La autora

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Ésta soy yo.

jueves, 25 de febrero de 2016

Capítulo 05

Diario del Caudillo

1 de marzo de 1937


Son las once de la noche y hoy puedo decir que estoy muy contento. Ya era hora de que tocara alguna alegría después de unos días en los que las malas noticias no paraban de llegar.
¡Por fin la tengo aquí a mi lado! La mano incorrupta de Santa Teresa está en mi poder. Desde que supe que la habían encontrado en Málaga una vez conquistada la ciudad, ordené que me la enviasen aquí a Salamanca. Por lo visto la hallaron en una de las maletas del jefe del los rojos del Sur, el coronel José Villalba, que salió huyendo de la ciudad a toda prisa. Yo conozco a este José Villalba; coincidimos en Marruecos y en el desembarco de Alhucemas combatí en primera línea junto a él, yo al mando de mis legionarios y él al de las Harcas de Regulares.  También conozco y respeto a su padre, que era director de la Academia de Infantería cuando yo era cadete  y que estaba al mando del fuerte de Tifasor en Melilla cuando llegué por primera vez a África a mis diecinueve años; me dio buenos consejos que me ayudaron a adaptarme al gran Ejército colonial. Lo primero que me dijo fue que recubriera la vaina de mi espada con cuero mate para que no brillara y ofreciese un blanco fácil a los francotiradores moros. Tengo un buen recuerdo de él. Sus otros hijos también son militares y todos están en nuestro bando cumpliendo con su obligación como buenos patriotas; uno de ellos es uno de los héroes del Alcázar de Toledo. Por eso me extraña que el Coronel José Villalba esté sirviendo a los rojos; Cabanellas me dijo que habló con él antes del golpe y que estaba de acuerdo en levantarse en armas en la zona de Barbastro. Pero en fin, toda familia tiene que tener su oveja negra, bien lo sé yo…Que a mi hermano Ramón hay que darle de comer aparte; aunque ahora parece que le estoy haciendo entrar en vereda, ha vuelto al buen camino; esperemos que no haga ninguna de las suyas en Mallorca y estrelle algún avión, pues le he nombrado Jefe de las Fuerzas Aéreas de las islas con el consiguiente enfado de Kindelán, que me escribió una carta y todo quejándose de que no le consultase. No me digné ni a responderle; como si no supiese yo lo que hay que hacer. Yo no pido permiso a nadie. Ya me la pagarás Alfredo, ésta me la guardo.
Pero bueno, volvamos a la Mano. Siempre he admirado a esa Santa que fue Teresa de Jesús, su bondad y su tesón infinitos no pueden sino hacer que me acuerde de mi madre que, a su modo, era también una Santa. Por eso no puedo expresar mi júbilo al tener aquí una parte de esa divina española, digna representante de la raza hispánica. Cuando me la trajeron esta tarde después de la recepción a los italianos, quedé embelesado. ¡Qué belleza! ¡Qué prodigio! Atesorada en su relicario en forma de guante, se puede observar a través de sus ventanillas de cristal que la Santa Mano se mantiene totalmente incorrupta, como si se la acabasen de cercenar a la Santa de su cuerpo aún caliente.
Al enseñársela a Carmen ella también quedó igualmente extasiada ante el halo de santidad que desprendía la reliquia.
—¡Ves, Paco!—me dijo—¡Te lo dije! La Divina Providencia está contigo; ¿quién sino iba a enviarte la Mano Santa para que te ayude a dirigir esta guerra como si de una Santa Cruzada se tratase?
