La autora

La autora
Ésta soy yo.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Capítulo 15

 

Diario del Caudillo

 

27 de agosto de 1939

 

 

Se avecina una nueva guerra en Europa; y yo ya formo parte del club con plenos derechos. Me uno a dos gigantes para formar un trío sin parangón en los anales de la Historia. Hitler, Mussolini y yo, Franco; Führer, Duce y Caudillo. ¡Que tiemblen Gran Bretaña y Francia! El Imperio Español está listo para resurgir de sus cenizas como el Ave Fénix. Ese Imperio cuyos últimos vestigios nos fueron arrebatados por los masones norteamericanos en el desastre del 98. Los masones son los culpables de todos los males; los republicanos estaban controlados por los masones (junto con los judíos y los bolcheviques). En mi ejército no queda ni un masón, los he expulsado a todos. Ya mandé que se realizaran informes de todos los sospechosos de ser masones, que ascienden a no menos de 80.000 desleales; ya los iré yo purgando por medio de la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo que aprobé en febrero. Hay que estar alerta, el enemigo nunca duerme. Por eso he comenzado a construir mi propio taller masónico, coleccionando documentos, publicaciones y objetos de esta secta; hay que conocer a tu adversario mejor que a tu amigo.

Ahora hay que centrarse en ampliar nuestro Imperio en el norte de África. Necesitaremos el apoyo de nuestros aliados alemanes e italianos, por eso hice el gesto de mandar firmar el Pacto Anti-Komintern que nos pone claramente de su lado y contra los bolcheviques y masones. Los franceses y británicos ya se van haciendo una idea de por dónde voy; ordené concentrar tropas en la frontera francesa y alrededor de Gibraltar, para que fueran viendo con quién se la juegan.

Y los franchutes no tardaron en responder mostrando sus temores. Sin duda para congraciarse conmigo nombraron embajador nada más y nada menos que al mariscal Pétain, el héroe de Verdún. Cuando me enteré se me saltaron las lágrimas de la emoción.  Es una leyenda viva a sus más de ochenta años; pero yo también estoy forjando mi propia leyenda así que cuando vino a presentarme sus cartas credenciales le hice esperar un poquito, para que se entere de que él es el pasado (glorioso, sí), pero yo soy el futuro. Le traté con calculada displicencia, a ver si se iba a pensar que yo lamo los pies a viejas glorias. Le pedí que gestionara la repatriación del oro del Banco de España que se habían llevado los rojos, así como la del tesoro de los cuadros del Museo del Prado que están por ahí danzando y dando tumbos en Dios sabe qué camiones. Creo que se fue un poco enfadado, tal vez se esperaba un trato más adulador… ¡Que le zurzan! Al poco su gobierno le llamó a consultas y si te he visto no me acuerdo.

También me tocó recibir al embajador británico, un tal Peterson que se puso a hablarme en francés; eso me pasa por presumir de saber franchute, pero si me sacan de “ça va?” y “au revoir”, no me entero de nada; hubo que llamar a un intérprete.

Poco después, en mayo del año pasado, para contentar aún más a mis amigos nazis, saqué a España de la Sociedad de Naciones, justo dos días antes de la visita del mariscal de campo Göering. En verano nos visitó Ciano, el yerno del gran Mussolini. Pero antes de esto celebré por todo lo alto mi victoria en la guerra.

Fue un día grande para la patria ese 18 de mayo del año pasado cuando hice mi entrada triunfal en Madrid. ¡Qué amor siente el pueblo por su Caudillo! Las principales calles de la ciudad estaban vestidas de rojo y gualda, la multitud apiñada y vitoreando a sus héroes libertadores. Doscientos mil hombres desfilaron ante mí por el antiguo Paseo de la Castella que ahora tiene el más adecuado nombre de Avenida del Generalísimo. Y yo allí presidiendo, con mi porte marcial, con mi uniforme militar, mi camisa azul de la Falange y mi boina roja Carlista. Un batallón de camisas negras italianos con sus dagas levantadas en saludo romano, una banda de Carabinieri, carros de combate y caballería italianas, pelotones falangistas, requetés llevando inmensos crucifijos, tropas regulares españolas, legionarios, combatientes marroquíes, voluntarios portugueses, la Legión Cóndor alemana, la curiosa milicia de señoritos andaluces montados en sus corceles árabes, que usan para jugar al polo, con su trote sincronizado…Todos desfilando en una hilera de más de 25 kilómetros de longitud para conmemorar la Victoria. Una formación de biplanos componiendo en el aire las letras “VIVA FRANCO”, otro avión escribiendo mi nombre en el cielo con humo… ¿Qué mayor placer puede haber en este mundo que la contemplación de un desfile militar? Ciertamente ninguno. Y como colofón, el general Valera me condecoró con la Cruz Laureada de San Fernando, la más importante que un militar español puede recibir; estuve tentado de ponérmela yo mismo en el pecho, como Napoleón, que se coronó a sí mismo Emperador, pero lo dejé estar… La celebración terminó con un banquete en el Palacio de Oriente en el que la mayoría (yo no) comió hasta hartarse.

Al día siguiente, entre los disparos de cañón que anunciaban mi llegada, me presenté en la Basílica de las Salesas Reales para asistir al Te Deum en agradecimiento a Dios por nuestra victoria en la Cruzada. Llevé conmigo mi reliquia de la Santa Mano de Teresa de Jesús para que participara ella también de este acto tan pío. Me recibieron los monjes del coro del Monasterio de Santo Domingo de Silos entonando un canto mozárabe del siglo X que sólo se cantaba en honor a príncipes. La decoración de la basílica incluía objetos del glorioso pasado militar de la patria como el pendón de las Navas de Tolosa o el estandarte de Lepanto. Uní yo a estas reliquias militares una propia, mi Espada de la Victoria, la cual entregué solemnemente al cardenal Gomá, arzobispo de Toledo. Colocó éste la espada en el altar mayor, ante el crucifijo del Cristo de Lepanto. ¡Qué gran sostén ha sido la Santa Madre Iglesia para nuestra causa! Con Dios de nuestro lado la derrota era inimaginable. Estos ilusos ateos rojos no se percataban de que luchaban contra poderes Divinos capitaneados por la Santa Mano de Teresa de Jesús que tengo en mi poder.

Unos días después despedí a la Legión Cóndor que volvía a Alemania con su general von Richthofen a la cabeza. Le expresé mi orgullo y satisfacción por haber tenido bajo mi mando a soldados alemanes y la eterna gratitud de España a la Alemania Nazi. Hice lo propio con las tropas italianas y mandé a mi cuñado Serrano Súñer que les acompañara a Roma para entrevistarse con el Duce y para que fuera preparando un encuentro entre él y yo, lo que será sin duda todo un acontecimiento histórico planetario.

Pero antes de salir a emprender los asuntos internacionales hay que dejar la casa limpia. Lo de Queipo de Llano ya estaba pasando de castaño a oscuro. Aparte de los insultos contra mí (no se harta de llamarme “Paca la culona”) y contra mi cuñado, sigue comportándose como si fuera el virrey de Andalucía. Se fue a Berlín sin mi permiso a recibir a la Legión Cóndor y más tarde, en un discurso ante los alcaldes de las principales ciudades andaluzas, echó pestes de mí por haber concedido la Laureada de San Fernando a Valladolid y no a su querida Sevilla. Fue la gota que colmó el vaso. Le hice venir a Burgos con un pretexto y mientras tanto mandé al general Solchaga a que tomara el control de la región militar de Sevilla. Cuando tuve a Queipo ante mi mesa le mostré unas copias de cartas suyas plagadas de insultos y desprecios contra mi persona.

—¿Qué tiene usted que decir de todo esto?—le pregunté.

Al principio se quedó blanco y mudo, pero luego pareció rehacerse.

—Pues poco que decir tengo—respondió—¿Es acaso mentira que Su Excelencia es un culón? Con lo de “Paca” puede ser que me haya excedido, le doy mis más sinceras disculpas.

Estuve a punto de pegarle un tiro allí mismo.

—Ah, muy bien—dije—Pues yo le digo que le tengo preparada una habitación muy confortable en un hotelito de aquí cerca en la que se va a alojar hasta nueva orden.

Y ahí le dejé mientras pensaba dónde enviarle; cuanto más lejos, mejor.

A otros generales que podían hacerme sombra también los alejé de los círculos más influyentes del poder. A Yagüe, que es hombre de infantería, lo hice ministro del Aire, donde su estrella se irá apagando, y al monárquico Kindelán lo mandé a las Baleares como comandante militar de las islas; un destierro dorado con sol y playa.

Lo que me ha dejado un poco descolocado ha sido el pacto germanosoviético firmado por Ribbentrop y Molotov el pasado día 22. Ahora resulta que, de algún modo, somos aliados de los rusos. No sé, Hitler sabrá lo que hace. Ante los que me vienen indignados por este pacto les respondo con sutileza y hablando como un catedrático militar de los enrevesados trayectos de la Diplomacia Internacional; pero en realidad no tengo ni idea de lo que pretende el Führer.

La guerra está al caer y por desgracia ni nuestro ejército ni nuestra economía están preparados. Pero algún pellizco de las conquistas de Hitler podremos llevarnos a nuestras alforjas. Con la ayuda de la Santa Mano de Teresa de Jesús, que tengo aquí a mi vera, todo se andará.

Capítulo 14

 

Diario del Padre Gracián

 

7 de diciembre de 1588

 

 

Me toca padecer tormentos en mis pobres carnes. Y son mis propios hermanos de Orden los que me injurian y mortifican mi espíritu.  Ya cuando era Provincial de la orden sufrí velados ataques, pero desde que dejé ese puesto hace más de tres años las insidias se han ido intensificando hasta niveles inaguantables. Y lo que más me duele es que se trata de mi sucesor en el provincialato de la Orden, el padre Nicolás Doria (al que yo propuse como candidato a sucederme) así como sus seguidores, los que me calumnian y me quieren apartar de mi amada Orden Carmelita Descalza.

