Diario del
Caudillo
27
de agosto de 1939
Se
avecina una nueva guerra en Europa; y yo ya formo parte del club con plenos
derechos. Me uno a dos gigantes para formar un trío sin parangón en los anales
de la Historia. Hitler, Mussolini y yo, Franco; Führer, Duce y Caudillo. ¡Que
tiemblen Gran Bretaña y Francia! El Imperio Español está listo para resurgir de
sus cenizas como el Ave Fénix. Ese Imperio cuyos últimos vestigios nos fueron
arrebatados por los masones norteamericanos en el desastre del 98. Los masones
son los culpables de todos los males; los republicanos estaban controlados por
los masones (junto con los judíos y los bolcheviques). En mi ejército no queda
ni un masón, los he expulsado a todos. Ya mandé que se realizaran informes de
todos los sospechosos de ser masones, que ascienden a no menos de 80.000
desleales; ya los iré yo purgando por medio de la Ley para la Represión de la
Masonería y el Comunismo que aprobé en febrero. Hay que estar alerta, el
enemigo nunca duerme. Por eso he comenzado a construir mi propio taller
masónico, coleccionando documentos, publicaciones y objetos de esta secta; hay
que conocer a tu adversario mejor que a tu amigo.
Ahora
hay que centrarse en ampliar nuestro Imperio en el norte de África.
Necesitaremos el apoyo de nuestros aliados alemanes e italianos, por eso hice
el gesto de mandar firmar el Pacto Anti-Komintern que nos pone claramente de su
lado y contra los bolcheviques y masones. Los franceses y británicos ya se van
haciendo una idea de por dónde voy; ordené concentrar tropas en la frontera
francesa y alrededor de Gibraltar, para que fueran viendo con quién se la
juegan.
Y
los franchutes no tardaron en responder mostrando sus temores. Sin duda para
congraciarse conmigo nombraron embajador nada más y nada menos que al mariscal
Pétain, el héroe de Verdún. Cuando me enteré se me saltaron las lágrimas de la
emoción. Es una leyenda viva a sus más
de ochenta años; pero yo también estoy forjando mi propia leyenda así que
cuando vino a presentarme sus cartas credenciales le hice esperar un poquito,
para que se entere de que él es el pasado (glorioso, sí), pero yo soy el
futuro. Le traté con calculada displicencia, a ver si se iba a pensar que yo
lamo los pies a viejas glorias. Le pedí que gestionara la repatriación del oro
del Banco de España que se habían llevado los rojos, así como la del tesoro de
los cuadros del Museo del Prado que están por ahí danzando y dando tumbos en
Dios sabe qué camiones. Creo que se fue un poco enfadado, tal vez se esperaba
un trato más adulador… ¡Que le zurzan! Al poco su gobierno le llamó a consultas
y si te he visto no me acuerdo.
También
me tocó recibir al embajador británico, un tal Peterson que se puso a hablarme
en francés; eso me pasa por presumir de saber franchute, pero si me sacan de
“ça va?” y “au revoir”, no me entero de nada; hubo que llamar a un intérprete.
Poco
después, en mayo del año pasado, para contentar aún más a mis amigos nazis,
saqué a España de la Sociedad de Naciones, justo dos días antes de la visita
del mariscal de campo Göering. En verano nos visitó Ciano, el yerno del gran
Mussolini. Pero antes de esto celebré por todo lo alto mi victoria en la
guerra.
Fue
un día grande para la patria ese 18 de mayo del año pasado cuando hice mi
entrada triunfal en Madrid. ¡Qué amor siente el pueblo por su Caudillo! Las
principales calles de la ciudad estaban vestidas de rojo y gualda, la multitud
apiñada y vitoreando a sus héroes libertadores. Doscientos mil hombres
desfilaron ante mí por el antiguo Paseo de la Castella que ahora tiene el más
adecuado nombre de Avenida del Generalísimo. Y yo allí presidiendo, con mi
porte marcial, con mi uniforme militar, mi camisa azul de la Falange y mi boina
roja Carlista. Un batallón de camisas negras italianos con sus dagas levantadas
en saludo romano, una banda de Carabinieri, carros de combate y caballería
italianas, pelotones falangistas, requetés llevando inmensos crucifijos, tropas
regulares españolas, legionarios, combatientes marroquíes, voluntarios
portugueses, la Legión Cóndor alemana, la curiosa milicia de señoritos
andaluces montados en sus corceles árabes, que usan para jugar al polo, con su
trote sincronizado…Todos desfilando en una hilera de más de 25 kilómetros de
longitud para conmemorar la Victoria. Una formación de biplanos componiendo en
el aire las letras “VIVA FRANCO”, otro avión escribiendo mi nombre en el cielo
con humo… ¿Qué mayor placer puede haber en este mundo que la contemplación de
un desfile militar? Ciertamente ninguno. Y como colofón, el general Valera me
condecoró con la Cruz Laureada de San Fernando, la más importante que un
militar español puede recibir; estuve tentado de ponérmela yo mismo en el
pecho, como Napoleón, que se coronó a sí mismo Emperador, pero lo dejé estar… La
celebración terminó con un banquete en el Palacio de Oriente en el que la
mayoría (yo no) comió hasta hartarse.
