La autora

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Ésta soy yo.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Capítulo 15

 

Diario del Caudillo

 

27 de agosto de 1939

 

 

Se avecina una nueva guerra en Europa; y yo ya formo parte del club con plenos derechos. Me uno a dos gigantes para formar un trío sin parangón en los anales de la Historia. Hitler, Mussolini y yo, Franco; Führer, Duce y Caudillo. ¡Que tiemblen Gran Bretaña y Francia! El Imperio Español está listo para resurgir de sus cenizas como el Ave Fénix. Ese Imperio cuyos últimos vestigios nos fueron arrebatados por los masones norteamericanos en el desastre del 98. Los masones son los culpables de todos los males; los republicanos estaban controlados por los masones (junto con los judíos y los bolcheviques). En mi ejército no queda ni un masón, los he expulsado a todos. Ya mandé que se realizaran informes de todos los sospechosos de ser masones, que ascienden a no menos de 80.000 desleales; ya los iré yo purgando por medio de la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo que aprobé en febrero. Hay que estar alerta, el enemigo nunca duerme. Por eso he comenzado a construir mi propio taller masónico, coleccionando documentos, publicaciones y objetos de esta secta; hay que conocer a tu adversario mejor que a tu amigo.

Ahora hay que centrarse en ampliar nuestro Imperio en el norte de África. Necesitaremos el apoyo de nuestros aliados alemanes e italianos, por eso hice el gesto de mandar firmar el Pacto Anti-Komintern que nos pone claramente de su lado y contra los bolcheviques y masones. Los franceses y británicos ya se van haciendo una idea de por dónde voy; ordené concentrar tropas en la frontera francesa y alrededor de Gibraltar, para que fueran viendo con quién se la juegan.

Y los franchutes no tardaron en responder mostrando sus temores. Sin duda para congraciarse conmigo nombraron embajador nada más y nada menos que al mariscal Pétain, el héroe de Verdún. Cuando me enteré se me saltaron las lágrimas de la emoción.  Es una leyenda viva a sus más de ochenta años; pero yo también estoy forjando mi propia leyenda así que cuando vino a presentarme sus cartas credenciales le hice esperar un poquito, para que se entere de que él es el pasado (glorioso, sí), pero yo soy el futuro. Le traté con calculada displicencia, a ver si se iba a pensar que yo lamo los pies a viejas glorias. Le pedí que gestionara la repatriación del oro del Banco de España que se habían llevado los rojos, así como la del tesoro de los cuadros del Museo del Prado que están por ahí danzando y dando tumbos en Dios sabe qué camiones. Creo que se fue un poco enfadado, tal vez se esperaba un trato más adulador… ¡Que le zurzan! Al poco su gobierno le llamó a consultas y si te he visto no me acuerdo.

También me tocó recibir al embajador británico, un tal Peterson que se puso a hablarme en francés; eso me pasa por presumir de saber franchute, pero si me sacan de “ça va?” y “au revoir”, no me entero de nada; hubo que llamar a un intérprete.

Poco después, en mayo del año pasado, para contentar aún más a mis amigos nazis, saqué a España de la Sociedad de Naciones, justo dos días antes de la visita del mariscal de campo Göering. En verano nos visitó Ciano, el yerno del gran Mussolini. Pero antes de esto celebré por todo lo alto mi victoria en la guerra.

Fue un día grande para la patria ese 18 de mayo del año pasado cuando hice mi entrada triunfal en Madrid. ¡Qué amor siente el pueblo por su Caudillo! Las principales calles de la ciudad estaban vestidas de rojo y gualda, la multitud apiñada y vitoreando a sus héroes libertadores. Doscientos mil hombres desfilaron ante mí por el antiguo Paseo de la Castella que ahora tiene el más adecuado nombre de Avenida del Generalísimo. Y yo allí presidiendo, con mi porte marcial, con mi uniforme militar, mi camisa azul de la Falange y mi boina roja Carlista. Un batallón de camisas negras italianos con sus dagas levantadas en saludo romano, una banda de Carabinieri, carros de combate y caballería italianas, pelotones falangistas, requetés llevando inmensos crucifijos, tropas regulares españolas, legionarios, combatientes marroquíes, voluntarios portugueses, la Legión Cóndor alemana, la curiosa milicia de señoritos andaluces montados en sus corceles árabes, que usan para jugar al polo, con su trote sincronizado…Todos desfilando en una hilera de más de 25 kilómetros de longitud para conmemorar la Victoria. Una formación de biplanos componiendo en el aire las letras “VIVA FRANCO”, otro avión escribiendo mi nombre en el cielo con humo… ¿Qué mayor placer puede haber en este mundo que la contemplación de un desfile militar? Ciertamente ninguno. Y como colofón, el general Valera me condecoró con la Cruz Laureada de San Fernando, la más importante que un militar español puede recibir; estuve tentado de ponérmela yo mismo en el pecho, como Napoleón, que se coronó a sí mismo Emperador, pero lo dejé estar… La celebración terminó con un banquete en el Palacio de Oriente en el que la mayoría (yo no) comió hasta hartarse.

