La autora

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Ésta soy yo.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Capítulo 14

 

Diario del Padre Gracián

 

7 de diciembre de 1588

 

 

Me toca padecer tormentos en mis pobres carnes. Y son mis propios hermanos de Orden los que me injurian y mortifican mi espíritu.  Ya cuando era Provincial de la orden sufrí velados ataques, pero desde que dejé ese puesto hace más de tres años las insidias se han ido intensificando hasta niveles inaguantables. Y lo que más me duele es que se trata de mi sucesor en el provincialato de la Orden, el padre Nicolás Doria (al que yo propuse como candidato a sucederme) así como sus seguidores, los que me calumnian y me quieren apartar de mi amada Orden Carmelita Descalza.

Al final de mi provincialato me vi obligado a publicar un memorial para defenderme de las acusaciones que habían circulado durante mi gobierno. La primera de las cosas que algunos me han calumniado es haber sido negligente y remiso en castigar y dar penitencias, diciendo que por esta causa está la Orden perdida, e imputándome las culpas que tienen todos los que han hecho excesos; y dilatan esta culpa llamándome amparo y favorecedor de malos y relajados. Pero yo les digo a éstos que me imputan estas faltas que mi inclinación es más llegada a la blandura que al rigor, al amor que al odio, a la paz que al castigo y hacer bien antes que hacer mal, y nunca he entendido haber dejado de hacer castigo que estuviese obligado en conciencia y justicia. Parecen ignorar éstos que eso de mí dicen el verdadero espíritu que la Madre Teresa aplicó a su reforma Descalza que anteponía la suavidad a la rígida observancia regular. Me parece a mí que se alejan de las enseñanzas de la Madre Fundadora pues para ellos el Carmelo debe ser un lugar retirado, apartado del pueblo de Dios, donde se viva una rutina de duras penitencias hasta con riesgos para la salud, y esto era algo que la Madre Teresa abominaba como bien dejó escrito.

También han censurado mi impulso a las iniciativas misioneras dentro de la Orden; uno de los sueños de la Madre Teresa fueron las misiones. Envié doce frailes a las Indias, donde se han fundado en Nueva España conventos. Envié frailes al Congo a la conversión de negros en tres expediciones distintas. Los primeros se anegaron en el mar, los segundos volvieron desnudos, despojados y robados de todo por los luteranos pero los terceros se instalaron allí y su labor dio frutos. Muchos de mis enemigos aprovecharon este ardor apostólico mío  para criticarme diciendo que esto era una equivocación y que iba en contra del espíritu de la Orden el ocuparse de las misiones. ¡Qué poco conocían quienes esto dicen a la Madre Fundadora! Su espíritu era de celo y de conversión de todo el mundo.

Cuando dejé mi puesto de Provincial de la Orden a fines de 1585 me nombraron Vicario provincial de Portugal. Pensé yo que los ataques cesarían una vez fuera del provincialato general. Pero no fue así. El nuevo Provincial padre Nicolás Doria me llamó la atención por la publicación que hice de un opúsculo titulado “Estímulo de la propagación de la Fe”. Se me reconvino por el excesivo celo misionero del escrito y por no haber solicitado la correspondiente licencia de impresión. Di las explicaciones pertinentes y en principio parecieron aceptarlas.

En los años siguientes no vi con buenos ojos el rumbo que iba tomando la Orden con el padre Doria pues se encaminaba hacia la celosa observancia regular contra la que la Madre Teresa precisamente inició su Reforma. Apoyé, tal y como mi conciencia me exigía, al grupo de Carmelitas Descalzas que se oponía a cualquier modificación de las reglas teresianas. La Orden se dividió inevitablemente en dos bandos. Como cabeza visible que era yo de uno de ellos (sin duda el que la Madre Teresa hubiera apoyado) quisieron mis enemigos quitarme de en medio. En el Capítulo de la Orden de Valladolid en abril de 1587 me nombraron Vicario de la nueva circunscripción de Méjico; no hay duda de que su intención era alejarme lo más posible de la península.