Al final de mi provincialato me vi obligado a publicar un memorial para defenderme de las acusaciones que habían circulado durante mi gobierno. La primera de las cosas que algunos me han calumniado es haber sido negligente y remiso en castigar y dar penitencias, diciendo que por esta causa está la Orden perdida, e imputándome las culpas que tienen todos los que han hecho excesos; y dilatan esta culpa llamándome amparo y favorecedor de malos y relajados. Pero yo les digo a éstos que me imputan estas faltas que mi inclinación es más llegada a la blandura que al rigor, al amor que al odio, a la paz que al castigo y hacer bien antes que hacer mal, y nunca he entendido haber dejado de hacer castigo que estuviese obligado en conciencia y justicia. Parecen ignorar éstos que eso de mí dicen el verdadero espíritu que la Madre Teresa aplicó a su reforma Descalza que anteponía la suavidad a la rígida observancia regular. Me parece a mí que se alejan de las enseñanzas de la Madre Fundadora pues para ellos el Carmelo debe ser un lugar retirado, apartado del pueblo de Dios, donde se viva una rutina de duras penitencias hasta con riesgos para la salud, y esto era algo que la Madre Teresa abominaba como bien dejó escrito.

También han censurado mi impulso a las iniciativas misioneras dentro de la Orden; uno de los sueños de la Madre Teresa fueron las misiones. Envié doce frailes a las Indias, donde se han fundado en Nueva España conventos. Envié frailes al Congo a la conversión de negros en tres expediciones distintas. Los primeros se anegaron en el mar, los segundos volvieron desnudos, despojados y robados de todo por los luteranos pero los terceros se instalaron allí y su labor dio frutos. Muchos de mis enemigos aprovecharon este ardor apostólico mío  para criticarme diciendo que esto era una equivocación y que iba en contra del espíritu de la Orden el ocuparse de las misiones. ¡Qué poco conocían quienes esto dicen a la Madre Fundadora! Su espíritu era de celo y de conversión de todo el mundo.

Cuando dejé mi puesto de Provincial de la Orden a fines de 1585 me nombraron Vicario provincial de Portugal. Pensé yo que los ataques cesarían una vez fuera del provincialato general. Pero no fue así. El nuevo Provincial padre Nicolás Doria me llamó la atención por la publicación que hice de un opúsculo titulado “Estímulo de la propagación de la Fe”. Se me reconvino por el excesivo celo misionero del escrito y por no haber solicitado la correspondiente licencia de impresión. Di las explicaciones pertinentes y en principio parecieron aceptarlas.

En los años siguientes no vi con buenos ojos el rumbo que iba tomando la Orden con el padre Doria pues se encaminaba hacia la celosa observancia regular contra la que la Madre Teresa precisamente inició su Reforma. Apoyé, tal y como mi conciencia me exigía, al grupo de Carmelitas Descalzas que se oponía a cualquier modificación de las reglas teresianas. La Orden se dividió inevitablemente en dos bandos. Como cabeza visible que era yo de uno de ellos (sin duda el que la Madre Teresa hubiera apoyado) quisieron mis enemigos quitarme de en medio. En el Capítulo de la Orden de Valladolid en abril de 1587 me nombraron Vicario de la nueva circunscripción de Méjico; no hay duda de que su intención era alejarme lo más posible de la península.

Mientras me preparaba para mi viaje a la Nueva España las calumnias y acusaciones contra mí y mis amigos adeptos e incluso contra hermanas Carmelitas que me seguían como consejero y guía seguro se volvieron más intensas y maliciosas. Me defendí con tesón y demostré la falsedad de las acusaciones pero en vez de moderar sus ataques, mis enemigos redoblaron sus infamias.

El viaje a Méjico quedó momentáneamente aplazado pues se me sometió a un examen en el que debía responder de los cargos de los que se me imputaban; salí airoso de este examen pues muchos testimonios de amigos declaraban mi absoluta inocencia. Pero siguieron las denuncias contra mí. Me volvieron a amonestar en noviembre de 1587 por unas faltas que no se pudieron probar y meses después, en marzo de 1588, recibí una intimación a presentarme en Madrid para responder ante mis superiores de mi manifiesta reincidencia en mis faltas. Me presenté allí con la intención de probar de nuevo mi inocencia. Me leyeron una lista de las acusaciones que se me imputaban, algunas de las cuales eran las siguientes:

Un fraile de la Orden compañero mío del que no se dio el nombre declaró que una noche, estando conmigo después de cenar, oímos fuera una disputa en la que un hombre apuñaló a otro, y el herido se quejaba y pedía confesión. Dije yo que saliéramos a confesarle y me respondió un hermano que no se podía abrir la puerta pues iba contra la obediencia. Y declara que dije yo con cólera: “¡Qué obediencia, que no hay obediencia! Salgamos antes que muera”. Y salimos a confesarle. Y de estas palabras mías declara el denunciante que yo había dicho que no hay voto de obediencia en las religiones y que tales palabras olían a herejía.

Otro me  acusa de que, durante la construcción del convento de Lisboa, cuando asistía yo a los oficiales en su trabajo, quise reposar un rato del trabajo en la hora de la siesta y mandé a las monjas que sacaran un colchón para que me echara yo un rato. Y de esto declara que dormía yo en la cama de las monjas como cosa habitual durante las noches.

Otro declara que vio cómo una priora de la Orden me entregó un relicario con forma de corazón que contenía unas reliquias que me dio la Madre Teresa. Y del haberme dado la priora este corazón asegura el testigo que era indicio del amor que sentía ella por mí y que era seguro que manteníamos relaciones pecaminosas.

Quise yo defenderme de éstas y otras acusaciones similares pero mis superiores me negaron el derecho de defensa, ya fuera escrita o hablada. Me destituyeron como Vicario de Portugal y me ordenaron que partiese de inmediato a Méjico. Así me trataron después de tantos años de servicio a mi querida Orden; el Demonio, y no otro, debía estar detrás de esto.

Viajé pues a Sevilla a preparar mi viaje a las Indias pero estando allí me llegaron órdenes de las autoridades religiosas portuguesas encomendándome nuevas misiones en el reino luso, de modo que pude evitar el viaje que me imponían mis superiores. Poco después, ya en Portugal,  me llegó una carta del Nuncio Papal César Speciano en la que me ordenaba que no abandonase bajo ningún concepto la península. Estos apoyos que recibí ayudaron a que los ataques contra mí se relajasen un poco. Pero en las últimas semanas han vuelto a la carga y me he visto obligado a justificarme de nuevo ante el Capítulo de la Orden aquí en Lisboa.

Quiera el Señor que acabe pronto este calvario que el Demonio me esta imponiendo a través de mis hermanos de Orden. Me encomiendo al dedo de la santa Madre Teresa que conmigo llevo siempre para que me proteja y haga que los dirigentes de la Orden que fundó vuelvan a llevar el espíritu de su obra a los cauces que ella siempre quiso y que no se desvíen de sus enseñanzas pues ella estará sufriendo allí en el Cielo. Pero que no sufra por mí pues yo con las maldades de Lucifer puedo luchar sin ayuda alguna y nunca me hará desfallecer ni abandonar mi misión y mi Fe. Dios la bendiga.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Capítulo 13