No le falta razón. Esta señal Divina no puede ser gratuita. Y para prueba de su milagrosa intercesión he aquí una: llevaba Nenuca un par de días resfriadilla, con tos y congestión nasal; le restregó su madre la Santa Mano por el pecho, la garganta, las narices…¡Y una hora después estaba como si nada! La tos y los mocos habían desaparecido completamente y estaba la niña de nuevo tan sana como una lechuga; quiso agradecer a la Mano su curación y la llenó de besos. Incluso nos pidió a su madre y a mí, la muy picaruela, ¡si podíamos dejarle la Mano para que jugara con ella y sus muñecas! Le dijimos que la Manita de la Santa no era un juguete, pero que podía rezar con ella siempre que quisiese.
Tengo la más firme convicción de que esta manifestación de la Divina Providencia traerá renovados aires a nuestra causa. Necesitamos su favor sobre todo en la ofensiva hacia Madrid. La batalla del Jarama ha sido encarnizada; nuestro avance ha quedado estancado y hemos perdido nada más y nada menos que unos siete mil hombres, si bien los rojos han perdido aún más, unos diez mil. No conseguimos tomar Madrid; nunca pensé que nos costaría tanto. Necesitamos como agua de mayo que las tropas italianas entren en acción cuanto antes. Ya mandé a Barroso y a Millán Astray a hablar con Faldella, a que le suplicasen si era necesario, para que trajera lo antes posible a sus camisas negras de la recientemente conquistada Málaga. Pero el maldito espagueti les dio largas diciendo que no hay que precipitarse; se cobra venganza así de mis quejas por recriminarle que sus tropas actuaban de modo independiente en Málaga y por mi negativa a sus sugerencias de conquistar Valencia y acabar la guerra lo más rápido posible. Yo me negué rotundamente, le dije que en una guerra civil como está no se puede emplear una gran fuerza en un solo frente, que era preferible una ocupación sistemática de territorio, acompañada de una limpieza necesaria, a una rápida derrota de las tropas enemigas que deje el país infestado de adversarios. Faldella no se lo tomó muy bien y hasta mandó a Roatta a hablar con Mussolini a Roma. Por eso se hacían los remolones con mis enviados, pues sabían que los necesitábamos con urgencia. Pero tras la recepción de hoy creo que todo va a ir viento en popa.
Hoy tocaba recibir al embajador italiano, Roberto Cantalupo. Era necesario organizar una bienvenida como Dios manda para que quedaran gratamente impresionados, había que hacerles un poco la pelota ahora que los necesitamos más que nunca. Por eso monté un acto oficial con todo el esplendor que se pudiera desplegar. Tengo que reconocer que le voy cogiendo el gustillo a esto de la pompa y los baños de masas; cada vez nado mejor, como trucha de río, en estas ceremonias de tintes regios en las que soy la principal figura. Creo que he nacido para esto.
Ocho bandas militares desfilaron tocando las mejores marchas para el embajador italiano. Saliendo de la Plaza Mayor de Salamanca, majestuosa como siempre, desfilaron solemnemente en su honor milicias falangistas y carlistas junto con las tropas españolas, marroquíes e italianas hasta el palacio del Ayuntamiento; todo un espectáculo rebosante de colorido y dinamismo. Yo iba, como siempre, escoltado por mi guardia mora, cuyos integrantes lucían sus centelleantes capas azules y sus deslumbrantes corazas. La multitud me recibió con ensordecedores gritos de: “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!”