Diario de la Santa Mano
21
de enero de 1976
Ronda
se ha vestido hoy de fiesta. No puedo sino llenarme de orgullo y satisfacción
al comprobar la alegría que mi retorno a esta bella ciudad ha causado a sus
buenas gentes. Vuelvo a estas tierras malagueñas después de cuarenta años, pero
no hay duda de que los rondeños no me han olvidado.
Nada menos que
una comitiva de nueve coches me han escoltado hasta aquí y en el interior de un
décimo vehículo he viajado desde Toledo, imperial ciudad a la que llegué unos
días antes proveniente de la que ha sido mi residencia más habitual en las
últimas cuatro décadas, que no es otra que la capital de la patria, Madrid.
La
viuda del Generalísimo me entregó, no sin aflicción, al cardenal primado de
Toledo, monseñor Marcelo González Martín. Dije así adiós a la familia Franco
Polo con la que he convivido estos últimos años. Y es que tras la muerte de su
marido, Carmen Polo, pese a estar destrozada por el dolor de su irreparable
pérdida, cumplió su palabra y se puso en contacto con las autoridades
eclesiásticas oportunas para que fuese yo trasladada a mi lugar de destino.
A
mediados del mes pasado doña Carmen, su hija, su nieta Carmencita y yo con
ellas, nos desplazamos a Toledo donde llegamos a eso de las doce de la mañana.
Fuimos recibidas y conducidas al Palacio Arzobispal por el vicario general del
Arzobispado, don Rafael Palmero, y por el secretario particular del primado,
don Santiago Calvo. Una vez en el palacio las damas mantuvieron una entrevista
privada con el cardenal primado que se prolongó más de una hora y en la que
estuvieron también presentes el capellán de El Pardo, don José María Bulart y
la hermana del primado, doña Angelita González Martín. El cardenal primado
Marcelo González firmó un documento de recepción en el se certificaba mi
entrega y en el que se incluía un compendio sobre cómo llegué yo a parar a
manos del Caudillo, así como alusiones a unas cartas cruzadas entre el general
Franco Salgado y el obispo de Málaga, don Balbino Santos, en las que se trataba
sobre mí. En fin, al final todo quedó atado y bien atado y llegó el momento de
las despedidas.
—Cuídela
bien, monseñor —dijo Carmen Polo—ya sé que lo van a hacer, las monjitas de Ronda
lo harán, pero no me resisto a recordárselo, le hemos cogido tanto cariño a la
Santa Mano, nos ha ayudado tanto…No sabe el dolor que nos produce separarnos de
ella.
—Pierda
cuidado Su Excelencia—le replicó González Martín—tenga por seguro que deja
usted a la Mano en las mejores manos posibles.
—Lo
sé, lo sé…Pero la vamos a echar mucho de menos, han sido muchos años los que ha
estado con nosotros. No obstante, las promesas están para cumplirlas, mi marido
dijo que la Santa Mano volvería a su lugar de origen cuando él partiese a su
descanso eterno con el Señor, y así será. Además le voy a hacer entrega junto
con la reliquia de la insignia de la Laureada de San Fernando, que pertenecía a
mi marido, para que sea incrustada en el relicario y permanezcan así siempre
unidas.
Mientras
esto decía, la viuda de la patria me mantenía en sus regias manos y parecía
resistirse a desprenderse definitivamente de mí; cosa en cierto modo
comprensible ya que significaba renunciar a una de las cosas más estimadas,
sino la más (perdóneseme la poca modestia), por su recientemente fallecido
marido, y eso implicaba sin lugar a dudas lo más parecido a una nueva pérdida;
muchos recuerdos se iban conmigo, todo el dolor acumulado en los meses precedentes
parecía desembocar en esta última separación, como una postrera estocada mortal
en el maltrecho ánimo de la viuda…No fue raro pues, que antes de entregarme, la
mujer se emocionara.