Diario de la Santa Mano

27 de febrero de 1668


En julio cumpliré 85 años y la casi totalidad de ese tiempo (a excepción de mi primer mes de vida) la he pasado entre los muros de éste mi convento de San Alberto en Lisboa. La vida aquí transcurre tranquila; algunas de las monjitas de la congregación nos van dejando y sus almas ascienden junto al Señor, otras nuevas y jóvenes se unen a la comunidad para ocupar sus huecos, es ley de vida…Las hermanas me cuidan mucho y me miman con verdadero amor. Estoy ahora guardada a buen recaudo en un relicario de plata con forma de guantelete que mandaron hacer a un orfebre ex profeso para mí. En ocasiones especiales, como en el día de San Alberto de Jerusalén el 17 de septiembre o el día del nacimiento de mi madre Teresa de Jesús el 28 de marzo, me sacan de mi capilla y me exhiben ante los feligreses que me veneran con exaltado fervor. También a veces me muestran a personas eminentes y de alta alcurnia que tienen el deseo de contemplarme para que les otorgue mi bendición. Aparte de estos pocos días de asueto y algo de ajetreo, la rutina y el sosiego reinan entre las paredes de este convento.
No se puede decir lo mismo del exterior, pues los acontecimientos en la ciudad y en todo el reino han sido muchos y no precisamente monótonos. Llegué aquí y el reino de Portugal formaba parte de la corona hispánica gobernada bajo la prudente mano de Felipe II de España y I de Portugal, y hoy, hace apenas quince días, el reino recupera su independencia y deja definitivamente de formar parte de los reinos hispánicos.
Pero, ¿cómo llegó Portugal a formar parte de los reinos españoles? Por la muerte sin descendencia del rey Sebastián primero y de su tío el rey Enrique después. No me puedo resistir a relatar aquí la historia del rey Sebastián pues cuando la conocí me dejó fascinada.
Era Sebastián hijo del príncipe Juan Manuel de Portugal y de la archiduquesa Juana de Austria. Sus padres eran primos y era sobrino de Felipe II y nieto de Carlos V. Fue el resultado de una serie de matrimonios entre las mismas familias, de modo que tenía sólo cuatro bisabuelos cuando normalmente se tienen ocho. Su padre murió de diabetes 18 días antes de que naciera y su madre se fue de la corte a los pocos meses con destino a Castilla reclamada por cuestiones políticas. Nunca volvió a ver su madre, quien jamás volvió a Portugal, si bien se cartearon durante toda su vida. Se crió pues Sebastian junto a su abuela materna Catalina de Habsburgo, que fue regente del reino durante su minoría de edad. Creció bajo la tutela de los jesuitas y con los años se convirtió en un místico enamorado de la caza. Se convenció de que era un caballero cruzado con la misión de evitar la expansión del imperio turco en el norte de África. Nunca mostró interés por el bello sexo y se rumoreaba que era debido a una enfermedad en su órgano sexual que le provocaba impotencia y esterilidad. Su abuela quiso casarle con una princesa española pero él se negó a aceptar ningún tipo de compromiso. Cuando alcanzó la mayoría de edad comenzó los preparativos para llevar a cabo una cruzada contra la ciudad marroquí de Fez. Reunió un ejército compuesto en su mayor parte por mercenarios extranjeros, así como por gran parte de la nobleza portuguesa y algunas tropas enviadas por su tío Felipe II,  a pesar de que no estaba muy de acuerdo con la empresa que su sobrino pretendía llevar a cabo. Y es que la tal empresa consistía en ayudar a recuperar el trono de Marruecos a un sultán llamado Muley Ahmed al que su tío, un tal Abd el-Malik, le había arrebatado el poder con ayuda de los turcos. Muchos fueron los que le alertaron de los peligros pero Sebastián los desoyó a todos y ordenó a su ejército de diecisiete mil hombres dirigirse hacia Alcazarquivir donde estaban acantonadas las tropas enemigas. Se produjo pues allí la batalla el 4 de agosto de 1578 en la cual el ejército portugués fue masacrado bajo un asfixiante calor, aún más sofocante para los soldados lusos embutidos en sus corazas de metal recalentadas a pleno sol. En la contienda murió lo más granado de la nobleza portuguesa, con el rey Sebastián a la cabeza. Se supone (pues al parecer estaba irreconocible) que el cadáver del rey fue recuperado del campo de batalla y sepultado inicialmente en Alcazarquivir; en diciembre de ese mismo año fue entregado a las autoridades portuguesas en Ceuta, donde permanecería hasta 1580, fecha en que sería trasladado al monasterio de los Jerónimos de Belém para su entierro definitivo. También murieron los dos sultanes marroquíes, por lo que la batalla fue también conocida como la Batalla de los tres Reyes. Sin embargo, la leyenda del rey Sebastián estaba por empezar pues, en la misma noche de la batalla, un grupo de soldados portugueses supervivientes llegaron a la plaza portuguesa de Arcila buscando refugio, y para conseguir que la guardia les franquease la entrada en la ciudad fingieron que Sebastián venía con ellos, lo que provocó que entre el pueblo se propagase el rumor de que el rey seguía vivo. Este rumor de la supervivencia de Sebastián iría tomando más fuerza con el paso de los años, sobre todo a raíz de la llegada al trono portugués de la corona hispánica, pues el pueblo añoraba a un rey propio. Tras la muerte (o desaparición) del rey Sebastián le sucedió en el trono su tío el Cardenal Enrique, que intentó renunciar a sus votos eclesiásticos con el fin de encontrar una esposa y asegurar la continuación de la dinastía, pero el Papa Gregorio XIII, aliado de los Habsburgo, no le dispensó de los votos, de modo que murió sin descendencia. Se produjo entonces una crisis sucesoria en la que las Cortes Portuguesas debían decidir quién de entre varios aspirantes debería ocupar el trono, pero antes de que se tomara ninguna decisión Felipe II, amparándose en sus derechos a la sucesión de la corona portuguesa, ordenó la invasión militar de Portugal. Pese a que otro aspirante, el prior de Crato Antonio de Portugal, se autoproclamó rey apoyado por el pueblo llano, su causa fue totalmente derrotada en la batalla de Alcántara quedando así el camino libre para Felipe II, que fue reconocido rey de Portugal en 1581.
La instauración de la corona hispánica en el reino luso fue el caldo de cultivo ideal para que floreciera la leyenda del retorno del rey Sebastián. Eran muchos los que creían que el rey no había muerto en Alcazarquivir y que simplemente estaba esperando el momento oportuno para volver al trono y desterrar el domino extranjero. Se decía que Sebastián había vuelto a Portugal tras la batalla, pero que quiso volver de incógnito por estar avergonzado, y que había jurado vivir como hombre bajo durante veinte años para, así, purgar su pecado de soberbia que había llevado a Portugal a la ruina y a la terrible derrota.
Durante esos años hubo un gran número de “impostores” que aseguraban ser el rey Sebastián. El más célebre de todos ellos fue sin duda Gabriel de Espinosa, también conocido como “el pastelero de Madrigal”. Muchas son las brumas que se ciernen sobre este enigmático personaje. Hay quienes afirman que era huérfano, otros que era hijo bastardo de Juan Manuel de Portugal y por tanto hermanastro de Sebastián, y los hay que aseguran que era el mismísimo rey Sebastián. El caso es que llegó este Gabriel de Espinosa, que decía tener cuarenta años, a Madrigal a finales de junio de 1594 acompañado de una hija de dos años a la que llamaba Clara Eugenia y de una mujer gallega llamada Inés Cid que pasaba por ama de la niña. Venían de la Nava del Rey y su intención era  quedarse en Madrigal para vivir de los pasteles de carne y empanadas que preparaban; porque Gabriel ejercía de pastelero. Fue entonces cuando se produjo el encuentro entre Gabriel y fray Miguel de los Santos. Era este fraile un agustino portugués que en ese tiempo ejercía como vicario del convento de Nuestra Señora de Gracia el Real de Madrigal. Había sido confesor en la corte del rey Sebastián y, habiendo apoyado al Prior de Crato en sus intenciones de suceder al rey Sebastián, había sido por ello desterrado de Portugal y enviado a Castilla por Felipe II. Como vicario del convento entabló amistad con la más ilustre de sus monjas, que no era otra sino  María Ana de Austria, hija natural de Don Juan de Austria, héroe de Lepanto y a su vez hijo natural de Carlos I. Ingresó María Ana en el convento de Agustinas de Madrigal a los seis años de edad, enviada por su tío Felipe II. Al parecer no sentía vocación religiosa alguna, y prefería las historias de aventuras, especialmente si se referían a su padre o a su primo Sebastián, al que, como muchos más en esos años, creía vivo. Fray Miguel de los Santos alimentaba su imaginación relatando a doña Ana unas visiones que decía tener en las que se le aparecían ella misma y el rey don Sebastián uniendo sus vidas para acometer grandes empresas.
Así pues, cuando fray Miguel se topó con Gabriel de Espinosa en Madrigal creyó ver en él a su rey deseado, pues apreció gran parecido con el desaparecido Sebastián; era pelirrojo como él, de buenas y nobles maneras y de la misma edad que debería tener el ausente rey. Cuando el fraile le insinuó al pastelero si ocultaba su verdadera identidad de rey, éste, al parecer, le respondió ambiguamente. No está claro si Gabriel de Espinosa engañó a fray Miguel haciéndose pasar por el rey Sebastián, o si fray Miguel sabía que Gabriel no era el rey pero quiso creerlo y hacer campaña a favor de él para destronar a Felipe II; puede que los dos llegasen a algún tipo de acuerdo en el que ambos obtuviesen beneficio, el uno verse coronado rey y el otro accediendo a un alto puesto en la corte, llevando a cabo el engaño, o bien pudo ser (nada es imposible) que Gabriel Espinosa fuera realmente el rey Sebastián y ambos uniesen fuerzas en una causa común. El caso es que fray Miguel llevó a Gabriel al convento de Nuestra Señora a visitar a María de Austria. A través de la reja del convento de clausura María, al parecer, lo reconoció como su primo el rey Sebastián. De nuevo no hay certeza sobre si María Ana creyó realmente en la reaparición de su primo Sebastián o si sólo lo vio como una oportunidad de escapar del convento y cumplir sus sueños de ser reina. Tras varios encuentros a través de la reja ambos se prometieron en matrimonio, condicionándolo ella a conseguir la dispensa de voto que le daría la libertad, merced que el Papa no negaría a un rey. También se reunió Gabriel con varios nobles portugueses que, al igual que fray Miguel y María de Austria, dieron en “reconocer” al pastelero como su rey desaparecido. La relación del pastelero con la sobrina del rey no podía quedar en secreto. Y cuando las habladurías sobre sus constantes visitas se propagaron por la villa, Gabriel de Espinosa puso tierra de por medio y marchó a Valladolid con algunas joyas y dineros de María Ana supuestamente a buscar a un hermano de ésta que les ayudaría en su empresa. Pero en Valladolid hizo gala el supuesto Sebastián de un comportamiento bastante alejado del que se espera de un rey. Se dedicó a fanfarronear y a mostrar las joyas a la menor ocasión, así como a blasfemar en contra del rey Felipe II. En consecuencia fue denunciado y hecho preso por don Rodrigo de Santillán, alcalde del crimen en la Chancillería. Pero la sorpresa fue mayúscula cuando además de las joyas, se encuentran en su posesión cuatro cartas: dos de fray Miguel en las que trata de “Majestad” al pastelero y otras dos de Ana de Austria, sobrina del rey Felipe II, en las que le trataba como su prometido. Para don Rodrigo, con más deudas de las convenientes, aquélla era la oportunidad de alcanzar el favor real y la encomienda con que tantos altos funcionarios soñaban, así que, saltando jerarquías, escribió directamente a Su Majestad informando del insólito caso. El rey Felipe II en persona dio las instrucciones sobre cómo se debía actuar. Puso al mando de la operación a don Rodrigo, que viajó con sus alguaciles a Madrigal. Hizo éste encerrar a María Ana de Austria en su celda del convento después de registrar todas sus pertenencias y requisar los documentos pertinentes; también prendió a fray Miguel al que interrogaron sobre el asunto. Y fue entonces cuando el fraile reveló su fantástico descubrimiento: el extraño comportamiento del pastelero, las cartas en las que se le trata de “Majestad” , las amorosas cartas de María Ana…Todo se debe a que en realidad el pastelero es Sebastián, el derrotado y desaparecido rey portugués. Se informó a Felipe II de todo y, como era de esperar, se instruyó un proceso contra los detenidos por suplantación de la personalidad del rey.
Los dos son acusados de crimen de lesa majestad.  En la investigación que siguió participó para interrogar al fraile el doctor Juan de Llano Valdés, sacerdote, capellán real y antiguo inquisidor, con potestad para hacer justicia con frailes y monjas, a quienes por su fuero no podía castigar don Rodrigo. Ambos procesados fueron reiteradamente interrogados, algunas veces bajo tormento. Las preguntas se centraron en la relación con la sobrina del rey y sobre todo en la identidad del suplantador. Pero poco dijo Gabriel de su vida y andanzas, sosteniendo que su verdadero nombre no era por el que se le conocía sino que lo usaba por ser el que aparecía en su título de pastelero. Su comportamiento fue mutable, y va desde una pronta confesión de la suplantación de la persona del rey Sebastián hasta la negación de la misma. El proceso era tutelado personalmente por Felipe II desde la corte, pues se carteaba con regularidad con don Rodrigo y el doctor Llano, responsables de la investigación, que le iban informando de todo. Fue el rey quien en todo momento tuvo la última palabra. Finalmente los dos acusados fueron condenados a muerte. Gabriel Espinosa fue ahorcado en Madrigal el 1 de agosto de 1594 y su comportamiento durante la ejecución contribuyó a acrecentar su leyenda. Subió al cadalso con pasmosa tranquilidad, con mirada orgullosa y porte regio, maldijo con saña a don Rodrigo, el alguacil que le detuvo, y le emplazó a pagar sus pecados ante el Tribunal de Dios. Se colocó el mismo la soga al cuello y fue luego cumplida la pena. Después su cuerpo fue decapitado y descuartizado y se expusieron sus despojos al pueblo en cada una de las puertas de entrada a la villa; la cabeza se colocó en la fachada del ayuntamiento.
El fraile Miguel de los Santos fue también ejecutado por ahorcamiento pero en la Plaza Mayor de Madrid donde había sido trasladado y reducido a condición laica. A pie de cadalso, sus últimas palabras fueron para declarar su inocencia y su convicción de que Gabriel de Espinosa era el rey Sebastián, o que al menos así lo había creído él. Fue también decapitado tras morir ahorcado y su cabeza fue llevada a Madrigal para posar junto a la de su compañero.
Felipe II también castigó a su sobrina María Ana por su implicación en este enojoso asunto. Fue encerrada en el convento agustino de Ávila donde pasó más de tres años hasta que su primo Felipe III, al poco de suceder a su padre en el trono, le permitió volver al convento de Madrigal donde, con el tiempo, llegó a ser priora. Más adelante, en 1611, se le nombró abadesa perpetua de las Huelgas Reales de Burgos.
Ésta es la enigmática historia del rey Sebastián y de su supuesto suplantador Gabriel de Espinosa. Es ciertamente sorprendente cómo este Gabriel pudo, en no más de tres meses que estuvo en Madrigal, prometerse con la sobrina del rey y planear reclamar el trono portugués. Muchas dudas siguen hoy en el aire y este episodio estimuló a muchos súbditos portugueses a creer en un “rey Sebastián” que les liberase del dominio castellano. Fue el germen de las revueltas que estaban por venir. El pueblo portugués se levantó en armas en 1640 y tras varios años de enfrentamientos, hace hoy dos semanas, el 13 de febrero de 1668, se ha firmado el tratado de Lisboa en el convento de San Eloy que ha confirmado definitivamente a la Casa de Braganza como dinastía reinante en Portugal.

