Diario del
Padre Gracián
28
de abril de 1588
¡Ay,
Señor! ¡Qué tiempos me ha tocado vivir! Padezco por mis propias contrariedades,
pero más aún lo hago por mi Madre Teresa de Jesús y su santo cuerpo, que no
para quieto.
Va
ya para tres años que dejé a la Madre Fundadora en el convento de San José de
Ávila. Durante este tiempo la madre María, priora de San José, me ha mantenido
informado por carta de todos los acontecimientos que se han ido produciendo.
A
los pocos días de estar el santo cuerpo de Teresa en Ávila se fue corriendo la
voz por toda la ciudad de su presencia y del suave perfume que exhalaba. Y
tanto se habló y se debatió sobre esto que muchas voces pedían convocar a
médicos y teólogos para que juzgasen si se trataba de cosa natural o si era
milagrosa y que quedase constancia de ello. Así pues se le pidió a la madre
María que hiciese una relación de todos los hechos ocurridos, pero ella no lo
quiso hacer hasta que tuviese licencia para ello de su superior. El permiso le
fue dado y así, poco más de un mes después de estar el cuerpo en Ávila, el último
día del año de 1585, llegaron a la ciudad el padre Diego de Yepes, prior que
era entonces de los Jerónimos de Madrid, el licenciado Laguna, oidor en el
Consejo de Estado, y Francisco Contreras, oidor que es ahora en la Cancillería
de Granada. Llegaron los tres de Madrid a pesar del mucho frío y el duro viaje
con el único propósito de ver esta maravilla del Señor. Pasaron a visitar a su
casa al obispo de la ciudad don Pedro Fernández de Temiño y mandó éste recado a
la priora de que al día siguiente a primera hora irían todos a examinar el
santo cuerpo.
Así
pues, a las nueve de la mañana del siguiente día, que era día de la
circuncisión, el primero de 1586, se presentaron en el convento de San José el
obispo con los oidores, dos médicos y otras personas notables, en total unas
veinte personas. Entraron a sacar el santo cuerpo el padre Diego de Yepes, el
clérigo Julián de Ávila y los dos médicos; trajeron entre los cuatro el féretro
a la portería y, con las puertas cerradas, extrajeron el santo cuerpo y lo colocaron
sobre una alfombra de bordado oriental. Se descubrió luego el cuerpo y lo
iluminaron todos con las antorchas que llevaban, teniendo cuidado de no quemar
nada del santo cuerpo, sobre todo el pelo. Se pusieron muchos de rodillas para
examinar mejor el cuerpo y lo admiraron grandemente e incluso hubo algunos que
soltaron no pocas lágrimas del entusiasmo que les embargaba ante la
contemplación de semejante milagro. Los médicos lo estudiaron con suma atención
y detalle y llegaron a la conclusión de que aquello era imposible que fuese
cosa natural sino verdaderamente milagrosa pues, un cuerpo que nunca jamás se
abrió en canal ni le echaron bálsamo alguno ni la menor cosa del mundo, ¿cómo
podía estar al cabo de más de tres años tan entero que no le faltase de nada
(excepción hecha del brazo izquierdo amputado) y con un olor tan admirable para
los sentidos? ¿Quién podía dejar de comprender que era obra de la mano derecha
de Dios y que sobrepasaba toda explicación natural?
También
se admiraron todos al contemplar aquel mantelito de estameña que le sacamos y
que estaba empapado en una sangre tan fresca como recién sangrada y que
despedía un agradabilísimo olor.
El
obispo les manifestó a las hermanas que eran muy afortunadas de tener en su
convento tan gran tesoro y que no tenían nada más que desear en esta vida
terrenal pues eran testigos de hechos prodigios enviados por el Señor. Les dijo
también que cuidaran del santo cuerpo con mucha decencia y que lo mantuvieran
siempre bien aseado y acicalado. Dijo además que le enviasen luego la alfombra
oriental sobre la que se había colocado el santo cuerpo pues quería
acomodársela en su aposento para pisar sobre ella cada vez que se levantase del
lecho.
Se
dirigió después el obispo a todos los presentes y les quería hacer jurar que no
revelasen todos los milagros que allí habían visto, pero empezaron todos a
suplicarle que no les hiciese jurar tal cosa pues estaban ganosos de contar
todas tales maravillas, y así el obispo renunció a ello y se publicaron
prontamente por toda la ciudad de Ávila los prodigiosos hechos.
Mientras,
en Alba de Tormes, tal como me contó el padre Ribera, las cosas eran muy
distintas. No estaban sus gentes tan jubilosas como las de Ávila, ni mucho
menos. Y menos que nadie lo estaban el duque don Antonio de Toledo y su tío don
Hernando de Toledo, prior de San Juan. Cuando nos llevamos el cuerpo de la
santa Madre de Alba estaban ellos dos fuera de la villa, pues adrede elegimos
esas fechas para que no nos impidieran el traslado. Al enterarse de que el
santo cuerpo había volado cogieron ellos gran enojo, sobre todo el prior, que
sentía una gran devoción por la santa y que era consciente del gran tesoro que
perdía la villa; además era su parecer que el agravio se había hecho no tanto
al duque como a él mismo, pues a su cargo estaban todos los asuntos del duque.