. La recepción a Cantalupo tuvo lugar en un enorme salón lujosamente adornado para la ocasión. Era preferible pasarse de fastuosidad que quedarse cortos; pusieron en las paredes tapices españoles del siglo XVI y distribuyeron por doquier porcelanas del XVII. Además de los oficiales italianos, estuvieron presentes en el acto Mola, Dávila, Kindelán, Cabanellas y Queipo de Llano. A estos tres últimos ya los pondré yo en su sitio cuando las cosas se despejen, que han sacado los pies del tiesto más de lo deseable. A Kindelán por quejarse del nombramiento de mi hermano y por contumaz monárquico. A Cabanellas por masón, por bocazas, por oponerse a mi nombramiento como Jefe Militar de todos los Ejércitos y por haber sido mi superior en África, donde me llamaba “Franquito”. Y a Queipo, que es de largo el peor de todos, por su pasado de héroe republicano y su parentesco con Alcalá Zamora, por sus iracundas alocuciones radiofónicas (no nos conviene dar esa imagen en el exterior) y por mofarse de mi persona a mis espaldas; mis confidentes me tienen bien informado de sus insultos; el muy canalla se refiere a mí como “Paca la culona”. Cierto es que estoy un poco pasadito de peso, pero ya quisiera él tener mis torneados glúteos, todo es pura envidia. Pero ya me las pagarán ya…
Para terminar la recepción a Cantalupo salimos él y yo a uno de los balcones que daban a la Plaza Mayor. Una multitud enfervorizada me aplaudía y me vitoreaba sin descanso esperando mis palabras; tenía previsto soltar alguna arenga pero me quedé bloqueado, no supe qué decir y simplemente saludé al respetable con el brazo en alto. Todavía me faltan tablas para desenvolverme con soltura en este tipo de concentraciones multitudinarias; hay que reconocer que la masa impone. Tengo que foguearme más a menudo para dominar el tema. Carmen me ayuda mucho en esto, siempre me pide que le recite discursos antes de acostarnos para que coja más práctica. Ahora, con la ayuda agregada de la Santa Mano de Teresa de Jesús, espero hacer grandes progresos en mis artes oratorias. ¡Qué mejor guía que la mano de una Santa y egregia escritora para que me ilumine por los oscuros caminos de la elocuencia! También ha de auxiliarme para llevar a buen puerto mi proyectada unificación política; es necesario que Falange y Comunión Tradicionalista se fundan en un solo ser y se dejen de estar a la gresca de una vez. Esto no puede seguir así, ya me lo aconsejó el italianini Danzi: hay que fundar una asociación política que reúna a todas y de la que yo sea el líder oficial e indiscutible. Ya lo iré yo poniendo todo en su sitio como quien no quiere la cosa, y la Santa Mano me ha de orientar con su celestial poder. Con ella a mi vera tengo la total seguridad de que todos mis planes se irán haciendo realidad sin prisa pero sin pausa, como a mí me gusta. Ya he informado al cardenal Gomá de que no tengo intención de separarme de la Santa Mano, ni pensarlo, que se lo diga al obispo de Málaga y a quien haga falta. Esta reliquia es tan valiosa en esta guerra (o más) como lo son los cruceros gemelos Canarias y Baleares; ella no tendrá cañones, ni falta que le hacen, pero posee el poder de la Fe que mueve montañas para que aplasten a los rojos ateos bajo sus faldas.

