían sentir gran admiración por la figura de mi madre Teresa de Jesús.
—Le falta el dedo meñique, padre—dijo la priora cuando me vio—No se lo habrá comido una rata o algún can hambriento, ¿no?
—No, no, nada de eso—respondió el padre Gracián—El dedo se lo corté yo mismo y siempre lo llevo conmigo debajo de mi hábito.
Y enseñó mi dedillo con orgullo paternal.
Pasamos pues la noche en el convento y al día siguiente retomamos el camino junto al grupo de mercaderes. Había uno de éstos que respondía al nombre de Gonzalo y que, ayudando al padre Gracián a montar sus bultos a la mula, no le pasó por alto el cofrecillo en el que yo iba alojada y en un descuido del padre lo abrió, y al verme se pegó un buen susto tirando al suelo el cofrecillo y a mí con él.
—¡Dios bendito, padre!—exclamó espantado—¿la mano de quién trae usted ahí?
—Pero, hijo mío—dijo el padre Gracián mientras me recogía del suelo—¿Cómo osas husmear en mis pertenencias?
—No lo hice, padre—mintió Gonzalo—Se me cayó el cofre y al caer se abrió solo escupiendo esa zarpa.
—Bueno hijo, bueno, le creo, perdóneme. Pero no blasfeme, por Dios; ésta es la mano incorrupta de la Madre Teresa de Jesús, es una reliquia que llevo al convento carmelita de Lisboa.
—Ah, discúlpeme padre, como iba yo a saber…Tenía fama de santa la Madre Teresa.
—Lo era—afirmó el padre Gracián—De esas almas puras que Dios nos envía una vez cada mil años.
—Dios la tenga en su Gloria eterna—dijo el mercader mientras se santiguaba con cristiana devoción.
Noté yo que este Gonzalo se quedó mirándome con suma atención, como maquinando algo dentro de su caletre. Y no andaba yo errada porque, en una parada que hicimos en el camino para almorzar, cuando el padre Gracián se retiró unos pasos para orinar, aprovechó el tal Gonzalo para hurtarme del cofrecillo y guardarme con celeridad en su zurrón.
Cuando el padre Gracián volvió de hacer sus necesidades no se percató del hurto, pues no se le ocurrió comprobar si estaba yo en mi cofrecillo.
Al poco de retomar la marcha Gonzalo declaró que iba a desviarse del camino para visitar a unos familiares. Los demás no objetaron nada, de modo que Gonzalo se separó del grupo conmigo en su zurrón y tomó rumbo norte. Era mi ladronzuelo un hombre joven, de poco más de veinte años, moreno y fornido.
A media tarde llegamos a la villa de Guijuelo. Gonzalo llamó a la puerta de una de las casas del centro de la villa. Le abrió un hombre de mediana edad.
—¡Hombre, sobrino!—exclamó al verle—¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? Pasa, hombre, pasa.
—Hola tío Balbino. Pues nada, iba de camino a Lisboa pero me he desviado para pasar por aquí porque traigo un remedio para el mal del primo Cesáreo.
—¡No me digas!—dijo su tío—¿Y qué remedio es ese que traes?
—Nada más y nada menos que la mano de una santa—dijo Gonzalo con regocijo—De la monja esa famosa que montó aquel revuelo en los carmelitas, Teresa de Jesús.
Y diciendo esto me sacó de su zurrón y me mostró a su tío.
—¡Válgame Dios!—exclamó—Sí que he oído yo hablar de esa Teresa y a fe mía que tenía fama de santa, sí. Pero, sobrino mío ¿cómo diablos te has hecho tú con la mano de esa beata mujer?
—Pues la llevaba un cura que iba en mi grupo de viaje a Lisboa. Le expliqué yo el problema de mi primo Cesáreo y él, muy amablemente, me la prestó para que su Divino poder le libre de su trastorno.
En esto apareció una mujer que a buen seguro era la mujer de Balbino y tía de Gonzalo, una rolliza señora de pueblo.
—¡La mano de una santa dices que traes, sobrino!—exclamó—A ver, a ver que la vea yo.
Y la buena mujer me cogió y me inspeccionó con detenimiento.
—Le falta un dedo—dijo—Sobrino, ¿seguro que es de una santa? ¡A ver si va a ser de alguna pelandusca!
—No, tía Francisca—negó Gonzalo—Te juro por mi alma, que se queme en el infierno si miento, que es de Teresa de Jesús, el cura me lo dijo con total convencimiento, y los curas no mienten. Además, ¿no ves lo incorrupta que está y el buen olor que trae?
—Sea, así debe ser entonces—dijo Francisca—Vamos al cuarto de Cesáreo pues.
