Diario de la
Santa Mano
9
de agosto de 1583
Paso
hoy mi primera noche en Lisboa donde hemos llegado hoy después de un viaje un
tanto accidentado.
Salimos
de Ávila el padre Gracián y yo el día 17 de julio y dejamos atrás el Carmelo de
San José con sus piadosas hermanas, quienes nos bendijeron a ambos.
—Que
la Santa Mano le guíe y le lleve a usted por el buen camino, padre Gracián—dijo
la priora—Les echaremos de menos a los dos. Dios les bendiga.
—Gracias
hermana—respondió el padre Gracián—Ya volveré por aquí a no mucho tardar. Que
Jesucristo nuestro Señor las proteja.
El
padre Gracián acomodó sus bultos (yo entre ellos) en su mula y se dispuso a
comenzar viaje. Había él convenido realizar el mismo junto a un grupo de
mercaderes que también se dirigían a la ciudad portuguesa, de modo que se fue
para la Plaza Mayor donde se reunió con ellos. Una vez que el grupo estuvo
preparado salimos de la amurallada ciudad abulense hacia el vecino reino de
Portugal.
En
mi poco más de un mes de vida he tenido tiempo de plantearme no pocas preguntas
trascendentales.
¿Qué
soy yo? Soy la mano incorrupta de mi santa madre Teresa de Jesús. Vivo, siento
y padezco. Puedo oír y ver lo que me rodea aunque esté guardada en mi
cofrecillo, mis sentidos son metafísicos.
¿Por
qué estoy viva? En lo más profundo de mi ser vislumbro que la Gracia de Dios me
ha dado la vida. Vivo porque así lo quiere Dios, mi Fe en Él me lo afirma.
¿Cuál
es mi misión en esta vida? Quisiera poder comunicarme con el Altísimo para que
me lo dijera. Sólo puedo seguir el consejo de mi madre Teresa y dejar
constancia de mis vivencias en este mundo hasta que Dios nuestro Señor me llame
a su lado si le place. Y aprender; debo absorber todas las experiencias que la
vida me vaya presentando; tengo ansia de conocimiento de todo tipo, pero sobre
todo de comprensión del alma humana. No puedo desplazarme por mí misma, dependo
de los hombres para eso; no puedo comunicarme con ellos, no poseo ese don, pero
sí puedo comunicarme con seres como yo, o al menos eso deduzco de la breve
conversación que tuve con mi madre mi primer día de vida. Afronto mi existencia
con las más esperanzadoras expectativas. Dios dirá lo que ha de ser de mí. De
momento seguiré siendo cronista del viaje del padre Gracián.
El
primer día transcurrió sin mayores percances, llegamos ya entrada la tarde a la
villa de Piedrahíta donde nos dispusimos a hacer noche. El padre Gracián se
encaminó al convento de carmelitas calzadas que en esta villa había para que le
dieran hospedaje. Las hermanas le recibieron con cristiana hospitalidad, si
bien no dejé de notar cierto recelo por ser el padre Gracián provincial de la
nueva rama reformada de las carmelitas. Tal vez fuera también ésta la razón por
la que no mostraron desmesurada alegría ni mucho menos cuando el padre Gracián
me mostró a sus ojos. No parecían sentir gran admiración por la figura de mi
madre Teresa de Jesús.
—Le
falta el dedo meñique, padre—dijo la priora cuando me vio—No se lo habrá comido
una rata o algún can hambriento, ¿no?
—No,
no, nada de eso—respondió el padre Gracián—El dedo se lo corté yo mismo y
siempre lo llevo conmigo debajo de mi hábito.
Y
enseñó mi dedillo con orgullo paternal.
Pasamos
pues la noche en el convento y al día siguiente retomamos el camino junto al
grupo de mercaderes. Había uno de éstos que respondía al nombre de Gonzalo y
que, ayudando al padre Gracián a montar sus bultos a la mula, no le pasó por
alto el cofrecillo en el que yo iba alojada y en un descuido del padre lo
abrió, y al verme se pegó un buen susto tirando al suelo el cofrecillo y a mí
con él.
—¡Dios
bendito, padre!—exclamó espantado—¿la mano de quién trae usted ahí?
—Pero,
hijo mío—dijo el padre Gracián mientras me recogía del suelo—¿Cómo osas husmear
en mis pertenencias?
—No
lo hice, padre—mintió Gonzalo—Se me cayó el cofre y al caer se abrió solo
escupiendo esa zarpa.