Al
día siguiente, entre los disparos de cañón que anunciaban mi llegada, me
presenté en la Basílica de las Salesas Reales para asistir al Te Deum en agradecimiento a Dios por
nuestra victoria en la Cruzada. Llevé conmigo mi reliquia de la Santa Mano de
Teresa de Jesús para que participara ella también de este acto tan pío. Me
recibieron los monjes del coro del Monasterio de Santo Domingo de Silos
entonando un canto mozárabe del siglo X que sólo se cantaba en honor a
príncipes. La decoración de la basílica incluía objetos del glorioso pasado
militar de la patria como el pendón de las Navas de Tolosa o el estandarte de
Lepanto. Uní yo a estas reliquias militares una propia, mi Espada de la
Victoria, la cual entregué solemnemente al cardenal Gomá, arzobispo de Toledo.
Colocó éste la espada en el altar mayor, ante el crucifijo del Cristo de
Lepanto. ¡Qué gran sostén ha sido la Santa Madre Iglesia para nuestra causa!
Con Dios de nuestro lado la derrota era inimaginable. Estos ilusos ateos rojos
no se percataban de que luchaban contra poderes Divinos capitaneados por la
Santa Mano de Teresa de Jesús que tengo en mi poder.
Unos
días después despedí a la Legión Cóndor que volvía a Alemania con su general
von Richthofen a la cabeza. Le expresé mi orgullo y satisfacción por haber
tenido bajo mi mando a soldados alemanes y la eterna gratitud de España a la
Alemania Nazi. Hice lo propio con las tropas italianas y mandé a mi cuñado
Serrano Súñer que les acompañara a Roma para entrevistarse con el Duce y para
que fuera preparando un encuentro entre él y yo, lo que será sin duda todo un
acontecimiento histórico planetario.
Pero
antes de salir a emprender los asuntos internacionales hay que dejar la casa
limpia. Lo de Queipo de Llano ya estaba pasando de castaño a oscuro. Aparte de
los insultos contra mí (no se harta de llamarme “Paca la culona”) y contra mi
cuñado, sigue comportándose como si fuera el virrey de Andalucía. Se fue a
Berlín sin mi permiso a recibir a la Legión Cóndor y más tarde, en un discurso
ante los alcaldes de las principales ciudades andaluzas, echó pestes de mí por
haber concedido la Laureada de San Fernando a Valladolid y no a su querida
Sevilla. Fue la gota que colmó el vaso. Le hice venir a Burgos con un pretexto
y mientras tanto mandé al general Solchaga a que tomara el control de la región
militar de Sevilla. Cuando tuve a Queipo ante mi mesa le mostré unas copias de
cartas suyas plagadas de insultos y desprecios contra mi persona.
—¿Qué
tiene usted que decir de todo esto?—le pregunté.
Al
principio se quedó blanco y mudo, pero luego pareció rehacerse.
—Pues
poco que decir tengo—respondió—¿Es acaso mentira que Su Excelencia es un culón?
Con lo de “Paca” puede ser que me haya excedido, le doy mis más sinceras
disculpas.
Estuve
a punto de pegarle un tiro allí mismo.
—Ah,
muy bien—dije—Pues yo le digo que le tengo preparada una habitación muy
confortable en un hotelito de aquí cerca en la que se va a alojar hasta nueva
orden.
Y
ahí le dejé mientras pensaba dónde enviarle; cuanto más lejos, mejor.
A
otros generales que podían hacerme sombra también los alejé de los círculos más
influyentes del poder. A Yagüe, que es hombre de infantería, lo hice ministro
del Aire, donde su estrella se irá apagando, y al monárquico Kindelán lo mandé
a las Baleares como comandante militar de las islas; un destierro dorado con sol
y playa.
Lo
que me ha dejado un poco descolocado ha sido el pacto germanosoviético firmado
por Ribbentrop y Molotov el pasado día 22. Ahora resulta que, de algún modo,
somos aliados de los rusos. No sé, Hitler sabrá lo que hace. Ante los que me
vienen indignados por este pacto les respondo con sutileza y hablando como un
catedrático militar de los enrevesados trayectos de la Diplomacia
Internacional; pero en realidad no tengo ni idea de lo que pretende el Führer.
La
guerra está al caer y por desgracia ni nuestro ejército ni nuestra economía
están preparados. Pero algún pellizco de las conquistas de Hitler podremos
llevarnos a nuestras alforjas. Con la ayuda de la Santa Mano de Teresa de
Jesús, que tengo aquí a mi vera, todo se andará.
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