Se
presentó el prior como un poseso en el convento echando pestes de los, según
él, “malditos monjes expoliadores, ladrones de cadáveres con nocturnidad y
alevosía”. Se trajo consigo a un escribano y, ante la priora y las demás
monjas, le dictó un documento en el que daba orden de que bajo ningún concepto
se sacase de allí el brazo izquierdo que había quedado, pues si así sucediera
caerían grandes penas sobre el responsable del hurto.
Y
no quedó ahí la cosa sino que escribió luego a la Santa Sede de Roma al mismo
Papa Sixto V explicándole lo sucedido y reclamándole la reincorporación del
santo cuerpo a Alba. Y tan acertadamente reivindicó sus razones que el Santo
Padre le dio razón y ordenó que el cuerpo de la Madre Teresa fuese devuelto a
Alba. De modo que el padre Nicolás Doria de Jesús María, quien me había
sucedido como Provincial de la orden carmelita descalza, al recibir la
notificación con las órdenes de Su Santidad, se trasladó de inmediato a Ávila
para volver a mudar el santo cuerpo. Fueron con él también el padre Juan
Bautista, que era entonces prior en Pastrana, y el padre Nicolás de san Cirilo,
prior que era del monasterio de Mancera.
La
madre María de san José me escribió con gran pena relatándome cómo habían
llegado al convento y les habían informado de la decisión del Santo Padre. La
amargura y la desdicha inundaron el convento. Para consolarlas, el padre
Nicolás Doria les dejó que se quedasen con una reliquia de la santa; y como la
que más a mano tenían era la clavícula del lado izquierdo, que sobresalía por
el hueco del brazo amputado, tiró del hueso la priora y salió éste suavemente
como el de un muslo de pollo.
Se
llevaron luego los padres el cuerpo de la madre de noche y con mucho secreto
para Alba de Tormes, donde llegaron a eso de las ocho de la mañana del día 23
de agosto, víspera de San Bartolomé, del año de 1586. El padre Ribera, que
llegó ese mismo día al convento, me contó cómo, cuando se supo en Alba del
regreso del santo cuerpo, hubo muchos clérigos que quisieron hacer fiesta para
celebrarlo, con procesiones y música. Mas el padre Doria, que no veía este
traslado como definitivo sino como de prestado, y que sólo lo hacía por cumplir
las órdenes del Papa, se negó a que se celebrase fiesta alguna y tan solo
consintió en que se entregase el santo cuerpo a las monjas y en que quedase
constancia de ello. Colocaron pues el cuerpo de la Madre en el coro inferior y
se dejó entrar en la iglesia, al otro lado de la reja, al duque de Alba y a la
condesa de Lerín, su madre, así como a mucha más gente que llenó a reventar el
templo. Se descubrió luego el cuerpo de la Madre Teresa y se enfocó con luz
suficiente rodeándolo de candelabros; estando así preguntó el prior de Pastrana
a las monjas si reconocían ser aquel el cuerpo de la Madre Fundadora Teresa de
Jesús y si se daban por entregadas de él; ellas respondieron que sí y todos los
del otro lado de la reja también dijeron que sí, que lo reconocían, y de todo
esto tomó nota y dio testimonio un escribano. Y gracias a Dios que la reja
separaba al santo cuerpo de la muchedumbre pues, si no estuviera la tal reja,
era tal el fervor y el entusiasmo de las gentes que a buen seguro hubieran
hecho jirones el hábito de la santa para hacer reliquias y aún el mismo cuerpo
hubiera corrido peligro de ser desmembrado del todo. Durante toda la tarde
estuvo la iglesia llena de gente que venía a venerar la maravilla del santo
cuerpo, no se iban y no se hartaban de verla. Y cuando ya anocheció hubo varios
vecinos de la villa que, no creyendo que los padres fueran a dejar allí el
santo cuerpo y temiendo que se lo pudieran llevar de nuevo por la noche,
hicieron guardia en las puertas del convento para evitar que lo sacasen usando
la fuerza si llegaba el caso. Fue éste sin duda uno de los más felices días de
la historia de la villa de Alba de Tormes. Y el Señor quiso anticipar este
dichoso día ya que un mes antes, estando una monja en oración, vio con claridad
meridiana una bellísima estrella en el coro alto, justo en el lugar donde se
puso y está ahora el santo cuerpo, y era su luz tan brillante que en
comparación a las otras estrellas no daban luz ninguna, así que entendió la
hermana que alguna gran cosa había de suceder, y luego comprobó que era por el
retorno del cuerpo de la Madre Fundadora. Y allí en Alba se ha de quedar el
santo cuerpo pues, aunque la priora del convento de San José de Ávila ha
apelado la decisión del Santo Padre, dudo mucho que cambie de opinión en su
favor. Además, el prior de san Juan, que ha sido el mayor artífice de que el
cuerpo retorne a Alba, ha declarado que construirá un buen sepulcro para la
santa Madre.