Entramos en un pequeño aposento en el había un camastro sobre el que yacía un chico joven, de no más de dieciocho años, bastante regordete también, como la madre, y que parecía estar dormido.
—Hijo—dijo la madre mientras le despabilaba dándole ligeros pescozones en la cabeza—despierta hijo, que está aquí el primo Gonzalo y trae un regalito para ti.
El muchacho se desadormeció y se restregó las legañas, luego dijo:
—Madre, quiero chorizo. Quiero jamón, madre.
—Sí, sí hijo—dijo el padre—ahora te damos, espera.
Enseguida comprendí yo que el pobre muchacho padecía algún tipo de retraso mental.
—Restriégale la mano por la cabeza, sobrino—dijo la madre—Y también por la cara, por la frente y las mejillas.
Gonzalo así lo hizo, siguiendo las instrucciones de su tía. Tenía Cesáreo una piel sedosa, poblada en ciertas partes de una agradable pelusilla.
—Madre, quiero jamón, jamón. Quiero chorizo, madre—repetía el infeliz Cesáreo.
—Sí hijo, sí, ahora—dijo Francisca—Cuidado sobrino que no te quite la mano, que igual se piensa que es una manita de cerdo y le da un bocado, no se la acerques mucho a la boca, sólo piensa en comer el pobrecito mío.
—Descuide tía, ya tengo cuidado de que no lo haga—dijo Gonzalo.
—Pásasela sobre todo por el cráneo, por donde está el cerebro—dijo el padre—que, digo yo, que allí será donde se concentre la causa de su mal.
—Madre, jamón. Chorizo quiero, madre.
Después de varios minutos de realizar estas operaciones el padre le trajo a su hijo una ristra de chorizos, los cuales devoró el buen muchacho con no poca fruición. Una vez con el estómago lleno no tardó en caer dormido de nuevo.
—Déjale la mano puesta sobre la cabeza—dijo Francisca a su sobrino—Así le hará más efecto el poder sanador de la reliquia.
Y allí me quedé puesta con mi palma bajo la cabeza de Cesáreo más de dos horas.
Al cabo de las cuales volvieron a recogerme los tíos y el sobrino.
—Es una muy buena idea—venía diciendo Balbino.
—Sí, sí, ya lo creo, venga, coge la mano de la santa y vamos a la pocilga—dijo Francisca.
Me cogió Gonzalo y se dirigieron los tres a la parte de atrás de la casa donde por un portón se accedía al corral. Se metieron luego en la pocilga en la que habría una docena de cerdos y otros tantos cochinillos. Comenzaron luego a frotarme con ellos y a acariciarles conmigo sus lomos, piernas, cabezas…
—Restriégales a todos con la santa mano—decía Francisca—Ya verás qué jamones más buenos van a salir. Jamones y chorizos bendecidos por la mano de una santa. Cuando se los coma mi Cesáreo le harán mucho bien si es que no está aún recuperado para cuando hagamos matanza.
—A los cochinillos también sobrino—dijo Balbino—Que a todo cerdo le llega su San Martín.
—Hasta podemos luego vender algunos como milagrosos en los mercados—dijo Francisca—Chorizos, morcillas y jamones de la santa Teresa de Jesús, tocados y amasados con su incorrupta mano. Carnes y embutidos curativos.
—No es mal proyecto, mujer mía—dijo su marido.
Estuvo pues Gonzalo manoseando a todos los gorrinos de la piara conmigo, los cuales no paraban quietos y no parecían apreciar en su buena medida el honor de que yo les palpase por todas sus partes, de modo que no pocas veces provocaban encontronazos y tropiezos que acababan con Gonzalo (y yo con él) rodando por el apestoso fango. Acabamos los dos bastante pringados de tanto rebozarnos en el lodo.
Una vez terminados todos los menesteres de bendición de puercos entramos de nuevo en la casa y Gonzalo se retiró a asearse mientras Francisca me limpiaba a mí con un paño húmedo. Una vez limpios todos, los tíos y el sobrino se dispusieron a cenar. Tomaron todo tipo de productos del cerdo y dos huevos fritos cada uno. Tras llenar la panza no tardaron en retirarse a dormir.
Al día siguiente Gonzalo se levantó muy temprano y se despidió de sus tíos y de su primo.
—Adiós sobrino—dijo Francisca—Vuelve a visitarnos pronto. Quiera Dios que la Gracia de la mano de santa sane a nuestro Cesáreo.
—Dios lo quiera—dijo Gonzalo—Hasta pronto, tíos, cuídense; adiós, primo Cesáreo.
—Quiero jamón, madre. Chorizo, morcilla quiero, madre.
No sé si mis masajes craneales ayudaron a normalizar la mente del pobre Cesáreo. Espero y pido a Dios que así fuera.