Al día siguiente, entre los disparos de cañón que anunciaban mi llegada, me presenté en la Basílica de las Salesas Reales para asistir al Te Deum en agradecimiento a Dios por nuestra victoria en la Cruzada. Llevé conmigo mi reliquia de la Santa Mano de Teresa de Jesús para que participara ella también de este acto tan pío. Me recibieron los monjes del coro del Monasterio de Santo Domingo de Silos entonando un canto mozárabe del siglo X que sólo se cantaba en honor a príncipes. La decoración de la basílica incluía objetos del glorioso pasado militar de la patria como el pendón de las Navas de Tolosa o el estandarte de Lepanto. Uní yo a estas reliquias militares una propia, mi Espada de la Victoria, la cual entregué solemnemente al cardenal Gomá, arzobispo de Toledo. Colocó éste la espada en el altar mayor, ante el crucifijo del Cristo de Lepanto. ¡Qué gran sostén ha sido la Santa Madre Iglesia para nuestra causa! Con Dios de nuestro lado la derrota era inimaginable. Estos ilusos ateos rojos no se percataban de que luchaban contra poderes Divinos capitaneados por la Santa Mano de Teresa de Jesús que tengo en mi poder.

Unos días después despedí a la Legión Cóndor que volvía a Alemania con su general von Richthofen a la cabeza. Le expresé mi orgullo y satisfacción por haber tenido bajo mi mando a soldados alemanes y la eterna gratitud de España a la Alemania Nazi. Hice lo propio con las tropas italianas y mandé a mi cuñado Serrano Súñer que les acompañara a Roma para entrevistarse con el Duce y para que fuera preparando un encuentro entre él y yo, lo que será sin duda todo un acontecimiento histórico planetario.

Pero antes de salir a emprender los asuntos internacionales hay que dejar la casa limpia. Lo de Queipo de Llano ya estaba pasando de castaño a oscuro. Aparte de los insultos contra mí (no se harta de llamarme “Paca la culona”) y contra mi cuñado, sigue comportándose como si fuera el virrey de Andalucía. Se fue a Berlín sin mi permiso a recibir a la Legión Cóndor y más tarde, en un discurso ante los alcaldes de las principales ciudades andaluzas, echó pestes de mí por haber concedido la Laureada de San Fernando a Valladolid y no a su querida Sevilla. Fue la gota que colmó el vaso. Le hice venir a Burgos con un pretexto y mientras tanto mandé al general Solchaga a que tomara el control de la región militar de Sevilla. Cuando tuve a Queipo ante mi mesa le mostré unas copias de cartas suyas plagadas de insultos y desprecios contra mi persona.

—¿Qué tiene usted que decir de todo esto?—le pregunté.

Al principio se quedó blanco y mudo, pero luego pareció rehacerse.

—Pues poco que decir tengo—respondió—¿Es acaso mentira que Su Excelencia es un culón? Con lo de “Paca” puede ser que me haya excedido, le doy mis más sinceras disculpas.

Estuve a punto de pegarle un tiro allí mismo.

—Ah, muy bien—dije—Pues yo le digo que le tengo preparada una habitación muy confortable en un hotelito de aquí cerca en la que se va a alojar hasta nueva orden.

Y ahí le dejé mientras pensaba dónde enviarle; cuanto más lejos, mejor.

A otros generales que podían hacerme sombra también los alejé de los círculos más influyentes del poder. A Yagüe, que es hombre de infantería, lo hice ministro del Aire, donde su estrella se irá apagando, y al monárquico Kindelán lo mandé a las Baleares como comandante militar de las islas; un destierro dorado con sol y playa.

