La autora

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Ésta soy yo.

sábado, 18 de junio de 2016

Capítulo 11

Diario del Padre Gracián

28 de abril de 1588


¡Ay, Señor! ¡Qué tiempos me ha tocado vivir! Padezco por mis propias contrariedades, pero más aún lo hago por mi Madre Teresa de Jesús y su santo cuerpo, que no para quieto.
Va ya para tres años que dejé a la Madre Fundadora en el convento de San José de Ávila. Durante este tiempo la madre María, priora de San José, me ha mantenido informado por carta de todos los acontecimientos que se han ido produciendo.
A los pocos días de estar el santo cuerpo de Teresa en Ávila se fue corriendo la voz por toda la ciudad de su presencia y del suave perfume que exhalaba. Y tanto se habló y se debatió sobre esto que muchas voces pedían convocar a médicos y teólogos para que juzgasen si se trataba de cosa natural o si era milagrosa y que quedase constancia de ello. Así pues se le pidió a la madre María que hiciese una relación de todos los hechos ocurridos, pero ella no lo quiso hacer hasta que tuviese licencia para ello de su superior. El permiso le fue dado y así, poco más de un mes después de estar el cuerpo en Ávila, el último día del año de 1585, llegaron a la ciudad el padre Diego de Yepes, prior que era entonces de los Jerónimos de Madrid, el licenciado Laguna, oidor en el Consejo de Estado, y Francisco Contreras, oidor que es ahora en la Cancillería de Granada. Llegaron los tres de Madrid a pesar del mucho frío y el duro viaje con el único propósito de ver esta maravilla del Señor. Pasaron a visitar a su casa al obispo de la ciudad don Pedro Fernández de Temiño y mandó éste recado a la priora de que al día siguiente a primera hora irían todos a examinar el santo cuerpo.
Así pues, a las nueve de la mañana del siguiente día, que era día de la circuncisión, el primero de 1586, se presentaron en el convento de San José el obispo con los oidores, dos médicos y otras personas notables, en total unas veinte personas. Entraron a sacar el santo cuerpo el padre Diego de Yepes, el clérigo Julián de Ávila y los dos médicos; trajeron entre los cuatro el féretro a la portería y, con las puertas cerradas, extrajeron el santo cuerpo y lo colocaron sobre una alfombra de bordado oriental. Se descubrió luego el cuerpo y lo iluminaron todos con las antorchas que llevaban, teniendo cuidado de no quemar nada del santo cuerpo, sobre todo el pelo. Se pusieron muchos de rodillas para examinar mejor el cuerpo y lo admiraron grandemente e incluso hubo algunos que soltaron no pocas lágrimas del entusiasmo que les embargaba ante la contemplación de semejante milagro. Los médicos lo estudiaron con suma atención y detalle y llegaron a la conclusión de que aquello era imposible que fuese cosa natural sino verdaderamente milagrosa pues, un cuerpo que nunca jamás se abrió en canal ni le echaron bálsamo alguno ni la menor cosa del mundo, ¿cómo podía estar al cabo de más de tres años tan entero que no le faltase de nada (excepción hecha del brazo izquierdo amputado) y con un olor tan admirable para los sentidos? ¿Quién podía dejar de comprender que era obra de la mano derecha de Dios y que sobrepasaba toda explicación natural?
También se admiraron todos al contemplar aquel mantelito de estameña que le sacamos y que estaba empapado en una sangre tan fresca como recién sangrada y que despedía un agradabilísimo olor.
El obispo les manifestó a las hermanas que eran muy afortunadas de tener en su convento tan gran tesoro y que no tenían nada más que desear en esta vida terrenal pues eran testigos de hechos prodigios enviados por el Señor. Les dijo también que cuidaran del santo cuerpo con mucha decencia y que lo mantuvieran siempre bien aseado y acicalado. Dijo además que le enviasen luego la alfombra oriental sobre la que se había colocado el santo cuerpo pues quería acomodársela en su aposento para pisar sobre ella cada vez que se levantase del lecho.
Se dirigió después el obispo a todos los presentes y les quería hacer jurar que no revelasen todos los milagros que allí habían visto, pero empezaron todos a suplicarle que no les hiciese jurar tal cosa pues estaban ganosos de contar todas tales maravillas, y así el obispo renunció a ello y se publicaron prontamente por toda la ciudad de Ávila los prodigiosos hechos.

