La autora

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Ésta soy yo.

sábado, 16 de abril de 2016

Capítulo 08

Diario del Padre Gracián

25 de noviembre de 1585


Ya estamos en Ávila al fin después de no pocas tribulaciones. Pero nuestra misión está cumplida.
Desde que hace más de dos años dejara yo el cuerpo de la Madre Fundadora en su nuevo emplazamiento en Alba de Tormes, las deliberaciones dentro de la orden carmelita sobre la conveniencia de que el cuerpo permaneciese allí no han cesado ni un minuto. La pequeña villa de Alba, los duques, sus gentes y su Carmelo, como es natural, se hallaban todos encantados de que la santa Madre reposase allí, pues atraía a no pocos peregrinos y daba a la ciudad un encanto impagable al tener a tan ilustre santa entre sus muros. Mas las hermanas del Carmelo de San José de Ávila no eran de la misma opinión pues afirmaban, no sin razón, que el deseo de la Madre Teresa no era otro que el de descansar eternamente en el primer convento que fundó de su reforma descalza y del que era priora cuando murió, y que por tanto la Madre debería ser llevada a San José para cumplir ésta su última voluntad. Las autoridades eclesiásticas de la ciudad abulense eran del mismo parecer que las hermanas carmelitas y con más tesón afirmaba que este traslado debía llevarse a cabo el obispo de Palencia don Álvaro de Mendoza que lo era de Ávila cuando la Madre Teresa comenzó la reforma y con la que le unía una profunda relación de amistad y cooperación. Tenía la intención el obispo de sufragar los gastos de la construcción en la capilla de San José de dos sepulcros, uno para la Madre Fundadora y otro para él, pues tenía en tanta estima a la santa Madre que ni aún en la muerte quería separarse de ella.
Así las cosas, el 18 de octubre pasado se reunió en Pastrana el capítulo de la orden carmelita descalza donde entre otras cosas se debatió este controvertido asunto. Al fin se resolvió que se trasladara el cuerpo de la Madre Teresa al convento de San José de Ávila. Nos encargó el capítulo a tres hermanos y a mí llevar a buen puerto esta laboriosa tarea. Eran estos hermanos el padre Gregorio de Nazianze, el canónigo Juan Carrillo y el padre Julián de Ávila. Como era a todas luces seguro que los duques de Alba desaprobarían y se opondrían a este traslado, se determinó que se realizase en el más marcado de los secretos. Por ello decidimos viajar por separado a Alba de Tormes para no levantar recelos en la villa. Se fijó la fecha de reunión de allí a cinco semanas día arriba día abajo.
 Llegué yo el último a Alba, cuando mis tres hermanos ya habían llegado cada uno por su lado, el día de ayer 24 de noviembre ya entrada la tarde. Las hermanas del Carmelo se extrañaron un tanto de vernos allí llegar tan en secreto y de ese modo cada uno por libre, mas no nos importunaron con preguntas incómodas.
En un aparte, el padre Gregorio y yo planeamos el modo en el que íbamos a obrar para llevar a cabo nuestra encomienda. Pensamos que lo mejor era actuar ya bien entrada la noche para llamar la atención lo menos posible.
Así pues, poco antes de la medianoche el padre Gregorio les pidió a las hermanas carmelitas que rezaran los maitines en el coro superior de la capilla para dejar así despejado el coro inferior que era donde se encontraba el féretro de la Madre Teresa. Mientras las demás monjitas rezaban los maitines hice yo llamar al coro inferior a la priora y a las dos hermanas que la seguían en antigüedad. Y allí, junto al padre Gregorio, les comuniqué las malas noticias.
—Queridas hermanas—les dije—Me temo que no traigo buenas nuevas para su convento. El pasado mes el capítulo de la orden reunido en Pastrana dictaminó el mandato de que el cuerpo de nuestra santa Madre Fundadora fuese trasladado al Carmelo de San José de Ávila, que era el lugar donde ella quería ser inhumada, de modo que nos han enviado a nosotros a que cumplamos esta disposición.
Ellas se mostraron sumamente sorprendidas y comenzaron a lamentarse con gran pesar.