Lo que me ha dejado un poco descolocado ha sido el pacto germanosoviético firmado por Ribbentrop y Molotov el pasado día 22. Ahora resulta que, de algún modo, somos aliados de los rusos. No sé, Hitler sabrá lo que hace. Ante los que me vienen indignados por este pacto les respondo con sutileza y hablando como un catedrático militar de los enrevesados trayectos de la Diplomacia Internacional; pero en realidad no tengo ni idea de lo que pretende el Führer.

La guerra está al caer y por desgracia ni nuestro ejército ni nuestra economía están preparados. Pero algún pellizco de las conquistas de Hitler podremos llevarnos a nuestras alforjas. Con la ayuda de la Santa Mano de Teresa de Jesús, que tengo aquí a mi vera, todo se andará.

Capítulo 14

 

Diario del Padre Gracián

 

7 de diciembre de 1588

 

 

Me toca padecer tormentos en mis pobres carnes. Y son mis propios hermanos de Orden los que me injurian y mortifican mi espíritu.  Ya cuando era Provincial de la orden sufrí velados ataques, pero desde que dejé ese puesto hace más de tres años las insidias se han ido intensificando hasta niveles inaguantables. Y lo que más me duele es que se trata de mi sucesor en el provincialato de la Orden, el padre Nicolás Doria (al que yo propuse como candidato a sucederme) así como sus seguidores, los que me calumnian y me quieren apartar de mi amada Orden Carmelita Descalza.

Al final de mi provincialato me vi obligado a publicar un memorial para defenderme de las acusaciones que habían circulado durante mi gobierno. La primera de las cosas que algunos me han calumniado es haber sido negligente y remiso en castigar y dar penitencias, diciendo que por esta causa está la Orden perdida, e imputándome las culpas que tienen todos los que han hecho excesos; y dilatan esta culpa llamándome amparo y favorecedor de malos y relajados. Pero yo les digo a éstos que me imputan estas faltas que mi inclinación es más llegada a la blandura que al rigor, al amor que al odio, a la paz que al castigo y hacer bien antes que hacer mal, y nunca he entendido haber dejado de hacer castigo que estuviese obligado en conciencia y justicia. Parecen ignorar éstos que eso de mí dicen el verdadero espíritu que la Madre Teresa aplicó a su reforma Descalza que anteponía la suavidad a la rígida observancia regular. Me parece a mí que se alejan de las enseñanzas de la Madre Fundadora pues para ellos el Carmelo debe ser un lugar retirado, apartado del pueblo de Dios, donde se viva una rutina de duras penitencias hasta con riesgos para la salud, y esto era algo que la Madre Teresa abominaba como bien dejó escrito.

También han censurado mi impulso a las iniciativas misioneras dentro de la Orden; uno de los sueños de la Madre Teresa fueron las misiones. Envié doce frailes a las Indias, donde se han fundado en Nueva España conventos. Envié frailes al Congo a la conversión de negros en tres expediciones distintas. Los primeros se anegaron en el mar, los segundos volvieron desnudos, despojados y robados de todo por los luteranos pero los terceros se instalaron allí y su labor dio frutos. Muchos de mis enemigos aprovecharon este ardor apostólico mío  para criticarme diciendo que esto era una equivocación y que iba en contra del espíritu de la Orden el ocuparse de las misiones. ¡Qué poco conocían quienes esto dicen a la Madre Fundadora! Su espíritu era de celo y de conversión de todo el mundo.

Cuando dejé mi puesto de Provincial de la Orden a fines de 1585 me nombraron Vicario provincial de Portugal. Pensé yo que los ataques cesarían una vez fuera del provincialato general. Pero no fue así. El nuevo Provincial padre Nicolás Doria me llamó la atención por la publicación que hice de un opúsculo titulado “Estímulo de la propagación de la Fe”. Se me reconvino por el excesivo celo misionero del escrito y por no haber solicitado la correspondiente licencia de impresión. Di las explicaciones pertinentes y en principio parecieron aceptarlas.

En los años siguientes no vi con buenos ojos el rumbo que iba tomando la Orden con el padre Doria pues se encaminaba hacia la celosa observancia regular contra la que la Madre Teresa precisamente inició su Reforma. Apoyé, tal y como mi conciencia me exigía, al grupo de Carmelitas Descalzas que se oponía a cualquier modificación de las reglas teresianas. La Orden se dividió inevitablemente en dos bandos. Como cabeza visible que era yo de uno de ellos (sin duda el que la Madre Teresa hubiera apoyado) quisieron mis enemigos quitarme de en medio. En el Capítulo de la Orden de Valladolid en abril de 1587 me nombraron Vicario de la nueva circunscripción de Méjico; no hay duda de que su intención era alejarme lo más posible de la península.