Muchos han sido pues, desde que aquí estoy, los avatares políticos que se han producido en el reino, de los cuales me mantengo bien informada por los nobles personajes que de vez en cuando vienen a visitarme en mi capilla y charlan con las hermanas carmelitas. Muchas más cosas podría contar, pero tampoco conviene agotar a mis posibles lectores.

sábado, 30 de julio de 2016

Capítulo 12

Diario del Caudillo

2 de abril de 1939


“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.”
No me he podido resistir a incluir en este diario mío el último parte de guerra que, escrito de mi puño y letra, ayer enviamos desde mi cuartel general. Todo ha acabado, he limpiado España; ha sido duro, casi tres años de contienda, pero al fin todo ha ido según mis planes.
En Teruel lo pasamos mal y en la batalla del Ebro aún peor, pero al final salimos victoriosos asestándole a la República un golpe definitivo. Había que destruir por completo al Ejército Rojo. Podía haber conquistado fácilmente Cataluña en vez de enviar mis tropas hacia el Ebro, como me recomendaban algunos, y la guerra hubiera acabado antes, pero era necesario exterminar por completo al enemigo. En una guerra de desgaste las bajas son inevitables, muchos de los nuestros cayeron en el Ebro, me pude permitir el lujo de que se sacrificaran por la causa, pero serán honrados como merecen, ya tengo en mente un gran proyecto en honor a nuestros caídos. Kindelán se puso muy pesadito con lo de conquistar Cataluña pero me encabezoné en mi plan del Ebro. Faltó poco para que todo se fuera al traste por culpa de Hitler y su invasión de los Sudetes; me hizo sudar la gota gorda pues, si hubiera estallado un conflicto internacional, los franceses y británicos habrían apoyado sin duda la causa republicana. Menos mal que el ingenuo Chamberlain cedió ante el Führer y se mantuvo la paz en Europa.
Después de la batalla del Ebro todo fue rodado. Cataluña primero, luego Madrid y las demás ciudades que quedaban fueron cayendo una a una. La capital cayó el 28 de marzo, el mismo día en que nació mi adorada Santa Teresa de Jesús; no fue casualidad, es otra señal de su Divina intervención a favor de mi causa. Su Santa Mano me ha acompañado todo este tiempo y me ha guiado hacia la victoria final. La tengo aquí a mi lado como siempre mientras escribo, casi nunca la pierdo de vista, me gusta tenerla cerca en todo momento. Ahora me ayudará a gobernar España en estos tiempos de victoria, que no de paz. Esta guerra nuestra no ha sido una guerra civil sino una Cruzada, sí, una guerra religiosa como dijo el obispo Plà y Deniel; y Dios y sus Santos están de mi lado. Los que hemos combatido en esta guerra somos soldados de Dios y no hemos luchado contra otros hombres, sino contra el materialismo y el ateísmo. Y yo, como Jefe Supremo de esta Cruzada, sólo soy responsable ante Dios y ante la Historia. Soy como un Caudillo medieval castellano que guía a sus tropas contra las hordas infieles para llevar a cabo la Reconquista. Ayer mismo me recordaba Carmen las palabras de un párroco allá a finales de los años veinte; era el párroco de una pequeña finca de mi mujer llamada La Piniella, cerca de Oviedo. Cuando íbamos allí a pasar unos días este párroco siempre nos comentaba a mi Carmen y a mí que yo repetiría las hazañas de El Cid y de don Pelayo. ¡Qué razón tenía! ¡Qué sabios son los ministros de la Iglesia! Ayer, a Carmen y a mí, se nos llenó el corazón de gozo al recibir un telegrama en el que Santo Padre me agradecía la inmensa alegría que le había producido la victoria católica de España. Siempre me he sentido tan arropado por la Iglesia que, para hacer este abrigo más tangible, me atribuí a comienzos de la guerra la prerrogativa real de entrar y salir de las iglesias bajo palio. ¿Quién sino yo se merece tal honor? Nadie.
Ahora, una vez acabada la guerra, me va a tocar lidiar con monárquicos, falangistas y demás ralea. A Alfonso XIII, que me quiso meter prisa hace ya un par de años para que restituyese la monarquía, ya le dije que se olvidase de volver a ser rey y que fuera preparando a su heredero, si bien veo su entronización muy, muy lejana, tanto, que directamente ni la vislumbro ni la veo.
Luego está el insoportable Queipo de Llano. Aún tengo grabado cuando, a finales del 37, en la ceremonia de la jura de los miembros del Consejo Nacional, me sacó de quicio. Todo estaba muy bien preparadito por Ridruejo e Yzurdiaga, con regio sabor medieval, como a mí me gusta, en el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas en Burgos. Con tambores y cornetas sonando, todos los miembros del consejo desfilando por los claustros ataviados a la usanza del siglo XVI. Me juraron todos lealtad ante una imagen de mármol de Cristo y el pendón de la batalla de las Navas de Tolosa. Vino Queipo a estropearlo todo al quejárseme de que hubiera elegido a dedo a los miembros de Consejo sin consultar con nadie. Le hice callar gritándole:
—¡Esto no es un Parlamento y aquí no venimos a hacer política ni a plantear pequeñas cuestiones!
Ya me vengué de él más tarde al no darle ningún puesto en mi primer gobierno. Supongo que seguirá enfadado. Aún no he terminado contigo, amigo Queipo.
En mi primer gobierno tuve que hacer equilibrios para dejar contentos a todos, a falangistas y monárquicos, que siempre están a la gresca. Pero aún así la volvieron a liar e hicieron que estallase mi ira, cosa rara en mí, pues nunca expreso mi cabreo en público. En una Junta Política, Ridruejo, sin duda aguijoneado por Agustín Aznar y González Vélez, leyó una propuesta sobre los estatutos de FET y de las JONS elaborada por los sectores más extremistas de la Falange. El monárquico Sáinz Rodríguez se quejó de que la propuesta le daba excesivo poder al partido e iba en detrimento del gobierno y en su confianza en él. Yo no pude evitar estallar también:
—¡Más que en detrimento del Gobierno, va en mi contra! ¡Desconfianza en el Caudillo! ¡Deslealtad con él!—di un puñetazo en la mesa y todo—¡Tenía que haber fusilado a Hedilla! Sí, sí, fusilar, y también a Aznar y a González Vélez. ¿Y quiénes son los Ridruejos, los Aznares y los González Vélez para definir el partido? ¡Aquí mando yo!
Ridruejo se levantó y se disponía a irse. Me calmé y le dije que olvidara el incidente y se volviera a sentar. Eso sí, a González Vélez y a Aznar los hice encarcelar. Lo que hay que hacer para mantener el orden…
Y entre todas estas contrariedades me vino una desgracia familiar: la muerte de mi hermano Ramón. Se estrelló con su avión en el mar cuando se dirigía a bombardear Valencia. No derramé ni una lagrimilla por él la verdad; era un bala perdida, se veía venir. Envié un telegrama a la aviación nacional: “No es nada la vida que se da alegre por la Patria, y siento el orgullo de que la sangre de mi hermano, el aviador Franco, se una a la de tantos aviadores caídos.” Al entierro no fui, estaba muy ocupado, además era en Mallorca y desde lo de Mola no monto en avión. Mi otro hermano fue en mi nombre.
Pero no todo fueron calamidades, también tuve alguna que otra alegría. Una vez finalizada la batalla del Ebro me tomé un pequeño paréntesis en mis deberes y me fui para mi tierra. El gobernador civil de La Coruña, Julio Muñoz Aguilar y el banquero Pedro Barrié de la Maza, querían hacerme entrega de un regalito. Habían organizado una suscripción para recaudar fondos entre los habitantes de la provincia con el fin de agradecer a su Caudillo los servicios prestados a la patria por un hijo de la tierra; no hubo ni un vecino que no pagara, pues el que no lo hiciera quedaría marcado como simpatizante de los rojos. Con los fondos obtenidos adquirieron una mansión rural, llamada el Pazo de Meirás, que tenían el honor de regalarme. Se trata de un magnífico pazo de casi siete hectáreas de terreno coronado por un caserón de estilo medieval con tres torres que perteneció a la novelista Emilia Pardo Bazán. Conozco yo a esta escritora de oídas pero no he visto un libro suyo ni de lejos. Fui pues para allá con Carmen, Nenuca y la Santa Mano de Teresa de Jesús. Carmen, nada más entrar al caserón, dijo que había que hacer remodelación de la decoración y que quería que se plantasen hortensias (su flor favorita) por todo el pazo. Era necesario restaurar todo a su gusto, ya se sabe cómo son las mujeres. Me hicieron entrega de las llaves y de los certificados de la donación. A los dos benefactores responsables de este obsequio ya les recompensaré con algún favor, un ascenso o un ennoblecimiento cualquiera.
Volvimos, después de esta agradable excursión a Galicia, a Burgos, donde me dispuse a planear el ataque final a Cataluña. Llegó a los pocos días a la capital burgalesa mi sobrina Pilar, que había sido liberada de la cárcel de Valencia en un canje de prisioneros. Había estado dos años encerrada y se presentó con un bebé enfermo de meningitis; llevaba tal desaliño y tan mala pinta que me produjo un poco de asco. La recibí con apatía y con pocas palabras. Mi mujer hizo lo propio y observándola con mirada torva le preguntó:
—¿Tú de qué lado estás?
Respondió sin mucha convicción que del nuestro y la mandamos luego a que se asease. En fin, la familia no se escoge.
Espero que no me salga roja esta sobrina mía porque a los derrotados hay que darles mano dura. Ni amnistía ni reconciliación, los delincuentes republicanos no merecen otra suerte que la muerte o el exilio (eso el que pueda escapar).