Salimos pues de la villa de Guijuelo y tomamos dirección sur. Gonzalo iba imponiendo un apresurado ritmo a su borrico, de modo que paramos a comer en Béjar y llegamos luego a Plasencia antes de caer la tarde. Enseguida que llegamos a la villa empezó Gonzalo a preguntar por su grupo de mercaderes y por el padre Gracián. Se enteró así de que hacía poco más de media hora que habían llegado, que los mercaderes estaban alojados en una fonda y que el cura estaría en alguno de los conventos de la ciudad. Siguió Gonzalo indagando y por fin supo que el padre estaba en el convento de los dominicos. Se dirigió pues hacia allí y cuando llegó preguntó a un monje que se disponía a entrar si estaba allí un carmelita recién llegado a la villa. Le respondió el monje que así era y que aguardase un momento a que le diera aviso de que le buscaban.
No tardó el padre Gracián en salir. Llevaba el padre un semblante tristísimo, como si portara el alma en los pies.
—Sois el mercader que se separó del grupo ayer ¿no?—dijo el padre—¿qué queréis de mí?
—Padre—dijo Gonzalo—Tengo vuestra mano.
—¡Qué me dices, hijo mío!—exclamó Gracián—¡Gracias a Dios! Ya la daba yo por perdida, pensaba que se me había extraviado en algún punto del camino…Pero dime, ¿cómo es que la tienes tú? ¿Te las has encontrado acaso por ahí tirada?
—A decir verdad, padre—dijo Gonzalo al tiempo que me sacaba de su zurrón y me entregaba a Gracián—yo se la robé a vuestra merced en un descuido…
—¡Pero hijo!
—Lo sé, lo sé, padre…Quiero que me perdone, quiero confesar…No lo hice por malicia, lo hice para llevarla donde mi primo, que el infortunado es lento de entendimiento, como un niño de 3 años, y quise pasarle la santa mano por la sesera, para a ver si con su Divino poder hacía que se le iluminara el cerebro.
—¡Ay, hombre de Dios!—exclamó el padre Gracián—¡No sabes el mal rato y la angustia que me has hecho pasar! Pero, ¿cómo no me pediste que fuera contigo a auxiliar a tu pobre primo? Yo hubiera ido encantado…
—Discúlpeme, padre—dijo Gonzalo—lo hice sin pensar, fue como un impulso provocado por el demonio.
—Bueno, bueno, dejemos al demonio que arda en su fuego eterno y demos gracias al Señor por haberte hecho volver a estar en tus cabales. Por cierto, ¿quedó tu primo curado de su mal tras bendecirle con la santa mano?
Explicó Gonzalo al padre cómo dejó a su primo a la espera de que el tratamiento llevado a cabo por él a través de mí surtiera el deseado efecto de la curación. Se despidió luego el arrepentido muchacho hasta la mañana siguiente en que se reanudaría el viaje.
Los días posteriores transcurrieron tranquilos, sin mayores percances durante el trayecto; pero poco antes de llegar a Badajoz fui de nuevo robada. Aprovechando una pequeña siesta que el padre Gracián se estaba echando, uno de los mercaderes, que respondía al nombre de Braulio, se apropió del cofrecillo que me contenía. Sin duda le había informado Gonzalo a este Braulio de que el padre era portador de una santa reliquia, pues eran los dos bastante amigos y siempre andaban juntos. Envolvió pues el cofre en una manta, lo guardó en un saco, se montó en su yegua y sin esperar a los demás, que estaban reposando la comida, echó a andar para Badajoz.
Llegó a la ciudad en menos de dos horas y se fue directo a una fonda de la que, por lo visto, era cliente habitual, pues todo el mundo le conocía. Después de instalarse en una de las alcobas bajó a cenar llevándome consigo en mi cofrecillo. Tras llenar su abombada barriga de todo tipo de viandas se fue a una mesa en la que tres parroquianos estaban jugando a los naipes. Se sentó con ellos, pidió una gran jarra de vino y se puso a jugar con la animación del que adivina prontas ganancias por medio del favor de la diosa fortuna. Dos horas después estaba completamente borracho y había perdido hasta el último maravedí.
—Anda, Braulio—le dijo uno de los jugadores—vete a dormir la mona que ya no tienes ni un real.
—¡De eso nada!—gritó—Quiero jugar la última mano, todo o nada. Me voy a jugar algo mucho más valioso que el sucio dinero…¡Me apuesto la mano incorrupta de la santa Teresa de Jesús! Aquí la tengo, ¡mirad qué hermosura!
Y diciendo esto me sacó de mi cofrecillo y me colocó en medio de la mesa junto a los montones de monedas apostadas. Quedaron todos atónitos y la fonda entera se agolpó alrededor de la mesa para observarme.