¡Qué tranquilo y qué plácidamente voy a dormir esta noche! Voy a dormir el sueño de los justos, bien ganado me lo tengo. Ya está bien por hoy. Me llevo la Santa Mano a mi mesita de noche para que custodie nuestro descanso. Aunque antes seguro que Carmen quiere que recemos juntos la Mano, ella y yo para dar gracias a Dios por unirnos a los tres en este día que dejará una huella imborrable en nuestras cristianas almas. 

sábado, 13 de febrero de 2016

Capítulo 04

Diario del Coronel José Villalba Rubio

9 de febrero de 1937


Acabo de llegar a Almería después del desastre. Yo ya supe que esto era inevitable desde el primer día que puse mis pies en Málaga; la ciudad estaba condenada de antemano. Ahora seguro que buscarán una cabeza de turco que cargue con las culpas de la derrota, y la cabeza mejor situada no cabe duda de que es la mía.
En mala hora el ministro me nombró Jefe del Ejército del Sur y en peor hora me enrolé yo en este bando republicano cuando todos mis hermanos y no pocos amigos combaten a buen seguro en el lado contrario. Pero no tuve otra opción. Y eso que tengo que reconocer que estaba entusiasmado por la sublevación... Me reuní con el general Cabanellas en Barbastro para planear el golpe e implantar la causa nacional en la zona. Pero el 18 de julio, al producirse la sublevación, no pude evitar vacilar por varios motivos. Pude percatarme de que la mayoría de los suboficiales y soldados a mi mando no veían con buenos ojos la sublevación. Además esa misma tarde se presentó una columna de anarquistas  barceloneses que asesinaron a más de un centenar de sacerdotes a los que yo había prometido protección y luego cercaron el cuartel. Estuve todo el día pegado al teléfono intentando  contactar con Zaragoza y Huesca pero no hubo manera. Después me enteré de la insurrección había fracasado en Madrid y Barcelona…De modo que decidí no sublevarme; todo se puso en mi contra. ¡No iba a levantarme en armas yo solo para que me fusilaran!
Una vez puesto al servicio de la República se me encargó el asedio de Huesca que, a pesar de las dos embestidas acometidas, no pudimos conquistar. Luego pasé a dirigir la segunda división del Ejército de Cataluña; más tarde me enviaron a Córdoba y finalmente al sector malagueño que estaba sufriendo ataques de los nacionales en sus costas. Cuando llegué a Málaga el pasado 23 de enero la situación era ya crítica. A pesar de contar con unos 12.000 milicianos, tan solo había 8.000 fusiles y poca munición. De artillería tampoco andábamos muy sobrados: 33 ametralladoras, 16 cañones y 22 morteros. Para colmo la CNT malagueña, que era mayoritaria en la zona, no reconocía ninguna autoridad, y así difícilmente se podía organizar una defensa estructurada con rigor militar.
Al poco de instalarme en mi puesto de mando me pasaron un inventario de las confiscaciones que se habían realizado en la provincia y que se guardaban en un almacén del cuartel. Entre ellas me llamó poderosamente la atención la reliquia de la mano de Santa Teresa que, según ponía en el informe, había sido traída de Ronda. Mandé a uno de mis hombres a que me la trajera para poder inspeccionarla. Al cuarto de hora ya tenía sobre la mesa de mi despacho el estuche que contenía la reliquia que, por cierto, era un estuche de una máquina de cortar el pelo. Cogí entre mis manos la mano incorrupta de la Santa; estaba guardada en un guantelete de plata adornado con valiosas joyas. En la palma y en el dorso del guante, así como en los dedos, había unas ventanitas de cristal por las que se podía contemplar la reliquia. En la peana del guante relicario había también otra ventanita dentro de la cual había un papelillo visiblemente antiguo en el que se podía leer: “teresa de jesús” escrito a mano. Mientras la observaba sentí una dulce paz interior, como si la mano me transmitiera toda la bondad y santidad de la Madre Teresa. Decidí quedarme con ella para ver si su divina protección me deparaba mejor suerte, pues sabe Dios que falta me hacía pero, seguramente debido a que servía a un bando en el que se cometían no pocos desmanes contra la religión cristiana, no caí en gracia a la reliquia, ya que las cosas no pudieron ir peor.