Aunque nuestra Cruzada Nacional ha terminado, España sigue siendo una nación en armas. Nuestra victoria es sólo la primera etapa en el renacimiento del gran Imperio español. El norte de África será el principio; España es una potencia Mediterránea, dominamos la entrada al Mare Nostrum, y los franceses y británicos tendrán que ir acostumbrándose a tratar conmigo de igual a igual en los asuntos de la zona. Mi sueño es convertirme en el heredero imperial de Carlos V de Alemania y I de España y de Felipe II…¡Vaya! Ya me llama Carmen para que me acueste y le lleve la Santa Mano de Teresa de Jesús. Mañana será otro día.

sábado, 18 de junio de 2016

Capítulo 11

Diario del Padre Gracián

28 de abril de 1588


¡Ay, Señor! ¡Qué tiempos me ha tocado vivir! Padezco por mis propias contrariedades, pero más aún lo hago por mi Madre Teresa de Jesús y su santo cuerpo, que no para quieto.
Va ya para tres años que dejé a la Madre Fundadora en el convento de San José de Ávila. Durante este tiempo la madre María, priora de San José, me ha mantenido informado por carta de todos los acontecimientos que se han ido produciendo.
A los pocos días de estar el santo cuerpo de Teresa en Ávila se fue corriendo la voz por toda la ciudad de su presencia y del suave perfume que exhalaba. Y tanto se habló y se debatió sobre esto que muchas voces pedían convocar a médicos y teólogos para que juzgasen si se trataba de cosa natural o si era milagrosa y que quedase constancia de ello. Así pues se le pidió a la madre María que hiciese una relación de todos los hechos ocurridos, pero ella no lo quiso hacer hasta que tuviese licencia para ello de su superior. El permiso le fue dado y así, poco más de un mes después de estar el cuerpo en Ávila, el último día del año de 1585, llegaron a la ciudad el padre Diego de Yepes, prior que era entonces de los Jerónimos de Madrid, el licenciado Laguna, oidor en el Consejo de Estado, y Francisco Contreras, oidor que es ahora en la Cancillería de Granada. Llegaron los tres de Madrid a pesar del mucho frío y el duro viaje con el único propósito de ver esta maravilla del Señor. Pasaron a visitar a su casa al obispo de la ciudad don Pedro Fernández de Temiño y mandó éste recado a la priora de que al día siguiente a primera hora irían todos a examinar el santo cuerpo.
Así pues, a las nueve de la mañana del siguiente día, que era día de la circuncisión, el primero de 1586, se presentaron en el convento de San José el obispo con los oidores, dos médicos y otras personas notables, en total unas veinte personas. Entraron a sacar el santo cuerpo el padre Diego de Yepes, el clérigo Julián de Ávila y los dos médicos; trajeron entre los cuatro el féretro a la portería y, con las puertas cerradas, extrajeron el santo cuerpo y lo colocaron sobre una alfombra de bordado oriental. Se descubrió luego el cuerpo y lo iluminaron todos con las antorchas que llevaban, teniendo cuidado de no quemar nada del santo cuerpo, sobre todo el pelo. Se pusieron muchos de rodillas para examinar mejor el cuerpo y lo admiraron grandemente e incluso hubo algunos que soltaron no pocas lágrimas del entusiasmo que les embargaba ante la contemplación de semejante milagro. Los médicos lo estudiaron con suma atención y detalle y llegaron a la conclusión de que aquello era imposible que fuese cosa natural sino verdaderamente milagrosa pues, un cuerpo que nunca jamás se abrió en canal ni le echaron bálsamo alguno ni la menor cosa del mundo, ¿cómo podía estar al cabo de más de tres años tan entero que no le faltase de nada (excepción hecha del brazo izquierdo amputado) y con un olor tan admirable para los sentidos? ¿Quién podía dejar de comprender que era obra de la mano derecha de Dios y que sobrepasaba toda explicación natural?
También se admiraron todos al contemplar aquel mantelito de estameña que le sacamos y que estaba empapado en una sangre tan fresca como recién sangrada y que despedía un agradabilísimo olor.
El obispo les manifestó a las hermanas que eran muy afortunadas de tener en su convento tan gran tesoro y que no tenían nada más que desear en esta vida terrenal pues eran testigos de hechos prodigios enviados por el Señor. Les dijo también que cuidaran del santo cuerpo con mucha decencia y que lo mantuvieran siempre bien aseado y acicalado. Dijo además que le enviasen luego la alfombra oriental sobre la que se había colocado el santo cuerpo pues quería acomodársela en su aposento para pisar sobre ella cada vez que se levantase del lecho.
Se dirigió después el obispo a todos los presentes y les quería hacer jurar que no revelasen todos los milagros que allí habían visto, pero empezaron todos a suplicarle que no les hiciese jurar tal cosa pues estaban ganosos de contar todas tales maravillas, y así el obispo renunció a ello y se publicaron prontamente por toda la ciudad de Ávila los prodigiosos hechos.