—Pero ¿qué me cuenta padre Gracián?—dijo la priora casi entre sollozos—¿Nos van a dejar sin nuestra santa Madre? ¡Con la de bendiciones que ha traído su presencia desde que está aquí en este convento nuestro! ¡Ay! ¡Y qué disgusto se van a llevar los duques de Alba!
—Los duques no tienen motivo para inmiscuirse en asuntos de la orden—intervino el padre Gregorio—De todos modos cuanto más tarde se enteren del traslado del cuerpo de la Madre Teresa, mejor; por eso hemos venido hoy que sabemos que están fuera de la villa. Y no se apuren que la Madre no se va a ir del todo. El capítulo de Pastrana dispuso que, a modo de consolación, podrán, hermanas mías, conservar una reliquia de la santa: su brazo izquierdo, del que el padre Gracián aquí presente separó la mano la última vez que se exhumó el cuerpo de la Madre.
—Brazo sin mano no caza ratones—escuché murmurar a una de las hermanas.
—Teníamos un cuerpo entero y se nos queda en un brazo manco—declaró la priora—En fin, a disgusto transigimos empujadas por nuestro voto de obediencia; nos plegamos a su demanda. Pero, dígame padre, ¿a qué hora se firmó la patente del traslado de la santa Madre?
—Pues fue a eso de las siete y media de la tarde—respondió el padre Gregorio.
—¡Lo sabía!—exclamó la priora—Me quiere usted creer, padre, que a esa misma hora del día 18 de octubre, el día del capítulo, estábamos nosotras en recreación tratando de las cosas que pensábamos que se estarían debatiendo allá en Pastrana cuando sentimos dar tres golpes juntos y recios cerca de nosotras; y esto por dos veces, y pensamos que venía del torno de la sacristía, así que temimos que alguien se hubiera quedado allí; mas de allí a un poco, haciendo la portera la diligencia que podía para ver si había quedado alguna persona en la iglesia, oyó otros tres golpes de la misma manera, y dije yo que acaso era el Demonio que nos quería turbar. Pero otra monja dijo que sin duda aquel ruido era en el arca donde estaba el santo cuerpo de nuestra Madre Teresa que estaba cerca del torno ya dicho. Ahora entiendo yo que esos golpes los daba la santa a modo de aviso o de despedida pues se acababa de firmar en Pastrana que nos iba a dejar de allí a poco tardar como ahora juzgo.
No fue éste el único milagro que nos contaron las hermanas. También nos enteraron de uno de unas pajas. Y es que fue que cuando estuvimos el padre Cristóbal y yo quitando las piedras del primer sepulcro de la santa, había tantas que algunas las echamos sobre unas pajas que por allí había; y resulta que hartos días después enfundaron con estas pajas un jergón para una novicia que se había unido al Carmelo, y sintió la hermana que lo enfundaba un suave olor en las pajas, y maravillándose mucho quiso saber de dónde venía, y halló que lo habían tomado las pajas de las piedras del sepulcro que cayeron sobre ellas. De modo que durmió la novicia de allí en adelante con olor a santidad en el jergón.
Después de estas breves pláticas procedimos con nuestro deber. Entre el padre Gregorio y yo sacamos el santo cuerpo del arca en que estaba y lo pusimos sobre una mesa que habíamos hecho traer. El cuerpo estaba tan entero como al principio, sin mácula de corrupción y con el mismo suave olor que dije en su día, aunque estaba algo más enjuto y con los hábitos casi podridos. Le quitamos también un mantelito de estameña que le habían puesto a la madre antes de morir, pues sangraba mucho, y estaba este mantelito empapado en sangre la cual despedía un excelente olor. Luego el padre Gregorio sacó un cuchillo que tenía colgado de la cintura.
—Le cedo los honores, padre Gracián—me dijo—Vuestra merced ya tiene experiencia en esto de amputar extremidades santas.
—No, no, padre Gregorio, hacedlo vos os lo suplico—le respondí.
 He de admitir que me faltó valor para volver a enfrentarme a la disección del cuerpo de la Madre Fundadora.
—Está bien—dijo el padre Gregorio—Harto contra mi voluntad lo hago, pues mayor sacrificio no he hecho en mi vida por nuestro Señor, pero he de cumplir con mi voto de obediencia.