—Bueno
hijo, bueno, le creo, perdóneme. Pero no blasfeme, por Dios; ésta es la mano
incorrupta de la Madre Teresa de Jesús, es una reliquia que llevo al convento
carmelita de Lisboa.
—Ah,
discúlpeme padre, como iba yo a saber…Tenía fama de santa la Madre Teresa.
—Lo
era—afirmó el padre Gracián—De esas almas puras que Dios nos envía una vez cada
mil años.
—Dios
la tenga en su Gloria eterna—dijo el mercader mientras se santiguaba con
cristiana devoción.
Noté
yo que este Gonzalo se quedó mirándome con suma atención, como maquinando algo
dentro de su caletre. Y no andaba yo errada porque, en una parada que hicimos
en el camino para almorzar, cuando el padre Gracián se retiró unos pasos para
orinar, aprovechó el tal Gonzalo para hurtarme del cofrecillo y guardarme con
celeridad en su zurrón.
Cuando
el padre Gracián volvió de hacer sus necesidades no se percató del hurto, pues
no se le ocurrió comprobar si estaba yo en mi cofrecillo.
Al
poco de retomar la marcha Gonzalo declaró que iba a desviarse del camino para
visitar a unos familiares. Los demás no objetaron nada, de modo que Gonzalo se
separó del grupo conmigo en su zurrón y tomó rumbo norte. Era mi ladronzuelo un
hombre joven, de poco más de veinte años, moreno y fornido.
A
media tarde llegamos a la villa de Guijuelo. Gonzalo llamó a la puerta de una
de las casas del centro de la villa. Le abrió un hombre de mediana edad.
—¡Hombre,
sobrino!—exclamó al verle—¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? Pasa, hombre,
pasa.
—Hola
tío Balbino. Pues nada, iba de camino a Lisboa pero me he desviado para pasar
por aquí porque traigo un remedio para el mal del primo Cesáreo.
—¡No
me digas!—dijo su tío—¿Y qué remedio es ese que traes?
—Nada
más y nada menos que la mano de una santa—dijo Gonzalo con regocijo—De la monja
esa famosa que montó aquel revuelo en los carmelitas, Teresa de Jesús.
Y
diciendo esto me sacó de su zurrón y me mostró a su tío.
—¡Válgame
Dios!—exclamó—Sí que he oído yo hablar de esa Teresa y a fe mía que tenía fama
de santa, sí. Pero, sobrino mío ¿cómo diablos te has hecho tú con la mano de
esa beata mujer?
—Pues
la llevaba un cura que iba en mi grupo de viaje a Lisboa. Le expliqué yo el
problema de mi primo Cesáreo y él, muy amablemente, me la prestó para que su
Divino poder le libre de su trastorno.
En
esto apareció una mujer que a buen seguro era la mujer de Balbino y tía de
Gonzalo, una rolliza señora de pueblo.
—¡La
mano de una santa dices que traes, sobrino!—exclamó—A ver, a ver que la vea yo.
Y
la buena mujer me cogió y me inspeccionó con detenimiento.
—Le
falta un dedo—dijo—Sobrino, ¿seguro que es de una santa? ¡A ver si va a ser de
alguna pelandusca!
—No,
tía Francisca—negó Gonzalo—Te juro por mi alma, que se queme en el infierno si
miento, que es de Teresa de Jesús, el cura me lo dijo con total convencimiento,
y los curas no mienten. Además, ¿no ves lo incorrupta que está y el buen olor
que trae?
—Sea,
así debe ser entonces—dijo Francisca—Vamos al cuarto de Cesáreo pues.
Entramos
en un pequeño aposento en el había un camastro sobre el que yacía un chico
joven, de no más de dieciocho años, bastante regordete también, como la madre,
y que parecía estar dormido.
—Hijo—dijo
la madre mientras le despabilaba dándole ligeros pescozones en la
cabeza—despierta hijo, que está aquí el primo Gonzalo y trae un regalito para
ti.
El
muchacho se desadormeció y se restregó las legañas, luego dijo:
—Madre,
quiero chorizo. Quiero jamón, madre.
—Sí,
sí hijo—dijo el padre—ahora te damos, espera.
Enseguida
comprendí yo que el pobre muchacho padecía algún tipo de retraso mental.
—Restriégale
la mano por la cabeza, sobrino—dijo la madre—Y también por la cara, por la
frente y las mejillas.
Gonzalo
así lo hizo, siguiendo las instrucciones de su tía. Tenía Cesáreo una piel
sedosa, poblada en ciertas partes de una agradable pelusilla.
—Madre,
quiero jamón, jamón. Quiero chorizo, madre—repetía el infeliz Cesáreo.