Mientras, en Alba de Tormes, tal como me contó el padre Ribera, las cosas eran muy distintas. No estaban sus gentes tan jubilosas como las de Ávila, ni mucho menos. Y menos que nadie lo estaban el duque don Antonio de Toledo y su tío don Hernando de Toledo, prior de San Juan. Cuando nos llevamos el cuerpo de la santa Madre de Alba estaban ellos dos fuera de la villa, pues adrede elegimos esas fechas para que no nos impidieran el traslado. Al enterarse de que el santo cuerpo había volado cogieron ellos gran enojo, sobre todo el prior, que sentía una gran devoción por la santa y que era consciente del gran tesoro que perdía la villa; además era su parecer que el agravio se había hecho no tanto al duque como a él mismo, pues a su cargo estaban todos los asuntos del duque.
Se presentó el prior como un poseso en el convento echando pestes de los, según él, “malditos monjes expoliadores, ladrones de cadáveres con nocturnidad y alevosía”. Se trajo consigo a un escribano y, ante la priora y las demás monjas, le dictó un documento en el que daba orden de que bajo ningún concepto se sacase de allí el brazo izquierdo que había quedado, pues si así sucediera caerían grandes penas sobre el responsable del hurto.
Y no quedó ahí la cosa sino que escribió luego a la Santa Sede de Roma al mismo Papa Sixto V explicándole lo sucedido y reclamándole la reincorporación del santo cuerpo a Alba. Y tan acertadamente reivindicó sus razones que el Santo Padre le dio razón y ordenó que el cuerpo de la Madre Teresa fuese devuelto a Alba. De modo que el padre Nicolás Doria de Jesús María, quien me había sucedido como Provincial de la orden carmelita descalza, al recibir la notificación con las órdenes de Su Santidad, se trasladó de inmediato a Ávila para volver a mudar el santo cuerpo. Fueron con él también el padre Juan Bautista, que era entonces prior en Pastrana, y el padre Nicolás de san Cirilo, prior que era del monasterio de Mancera.
La madre María de san José me escribió con gran pena relatándome cómo habían llegado al convento y les habían informado de la decisión del Santo Padre. La amargura y la desdicha inundaron el convento. Para consolarlas, el padre Nicolás Doria les dejó que se quedasen con una reliquia de la santa; y como la que más a mano tenían era la clavícula del lado izquierdo, que sobresalía por el hueco del brazo amputado, tiró del hueso la priora y salió éste suavemente como el de un muslo de pollo.
Se llevaron luego los padres el cuerpo de la madre de noche y con mucho secreto para Alba de Tormes, donde llegaron a eso de las ocho de la mañana del día 23 de agosto, víspera de San Bartolomé, del año de 1586. El padre Ribera, que llegó ese mismo día al convento, me contó cómo, cuando se supo en Alba del regreso del santo cuerpo, hubo muchos clérigos que quisieron hacer fiesta para celebrarlo, con procesiones y música. Mas el padre Doria, que no veía este traslado como definitivo sino como de prestado, y que sólo lo hacía por cumplir las órdenes del Papa, se negó a que se celebrase fiesta alguna y tan solo consintió en que se entregase el santo cuerpo a las monjas y en que quedase constancia de ello. Colocaron pues el cuerpo de la Madre en el coro inferior y se dejó entrar en la iglesia, al otro lado de la reja, al duque de Alba y a la condesa de Lerín, su madre, así como a mucha más gente que llenó a reventar el templo. Se descubrió luego el cuerpo de la Madre Teresa y se enfocó con luz suficiente rodeándolo de candelabros; estando así preguntó el prior de Pastrana a las monjas si reconocían ser aquel el cuerpo de la Madre Fundadora Teresa de Jesús y si se daban por entregadas de él; ellas respondieron que sí y todos los del otro lado de la reja también dijeron que sí, que lo reconocían, y de todo esto tomó nota y dio testimonio un escribano. Y gracias a Dios que la reja separaba al santo cuerpo de la muchedumbre pues, si no estuviera la tal reja, era tal el fervor y el entusiasmo de las gentes que a buen seguro hubieran hecho jirones el hábito de la santa para hacer reliquias y aún el mismo cuerpo hubiera corrido peligro de ser desmembrado del todo. Durante toda la tarde estuvo la iglesia llena de gente que venía a venerar la maravilla del santo cuerpo, no se iban y no se hartaban de verla. Y cuando ya anocheció hubo varios vecinos de la villa que, no creyendo que los padres fueran a dejar allí el santo cuerpo y temiendo que se lo pudieran llevar de nuevo por la noche, hicieron guardia en las puertas del convento para evitar que lo sacasen usando la fuerza si llegaba el caso. Fue éste sin duda uno de los más felices días de la historia de la villa de Alba de Tormes. Y el Señor quiso anticipar este dichoso día ya que un mes antes, estando una monja en oración, vio con claridad meridiana una bellísima estrella en el coro alto, justo en el lugar donde se puso y está ahora el santo cuerpo, y era su luz tan brillante que en comparación a las otras estrellas no daban luz ninguna, así que entendió la hermana que alguna gran cosa había de suceder, y luego comprobó que era por el retorno del cuerpo de la Madre Fundadora. Y allí en Alba se ha de quedar el santo cuerpo pues, aunque la priora del convento de San José de Ávila ha apelado la decisión del Santo Padre, dudo mucho que cambie de opinión en su favor. Además, el prior de san Juan, que ha sido el mayor artífice de que el cuerpo retorne a Alba, ha declarado que construirá un buen sepulcro para la santa Madre.
Hace poco me escribió el padre Ribera y me contó que, a petición del obispo de Salamanca, Jerónimo Manrique, el pasado 25 de marzo se llevó a cabo un nuevo examen del cuerpo de la Madre Teresa. El padre Ribera estuvo presente y en su carta me relató con sumo detalle cómo fue. Empezaron por el brazo izquierdo, al que corté yo la mano, la cual llevé a Lisboa hace ya casi cinco años; a parte de esto está de una pieza, pero, bien por ser este brazo el que se rompió cuando la Madre Teresa se cayó (por obra del Diablo) de la escalera o bien por haberle quitado la mano y haber por allí perdido grasa, tiene menos carne que el otro que está en el cuerpo, pero aún así tiene mucha, y al principio tenía más, sólo que se ha enjugado y resecado algo. El color es justamente como el de un dátil maduro, la carne está como cecina, la piel tiene arrugas a lo largo como ocurre cuando las personas mayores adelgazan, pero mantiene su vello y todo; lo tienen siempre envuelto en un paño limpio que cada cierto tiempo se cambia pues queda empapado de una especie de aceite o grasilla que supura del brazo, y queda el paño como si lo hubiesen metido en aceite o algo semejante, pero tiene este aceitillo el mismo lindo olor que el brazo y el cuerpo. Son muchísimos los paños de estos que se han dado a los fieles como reliquias y se siguen dando, pero cada vez menos, pues la carne se va enjugando y ya no se producen tantos. Pero esta carne no hay modo ninguno en el mundo por el que se corrompa, como si fuera de acero, ni una pizca se pudre ni por más calor que haga en verano ni las moscas se le acercan. Es cosa probada que la carne de la Madre Teresa dura sin corromperse como duran los huesos de cualquier otro santo. Y me cuenta el padre Ribera que la primera vez que tomó en sus manos este brazo de la santa Madre fue poco antes de comer y que le quedó en las manos ese encantador olor y que le dio tanta pena que no quiso lavárselas para comer para que no se le fuese el aroma; si bien ya de noche se las hubo de lavar, pero aún así el olor no se fue ya que, aún después de acostado, sentía el mismo olor en las manos y todavía le duró el perfume quince días.
Pasó luego el padre a describirme el estado del santo cuerpo. Me cuenta en su carta que está enhiesto, aunque algo inclinado hacía adelante, como con chepa, como suelen andar los viejos; pero está de tal suerte y tan sano que, puesto en vertical, con una mano de alguien que le aguante por la espalda, se tiene en pie y lo visten y lo desnudan como si estuviera vivo, como si fuera una señora de alta alcurnia ayudada por sus doncellas. El color es como el del brazo, de dátil maduro, aunque en algunas partes está más blanco. Lo que más oscuro tiene es el rostro, que lo tiene un poco maltratado, pero muy entero pues ni en el pico de la nariz no le falta ni poco ni mucho; los cabellos los tiene como recién muerta, sedosos y fuertes. Los ojos están secos, pues han perdido ya la humedad que tenían, pero están enteros, como dos canicas. En los lunares que tenía en la cara se ven aún los pelillos. La boca la tiene cerrada a cal y canto, pues no se puede abrir, que bien lo intentó el padre. En las espaldas tiene el santo cuerpo particularmente mucha carne, bien blandita. La parte donde se cortó el brazo está jugosa, pues suelta un jugo viscoso que al tocarlo queda en la mano el mismo olor del cuerpo. La mano derecha está puesta como en posición de quien echa la bendición, aunque no tiene los dedos enteros; y me dice el padre Ribera que hicieron mal en quitárselos pues con esa misma mano hizo grandes cosas la Madre Teresa y ya que Dios la dejó entera, así debía haber quedado. Los pies están muy lindos y muy proporcionados y el padre no perdió ocasión de besárselos. Y está, en fin, el santo cuerpo muy lleno de carne, y su olor es igual que el del brazo pero más intenso. Termina el padre su carta expresándome su deleite al haber podido ver el cuerpo de la Madre Fundadora y me dice que no se hartaba de contemplarlo y que tiene tal día como el más feliz de su vida. Y añade que le da gran pena el pensar que algún día han de descuartizar el santo cuerpo bien por orden de personas graves o a instancias de los monasterios para hacer reliquias, y que esto no se debería hacer. Ignora el buen padre Ribera que tengo yo junto a mí el dedo meñique de la mano izquierda de la santa Madre…

Yo tan solo pido a Dios que se quede el cuerpo ya quieto y que no haya más trajín con él, pues ya bastante andariega fue la Madre Fundadora en vida como para que lo siga siendo su cuerpo ya muerto. Que no corra más penurias pues bastantes tengo yo ya, las cuales contaré otro día. Beso el dedo de la santa y me retiro al lecho.