Así pues el padre Gregorio procedió a cercenar el brazo izquierdo de la santa, el mismo que se fracturó en vida cuando el Demonio la derribó de una escalera. En cosa de un instante cortó el brazo el padre por sus coyunturas y quedó el cuerpo a una parte y el brazo a otra.
—¡Qué cosa maravillosa!—exclamó el padre Gregorio—¡No he hecho más fuerza que si cortara un melón o un trozo de queso fresco! Y el tajo ha ido justo por la articulación, como si hubiera estado un buen rato calculando para acertar. ¡Esto es un milagro!
Le dije yo que algo similar me había sucedido a mí cuando le segué la mano y que no se extrañase pues todo lo que atañía a la santa Madre era cosa de milagro.
Una vez que se despachó el tema de la reliquia del brazo, que quedó en manos de una de las hermanas, transitamos al siguiente paso de la operación. El canónigo Juan Carrillo se había proveído de un baúl para trasportar el santo cuerpo. Pero a la hora de ir a meterlo dentro resultó que no cabía; el baúl era demasiado pequeño, la cabeza de la santa no entraba y no era plan de decapitarla
—¡Ay, señor canónigo!—le dije a Juan Carrillo—Cierto es que la Madre Fundadora era menuda, ¡pero no tanto, hombre de Dios! ¡Vaya ojo que tiene usted!
El canónigo se disculpó por su equivocación y su desviado sentido para tasar la talla de la Madre. Enseguida el padre Gregorio tomó la iniciativa y pidió a la priora una manta; al punto trajo una manta de sayal en la que envolvimos el santo cuerpo. Entre el padre Gregorio y yo levantamos el cuerpo de la Madre, él por los hombros y yo por los pies y nos dispusimos a sacarlo del convento por la portería a toda prisa pues, sin duda alertadas por el gran olor que desprendía el cuerpo de la santa, las monjas que estaban en el coro superior sospechaban que nos llevábamos su tesoro y ya se les oía venir a comprobar qué acontecía. Pero salimos del convento con la santa a cuestas nosotros antes de que ellas llegaran.
—¡Corra, padre Gracián, corra! ¡Que vienen las monjas!—exclamaba el canónigo una vez ya fuera del convento.
—¡Pero, cómo van a venir, hombre de Dios!—le dije—¡Si son monjas de clausura!
Llevamos el santo cuerpo a un cuarto, alquilado para la ocasión por el padre Julián de Ávila, que estaba enfrente del convento. Allí nos esperaba el mismo padre Julián. Entre todos envolvimos el cuerpo de la Madre en una sábana y luego en la manta de sayal la cual cosimos bien para que no hubiera peligro de fuga. Una vez hecho esto tomamos en brazos de nuevo el cuerpo de la santa y lo instalamos sobre una mula, entre dos pacas de paja para amortiguar posibles baches. Cuando tuvimos todo listo tomamos camino a Ávila. Eran ya cerca de la una de la mañana y la noche era oscura cuando partimos.
Llegamos a Ávila con el alba y enfilamos hacia el convento de San José. Las hermanas del Carmelo se alegraron lo que no está escrito al recibir el cuerpo de la santa Madre y, como era comprensible, estaban ansiosas de verlo y palparlo.
—¡Pero cómo me traen este santo cuerpo, padre Gracián!—exclamó la hermana María de San Gerónimo, priora del convento—¡Parece un saco de patatas en esa tela de sayal!
—Es lo que hay, hermana—le dije—Demos gracias al Señor de que todo ha ido bien y que el cuerpo ha llegado sano y salvo.
Colocamos a la santa Madre en la sala capitular, dentro de un ataúd sobre unos caballetes, y dispusieron las hermanas alrededor unas cortinas para poder ocultarlo cuando fuera menester. Me dijo la priora que de allí a poco les traerían un arca que el obispo había mandado hacer la cual iba a estar forrada por dentro de tafetán morado, con pasamanos de plata y seda; por fuera iba a ser de terciopelo negro con adornos de oro y seda, con clavos dorados, al igual que las cerraduras, las empuñaduras y los anillos. Para rematar, la obra iba a tener dos escudos en oro y plata, uno con los símbolos de la orden y el otro con el nombre de Jesús. En un rótulo de tela bordado en oro se iba a leer: Madre Teresa de Jesús. No sé yo si a la Madre le hubiera gustado tanto lujo, nunca fue ella amiga de ostentaciones, pero en fin, donde manda obispo…