—Sí
hijo, sí, ahora—dijo Francisca—Cuidado sobrino que no te quite la mano, que
igual se piensa que es una manita de cerdo y le da un bocado, no se la acerques
mucho a la boca, sólo piensa en comer el pobrecito mío.
—Descuide
tía, ya tengo cuidado de que no lo haga—dijo Gonzalo.
—Pásasela
sobre todo por el cráneo, por donde está el cerebro—dijo el padre—que, digo yo,
que allí será donde se concentre la causa de su mal.
—Madre,
jamón. Chorizo quiero, madre.
Después
de varios minutos de realizar estas operaciones el padre le trajo a su hijo una
ristra de chorizos, los cuales devoró el buen muchacho con no poca fruición.
Una vez con el estómago lleno no tardó en caer dormido de nuevo.
—Déjale
la mano puesta sobre la cabeza—dijo Francisca a su sobrino—Así le hará más
efecto el poder sanador de la reliquia.
Y
allí me quedé puesta con mi palma bajo la cabeza de Cesáreo más de dos horas.
Al
cabo de las cuales volvieron a recogerme los tíos y el sobrino.
—Es
una muy buena idea—venía diciendo Balbino.
—Sí,
sí, ya lo creo, venga, coge la mano de la santa y vamos a la pocilga—dijo
Francisca.
Me
cogió Gonzalo y se dirigieron los tres a la parte de atrás de la casa donde por
un portón se accedía al corral. Se metieron luego en la pocilga en la que
habría una docena de cerdos y otros tantos cochinillos. Comenzaron luego a
frotarme con ellos y a acariciarles conmigo sus lomos, piernas, cabezas…
—Restriégales
a todos con la santa mano—decía Francisca—Ya verás qué jamones más buenos van a
salir. Jamones y chorizos bendecidos por la mano de una santa. Cuando se los
coma mi Cesáreo le harán mucho bien si es que no está aún recuperado para
cuando hagamos matanza.
—A
los cochinillos también sobrino—dijo Balbino—Que a todo cerdo le llega su San
Martín.
—Hasta
podemos luego vender algunos como milagrosos en los mercados—dijo
Francisca—Chorizos, morcillas y jamones de la santa Teresa de Jesús, tocados y
amasados con su incorrupta mano. Carnes y embutidos curativos.
—No
es mal proyecto, mujer mía—dijo su marido.
Estuvo
pues Gonzalo manoseando a todos los gorrinos de la piara conmigo, los cuales no
paraban quietos y no parecían apreciar en su buena medida el honor de que yo
les palpase por todas sus partes, de modo que no pocas veces provocaban
encontronazos y tropiezos que acababan con Gonzalo (y yo con él) rodando por el
apestoso fango. Acabamos los dos bastante pringados de tanto rebozarnos en el
lodo.
Una
vez terminados todos los menesteres de bendición de puercos entramos de nuevo
en la casa y Gonzalo se retiró a asearse mientras Francisca me limpiaba a mí
con un paño húmedo. Una vez limpios todos, los tíos y el sobrino se dispusieron
a cenar. Tomaron todo tipo de productos del cerdo y dos huevos fritos cada uno.
Tras llenar la panza no tardaron en retirarse a dormir.
Al
día siguiente Gonzalo se levantó muy temprano y se despidió de sus tíos y de su
primo.
—Adiós
sobrino—dijo Francisca—Vuelve a visitarnos pronto. Quiera Dios que la Gracia de
la mano de santa sane a nuestro Cesáreo.
—Dios
lo quiera—dijo Gonzalo—Hasta pronto, tíos, cuídense; adiós, primo Cesáreo.
—Quiero
jamón, madre. Chorizo, morcilla quiero, madre.
No
sé si mis masajes craneales ayudaron a normalizar la mente del pobre Cesáreo.
Espero y pido a Dios que así fuera.
Salimos
pues de la villa de Guijuelo y tomamos dirección sur. Gonzalo iba imponiendo un
apresurado ritmo a su borrico, de modo que paramos a comer en Béjar y llegamos
luego a Plasencia antes de caer la tarde. Enseguida que llegamos a la villa
empezó Gonzalo a preguntar por su grupo de mercaderes y por el padre Gracián.
Se enteró así de que hacía poco más de media hora que habían llegado, que los
mercaderes estaban alojados en una fonda y que el cura estaría en alguno de los
conventos de la ciudad. Siguió Gonzalo indagando y por fin supo que el padre
estaba en el convento de los dominicos. Se dirigió pues hacia allí y cuando
llegó preguntó a un monje que se disponía a entrar si estaba allí un carmelita
recién llegado a la villa. Le respondió el monje que así era y que aguardase un
momento a que le diera aviso de que le buscaban.