sábado, 4 de junio de 2016

Capítulo 10

Diario de la Santa Mano

9 de agosto de 1583


Paso hoy mi primera noche en Lisboa donde hemos llegado hoy después de un viaje un tanto accidentado.
Salimos de Ávila el padre Gracián y yo el día 17 de julio y dejamos atrás el Carmelo de San José con sus piadosas hermanas, quienes nos bendijeron a ambos.
—Que la Santa Mano le guíe y le lleve a usted por el buen camino, padre Gracián—dijo la priora—Les echaremos de menos a los dos. Dios les bendiga.
—Gracias hermana—respondió el padre Gracián—Ya volveré por aquí a no mucho tardar. Que Jesucristo nuestro Señor las proteja.
El padre Gracián acomodó sus bultos (yo entre ellos) en su mula y se dispuso a comenzar viaje. Había él convenido realizar el mismo junto a un grupo de mercaderes que también se dirigían a la ciudad portuguesa, de modo que se fue para la Plaza Mayor donde se reunió con ellos. Una vez que el grupo estuvo preparado salimos de la amurallada ciudad abulense hacia el vecino reino de Portugal.
En mi poco más de un mes de vida he tenido tiempo de plantearme no pocas preguntas trascendentales.
¿Qué soy yo? Soy la mano incorrupta de mi santa madre Teresa de Jesús. Vivo, siento y padezco. Puedo oír y ver lo que me rodea aunque esté guardada en mi cofrecillo, mis sentidos son metafísicos.
¿Por qué estoy viva? En lo más profundo de mi ser vislumbro que la Gracia de Dios me ha dado la vida. Vivo porque así lo quiere Dios, mi Fe en Él me lo afirma.
¿Cuál es mi misión en esta vida? Quisiera poder comunicarme con el Altísimo para que me lo dijera. Sólo puedo seguir el consejo de mi madre Teresa y dejar constancia de mis vivencias en este mundo hasta que Dios nuestro Señor me llame a su lado si le place. Y aprender; debo absorber todas las experiencias que la vida me vaya presentando; tengo ansia de conocimiento de todo tipo, pero sobre todo de comprensión del alma humana. No puedo desplazarme por mí misma, dependo de los hombres para eso; no puedo comunicarme con ellos, no poseo ese don, pero sí puedo comunicarme con seres como yo, o al menos eso deduzco de la breve conversación que tuve con mi madre mi primer día de vida. Afronto mi existencia con las más esperanzadoras expectativas. Dios dirá lo que ha de ser de mí. De momento seguiré siendo cronista del viaje del padre Gracián.
El primer día transcurrió sin mayores percances, llegamos ya entrada la tarde a la villa de Piedrahíta donde nos dispusimos a hacer noche. El padre Gracián se encaminó al convento de carmelitas calzadas que en esta villa había para que le dieran hospedaje. Las hermanas le recibieron con cristiana hospitalidad, si bien no dejé de notar cierto recelo por ser el padre Gracián provincial de la nueva rama reformada de las carmelitas. Tal vez fuera también ésta la razón por la que no mostraron desmesurada alegría ni mucho menos cuando el padre Gracián me mostró a sus ojos. No parecían sentir gran admiración por la figura de mi madre Teresa de Jesús.
—Le falta el dedo meñique, padre—dijo la priora cuando me vio—No se lo habrá comido una rata o algún can hambriento, ¿no?
—No, no, nada de eso—respondió el padre Gracián—El dedo se lo corté yo mismo y siempre lo llevo conmigo debajo de mi hábito.
Y enseñó mi dedillo con orgullo paternal.
Pasamos pues la noche en el convento y al día siguiente retomamos el camino junto al grupo de mercaderes. Había uno de éstos que respondía al nombre de Gonzalo y que, ayudando al padre Gracián a montar sus bultos a la mula, no le pasó por alto el cofrecillo en el que yo iba alojada y en un descuido del padre lo abrió, y al verme se pegó un buen susto tirando al suelo el cofrecillo y a mí con él.
—¡Dios bendito, padre!—exclamó espantado—¿la mano de quién trae usted ahí?
—Pero, hijo mío—dijo el padre Gracián mientras me recogía del suelo—¿Cómo osas husmear en mis pertenencias?
—No lo hice, padre—mintió Gonzalo—Se me cayó el cofre y al caer se abrió solo escupiendo esa zarpa.
—Bueno hijo, bueno, le creo, perdóneme. Pero no blasfeme, por Dios; ésta es la mano incorrupta de la Madre Teresa de Jesús, es una reliquia que llevo al convento carmelita de Lisboa.
—Ah, discúlpeme padre, como iba yo a saber…Tenía fama de santa la Madre Teresa.
—Lo era—afirmó el padre Gracián—De esas almas puras que Dios nos envía una vez cada mil años.
—Dios la tenga en su Gloria eterna—dijo el mercader mientras se santiguaba con cristiana devoción.
Noté yo que este Gonzalo se quedó mirándome con suma atención, como maquinando algo dentro de su caletre. Y no andaba yo errada porque, en una parada que hicimos en el camino para almorzar, cuando el padre Gracián se retiró unos pasos para orinar, aprovechó el tal Gonzalo para hurtarme del cofrecillo y guardarme con celeridad en su zurrón.
Cuando el padre Gracián volvió de hacer sus necesidades no se percató del hurto, pues no se le ocurrió comprobar si estaba yo en mi cofrecillo.
Al poco de retomar la marcha Gonzalo declaró que iba a desviarse del camino para visitar a unos familiares. Los demás no objetaron nada, de modo que Gonzalo se separó del grupo conmigo en su zurrón y tomó rumbo norte. Era mi ladronzuelo un hombre joven, de poco más de veinte años, moreno y fornido.
A media tarde llegamos a la villa de Guijuelo. Gonzalo llamó a la puerta de una de las casas del centro de la villa. Le abrió un hombre de mediana edad.
—¡Hombre, sobrino!—exclamó al verle—¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? Pasa, hombre, pasa.
—Hola tío Balbino. Pues nada, iba de camino a Lisboa pero me he desviado para pasar por aquí porque traigo un remedio para el mal del primo Cesáreo.
—¡No me digas!—dijo su tío—¿Y qué remedio es ese que traes?
—Nada más y nada menos que la mano de una santa—dijo Gonzalo con regocijo—De la monja esa famosa que montó aquel revuelo en los carmelitas, Teresa de Jesús.
Y diciendo esto me sacó de su zurrón y me mostró a su tío.
—¡Válgame Dios!—exclamó—Sí que he oído yo hablar de esa Teresa y a fe mía que tenía fama de santa, sí. Pero, sobrino mío ¿cómo diablos te has hecho tú con la mano de esa beata mujer?
—Pues la llevaba un cura que iba en mi grupo de viaje a Lisboa. Le expliqué yo el problema de mi primo Cesáreo y él, muy amablemente, me la prestó para que su Divino poder le libre de su trastorno.
En esto apareció una mujer que a buen seguro era la mujer de Balbino y tía de Gonzalo, una rolliza señora de pueblo.
—¡La mano de una santa dices que traes, sobrino!—exclamó—A ver, a ver que la vea yo.
Y la buena mujer me cogió y me inspeccionó con detenimiento.
—Le falta un dedo—dijo—Sobrino, ¿seguro que es de una santa? ¡A ver si va a ser de alguna pelandusca!
—No, tía Francisca—negó Gonzalo—Te juro por mi alma, que se queme en el infierno si miento, que es de Teresa de Jesús, el cura me lo dijo con total convencimiento, y los curas no mienten. Además, ¿no ves lo incorrupta que está y el buen olor que trae?
—Sea, así debe ser entonces—dijo Francisca—Vamos al cuarto de Cesáreo pues.
Entramos en un pequeño aposento en el había un camastro sobre el que yacía un chico joven, de no más de dieciocho años, bastante regordete también, como la madre, y que parecía estar dormido.
—Hijo—dijo la madre mientras le despabilaba dándole ligeros pescozones en la cabeza—despierta hijo, que está aquí el primo Gonzalo y trae un regalito para ti.
El muchacho se desadormeció y se restregó las legañas, luego dijo:
—Madre, quiero chorizo. Quiero jamón, madre.
—Sí, sí hijo—dijo el padre—ahora te damos, espera.
Enseguida comprendí yo que el pobre muchacho padecía algún tipo de retraso mental.
—Restriégale la mano por la cabeza, sobrino—dijo la madre—Y también por la cara, por la frente y las mejillas.
Gonzalo así lo hizo, siguiendo las instrucciones de su tía. Tenía Cesáreo una piel sedosa, poblada en ciertas partes de una agradable pelusilla.
—Madre, quiero jamón, jamón. Quiero chorizo, madre—repetía el infeliz Cesáreo.
—Sí hijo, sí, ahora—dijo Francisca—Cuidado sobrino que no te quite la mano, que igual se piensa que es una manita de cerdo y le da un bocado, no se la acerques mucho a la boca, sólo piensa en comer el pobrecito mío.
—Descuide tía, ya tengo cuidado de que no lo haga—dijo Gonzalo.
—Pásasela sobre todo por el cráneo, por donde está el cerebro—dijo el padre—que, digo yo, que allí será donde se concentre la causa de su mal.
—Madre, jamón. Chorizo quiero, madre.
Después de varios minutos de realizar estas operaciones el padre le trajo a su hijo una ristra de chorizos, los cuales devoró el buen muchacho con no poca fruición. Una vez con el estómago lleno no tardó en caer dormido de nuevo.
—Déjale la mano puesta sobre la cabeza—dijo Francisca a su sobrino—Así le hará más efecto el poder sanador de la reliquia.
Y allí me quedé puesta con mi palma bajo la cabeza de Cesáreo más de dos horas.
Al cabo de las cuales volvieron a recogerme los tíos y el sobrino.
—Es una muy buena idea—venía diciendo Balbino.
—Sí, sí, ya lo creo, venga, coge la mano de la santa y vamos a la pocilga—dijo Francisca.
Me cogió Gonzalo y se dirigieron los tres a la parte de atrás de la casa donde por un portón se accedía al corral. Se metieron luego en la pocilga en la que habría una docena de cerdos y otros tantos cochinillos. Comenzaron luego a frotarme con ellos y a acariciarles conmigo sus lomos, piernas, cabezas…
—Restriégales a todos con la santa mano—decía Francisca—Ya verás qué jamones más buenos van a salir. Jamones y chorizos bendecidos por la mano de una santa. Cuando se los coma mi Cesáreo le harán mucho bien si es que no está aún recuperado para cuando hagamos matanza.
—A los cochinillos también sobrino—dijo Balbino—Que a todo cerdo le llega su San Martín.
—Hasta podemos luego vender algunos como milagrosos en los mercados—dijo Francisca—Chorizos, morcillas y jamones de la santa Teresa de Jesús, tocados y amasados con su incorrupta mano. Carnes y embutidos curativos.
—No es mal proyecto, mujer mía—dijo su marido.