—Déjeme
despedirme de ella, padre—y me dio un número indeterminado de besos que tampoco
es necesario contar, así como otras tantas caricias con su ya arrugada
mano—Hija mía, dile adiós a la Santa Mano, y tú también Carmencita, despídete
de la reliquia del abuelo que velará por todas nosotras y por la familia desde
su convento de Ronda.
Hija
y nieta procedieron a otorgarme su bendición y cuando la nietísima me besó, le
escuché susurrar: “¡Qué fresquita que está!”
Finalmente
se llevó a cabo la transacción y pasé a manos del cardenal primado junto con la
insignia de San Fernando.
—Gracias,
Su Excelencia—dijo—espero que vengan a visitarla una vez quede instalada
definitivamente en Ronda.
—Lo
haremos—replicó la viuda—sobre todo si la patria la necesita en estos tiempos
de incertidumbre; tal vez haya que recurrir a ella y a su Divina Providencia
porque sin mi Paco yo no sé qué es lo que puede suceder aquí; él era el garante
de la paz, de la prosperidad, de la unión de la patria; ahora que él falta toda
su obra se puede desmoronar…
A
partir de aquí empezó a prorrumpir en sollozos seguidos de un creciente llanto
ahogado.
El
cardenal González Martín y las demás autoridades acompañaron a las damas hasta
la salida del palacio. En la plaza a la que da la salida del palacio, que lleva
el nombre de (¡oh, casualidades de la vida!) plaza del Generalísimo, se había
concentrado un numeroso grupo de personas enteradas de la presencia de las
señoras Franco. Al verlas salir, la multitud comenzó a proferir vítores y a
aplaudir calurosamente; incluso una señorita se adelantó y se acercó a ellas
para ofrecerles un ramo de flores. La viuda Carmen aceptó el ramo y saludó con
su célebre gracia natural. Se despidieron cortésmente y vi partir a la hija y
la nieta consolando a la abuela, que había vuelto a emocionarse, como si fueran
las Tres Marías de un cuadro de la crucifixión de Cristo nuestro Señor. Si hay
que sincerarse diré que no las voy a echar a faltar, nunca terminaron de caerme
en gracia; el Señor me perdone, pero son unas petardas.
Los
siguientes días los pasé bajo la custodia del cardenal primado a la espera de
ser entregada a las monjitas de Ronda. Y mientras tanto tuve el honor de
presidir la sesión de clausura de las intensas jornadas de trabajo y
convivencia espiritual destinadas a programar el curso del CETE (Centro de
Estudios de Teología Espiritual) que tuvieron lugar en Toledo durante los días
21 al 23 de diciembre. Allí estuve
rodeada de profesores y eruditos de la Santa Iglesia que expusieron sus ideas
en varias ponencias, como el doctor Herranz o el director espiritual del
Seminario de Toledo, don José Rivera, entre muchos otros. Las ponencias
versaban sobre apasionantes temas tales como “Los aspectos teológicos de la
oración”, “Los aspectos pastorales de la oración y su problemática actual” o
“La pastoral de la espiritualidad”. A pesar de las arduas jornadas de trabajo,
el clima de satisfacción, unanimidad y alegría era intenso, de modo que el
cardenal primado González Martín quiso obsequiar a los asistentes haciendo que
yo presidiera esa jornada final. Fui pasada de mano en mano entre los
concurrentes de modo similar a como ocurre en una escena de una película que vi
recientemente, titulada “El Padrino. Parte II”, en la que un grupo de mafiosos
sentados a una larga y oblonga mesa se van pasando embelesados un teléfono de
oro macizo. De igual modo a éstos, los doctos eclesiásticos me admiraron y
veneraron con sincero fervor.
Después
de esto, pasé varios días más en compañía del cardenal primado hasta que llegó
el día de hoy, el día de mi vuelta a Ronda.
Esta
mañana bien tempranito, en un acto celebrado en uno de los majestuosos salones
del imponente Palacio Arzobispal de Toledo, el cardenal primado procedió a
cederme, junto a la insignia de la Laureada de San Fernando, al vicario
episcopal de Ronda, monseñor José Parra Rossi, que venía acompañado del vicario
general de los carmelitas de Andalucía y del alcalde de Ronda don Francisco de
la Rosa Moreno.