Mientras, en Alba de Tormes, tal como me contó el padre Ribera, las cosas eran muy distintas. No estaban sus gentes tan jubilosas como las de Ávila, ni mucho menos. Y menos que nadie lo estaban el duque don Antonio de Toledo y su tío don Hernando de Toledo, prior de San Juan. Cuando nos llevamos el cuerpo de la santa Madre de Alba estaban ellos dos fuera de la villa, pues adrede elegimos esas fechas para que no nos impidieran el traslado. Al enterarse de que el santo cuerpo había volado cogieron ellos gran enojo, sobre todo el prior, que sentía una gran devoción por la santa y que era consciente del gran tesoro que perdía la villa; además era su parecer que el agravio se había hecho no tanto al duque como a él mismo, pues a su cargo estaban todos los asuntos del duque.
Se presentó el prior como un poseso en el convento echando pestes de los, según él, “malditos monjes expoliadores, ladrones de cadáveres con nocturnidad y alevosía”. Se trajo consigo a un escribano y, ante la priora y las demás monjas, le dictó un documento en el que daba orden de que bajo ningún concepto se sacase de allí el brazo izquierdo que había quedado, pues si así sucediera caerían grandes penas sobre el responsable del hurto.
Y no quedó ahí la cosa sino que escribió luego a la Santa Sede de Roma al mismo Papa Sixto V explicándole lo sucedido y reclamándole la reincorporación del santo cuerpo a Alba. Y tan acertadamente reivindicó sus razones que el Santo Padre le dio razón y ordenó que el cuerpo de la Madre Teresa fuese devuelto a Alba. De modo que el padre Nicolás Doria de Jesús María, quien me había sucedido como Provincial de la orden carmelita descalza, al recibir la notificación con las órdenes de Su Santidad, se trasladó de inmediato a Ávila para volver a mudar el santo cuerpo. Fueron con él también el padre Juan Bautista, que era entonces prior en Pastrana, y el padre Nicolás de san Cirilo, prior que era del monasterio de Mancera.
La madre María de san José me escribió con gran pena relatándome cómo habían llegado al convento y les habían informado de la decisión del Santo Padre. La amargura y la desdicha inundaron el convento. Para consolarlas, el padre Nicolás Doria les dejó que se quedasen con una reliquia de la santa; y como la que más a mano tenían era la clavícula del lado izquierdo, que sobresalía por el hueco del brazo amputado, tiró del hueso la priora y salió éste suavemente como el de un muslo de pollo.
Se llevaron luego los padres el cuerpo de la madre de noche y con mucho secreto para Alba de Tormes, donde llegaron a eso de las ocho de la mañana del día 23 de agosto, víspera de San Bartolomé, del año de 1586. El padre Ribera, que llegó ese mismo día al convento, me contó cómo, cuando se supo en Alba del regreso del santo cuerpo, hubo muchos clérigos que quisieron hacer fiesta para celebrarlo, con procesiones y música. Mas el padre Doria, que no veía este traslado como definitivo sino como de prestado, y que sólo lo hacía por cumplir las órdenes del Papa, se negó a que se celebrase fiesta alguna y tan solo consintió en que se entregase el santo cuerpo a las monjas y en que quedase constancia de ello. Colocaron pues el cuerpo de la Madre en el coro inferior y se dejó entrar en la iglesia, al otro lado de la reja, al duque de Alba y a la condesa de Lerín, su madre, así como a mucha más gente que llenó a reventar el templo. Se descubrió luego el cuerpo de la Madre Teresa y se enfocó con luz suficiente rodeándolo de candelabros; estando así preguntó el prior de Pastrana a las monjas si reconocían ser aquel el cuerpo de la Madre Fundadora Teresa de Jesús y si se daban por entregadas de él; ellas respondieron que sí y todos los del otro lado de la reja también dijeron que sí, que lo reconocían, y de todo esto tomó nota y dio testimonio un escribano. Y gracias a Dios que la reja separaba al santo cuerpo de la muchedumbre pues, si no estuviera la tal reja, era tal el fervor y el entusiasmo de las gentes que a buen seguro hubieran hecho jirones el hábito de la santa para hacer reliquias y aún el mismo cuerpo hubiera corrido peligro de ser desmembrado del todo. Durante toda la tarde estuvo la iglesia llena de gente que venía a venerar la maravilla del santo cuerpo, no se iban y no se hartaban de verla. Y cuando ya anocheció hubo varios vecinos de la villa que, no creyendo que los padres fueran a dejar allí el santo cuerpo y temiendo que se lo pudieran llevar de nuevo por la noche, hicieron guardia en las puertas del convento para evitar que lo sacasen usando la fuerza si llegaba el caso. Fue éste sin duda uno de los más felices días de la historia de la villa de Alba de Tormes. Y el Señor quiso anticipar este dichoso día ya que un mes antes, estando una monja en oración, vio con claridad meridiana una bellísima estrella en el coro alto, justo en el lugar donde se puso y está ahora el santo cuerpo, y era su luz tan brillante que en comparación a las otras estrellas no daban luz ninguna, así que entendió la hermana que alguna gran cosa había de suceder, y luego comprobó que era por el retorno del cuerpo de la Madre Fundadora. Y allí en Alba se ha de quedar el santo cuerpo pues, aunque la priora del convento de San José de Ávila ha apelado la decisión del Santo Padre, dudo mucho que cambie de opinión en su favor. Además, el prior de san Juan, que ha sido el mayor artífice de que el cuerpo retorne a Alba, ha declarado que construirá un buen sepulcro para la santa Madre.