Estuvo pues Gonzalo manoseando a todos los gorrinos de la piara conmigo, los cuales no paraban quietos y no parecían apreciar en su buena medida el honor de que yo les palpase por todas sus partes, de modo que no pocas veces provocaban encontronazos y tropiezos que acababan con Gonzalo (y yo con él) rodando por el apestoso fango. Acabamos los dos bastante pringados de tanto rebozarnos en el lodo.
Una vez terminados todos los menesteres de bendición de puercos entramos de nuevo en la casa y Gonzalo se retiró a asearse mientras Francisca me limpiaba a mí con un paño húmedo. Una vez limpios todos, los tíos y el sobrino se dispusieron a cenar. Tomaron todo tipo de productos del cerdo y dos huevos fritos cada uno. Tras llenar la panza no tardaron en retirarse a dormir.
Al día siguiente Gonzalo se levantó muy temprano y se despidió de sus tíos y de su primo.
—Adiós sobrino—dijo Francisca—Vuelve a visitarnos pronto. Quiera Dios que la Gracia de la mano de santa sane a nuestro Cesáreo.
—Dios lo quiera—dijo Gonzalo—Hasta pronto, tíos, cuídense; adiós, primo Cesáreo.
—Quiero jamón, madre. Chorizo, morcilla quiero, madre.
No sé si mis masajes craneales ayudaron a normalizar la mente del pobre Cesáreo. Espero y pido a Dios que así fuera.
Salimos pues de la villa de Guijuelo y tomamos dirección sur. Gonzalo iba imponiendo un apresurado ritmo a su borrico, de modo que paramos a comer en Béjar y llegamos luego a Plasencia antes de caer la tarde. Enseguida que llegamos a la villa empezó Gonzalo a preguntar por su grupo de mercaderes y por el padre Gracián. Se enteró así de que hacía poco más de media hora que habían llegado, que los mercaderes estaban alojados en una fonda y que el cura estaría en alguno de los conventos de la ciudad. Siguió Gonzalo indagando y por fin supo que el padre estaba en el convento de los dominicos. Se dirigió pues hacia allí y cuando llegó preguntó a un monje que se disponía a entrar si estaba allí un carmelita recién llegado a la villa. Le respondió el monje que así era y que aguardase un momento a que le diera aviso de que le buscaban.
No tardó el padre Gracián en salir. Llevaba el padre un semblante tristísimo, como si portara el alma en los pies.
—Sois el mercader que se separó del grupo ayer ¿no?—dijo el padre—¿qué queréis de mí?
—Padre—dijo Gonzalo—Tengo vuestra mano.
—¡Qué me dices, hijo mío!—exclamó Gracián—¡Gracias a Dios! Ya la daba yo por perdida, pensaba que se me había extraviado en algún punto del camino…Pero dime, ¿cómo es que la tienes tú? ¿Te las has encontrado acaso por ahí tirada?
—A decir verdad, padre—dijo Gonzalo al tiempo que me sacaba de su zurrón y me entregaba a Gracián—yo se la robé a vuestra merced en un descuido…
—¡Pero hijo!
—Lo sé, lo sé, padre…Quiero que me perdone, quiero confesar…No lo hice por malicia, lo hice para llevarla donde mi primo, que el infortunado es lento de entendimiento, como un niño de 3 años, y quise pasarle la santa mano por la sesera, para a ver si con su Divino poder hacía que se le iluminara el cerebro.
—¡Ay, hombre de Dios!—exclamó el padre Gracián—¡No sabes el mal rato y la angustia que me has hecho pasar! Pero, ¿cómo no me pediste que fuera contigo a auxiliar a tu pobre primo? Yo hubiera ido encantado…
—Discúlpeme, padre—dijo Gonzalo—lo hice sin pensar, fue como un impulso provocado por el demonio.
—Bueno, bueno, dejemos al demonio que arda en su fuego eterno y demos gracias al Señor por haberte hecho volver a estar en tus cabales. Por cierto, ¿quedó tu primo curado de su mal tras bendecirle con la santa mano?
Explicó Gonzalo al padre cómo dejó a su primo a la espera de que el tratamiento llevado a cabo por él a través de mí surtiera el deseado efecto de la curación. Se despidió luego el arrepentido muchacho hasta la mañana siguiente en que se reanudaría el viaje.
Los días posteriores transcurrieron tranquilos, sin mayores percances durante el trayecto; pero poco antes de llegar a Badajoz fui de nuevo robada. Aprovechando una pequeña siesta que el padre Gracián se estaba echando, uno de los mercaderes, que respondía al nombre de Braulio, se apropió del cofrecillo que me contenía. Sin duda le había informado Gonzalo a este Braulio de que el padre era portador de una santa reliquia, pues eran los dos bastante amigos y siempre andaban juntos. Envolvió pues el cofre en una manta, lo guardó en un saco, se montó en su yegua y sin esperar a los demás, que estaban reposando la comida, echó a andar para Badajoz.
Llegó a la ciudad en menos de dos horas y se fue directo a una fonda de la que, por lo visto, era cliente habitual, pues todo el mundo le conocía. Después de instalarse en una de las alcobas bajó a cenar llevándome consigo en mi cofrecillo. Tras llenar su abombada barriga de todo tipo de viandas se fue a una mesa en la que tres parroquianos estaban jugando a los naipes. Se sentó con ellos, pidió una gran jarra de vino y se puso a jugar con la animación del que adivina prontas ganancias por medio del favor de la diosa fortuna. Dos horas después estaba completamente borracho y había perdido hasta el último maravedí.
—Anda, Braulio—le dijo uno de los jugadores—vete a dormir la mona que ya no tienes ni un real.
—¡De eso nada!—gritó—Quiero jugar la última mano, todo o nada. Me voy a jugar algo mucho más valioso que el sucio dinero…¡Me apuesto la mano incorrupta de la santa Teresa de Jesús! Aquí la tengo, ¡mirad qué hermosura!
Y diciendo esto me sacó de mi cofrecillo y me colocó en medio de la mesa junto a los montones de monedas apostadas. Quedaron todos atónitos y la fonda entera se agolpó alrededor de la mesa para observarme.
—¿De verdad es la mano de una santa?—preguntó uno.
—¡Lo juro por que me caiga aquí muerto ahora mismo! ¡Que me metan un hierro candente por el trasero si miento!—gritaba Braulio.
—¡Qué uñas más bonitas tiene!—comentó alguien.
Dos de los jugadores se negaron a aceptar la apuesta de Braulio, pues les parecía sacrílego semejante comercio con cosas de Dios; pero el tercero sí que estuvo de acuerdo en jugar, estaba también un poco beodo y dijo que pensaba ganar la mano para regalársela a su abuela ciega, así que se apostó todo lo que tenía, para satisfacción de Braulio, que ya veía recuperadas sus anteriores pérdidas. Pero no era aquella ciertamente la noche de Braulio; volvió a perder esta última mano y con ella a su recién adquirida mano, o sea, a mí. Mas, como era de esperar, no se tomó bien la derrota, y cuando su contrincante descubrió sus cartas y constató Braulio que de nuevo perdía, se puso como un basilisco; le lanzó a la cara las cartas a su rival y empujó violentamente la mesa, luego me agarró a mí antes que nadie pudiera evitarlo.
—¡La mano de la santa es mía!—gritó—¡Has hecho trampa maldito canalla!
—¡Mentira!—exclamó el otro. Y se lanzó sobre él para arrebatarle su premio, que era yo. Rodamos los tres por el suelo y tras varios puñetazos y forcejeos salí yo volando por los aires yendo a caer dentro de un barreño en el que estaban en remojo jarras, vasos y platos sucios. Una muchacha que trabajaba en la fonda me sacó del grasiento líquido y me secó con un paño; mientras, varios hombres se dedicaron a poner paz y a separar a los dos contendientes. En ese momento entró en la fonda Gonzalo acompañado del padre Gracián.
—¡Así que estás aquí, granuja!—le dijo Gonzalo a Braulio—Nos hemos recorrido todas las fondas de la ciudad buscándote. ¿Dónde tienes la mano de la santa?
Braulio apenas podía pronunciar palabra, sólo emitía balbuceos inconexos entre espumarajos. Los presentes les explicaron todo lo sucedido a Gonzalo y al padre y éstos a su vez les informaron de la desaparición de la reliquia y cómo, sospechando que Braulio era el responsable, habían ido a buscarle. Así que una vez aclarado todo, la muchacha me entregó al padre Gracián.
—Se ha mojado un poco, padre—le dijo—Pero la he secado bien y está como nueva.
El padre Gracián le dio las gracias, recogió el cofrecillo que estaba tirado por el suelo y me guardó en él. Perdonó luego al pecador de Braulio.
—Yo te perdono, hijo mío—le dijo—Pero enmiéndate y no infrinjas de nuevo las leyes de Dios. Reza, hijo mío. Y arrepiéntete. Dios te bendiga.
No sé yo si Braulio se percató de estos consejos porque mientras se los decía el padre estaba él medio inconsciente revolcándose en un charco de vino regurgitado.
Después de despedirse salimos de la fonda y el padre Gracián se encaminó a su lugar de alojamiento, que no era otro que el convento carmelita de la ciudad.
Los días siguientes continuamos el viaje sin ningún otro contratiempo importante hasta que llegamos esta mañana a Lisboa. El padre Gracián se despidió de sus compañeros de viaje y enfiló hacia el convento de San Alberto, mi lugar de destino.
Las hermanas carmelitas recibieron al padre Gracián con mucho afecto y entraron literalmente en éxtasis cuando el padre me mostró ante ellas y les dijo que era yo un regalo para su uso y disfrute.
—¡Queridísimo padre Gracián!—dijo la priora del convento—¡Qué bendición nos trae! No sabe lo feliz que nos acaba de hacer; tener con nosotras una mano de la Madre Fundadora es un honor que jamás hubiéramos imaginado recibir. Nunca se lo podremos agradecer lo suficiente, es una deuda impagable la que contraemos, Dios se lo pague, padre.
Todas las demás hermanas mostraron también su agradecimiento y su contento al tiempo que pasaba yo de mano en mano y era contemplada y no pocas veces besada por todas.
Se trató luego sobre el lugar donde colocarme, asunto que trajo un vivo debate. Al final se decidió situarme en una capilla a la derecha del altar. También se habló sobre la necesidad de encargar un relicario que me custodiase; tarea que se encargaría de allí a poco tardar a uno de los más afamados orfebres de la ciudad portuguesa.
Y hasta aquí llega la narración de éste mi viaje de iniciación. Descanso ahora en mi capilla y quedo a la espera de las pruebas que Dios nuestro Señor tenga a bien imponerme.