Ya el 17 de enero, antes de mi llegada, había comenzado la ofensiva nacionalista al mando de Queipo de Llano. En tres días avanzaron por la zona occidental de la provincia hasta Marbella sin apenas encontrar resistencia. Al mismo tiempo las tropas de Granada al mando de Muñoz conquistaron Alhama y los pueblos circundantes al norte. En esos días no pararon de llegar a la capital refugiados huyendo de las plazas perdidas a favor de los nacionales que se amontonaban para dormir en las losas de la catedral. Para colmo, supimos que nueve batallones de camisas negras italianos se habían reunido en el norte para acometer otra ofensiva.
Y mientras todo esto pasaba la ciudad resultaba ingobernable, como ya dije. Por si no fuera poco con que la CNT no atendiera a orden alguna, en el cuartel había un coronel ruso que se hacía llamar Kremen que pretendía darme órdenes a mí; comunicarse con él a través del intérprete era todo un calvario. Yo no sé si le traducía bien lo que yo ordenaba y si él se pensaba que era un zar comunista, por los aires que se daba. Por otro lado, del exterior tampoco se podía esperar ninguna ayuda; el gobierno de Valencia parecía habernos abandonado a nuestra suerte pues, al parecer, consideraban Málaga como un sector independiente, como una isla rodeada por los enemigos que no atendía a razón ni orden alguna. Sabiendo todo esto, era normal que la moral estuviera por los suelos y la disciplina brillara por su ausencia.
El 3 de febrero tres batallones dirigidos por el duque de Sevilla avanzaron desde el sector de Ronda. El día 5 los italianos comenzaron su ofensiva. Los días siguientes el avance de los nacionales continuó a pesar de la resistencia con que se encontraron.
Consciente de que la derrota total no llevaría más de una semana, ordené que estuvieran preparados para la evacuación general. Yo así lo hice preparando mis maletas, en una de las cuales guardé el estuche que contenía la reliquia de la mano de Santa Teresa; le había tomado cariño a la mano y todas las noches antes de dormir la sacaba para contemplarla y colocármela sobre mi pecho cuando me tumbaba en mi cama. Me producía un cosquilleo por todo el cuerpo que me relajaba de las tensiones del día, era como un masaje terapéutico. Tenía intención de quedármela y protegerla con mi vida si fuese necesario.
El día 7 por la tarde estaba organizando la retirada, cargando la artillería y todo lo que fuera útil y se pudiera evacuar. En ese momento uno de mis oficiales me informó de que los italianos estaban llegando a los suburbios de Málaga. Habían avanzado mucho más rápido de lo que esperaba. No había tiempo que perder, en menos de una hora estarían en el centro. Ordené retirada general y me monté en uno de los automóviles que partían en dirección a la carretera de Almería. No había tiempo de volver al cuartel a por mis maletas, aquello sería un caos y nos jugábamos la vida si nos demorábamos en exceso…Sentí una enorme pena de tener que abandonar a su suerte a mi venerada reliquia pero a ver qué hacía, ¡era la mano o la vida!
Enfilamos la carretera de Almería y tuvimos la suerte de llegar a esta ciudad sin mayores percances, a pesar de que una inundación en Motril nos hizo complicado el paso en ese punto. No están teniendo tanta suerte, como he sabido hoy, los miles de personas, la mayoría civiles, que están en estos momentos recorriendo esa carretera. Según nos informan, los aviones y buques nacionales están bombardeando sin compasión a la multitud de huidos que están intentando llegar hasta aquí desesperadamente. Me temo que mientras escribo esto se está produciendo una de las mayores masacres de lo que llevamos de esta fratricida guerra…