—¿De verdad es la mano de una santa?—preguntó uno.
—¡Lo juro por que me caiga aquí muerto ahora mismo! ¡Que me metan un hierro candente por el trasero si miento!—gritaba Braulio.
—¡Qué uñas más bonitas tiene!—comentó alguien.
Dos de los jugadores se negaron a aceptar la apuesta de Braulio, pues les parecía sacrílego semejante comercio con cosas de Dios; pero el tercero sí que estuvo de acuerdo en jugar, estaba también un poco beodo y dijo que pensaba ganar la mano para regalársela a su abuela ciega, así que se apostó todo lo que tenía, para satisfacción de Braulio, que ya veía recuperadas sus anteriores pérdidas. Pero no era aquella ciertamente la noche de Braulio; volvió a perder esta última mano y con ella a su recién adquirida mano, o sea, a mí. Mas, como era de esperar, no se tomó bien la derrota, y cuando su contrincante descubrió sus cartas y constató Braulio que de nuevo perdía, se puso como un basilisco; le lanzó a la cara las cartas a su rival y empujó violentamente la mesa, luego me agarró a mí antes que nadie pudiera evitarlo.
—¡La mano de la santa es mía!—gritó—¡Has hecho trampa maldito canalla!
—¡Mentira!—exclamó el otro. Y se lanzó sobre él para arrebatarle su premio, que era yo. Rodamos los tres por el suelo y tras varios puñetazos y forcejeos salí yo volando por los aires yendo a caer dentro de un barreño en el que estaban en remojo jarras, vasos y platos sucios. Una muchacha que trabajaba en la fonda me sacó del grasiento líquido y me secó con un paño; mientras, varios hombres se dedicaron a poner paz y a separar a los dos contendientes. En ese momento entró en la fonda Gonzalo acompañado del padre Gracián.
—¡Así que estás aquí, granuja!—le dijo Gonzalo a Braulio—Nos hemos recorrido todas las fondas de la ciudad buscándote. ¿Dónde tienes la mano de la santa?
Braulio apenas podía pronunciar palabra, sólo emitía balbuceos inconexos entre espumarajos. Los presentes les explicaron todo lo sucedido a Gonzalo y al padre y éstos a su vez les informaron de la desaparición de la reliquia y cómo, sospechando que Braulio era el responsable, habían ido a buscarle. Así que una vez aclarado todo, la muchacha me entregó al padre Gracián.
—Se ha mojado un poco, padre—le dijo—Pero la he secado bien y está como nueva.
El padre Gracián le dio las gracias, recogió el cofrecillo que estaba tirado por el suelo y me guardó en él. Perdonó luego al pecador de Braulio.
—Yo te perdono, hijo mío—le dijo—Pero enmiéndate y no infrinjas de nuevo las leyes de Dios. Reza, hijo mío. Y arrepiéntete. Dios te bendiga.
No sé yo si Braulio se percató de estos consejos porque mientras se los decía el padre estaba él medio inconsciente revolcándose en un charco de vino regurgitado.
Después de despedirse salimos de la fonda y el padre Gracián se encaminó a su lugar de alojamiento, que no era otro que el convento carmelita de la ciudad.
Los días siguientes continuamos el viaje sin ningún otro contratiempo importante hasta que llegamos esta mañana a Lisboa. El padre Gracián se despidió de sus compañeros de viaje y enfiló hacia el convento de San Alberto, mi lugar de destino.
Las hermanas carmelitas recibieron al padre Gracián con mucho afecto y entraron literalmente en éxtasis cuando el padre me mostró ante ellas y les dijo que era yo un regalo para su uso y disfrute.
—¡Queridísimo padre Gracián!—dijo la priora del convento—¡Qué bendición nos trae! No sabe lo feliz que nos acaba de hacer; tener con nosotras una mano de la Madre Fundadora es un honor que jamás hubiéramos imaginado recibir. Nunca se lo podremos agradecer lo suficiente, es una deuda impagable la que contraemos, Dios se lo pague, padre.
Todas las demás hermanas mostraron también su agradecimiento y su contento al tiempo que pasaba yo de mano en mano y era contemplada y no pocas veces besada por todas.
Se trató luego sobre el lugar donde colocarme, asunto que trajo un vivo debate. Al final se decidió situarme en una capilla a la derecha del altar. También se habló sobre la necesidad de encargar un relicario que me custodiase; tarea que se encargaría de allí a poco tardar a uno de los más afamados orfebres de la ciudad portuguesa.
Y hasta aquí llega la narración de éste mi viaje de iniciación. Descanso ahora en mi capilla y quedo a la espera de las pruebas que Dios nuestro Señor tenga a bien imponerme.


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