—Estimado
padre Parra—dijo el primado—le hago entrega de esta sagrada reliquia, de esta
Santa Mano Incorrupta que, después de pasar estos últimos años en poder del
Caudillo, ha de volver a su lugar de origen para uso y disfrute de las monjas
del convento de la iglesia de la Merced de Ronda. Le hago depositario de ella
para que la lleve sana y salva hasta allí. Junto con ella también le ofrezco
esta insignia de la Laureada de San Fernando, que pertenecía al mismísimo
Franco y que, según me comentó su viuda al obsequiármela, quería que fuese
incrustada en el relicario de la Santa Mano para que así permaneciesen
fusionadas para la eternidad, de modo que sirva de nexo entre estas dos
lumbreras de la patria, así como de recuerdo del período en que el Generalísimo
y la Santa Mano compartieron destino. Aquí tenéis ambos tesoros.
—Muchas
gracias mi cardenal—le respondió el vicario—¡Vaya! ¡Cómo pesa! Me la imaginaba
más liviana —comentó con una risita—No sabe el honor que nos hace con esta
entrega, la alegría que va a inundar al pueblo de Ronda, que esta ansioso por
recibir a su ilustre Mano para acogerla en su seno con todo el cariño que
merece. Traslade mi más sincero agradecimiento a Su Excelencia Carmen Polo de
Franco tanto por la devolución de la Santa Mano como por el preciado obsequio
que la acompaña, el cual haremos que sea fijado con la mayor presteza posible
en el relicario, ya que ese era el deseo de su recientemente fallecido esposo,
al que Dios nuestro señor tenga en su Santa Gloria. Hágale saber también que
acompañamos su sentimiento de dolor por su enorme pérdida y que rezamos
diariamente por ella y los suyos.
—Así
lo haré, así lo haré. La verdad es que la pobre está bastante afectada…Es
normal, un hombre tan grande como Franco que ha dejado un vacío tan grande en
la patria española, imagínese lo que tiene que ser perderlo como esposo…Una
tragedia sin duda, tanto en lo personal como en lo público…Nos toca vivir
momentos de confusión padre Parra, dejemos que Dios nuestro Señor nos guíe con
sabia mano…
—Así
es, cardenal primado, y no hay duda de que el Señor nos devuelve la Santa Mano
para que nos muestre el camino y no desfallezcamos a pesar de la grandísima
pérdida que la muerte del Caudillo ha supuesto. Por otro lado, monseñor
arzobispo, me gustaría que escuchase una grabación magnetofónica en la que hay
grabadas unas palabras de salutación y agradecimiento de la priora del convento
de las carmelitas de Ronda que no ha podido trasladarse hasta aquí a recibir a
la Mano en persona porque, como bien sabe, es religiosa de clausura.
—Será
un placer escucharla—respondió el arzobispo.
—Monseñor
vicario, por favor, proceda a reproducir la cinta.
El
vicario general de los carmelitas de Andalucía echó mano de una cinta que tenía
guardada en su maletín y la insertó en un magnetófono que habían dispuesto para
tal efecto en una mesita a un lado de la sala. Acto seguido presionó el botón y
se escuchó… ¡Un canto gregoriano!
—¡Vaya!
Disculpen—dijo el carmelita—se conoce que se me ha olvidado rebobinar la
grabación…Esto es lo que había grabado en la cinta…
Tras
una contenida hilaridad general y una vez rebobinada convenientemente la
grabación, se escuchó, ahora sí, la voz
grabada de la priora.