Y la mano de Santa Teresa allí, en mi maleta, abandonada, siendo testigo muda de la devastación de una ciudad, de la ruina de un país y de la ejecución de tanto ser humano inocente…

jueves, 4 de febrero de 2016

Capítulo 03

Diario del Capitán Álvaro Villalba Rubio

1 de agosto de 1936


Escribo estas líneas en el calabozo de la comisaría de Ronda donde me tienen arrestado junto a otros ocho soldados. Nuestro intento de sublevación contra este gobierno ilegítimo ha fracasado. Al menos no se podrá decir que no hemos puesto empeño en nuestra misión; me han informado hoy de que hemos sido el único pueblo de la provincia que ha apoyado el golpe militar. Hay que estar orgullosos de ello, somos una digna excepción; se nos recordará como a héroes.
No me queda mucho tiempo. No creo que viva más de veinticuatro horas. Ya han llegado a mis oídos rumores de que los milicianos están ejecutando a gente afín a la sublevación lanzándolos al vacío del Tajo desde el puente o desde las casas situadas al borde. Es muy probable que estos malnacidos hagan lo mismo con nosotros a poco tardar, así que voy a contar lo sucedido.
El 18 de julio, una vez que fuimos informados del inicio del levantamiento militar, ordené a mi regimiento que tomaran las armas y se dispusieran a marchar sobre el ayuntamiento para hacernos con el control de la ciudad. Todos mis hombres obedecieron sin dudarlo, ninguno de ellos tuvo la más mínima vacilación a la hora de adherirse a la causa justa.
Desgraciadamente no tardé en percatarme de que nuestra rebelión tenía pocas posibilidades de éxito. Las autoridades civiles, informadas del inicio de la sublevación en las grandes capitales de provincia como Sevilla o Málaga, se habían apresurado a armar a más de un centenar de milicianos afectos al Frente Popular. Cuando llegamos a la plaza del ayuntamiento y nos disponíamos a entrar dentro del edificio surgieron numerosos hombres armados que se habían escondido en los parterres de la plaza y que sin duda nos estaban esperando. Nos rodearon y a voz en grito nos conminaron a que depusiésemos las armas. Viendo que no teníamos la más mínima opción de oponer resistencia, pues nos aventajaban en proporción de diez a uno, ordené a mis hombres que se rindieran. Se apoderaron de todas nuestras armas y a punta de fusil nos llevaron a la comisaría donde nos encerraron.
A la semana de estar encarcelado, un grupo de milicianos me sacaron de la celda y me llevaron a una sala de la comisaría donde me hicieron sentarme ante una mesa. Dos de ellos se sentaron también, me ofrecieron un cigarrillo y se dispusieron a explicarme en qué querían que les ayudase, pues no podía ser otra la razón de tanta amabilidad. Pretendían que fuese con ellos al convento de carmelitas descalzas de la Merced. Al parecer las monjas no dejaban entrar en el convento a los milicianos que habían ido allí a imponer su autoridad sobre ellas. Es probable que las religiosas hubiesen escuchado por la radio las noticias de los acontecimientos que estaban ocurriendo en el país y, como era normal, estuviesen temerosas y reticentes a dejar pasar a su convento a una horda de rojos. Los milicianos me pidieron que intercediera y que las convenciese para que abriesen las puertas ya que, según decían, no querían tener que usar la fuerza y entrar con violencia derribando las puertas con un ariete o volándolas con dinamita si era necesario.
Accedí a ayudarles siempre y cuando me jurasen por sus muertos que iban a respetar a las monjitas y todo lo que había en el interior del convento, nada de saqueos ni profanaciones. Ellos juraron y me aseguraron que simplemente querían comprobar que ningún rebelde se escondía allí y que todo estaba en orden.
Fuimos pues al convento sin más dilación. Les dije a los milicianos que me dejasen hablar con la priora, a  la cual yo conocía bien. Me dirigí a la sala del torno y toqué la campanilla para avisar a las hermanas. Informé de quién era a la que me respondió a través del torno y le dije que avisara a la priora para que le hablase. Al poco llegó y le oí susurrar:
—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida—le respondí.
—Sea usted bienvenido señor capitán. ¿Qué nuevas trae?
—Querida madre, supongo que ya sabrá lo que está ocurriendo en el país…
