Diario del Padre Gracián
7
de diciembre de 1588
Me
toca padecer tormentos en mis pobres carnes. Y son mis propios hermanos de
Orden los que me injurian y mortifican mi espíritu. Ya cuando era Provincial de la orden sufrí
velados ataques, pero desde que dejé ese puesto hace más de tres años las
insidias se han ido intensificando hasta niveles inaguantables. Y lo que más me
duele es que se trata de mi sucesor en el provincialato de la Orden, el padre
Nicolás Doria (al que yo propuse como candidato a sucederme) así como sus
seguidores, los que me calumnian y me quieren apartar de mi amada Orden
Carmelita Descalza.
Al final de mi
provincialato me vi obligado a publicar un memorial para defenderme de las
acusaciones que habían circulado durante mi gobierno. La primera de las cosas
que algunos me han calumniado es haber sido negligente y remiso en castigar y
dar penitencias, diciendo que por esta causa está la Orden perdida, e
imputándome las culpas que tienen todos los que han hecho excesos; y dilatan
esta culpa llamándome amparo y favorecedor de malos y relajados. Pero yo les
digo a éstos que me imputan estas faltas que mi inclinación es más llegada a la
blandura que al rigor, al amor que al odio, a la paz que al castigo y hacer
bien antes que hacer mal, y nunca he entendido haber dejado de hacer castigo
que estuviese obligado en conciencia y justicia. Parecen ignorar éstos que eso
de mí dicen el verdadero espíritu que la Madre Teresa aplicó a su reforma
Descalza que anteponía la suavidad a la rígida observancia regular. Me parece a
mí que se alejan de las enseñanzas de la Madre Fundadora pues para ellos el
Carmelo debe ser un lugar retirado, apartado del pueblo de Dios, donde se viva una
rutina de duras penitencias hasta con riesgos para la salud, y esto era algo
que la Madre Teresa abominaba como bien dejó escrito.
También han censurado mi
impulso a las iniciativas misioneras dentro de la Orden; uno de los sueños de
la Madre Teresa fueron las misiones. Envié doce frailes a las Indias, donde se
han fundado en Nueva España conventos. Envié frailes al Congo a la conversión
de negros en tres expediciones distintas. Los primeros se anegaron en el mar,
los segundos volvieron desnudos, despojados y robados de todo por los luteranos
pero los terceros se instalaron allí y su labor dio frutos. Muchos de mis
enemigos aprovecharon este ardor apostólico mío
para criticarme diciendo que esto era una equivocación y que iba en
contra del espíritu de la Orden el ocuparse de las misiones. ¡Qué poco conocían
quienes esto dicen a la Madre Fundadora! Su espíritu era de celo y de
conversión de todo el mundo.
Cuando dejé mi puesto de
Provincial de la Orden a fines de 1585 me nombraron Vicario provincial de
Portugal. Pensé yo que los ataques cesarían una vez fuera del provincialato
general. Pero no fue así. El nuevo Provincial padre Nicolás Doria me llamó la
atención por la publicación que hice de un opúsculo titulado “Estímulo de la
propagación de la Fe”. Se me reconvino por el excesivo celo misionero del
escrito y por no haber solicitado la correspondiente licencia de impresión. Di
las explicaciones pertinentes y en principio parecieron aceptarlas.
En los años siguientes no
vi con buenos ojos el rumbo que iba tomando la Orden con el padre Doria pues se
encaminaba hacia la celosa observancia regular contra la que la Madre Teresa
precisamente inició su Reforma. Apoyé, tal y como mi conciencia me exigía, al
grupo de Carmelitas Descalzas que se oponía a cualquier modificación de las
reglas teresianas. La Orden se dividió inevitablemente en dos bandos. Como
cabeza visible que era yo de uno de ellos (sin duda el que la Madre Teresa
hubiera apoyado) quisieron mis enemigos quitarme de en medio. En el Capítulo de
la Orden de Valladolid en abril de 1587 me nombraron Vicario de la nueva
circunscripción de Méjico; no hay duda de que su intención era alejarme lo más
posible de la península.