Mientras me preparaba para mi viaje a la Nueva España las calumnias y acusaciones contra mí y mis amigos adeptos e incluso contra hermanas Carmelitas que me seguían como consejero y guía seguro se volvieron más intensas y maliciosas. Me defendí con tesón y demostré la falsedad de las acusaciones pero en vez de moderar sus ataques, mis enemigos redoblaron sus infamias.

El viaje a Méjico quedó momentáneamente aplazado pues se me sometió a un examen en el que debía responder de los cargos de los que se me imputaban; salí airoso de este examen pues muchos testimonios de amigos declaraban mi absoluta inocencia. Pero siguieron las denuncias contra mí. Me volvieron a amonestar en noviembre de 1587 por unas faltas que no se pudieron probar y meses después, en marzo de 1588, recibí una intimación a presentarme en Madrid para responder ante mis superiores de mi manifiesta reincidencia en mis faltas. Me presenté allí con la intención de probar de nuevo mi inocencia. Me leyeron una lista de las acusaciones que se me imputaban, algunas de las cuales eran las siguientes:

Un fraile de la Orden compañero mío del que no se dio el nombre declaró que una noche, estando conmigo después de cenar, oímos fuera una disputa en la que un hombre apuñaló a otro, y el herido se quejaba y pedía confesión. Dije yo que saliéramos a confesarle y me respondió un hermano que no se podía abrir la puerta pues iba contra la obediencia. Y declara que dije yo con cólera: “¡Qué obediencia, que no hay obediencia! Salgamos antes que muera”. Y salimos a confesarle. Y de estas palabras mías declara el denunciante que yo había dicho que no hay voto de obediencia en las religiones y que tales palabras olían a herejía.

Otro me  acusa de que, durante la construcción del convento de Lisboa, cuando asistía yo a los oficiales en su trabajo, quise reposar un rato del trabajo en la hora de la siesta y mandé a las monjas que sacaran un colchón para que me echara yo un rato. Y de esto declara que dormía yo en la cama de las monjas como cosa habitual durante las noches.

Otro declara que vio cómo una priora de la Orden me entregó un relicario con forma de corazón que contenía unas reliquias que me dio la Madre Teresa. Y del haberme dado la priora este corazón asegura el testigo que era indicio del amor que sentía ella por mí y que era seguro que manteníamos relaciones pecaminosas.

Quise yo defenderme de éstas y otras acusaciones similares pero mis superiores me negaron el derecho de defensa, ya fuera escrita o hablada. Me destituyeron como Vicario de Portugal y me ordenaron que partiese de inmediato a Méjico. Así me trataron después de tantos años de servicio a mi querida Orden; el Demonio, y no otro, debía estar detrás de esto.

Viajé pues a Sevilla a preparar mi viaje a las Indias pero estando allí me llegaron órdenes de las autoridades religiosas portuguesas encomendándome nuevas misiones en el reino luso, de modo que pude evitar el viaje que me imponían mis superiores. Poco después, ya en Portugal,  me llegó una carta del Nuncio Papal César Speciano en la que me ordenaba que no abandonase bajo ningún concepto la península. Estos apoyos que recibí ayudaron a que los ataques contra mí se relajasen un poco. Pero en las últimas semanas han vuelto a la carga y me he visto obligado a justificarme de nuevo ante el Capítulo de la Orden aquí en Lisboa.

Quiera el Señor que acabe pronto este calvario que el Demonio me esta imponiendo a través de mis hermanos de Orden. Me encomiendo al dedo de la santa Madre Teresa que conmigo llevo siempre para que me proteja y haga que los dirigentes de la Orden que fundó vuelvan a llevar el espíritu de su obra a los cauces que ella siempre quiso y que no se desvíen de sus enseñanzas pues ella estará sufriendo allí en el Cielo. Pero que no sufra por mí pues yo con las maldades de Lucifer puedo luchar sin ayuda alguna y nunca me hará desfallecer ni abandonar mi misión y mi Fe. Dios la bendiga.