Yo ya he cumplido con mi misión de traer hasta aquí el santo cuerpo y ahora sólo espero que repose tranquila en este su primer convento de su Reforma Descalza. Yo pronto me iré y la dejaré aquí a buen resguardo con las hermanas del Carmelo. Pero seguiré llevando inseparablemente conmigo, como desde hace más de dos años ya, una pequeña parte de la Santa Madre, el dedo meñique que le corté a su Santa Mano, el cual desde que lo llevo a mi lado me ha protegido tanto que desde entonces ni un simple resfriado ni catarro he padecido.

viernes, 8 de abril de 2016

Capítulo 07

Diario de la Santa Mano

15 de julio de 1583


He nacido. Son estas mis primeras palabras escritas en mi recién comenzada vida. Hace once días llegué a este mundo. Mi nacimiento no siguió las leyes de los humanos ni las de ningún otro organismo vivo; no, yo soy diferente. A las pocos minutos de nacer fui adquiriendo paulatinamente total conciencia de la naturaleza de mi ser. Supe quién era y de dónde venía.
El padre Jerónimo Gracián fue de algún modo el médico que me trajo a la Tierra. Cuando me cortó del cuerpo de mi madre Teresa de Jesús fue como si ella me hubiera dado a luz por la Gracia de Dios. Fue en ese momento cuando comencé a vivir y a sentir, se creó mi yo, mi identidad separada del cuerpo de mi madre. Poco a poco lo fui comprendiendo todo, el milagro de mi existencia…
Soy la mano izquierda de Teresa de Jesús, mi madre. Pienso, siento, oigo y veo todo lo que está a mi alrededor. Sé escribir, ¿cómo no? Faltaría más siendo hija de quien soy. Pero no escribo esto en papel ni con tinta como las personas. Estas palabras están escritas en otro elemento, fuera de la comprensión humana, pero ya me encargaré yo de que mi verbo llegue a los hombres.
Conozco la vida y obra de mi madre, mi amada Teresa de Jesús; de su carne provengo y a ella y a la Gracia de Dios debo mi humilde existencia. Tengo conocimiento también de la historia del mundo y de la humanidad, nada de lo humano me es ajeno.
Española soy, nací en España y española y castellana era mi madre. Pero mi perspectiva es universal, va más allá de naciones y nacionalidades.  Dios no distingue a los hombres por raza, sexo, procedencia o condición; tampoco lo haré yo. En castellano escribo, mas ya se encargarán de traducirme a cualquier otro idioma de aquel que me quiera leer. Sólo me propongo relatar mis peripecias venideras por este mundo, esa es la tarea que se me ha encomendado y con placer me dispongo a llevarla a cabo con la ayuda de Dios.
Vi la luz en el convento carmelita de Alba de Tormes cuando, como acabo de decir, el padre Gracián de Dios me separó del brazo de mi madre. Mi llegada a la vida no vino acompañada de llantos ni quejas sino de una difusa confusión que poco a poco se fue aclarando…Recuerdo cómo el padre Gracián me envolvió en un pañuelo, como a un recién nacido lo envuelven en una mantilla, y me guardó bajo su hábito. Poco después, ya en su celda, el padre me seccionó el dedo meñique; no sentí dolor, fue como si me hubieran cortado el cordón umbilical. Mi dedo no se hizo “ser” como yo (supongo que porque es demasiado pequeño), es como un satélite mío, percibo su presencia esté donde esté. El padre se acostó poco después y yo pasé mi primera noche en la tierra.