No
tardó el padre Gracián en salir. Llevaba el padre un semblante tristísimo, como
si portara el alma en los pies.
—Sois
el mercader que se separó del grupo ayer ¿no?—dijo el padre—¿qué queréis de mí?
—Padre—dijo
Gonzalo—Tengo vuestra mano.
—¡Qué
me dices, hijo mío!—exclamó Gracián—¡Gracias a Dios! Ya la daba yo por perdida,
pensaba que se me había extraviado en algún punto del camino…Pero dime, ¿cómo
es que la tienes tú? ¿Te las has encontrado acaso por ahí tirada?
—A
decir verdad, padre—dijo Gonzalo al tiempo que me sacaba de su zurrón y me
entregaba a Gracián—yo se la robé a vuestra merced en un descuido…
—¡Pero
hijo!
—Lo
sé, lo sé, padre…Quiero que me perdone, quiero confesar…No lo hice por malicia,
lo hice para llevarla donde mi primo, que el infortunado es lento de
entendimiento, como un niño de 3 años, y quise pasarle la santa mano por la
sesera, para a ver si con su Divino poder hacía que se le iluminara el cerebro.
—¡Ay,
hombre de Dios!—exclamó el padre Gracián—¡No sabes el mal rato y la angustia
que me has hecho pasar! Pero, ¿cómo no me pediste que fuera contigo a auxiliar
a tu pobre primo? Yo hubiera ido encantado…
—Discúlpeme,
padre—dijo Gonzalo—lo hice sin pensar, fue como un impulso provocado por el
demonio.
—Bueno,
bueno, dejemos al demonio que arda en su fuego eterno y demos gracias al Señor
por haberte hecho volver a estar en tus cabales. Por cierto, ¿quedó tu primo
curado de su mal tras bendecirle con la santa mano?
Explicó
Gonzalo al padre cómo dejó a su primo a la espera de que el tratamiento llevado
a cabo por él a través de mí surtiera el deseado efecto de la curación. Se
despidió luego el arrepentido muchacho hasta la mañana siguiente en que se
reanudaría el viaje.
Los
días posteriores transcurrieron tranquilos, sin mayores percances durante el
trayecto; pero poco antes de llegar a Badajoz fui de nuevo robada. Aprovechando
una pequeña siesta que el padre Gracián se estaba echando, uno de los
mercaderes, que respondía al nombre de Braulio, se apropió del cofrecillo que
me contenía. Sin duda le había informado Gonzalo a este Braulio de que el padre
era portador de una santa reliquia, pues eran los dos bastante amigos y siempre
andaban juntos. Envolvió pues el cofre en una manta, lo guardó en un saco, se
montó en su yegua y sin esperar a los demás, que estaban reposando la comida,
echó a andar para Badajoz.
Llegó
a la ciudad en menos de dos horas y se fue directo a una fonda de la que, por
lo visto, era cliente habitual, pues todo el mundo le conocía. Después de
instalarse en una de las alcobas bajó a cenar llevándome consigo en mi
cofrecillo. Tras llenar su abombada barriga de todo tipo de viandas se fue a
una mesa en la que tres parroquianos estaban jugando a los naipes. Se sentó con
ellos, pidió una gran jarra de vino y se puso a jugar con la animación del que
adivina prontas ganancias por medio del favor de la diosa fortuna. Dos horas
después estaba completamente borracho y había perdido hasta el último maravedí.
—Anda,
Braulio—le dijo uno de los jugadores—vete a dormir la mona que ya no tienes ni
un real.
—¡De
eso nada!—gritó—Quiero jugar la última mano, todo o nada. Me voy a jugar algo
mucho más valioso que el sucio dinero…¡Me apuesto la mano incorrupta de la
santa Teresa de Jesús! Aquí la tengo, ¡mirad qué hermosura!
Y
diciendo esto me sacó de mi cofrecillo y me colocó en medio de la mesa junto a
los montones de monedas apostadas. Quedaron todos atónitos y la fonda entera se
agolpó alrededor de la mesa para observarme.
—¿De
verdad es la mano de una santa?—preguntó uno.
—¡Lo
juro por que me caiga aquí muerto ahora mismo! ¡Que me metan un hierro candente
por el trasero si miento!—gritaba Braulio.
—¡Qué
uñas más bonitas tiene!—comentó alguien.