Hace poco me escribió el padre Ribera y me contó que, a petición del obispo de Salamanca, Jerónimo Manrique, el pasado 25 de marzo se llevó a cabo un nuevo examen del cuerpo de la Madre Teresa. El padre Ribera estuvo presente y en su carta me relató con sumo detalle cómo fue. Empezaron por el brazo izquierdo, al que corté yo la mano, la cual llevé a Lisboa hace ya casi cinco años; a parte de esto está de una pieza, pero, bien por ser este brazo el que se rompió cuando la Madre Teresa se cayó (por obra del Diablo) de la escalera o bien por haberle quitado la mano y haber por allí perdido grasa, tiene menos carne que el otro que está en el cuerpo, pero aún así tiene mucha, y al principio tenía más, sólo que se ha enjugado y resecado algo. El color es justamente como el de un dátil maduro, la carne está como cecina, la piel tiene arrugas a lo largo como ocurre cuando las personas mayores adelgazan, pero mantiene su vello y todo; lo tienen siempre envuelto en un paño limpio que cada cierto tiempo se cambia pues queda empapado de una especie de aceite o grasilla que supura del brazo, y queda el paño como si lo hubiesen metido en aceite o algo semejante, pero tiene este aceitillo el mismo lindo olor que el brazo y el cuerpo. Son muchísimos los paños de estos que se han dado a los fieles como reliquias y se siguen dando, pero cada vez menos, pues la carne se va enjugando y ya no se producen tantos. Pero esta carne no hay modo ninguno en el mundo por el que se corrompa, como si fuera de acero, ni una pizca se pudre ni por más calor que haga en verano ni las moscas se le acercan. Es cosa probada que la carne de la Madre Teresa dura sin corromperse como duran los huesos de cualquier otro santo. Y me cuenta el padre Ribera que la primera vez que tomó en sus manos este brazo de la santa Madre fue poco antes de comer y que le quedó en las manos ese encantador olor y que le dio tanta pena que no quiso lavárselas para comer para que no se le fuese el aroma; si bien ya de noche se las hubo de lavar, pero aún así el olor no se fue ya que, aún después de acostado, sentía el mismo olor en las manos y todavía le duró el perfume quince días.
Pasó luego el padre a describirme el estado del santo cuerpo. Me cuenta en su carta que está enhiesto, aunque algo inclinado hacía adelante, como con chepa, como suelen andar los viejos; pero está de tal suerte y tan sano que, puesto en vertical, con una mano de alguien que le aguante por la espalda, se tiene en pie y lo visten y lo desnudan como si estuviera vivo, como si fuera una señora de alta alcurnia ayudada por sus doncellas. El color es como el del brazo, de dátil maduro, aunque en algunas partes está más blanco. Lo que más oscuro tiene es el rostro, que lo tiene un poco maltratado, pero muy entero pues ni en el pico de la nariz no le falta ni poco ni mucho; los cabellos los tiene como recién muerta, sedosos y fuertes. Los ojos están secos, pues han perdido ya la humedad que tenían, pero están enteros, como dos canicas. En los lunares que tenía en la cara se ven aún los pelillos. La boca la tiene cerrada a cal y canto, pues no se puede abrir, que bien lo intentó el padre. En las espaldas tiene el santo cuerpo particularmente mucha carne, bien blandita. La parte donde se cortó el brazo está jugosa, pues suelta un jugo viscoso que al tocarlo queda en la mano el mismo olor del cuerpo. La mano derecha está puesta como en posición de quien echa la bendición, aunque no tiene los dedos enteros; y me dice el padre Ribera que hicieron mal en quitárselos pues con esa misma mano hizo grandes cosas la Madre Teresa y ya que Dios la dejó entera, así debía haber quedado. Los pies están muy lindos y muy proporcionados y el padre no perdió ocasión de besárselos. Y está, en fin, el santo cuerpo muy lleno de carne, y su olor es igual que el del brazo pero más intenso. Termina el padre su carta expresándome su deleite al haber podido ver el cuerpo de la Madre Fundadora y me dice que no se hartaba de contemplarlo y que tiene tal día como el más feliz de su vida. Y añade que le da gran pena el pensar que algún día han de descuartizar el santo cuerpo bien por orden de personas graves o a instancias de los monasterios para hacer reliquias, y que esto no se debería hacer. Ignora el buen padre Ribera que tengo yo junto a mí el dedo meñique de la mano izquierda de la santa Madre…

Yo tan solo pido a Dios que se quede el cuerpo ya quieto y que no haya más trajín con él, pues ya bastante andariega fue la Madre Fundadora en vida como para que lo siga siendo su cuerpo ya muerto. Que no corra más penurias pues bastantes tengo yo ya, las cuales contaré otro día. Beso el dedo de la santa y me retiro al lecho.

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