—Algo sé—me dijo.
—Se ha producido un levantamiento militar contra el corrupto gobierno de la República; por lo que yo sé, el golpe ha tenido éxito en varias ciudades importantes y las tropas de Marruecos no tardarán en cruzar el estrecho. Por desgracia, aquí en Ronda no ha sido así. Intenté hacerme yo con el control pero los milicianos nos apresaron. Llevo una semana en un calabozo. Me han traído aquí para que las convenza de abrir las puertas por las buenas, ya que me han dicho que si no lo hacen lo harán ellos por las malas echando las puertas abajo. Quieren comprobar que nadie se esconde dentro. Me han jurado por sus muertos que las respetarían a ustedes y a todo lo que aquí dentro hay…
—Piensa usted, querido capitán, que se puede confiar en la palabra de esos ateos, Dios los perdone…
—Quiero creer—le respondí—que no son unos desalmados y que algún respeto deben tener por sus muertos. En todo caso yo entraré con ellos y no permitiré, a no ser que me maten, que perpetren ningún ultraje. De todos modos no nos queda otra opción, pues como ya le he dicho, si no les abren, ya se encargarán ellos de entrar de modo nada pacífico.
—Sea así pues, abriremos las puertas enseguida. Dios nos proteja—sentenció la priora.
Salí de la sala y me dirigí al grupo de milicianos armados que esperaban en la plaza de la Merced. Les informé de que las monjas estaban de acuerdo en abrir el convento para que lo registrasen. No dudé en recordarles su promesa de que respetarían a las religiosas.
—¡Que sí hombre, que sí! Tranquilo que las trataremos con el respeto que merecen—me respondió el que parecía el jefe.
Fui con ellos a las puertas del convento y al poco una de las hermanas abrió. Nada más abrirse las puertas entraron en tromba  diez o doce de los milicianos que me acompañaban, sólo uno que me apuntaba por la espalda con su fusil no se dio tanta prisa. Entré yo a mi vez en el edificio aguijoneado por la punta del fusil contra mi espalda.
—Pase para dentro, mi capitán—me dijo el miliciano.
Una vez dentro se volvieron a cerrar las puertas y, tras explorar algunas estancias, nos fuimos para el refectorio donde las monjitas se habían reunido.
—¿Están todas las monjas aquí? ¿No queda nadie más por ahí?—preguntó el jefe de los milicianos.
—Estamos todas aquí señor—respondió la priora—Le juro por Jesucristo Nuestro Señor que aquí nadie se esconde.
—¡Chaves y Arenas!—gritó el jefe a dos milicianos—¡Registrad a fondo todo el convento!
—¡Sí, señor!—respondieron al unísono.
—¡Griñán!—volvió a llamar el jefe a otro miliciano—Busca la mano y tráela.
Aquí fue cuando caí yo, tonto de mí, en que lo que realmente buscaban y querían estos bastardos no era otra cosa que la reliquia de la Mano Incorrupta de Santa Teresa, la cual, a pesar de haberlo olvidado yo, se guardaba en este convento.
—¿Para qué quieren la mano de la Santa?—dije dirigiéndome al jefe de los miserables— Me juraron que iban a respetar todo lo que había aquí en este sagrado lugar.
—¡Pascual!—dijo el jefe a uno de sus hombres—Esposa a nuestro querido capitán; átale a esa silla y amordázale la boca de cerdo que tiene para que no suelte más gilipolleces por esos morros suyos.
Por mucho que protesté y les maldije no pude evitar que me ataran como a un gorrino para la matanza. Quedé así como simple testigo mudo de los acontecimientos. Sólo pude pues observar rabiando lo que acaeció a continuación…
Enseguida llegaron los milicianos Chaves y Arenas diciendo que no habían encontrado a ningún otro ser viviente en todo el convento.
—Está todo desierto camarada Anguita—informó el tal Arenas al jefe—No hay ni un alma en toda la guarida ésta de crédulas monjiles; ni siquiera un pobre cura acojonado vestido de novicia y con el rabo entre las piernas peludas…
No tardó en llegar el otro mandado, el llamado Griñán, que había ido en busca de la Mano Santa.
—¡Camarada Anguita!—dijo— No encuentro la incorrupta mano de la santa falsaria…No la veo por ningún lado…Para mí que la han escondido en algún recoveco del convento o se la han guardado ellas vete tú a saber dónde…
—A ver, hermanitas de la caridad—declaró el jefe al que llamaban Anguita—¿Dónde está la mano? No me apetece jugar al escondite a estas horas, no me hagáis buscar la mano en saco roto…¡Venga! ¡Soltad la reliquia de mierda si no queréis que traiga a los perros rabiosos para que os la saquen a bocados y os despellejen los pezones!