Dos
de los jugadores se negaron a aceptar la apuesta de Braulio, pues les parecía
sacrílego semejante comercio con cosas de Dios; pero el tercero sí que estuvo
de acuerdo en jugar, estaba también un poco beodo y dijo que pensaba ganar la
mano para regalársela a su abuela ciega, así que se apostó todo lo que tenía,
para satisfacción de Braulio, que ya veía recuperadas sus anteriores pérdidas.
Pero no era aquella ciertamente la noche de Braulio; volvió a perder esta
última mano y con ella a su recién adquirida mano, o sea, a mí. Mas, como era
de esperar, no se tomó bien la derrota, y cuando su contrincante descubrió sus
cartas y constató Braulio que de nuevo perdía, se puso como un basilisco; le
lanzó a la cara las cartas a su rival y empujó violentamente la mesa, luego me
agarró a mí antes que nadie pudiera evitarlo.
—¡La
mano de la santa es mía!—gritó—¡Has hecho trampa maldito canalla!
—¡Mentira!—exclamó
el otro. Y se lanzó sobre él para arrebatarle su premio, que era yo. Rodamos
los tres por el suelo y tras varios puñetazos y forcejeos salí yo volando por
los aires yendo a caer dentro de un barreño en el que estaban en remojo jarras,
vasos y platos sucios. Una muchacha que trabajaba en la fonda me sacó del
grasiento líquido y me secó con un paño; mientras, varios hombres se dedicaron
a poner paz y a separar a los dos contendientes. En ese momento entró en la
fonda Gonzalo acompañado del padre Gracián.
—¡Así
que estás aquí, granuja!—le dijo Gonzalo a Braulio—Nos hemos recorrido todas
las fondas de la ciudad buscándote. ¿Dónde tienes la mano de la santa?
Braulio
apenas podía pronunciar palabra, sólo emitía balbuceos inconexos entre
espumarajos. Los presentes les explicaron todo lo sucedido a Gonzalo y al padre
y éstos a su vez les informaron de la desaparición de la reliquia y cómo,
sospechando que Braulio era el responsable, habían ido a buscarle. Así que una
vez aclarado todo, la muchacha me entregó al padre Gracián.
—Se
ha mojado un poco, padre—le dijo—Pero la he secado bien y está como nueva.
El
padre Gracián le dio las gracias, recogió el cofrecillo que estaba tirado por
el suelo y me guardó en él. Perdonó luego al pecador de Braulio.
—Yo
te perdono, hijo mío—le dijo—Pero enmiéndate y no infrinjas de nuevo las leyes
de Dios. Reza, hijo mío. Y arrepiéntete. Dios te bendiga.
No
sé yo si Braulio se percató de estos consejos porque mientras se los decía el
padre estaba él medio inconsciente revolcándose en un charco de vino
regurgitado.
Después
de despedirse salimos de la fonda y el padre Gracián se encaminó a su lugar de
alojamiento, que no era otro que el convento carmelita de la ciudad.
Los
días siguientes continuamos el viaje sin ningún otro contratiempo importante
hasta que llegamos esta mañana a Lisboa. El padre Gracián se despidió de sus
compañeros de viaje y enfiló hacia el convento de San Alberto, mi lugar de destino.
Las
hermanas carmelitas recibieron al padre Gracián con mucho afecto y entraron
literalmente en éxtasis cuando el padre me mostró ante ellas y les dijo que era
yo un regalo para su uso y disfrute.
—¡Queridísimo
padre Gracián!—dijo la priora del convento—¡Qué bendición nos trae! No sabe lo
feliz que nos acaba de hacer; tener con nosotras una mano de la Madre Fundadora
es un honor que jamás hubiéramos imaginado recibir. Nunca se lo podremos
agradecer lo suficiente, es una deuda impagable la que contraemos, Dios se lo
pague, padre.
Todas
las demás hermanas mostraron también su agradecimiento y su contento al tiempo
que pasaba yo de mano en mano y era contemplada y no pocas veces besada por
todas.
Se
trató luego sobre el lugar donde colocarme, asunto que trajo un vivo debate. Al
final se decidió situarme en una capilla a la derecha del altar. También se
habló sobre la necesidad de encargar un relicario que me custodiase; tarea que
se encargaría de allí a poco tardar a uno de los más afamados orfebres de la
ciudad portuguesa.
Y
hasta aquí llega la narración de éste mi viaje de iniciación. Descanso ahora en
mi capilla y quedo a la espera de las pruebas que Dios nuestro Señor tenga a
bien imponerme.