—Querido
monseñor González Martín, le habla desde este micrófono su sierva de usted Sor
María Asunción. Le mandamos desde esta nuestra humilde congregación un
afectuoso saludo y le hacemos llegar nuestro más sentido agradecimiento por su
mediación con la familia del recientemente fallecido Generalísimo, por el
reposo del alma del cual rezamos a diario, para que nuestra bienamada reliquia
retorne al lugar que le corresponde, a este nuestro convento de Ronda. Estamos
deseosas de recibir la Santa Mano de la más grande de las Santas que en el
mundo ha habido, la única e irrepetible doctora de la Iglesia Teresa de Jesús.
Tenemos ya todo preparado para acoger y alojar a la reliquia con todos los
honores que sin duda merece; al igual que ha merecido la pena la espera de
tantos y tan largos años que hoy por fin se ve consumada. Con esto no quiero
decir que nosotras deseáramos el fallecimiento del Caudillo, Dios nuestro señor
nos libre, ni que la espera de casi cuarenta años haya sido en modo alguno fastidiosa,
no…Ojalá Dios nuestro Señor hubiera tenido a bien alargar veinte o treinta años
más la vida de nuestro Excelentísimo Francisco Franco, nosotras hubiéramos
seguido aguardando dichosas, sabedoras de que la Mano se encontraba en seguras
manos, ayudando al Jefe del Estado en su ardua tarea de gobernar la patria. Pero
una vez que la voluntad del Señor se ha cumplido y que el alma de ese héroe ha
ascendido a los Cielos junto a Él, justo es que la reliquia también emprenda su
viaje de vuelta a su lugar de origen, al igual que las almas de los justos
vuelan a su morada final, donde disfrutan para toda la eternidad de la compañía
de la Divinidad suprema, tal y como ahora lo estará haciendo ese grande de
España que fue nuestro Caudillo. No me queda sino volver a agradecerle su
dedicación y esmero para hacer posible este reencuentro histórico que llenará
de alegría a toda la ciudad de Ronda. Dios les bendiga a todos.
Así
acababa el mensaje de la priora, el cual fue escuchado con gran atención por
todos los presentes. El vicario detuvo la cinta, la sacó del magnetófono y se
la ofreció al cardenal primado.
—Por
favor—le dijo—acepte como recuerdo la cinta de la grabación de la priora.
Guárdela en el archivo, secreto o no, que corresponda, o quédesela usted para
su uso privado, por si algún día le apetece volver a oírla y rememorar este
momento.
Monseñor
González Martín tomó la cinta acompañando el gesto de una amplia sonrisa.
—Gracias,
muchas gracias, señor vicario—respondió—Me la quedaré yo mismo y la guardaré
como oro en paño. Me encanta retener junto a mí pequeños recuerdos de todos mis
actos píos y ¡cuál mejor que una moderna grabación en audio! ¡Hay que ver qué
milagros nos revela Dios nuestro Señor! Dios sabrá qué otras sorpresas nos
depara para el futuro, qué progresos nos manifestará su Gracia. Deje pasar unos
años y ya verá como es posible que en este tipo de actos podamos ver y escuchar
a la priora de clausura de turno que se encuentre a kilómetros de distancia,
que se nos manifestará de modo similar a como lo hace el Espíritu Santo.
—Cierto—dijo
el alcalde de Ronda—Los hombres, guiados por la sabia tutela de Dios, cada día
inventan los más sofisticados artilugios que nos hacen esta vida terrenal más
sencilla.
—Así
es—convino el vicario Parra Rossi—El Señor es el responsable de que se encienda
la bombillita en esas mentes preclaras, aunque en algunas cabezas la bombilla
está fundida de por vida y sin esperanza de sustitución. Pero no hay duda de
que el mundo avanza, y lo hace gracias a Dios y a su Santa Madre Iglesia, que
no duda en apoyar todos estos progresos siempre que no contravengan las Leyes
Divinas que el Señor nos impone.
Siguieron
un ratito más charlando y fantaseando en animada concordia sobre las maravillas
tecnológicas que el futuro depararía, todas ellas bendecidas y hechas
accesibles al conocimiento humano por intercesión del Espíritu Santo.