Al día siguiente el padre Gracián se levantó con el alba y lo primero que hizo fue sacarme del cofrecillo donde me había guardado junto a mi dedo para contemplarme de nuevo. Rezó una oración y me besó con fervor. Bajó luego llevándome junto a él al refectorio a tomar el desayuno donde se reunió con el padre Cristóbal de San Alberto y las monjas del convento. Los padres comunicaron a sus hermanas su intención de partir esa misma mañana para Ávila, pues tenían deberes que cumplir. Las monjas se entristecieron mucho de esto, pues querían mucho a los padres. Antes de irse, los padres volvieron al coro para despedirse del cuerpo de mi madre; abrieron el arca donde reposaba su cuerpo manco y lo veneraron con sentido recogimiento. Pude entonces apreciar la santidad que irradiaba el cuerpo de mi progenitora. Estaba resplandeciente con sus ropajes nuevos y su níveo rostro en el que se dibujaba una sonrisa que expresaba una virtud infinita. Estuvimos un buen rato junto a ella, como atraídos por su poder magnético que nos mantenía imantados a su vera. Pero finalmente tuvimos que separarnos de ella con toda la tristeza de sus corazones y  de mi dedo corazón. Cuando estábamos saliendo del coro escuché (¡oh sorpresa!) la voz de mi madre.
—Adiós hija mía—me dijo—Yo te bendigo por la Gracia de Dios. Siempre estaré a tu lado en espíritu; vive y sé testigo de la Historia.
—¡Adiós madre! ¡Dios te bendiga!—grité mientras el padre Gracián me sacaba del coro.
No me dio tiempo a decir más pues ya casi estaba fuera de la capilla cuando oí la voz y las puertas se cerraron a nuestro paso. Nadie más escuchó este pequeño diálogo, nuestras palabras no fueron audibles para los que allí estaban excepto para un gatito que por ahí andaba y que noté que nos había oído, si bien no creo que nos comprendiera.
El padre Gracián y el padre Cristóbal se despidieron de las hermanas carmelitas con calurosas palabras y con los mejores deseos.
—Cuiden bien del santo cuerpo de la Madre Fundadora—dijo el padre Cristóbal—Ya sé que lo harán, pero manténgalo bien ventilado y alejado de humedades.
Las monjitas aseguraron que así lo harían, que no tenían en esta vida más grata misión que la de velar por el cuerpo de mi madre, la santidad del cual traería sin duda alguna muchas alegrías a la congregación.
Marchamos pues los padres y yo en dirección a Ávila donde llegamos la tarde de ese mismo día. Una vez allí fuimos derechos al convento de San José donde ahora estoy, bien recogida en mi cofrecillo junto a mi meñique.
Al llegar aquí el padre Gracián no tardó en presentarme y exhibirme ante las hermanas del convento. Quedaron éstas extasiadas al contemplar mi milagrosa incorruptibilidad y todas quisieron tocarme y examinarme.
—Aún recuerdo—dijo una de las carmelitas—cómo con esa misma mano la santa Madre Fundadora me dio una leve colleja un día que me quedé adormilada en misa…¡Es como si la estuviera viendo ahora mismo!
—¡Y qué blanquita y qué suave está!—dijo otra—La veo más saludable que cuando estaba viva…
Con éstos y otros comentarios similares expresaron las hermanas su admiración y su contento por tenerme entre ellas.
Los días siguientes los dedicó el padre Gracián a resolver diferentes asuntos concernientes a su provincialato y a preparar el próximo viaje que nos llevaría al país vecino, al convento carmelita de San Alberto en Lisboa. Yo pasé la mayor parte de las horas de estos días en la sencilla celda del padre Gracián, a la espera de emprender ese ansiado viaje que me permitiera conocer mundo y relatar mis andanzas.

Y aquí sigo aguardando hoy; mas ya no tendré que aguantar mucho más tiempo. Según le he oído decir al padre Gracián, de aquí a dos días, o tres a lo sumo, iniciaremos marcha hacia nuestro próximo destino. Dios nos proteja y buena suerte nos dé.