Las carmelitas no se acobardaron ante estas amenazas y se fusionaron en  un solo cuerpo a modo de legión romana para resistir la embestida impía, hermanándose como buenas cristianas ante el mal que les acechaba.
Viendo los milicianos que las descalzas no daban su pie a torcer y que no soltaban palabra alguna así como si les hubieran cortado de cuajo la lengua a todas, pasaron éstos a poner en práctica métodos más expeditivos.
—Muy bien, muy bien—afirmó el tal Anguita—O sea que no decís esta mano es mía…Pues habrá que manosearos a fondo para ver si ocultáis lo que buscamos… ¡Camaradas! ¡Todos a magrear a las monjas a discreción a ver qué encontráis y qué palpáis entre sus carnes!
Se produjeron a continuación bochornosas escenas que me resisto a reproducir en su totalidad…Sólo diré que tuve escuchar obscenidades de este pelaje:
—Hermanitas—proclamaba uno de los rojos—Tengo aquí entre las piernas un badajo bien largo y gordo con el que os voy a palpar a fondo hasta que entréis en éxtasis místico…
—Monjas glotonas zampabollos—decía otro—Dadme a probar uno de esos dulces que guardáis en lo más secreto de vuestra intimidad, esos confites con agujero que tenéis vírgenes ahí debajo de vuestros hábitos decrépitos con telarañas perpetuas…
Este tipo de zafiedades pecaminosas soltaban por esas bocas mientras cacheaban y sobaban a manos llenas a las pobres religiosas…Y yo sin poder alzar la voz ni la mano para evitar estas vejaciones inmundas.
—¡Aquí está camaradas!—gritó uno de los cernícalos—¡La tiene la gorda ésta debajo de su hábito!—y señalaba a la priora de la congregación—La acabo de sobar por dentro y he sentido un frío metálico ahí en lo bajo de su barriga, algo duro y erecto que tiene entre las enaguas…
La rodearon ipso facto varios canallas herejes y violentándola y a base de empellones le obligaron a expulsar la reliquia como si la pariese, saliendo ésta disparada a modo de bala de cañón; la expelió muy a su pesar y a disgusto, tal y como pude certificar, y con no menos dolor que si hubiera dado a luz a un auténtico retoño de carne y hueso.
Uno de los milicianos se apresuró a recoger la mano y se la entregó al jefe que la examinó un momento y luego se la guardó en una mochililla que llevaba colgada al hombro.
—Bien, ya tenemos lo que queríamos ¡Vámonos de este antro!—dijo Anguita—Hermanitas, nos llevamos prestada su manita. No se preocupen que la trataremos bien, la mimaremos mucho…Igual se la dejamos un rato al ateo Torralba, que es muy aficionado a hacerse pajas, y me comentó que le gustaría aliviarse con la ayuda de la mano de la Santa ya que una novia que tuvo y que le puso los cuernos se llamaba Teresa.
Los malditos renegados prorrumpieron en sonoras carcajadas al tiempo que las pobres monjas lloraban y se lamentaban sin consuelo.
—Quedaos aquí tranquilitas en vuestra clausura y que no se os ocurra salir, bien recluidas como a vosotras os gusta —prosiguió el canalla—¡Y no lloriqueéis, coño! Sólo nos llevamos un trozo de carne muerta.
—¿Y qué hacemos con el gran capitán?—preguntó uno señalando en mi dirección.
—Desatadle sólo de las piernas y que vaya andando con la silla pegada al culo—ordenó el malnacido de Anguita.
Y de este modo, amordazado y con la silla a cuestas, me tocó recorrer el trecho de vuelta a la comisaría. Además, cada dos por tres, me empujaban para que rodase por el suelo y pudieran echarse unas risas a mi costa.
Cuando al fin llegamos se dignaron a desatarme del todo y  quitarme la mordaza de la boca. Empecé a maldecirlos y a soltar todos los insultos que se me vinieron a la cabeza, que no fueron pocos. Ellos respondieron propinándome varias patadas en la boca del estómago que me dejaron medio muerto. Me arrastraron hacia el interior de la celda donde me arrojaron como a un guiñapo.

Y aquí sigo desde entonces, con no pocos moratones aún de la paliza que me dieron. Si los rumores son ciertos y mañana me despeñan desde el puente, espero que estos hijos de puta reciban su merecido cuando los nuestros tomen la ciudad. Creo que uno de los malditos carceleros se ha dado cuenta de que estoy escribiendo…