De
este modo tan ameno se llegó al fin del acto de mi cesión. Tocó el turno de las
consabidas despedidas. El primado de Toledo y las demás autoridades
eclesiásticas del arzobispado se despidieron de la congregación rondeña y del
resto del séquito que les acompañaba. En la puerta del Palacio Arzobispal
esperaba una flota de diez coches preparados para llevarnos a mí y a las
autoridades que me acompañaban de vuelta a Ronda. Entre las eminentes
personalidades que tuvieron el honor de hacer este viaje conmigo se encontraban
varios concejales, otros tantos nobles y
otras personas importantes de la ciudad malagueña como un doctor, un notario y
hasta el orfebre más afamado de Ronda. Todos ellos quisieron admirarme y
venerarme y tenerme en sus manos unos instantes. El orfebre me examinó con ojo
profesional y no dudó en alabar mi belleza artística; el alcalde le informó del
deseo del Generalísimo y su viuda en lo concerniente a la insignia de San
Fernando y le encomendó que, una vez en Ronda, se encargarse de fijar en el
relicario la Laureada, a lo cual el orfebre convino con sumo agrado, encantado
de recibir tal honor. Agregó, en un acto de devota generosidad, que no cobraría
nada por el trabajo manual que le llevara la tarea, tan solo facturaría los
gastos materiales. El alcalde estuvo de acuerdo y le comentó que ya hablarían
del asunto más tarde.
Poco
después se procedió a distribuir a la comitiva en los diferentes coches. Hubo
ciertos recelos y ligeras discusiones entre mis acompañantes, ya que todos
querían ir en el mismo coche que yo. No era para menos, una ocasión tan
singular e inolvidable lo valía. No faltó alguno que incluso afirmó querer
venir en el mismo automóvil que yo porque era imposible que un coche que
llevara como pasajero a tan santa reliquia tuviera un accidente. Finalmente los
afortunados mortales que tuvieron el honor de realizar el viaje conmigo fueron
el vicario episcopal de Ronda monseñor Parra Rossi, el vicario general de los
carmelitas de Andalucía, el alcalde de Ronda don Francisco de la Rosa, el marqués
de Salvatierra don Pablo de Atienza y el chófer, un señor muy simpático que
respondía al nombre de Paco.
Una
vez que estuvo todo listo y todo el mundo estuvo acomodado en su
correspondiente vehículo, la caravana comenzó su peregrinaje hacia Ronda. Yo
iba bien acomodada en el asiento delantero, en las rodillas del señor alcalde y
encima de un cojincillo de terciopelo rojo comprado para tal cometido, ya que
el viaje iba a ser larguito. Los otros tres prohombres se aposentaron en el
asiento trasero del vehículo.
Y
así salimos de Toledo en dirección al sur de la península. Nuestro coche iba en
medio del convoy; íbamos bien escoltados y protegidos de cualquier posible
percance. Dentro del auto la conversación fluía alegremente, todo eran
parabienes y satisfacción por mi recuperación y mi “vuelta a la patria” como
dijo el alcalde. Conforme avanzaba el viaje la charla se fue desviando hacia
temas más mundanos. Se habló de compraventa de olivares, de no sé qué remodelaciones
del casino de Ronda y otras cuestiones similares. Tampoco faltaron los chistes;
el marqués don Pablo, a pesar de su avanzada edad, no ha perdido el sentido del
humor; contó varios chistes con
campechana chispa, si bien he de reconocer que alguno fue un poquito subidito
de tono…
A
mitad de camino más o menos se había decidido hacer una parada para comer y
descansar un poco. Se acordó detener la comitiva en Despeñaperros (armonioso
nombre, por cierto), donde dijo el alcalde que había un mesón-restaurante en el
que según sus propias palabras “te ponías las botas”. El sitio en cuestión se
llamaba Casa Pepe y su decoración interior podría definirse como un templo al
franquismo; todo lleno de banderas de la patria, cuadros del Caudillo, de José
Antonio, de la Falange, figuritas y medallas de toda clase y condición que
tuvieran relación con el régimen franquista, cabezas de toros y ciervos
disecadas, decenas de cornamentas de ciervos y venados adheridas al techo…Todo
ello presidido por un enorme cuadro de unos dos por tres metros del
Generalísimo del que pendía un gran crespón negro.