Hace
poco me escribió el padre Ribera y me contó que, a petición del obispo de
Salamanca, Jerónimo Manrique, el pasado 25 de marzo se llevó a cabo un nuevo
examen del cuerpo de la Madre Teresa. El padre Ribera estuvo presente y en su
carta me relató con sumo detalle cómo fue. Empezaron por el brazo izquierdo, al
que corté yo la mano, la cual llevé a Lisboa hace ya casi cinco años; a parte
de esto está de una pieza, pero, bien por ser este brazo el que se rompió
cuando la Madre Teresa se cayó (por obra del Diablo) de la escalera o bien por
haberle quitado la mano y haber por allí perdido grasa, tiene menos carne que
el otro que está en el cuerpo, pero aún así tiene mucha, y al principio tenía
más, sólo que se ha enjugado y resecado algo. El color es justamente como el de
un dátil maduro, la carne está como cecina, la piel tiene arrugas a lo largo
como ocurre cuando las personas mayores adelgazan, pero mantiene su vello y
todo; lo tienen siempre envuelto en un paño limpio que cada cierto tiempo se
cambia pues queda empapado de una especie de aceite o grasilla que supura del
brazo, y queda el paño como si lo hubiesen metido en aceite o algo semejante,
pero tiene este aceitillo el mismo lindo olor que el brazo y el cuerpo. Son
muchísimos los paños de estos que se han dado a los fieles como reliquias y se
siguen dando, pero cada vez menos, pues la carne se va enjugando y ya no se
producen tantos. Pero esta carne no hay modo ninguno en el mundo por el que se
corrompa, como si fuera de acero, ni una pizca se pudre ni por más calor que
haga en verano ni las moscas se le acercan. Es cosa probada que la carne de la
Madre Teresa dura sin corromperse como duran los huesos de cualquier otro
santo. Y me cuenta el padre Ribera que la primera vez que tomó en sus manos
este brazo de la santa Madre fue poco antes de comer y que le quedó en las
manos ese encantador olor y que le dio tanta pena que no quiso lavárselas para
comer para que no se le fuese el aroma; si bien ya de noche se las hubo de
lavar, pero aún así el olor no se fue ya que, aún después de acostado, sentía
el mismo olor en las manos y todavía le duró el perfume quince días.
Pasó
luego el padre a describirme el estado del santo cuerpo. Me cuenta en su carta
que está enhiesto, aunque algo inclinado hacía adelante, como con chepa, como
suelen andar los viejos; pero está de tal suerte y tan sano que, puesto en
vertical, con una mano de alguien que le aguante por la espalda, se tiene en
pie y lo visten y lo desnudan como si estuviera vivo, como si fuera una señora
de alta alcurnia ayudada por sus doncellas. El color es como el del brazo, de
dátil maduro, aunque en algunas partes está más blanco. Lo que más oscuro tiene
es el rostro, que lo tiene un poco maltratado, pero muy entero pues ni en el
pico de la nariz no le falta ni poco ni mucho; los cabellos los tiene como
recién muerta, sedosos y fuertes. Los ojos están secos, pues han perdido ya la
humedad que tenían, pero están enteros, como dos canicas. En los lunares que
tenía en la cara se ven aún los pelillos. La boca la tiene cerrada a cal y
canto, pues no se puede abrir, que bien lo intentó el padre. En las espaldas
tiene el santo cuerpo particularmente mucha carne, bien blandita. La parte
donde se cortó el brazo está jugosa, pues suelta un jugo viscoso que al tocarlo
queda en la mano el mismo olor del cuerpo. La mano derecha está puesta como en
posición de quien echa la bendición, aunque no tiene los dedos enteros; y me
dice el padre Ribera que hicieron mal en quitárselos pues con esa misma mano
hizo grandes cosas la Madre Teresa y ya que Dios la dejó entera, así debía
haber quedado. Los pies están muy lindos y muy proporcionados y el padre no
perdió ocasión de besárselos. Y está, en fin, el santo cuerpo muy lleno de
carne, y su olor es igual que el del brazo pero más intenso. Termina el padre
su carta expresándome su deleite al haber podido ver el cuerpo de la Madre
Fundadora y me dice que no se hartaba de contemplarlo y que tiene tal día como
el más feliz de su vida. Y añade que le da gran pena el pensar que algún día
han de descuartizar el santo cuerpo bien por orden de personas graves o a
instancias de los monasterios para hacer reliquias, y que esto no se debería
hacer. Ignora el buen padre Ribera que tengo yo junto a mí el dedo meñique de
la mano izquierda de la santa Madre…
Yo
tan solo pido a Dios que se quede el cuerpo ya quieto y que no haya más trajín
con él, pues ya bastante andariega fue la Madre Fundadora en vida como para que
lo siga siendo su cuerpo ya muerto. Que no corra más penurias pues bastantes
tengo yo ya, las cuales contaré otro día. Beso el dedo de la santa y me retiro
al lecho.
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