Mientras me preparaba para
mi viaje a la Nueva España las calumnias y acusaciones contra mí y mis amigos
adeptos e incluso contra hermanas Carmelitas que me seguían como consejero y
guía seguro se volvieron más intensas y maliciosas. Me defendí con tesón y
demostré la falsedad de las acusaciones pero en vez de moderar sus ataques, mis
enemigos redoblaron sus infamias.
El viaje a Méjico quedó
momentáneamente aplazado pues se me sometió a un examen en el que debía
responder de los cargos de los que se me imputaban; salí airoso de este examen
pues muchos testimonios de amigos declaraban mi absoluta inocencia. Pero
siguieron las denuncias contra mí. Me volvieron a amonestar en noviembre de
1587 por unas faltas que no se pudieron probar y meses después, en marzo de
1588, recibí una intimación a presentarme en Madrid para responder ante mis
superiores de mi manifiesta reincidencia en mis faltas. Me presenté allí con la
intención de probar de nuevo mi inocencia. Me leyeron una lista de las
acusaciones que se me imputaban, algunas de las cuales eran las siguientes:
Un fraile de la Orden
compañero mío del que no se dio el nombre declaró que una noche, estando
conmigo después de cenar, oímos fuera una disputa en la que un hombre apuñaló a
otro, y el herido se quejaba y pedía confesión. Dije yo que saliéramos a
confesarle y me respondió un hermano que no se podía abrir la puerta pues iba
contra la obediencia. Y declara que dije yo con cólera: “¡Qué obediencia, que
no hay obediencia! Salgamos antes que muera”. Y salimos a confesarle. Y de
estas palabras mías declara el denunciante que yo había dicho que no hay voto
de obediencia en las religiones y que tales palabras olían a herejía.
Otro me acusa de que, durante la construcción del
convento de Lisboa, cuando asistía yo a los oficiales en su trabajo, quise
reposar un rato del trabajo en la hora de la siesta y mandé a las monjas que
sacaran un colchón para que me echara yo un rato. Y de esto declara que dormía
yo en la cama de las monjas como cosa habitual durante las noches.
Otro declara que vio cómo
una priora de la Orden me entregó un relicario con forma de corazón que
contenía unas reliquias que me dio la Madre Teresa. Y del haberme dado la
priora este corazón asegura el testigo que era indicio del amor que sentía ella
por mí y que era seguro que manteníamos relaciones pecaminosas.
Quise yo defenderme de
éstas y otras acusaciones similares pero mis superiores me negaron el derecho
de defensa, ya fuera escrita o hablada. Me destituyeron como Vicario de
Portugal y me ordenaron que partiese de inmediato a Méjico. Así me trataron
después de tantos años de servicio a mi querida Orden; el Demonio, y no otro,
debía estar detrás de esto.
Viajé pues a Sevilla a
preparar mi viaje a las Indias pero estando allí me llegaron órdenes de las
autoridades religiosas portuguesas encomendándome nuevas misiones en el reino
luso, de modo que pude evitar el viaje que me imponían mis superiores. Poco
después, ya en Portugal, me llegó una
carta del Nuncio Papal César Speciano en la que me ordenaba que no abandonase
bajo ningún concepto la península. Estos apoyos que recibí ayudaron a que los
ataques contra mí se relajasen un poco. Pero en las últimas semanas han vuelto
a la carga y me he visto obligado a justificarme de nuevo ante el Capítulo de
la Orden aquí en Lisboa.
Quiera el Señor que acabe
pronto este calvario que el Demonio me esta imponiendo a través de mis hermanos
de Orden. Me encomiendo al dedo de la santa Madre Teresa que conmigo llevo
siempre para que me proteja y haga que los dirigentes de la Orden que fundó
vuelvan a llevar el espíritu de su obra a los cauces que ella siempre quiso y
que no se desvíen de sus enseñanzas pues ella estará sufriendo allí en el
Cielo. Pero que no sufra por mí pues yo con las maldades de Lucifer puedo
luchar sin ayuda alguna y nunca me hará desfallecer ni abandonar mi misión y mi
Fe. Dios la bendiga.
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