Mientras me preparaba para mi viaje a la Nueva España las calumnias y acusaciones contra mí y mis amigos adeptos e incluso contra hermanas Carmelitas que me seguían como consejero y guía seguro se volvieron más intensas y maliciosas. Me defendí con tesón y demostré la falsedad de las acusaciones pero en vez de moderar sus ataques, mis enemigos redoblaron sus infamias.

El viaje a Méjico quedó momentáneamente aplazado pues se me sometió a un examen en el que debía responder de los cargos de los que se me imputaban; salí airoso de este examen pues muchos testimonios de amigos declaraban mi absoluta inocencia. Pero siguieron las denuncias contra mí. Me volvieron a amonestar en noviembre de 1587 por unas faltas que no se pudieron probar y meses después, en marzo de 1588, recibí una intimación a presentarme en Madrid para responder ante mis superiores de mi manifiesta reincidencia en mis faltas. Me presenté allí con la intención de probar de nuevo mi inocencia. Me leyeron una lista de las acusaciones que se me imputaban, algunas de las cuales eran las siguientes:

Un fraile de la Orden compañero mío del que no se dio el nombre declaró que una noche, estando conmigo después de cenar, oímos fuera una disputa en la que un hombre apuñaló a otro, y el herido se quejaba y pedía confesión. Dije yo que saliéramos a confesarle y me respondió un hermano que no se podía abrir la puerta pues iba contra la obediencia. Y declara que dije yo con cólera: “¡Qué obediencia, que no hay obediencia! Salgamos antes que muera”. Y salimos a confesarle. Y de estas palabras mías declara el denunciante que yo había dicho que no hay voto de obediencia en las religiones y que tales palabras olían a herejía.

Otro me  acusa de que, durante la construcción del convento de Lisboa, cuando asistía yo a los oficiales en su trabajo, quise reposar un rato del trabajo en la hora de la siesta y mandé a las monjas que sacaran un colchón para que me echara yo un rato. Y de esto declara que dormía yo en la cama de las monjas como cosa habitual durante las noches.

Otro declara que vio cómo una priora de la Orden me entregó un relicario con forma de corazón que contenía unas reliquias que me dio la Madre Teresa. Y del haberme dado la priora este corazón asegura el testigo que era indicio del amor que sentía ella por mí y que era seguro que manteníamos relaciones pecaminosas.

Quise yo defenderme de éstas y otras acusaciones similares pero mis superiores me negaron el derecho de defensa, ya fuera escrita o hablada. Me destituyeron como Vicario de Portugal y me ordenaron que partiese de inmediato a Méjico. Así me trataron después de tantos años de servicio a mi querida Orden; el Demonio, y no otro, debía estar detrás de esto.

Viajé pues a Sevilla a preparar mi viaje a las Indias pero estando allí me llegaron órdenes de las autoridades religiosas portuguesas encomendándome nuevas misiones en el reino luso, de modo que pude evitar el viaje que me imponían mis superiores. Poco después, ya en Portugal,  me llegó una carta del Nuncio Papal César Speciano en la que me ordenaba que no abandonase bajo ningún concepto la península. Estos apoyos que recibí ayudaron a que los ataques contra mí se relajasen un poco. Pero en las últimas semanas han vuelto a la carga y me he visto obligado a justificarme de nuevo ante el Capítulo de la Orden aquí en Lisboa.

Quiera el Señor que acabe pronto este calvario que el Demonio me esta imponiendo a través de mis hermanos de Orden. Me encomiendo al dedo de la santa Madre Teresa que conmigo llevo siempre para que me proteja y haga que los dirigentes de la Orden que fundó vuelvan a llevar el espíritu de su obra a los cauces que ella siempre quiso y que no se desvíen de sus enseñanzas pues ella estará sufriendo allí en el Cielo. Pero que no sufra por mí pues yo con las maldades de Lucifer puedo luchar sin ayuda alguna y nunca me hará desfallecer ni abandonar mi misión y mi Fe. Dios la bendiga.

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