El
dueño del local salió a recibirnos y abrazó calurosamente al alcalde de Ronda
del que, por lo visto, era gran amigo. Cuando se enteró de que el motivo del
viaje de los comensales era llevarme a mí de vuelta a Ronda, el buen señor
entró en una especie de éxtasis.
—¡Qué
me dices, Paco!—le dijo al alcalde—¡Que traes la Santa Mano del Caudillo!
¡Madre mía! ¡Virgen del Amor Hermoso! ¡Qué honor! ¡Qué honor para este humilde
local! ¡Déjamela, déjamela que la vea y la adore!
Pasé
a sus manos y me estampó varios besos por todos lados (a pesar de llevar un
palillo mondadientes en sus labios) dejándome un poco baboseada.
—¡Qué
orgullo y qué privilegio poder tocar y admirar esta Santa reliquia que estuvo
al lado, mano a mano, con el gran Franco! ¡Pelele!—exclamó dirigiéndose a uno
de los camareros—Ven para acá y hazme una foto con la Santa Mano y con estos
señores.
Una
vez hecha la foto el propietario nos condujo al comedor del restaurante. Juntó
varias mesas para que todos los integrantes de la comitiva comiesen juntos; si
bien hay que decir que los chóferes no tuvieron ese privilegio y fueron
acomodados en la barra del bar. El alcalde se colocó en el lugar preferente,
presidiendo la mesa y a mí me puso en medio de la gran mesa, sobre mi cojín de
terciopelo. Cuando todo el mundo tuvo sus posaderas bien acomodadas en sus
respectivas sillas se procedió a pedir.
—Tengo
menú del día—dijo el dueño—Pero supongo que preferirán pedir a la carta…
—Nada,
nada, déjate de menús del día—replicó el alcalde—Permítanme, señores, que pida
yo por ustedes, les aseguro que conozco bien las especialidades de la casa y
que no quedarán defraudados.
Los
comensales, que sumaban un total de 32, estuvieron de acuerdo en someterse a
las sugerencias del alcalde.
—A
ver, Pepe—continuó el alcalde señor de la Rosa—Nos vas a poner…Somos 32,
¿no?... Pues, diez raciones bien servidas de todo esto que te voy a ir
diciendo, apunta, apunta: oreja de cerdo, rabo de toro, callos con garbanzos,
manitas de cerdo en salsa, criadillas de toro, riñones al jerez, lengua de
ternera a la vinagreta, zarajos, higaditos de pollo salteados, sangre
encebollada de pollo a la plancha…Y, venga, para que no sea todo carne vamos a
pedir como entrante algo sano, ponnos unos encurtidos, ya sabes, berenjenas de
almagro, cebolletas en vinagre, banderillas picantes, guindillas en vinagre,
aceitunas y demás…
—Perdone,
señor alcalde—dijo el marqués de Salvatierra—Pero tengo hoy un antojo. ¿No
tendrá usted—preguntó al dueño—sesos de cordero lechal?
—Por
supuesto que tenemos, señor, los hacemos rebozados y con un popurrí de
pimientas. Están para chuparse los dedos.
—¡No
me diga! Pues nada, pónganos también sesos.
—Muy
buena sugerencia señor marqués—dijo el alcalde—Y para beber nos vas a sacar 25
porrones del mejor vino de Valdepeñas que tengas.
—¿Cómo?—dijo
uno de los comensales, creo que un concejal—¿Vamos a beber el vino del porrón?
¡Pero nos vamos a poner perdidos nuestros trajes de etiqueta!
—¡Vamos
hombre!—exclamó el alcalde—¡Aquel que no sea capaz de beber a galillo de un
porrón sin mancharse no se le puede considerar un español de pro! ¿Verdad
monseñor vicario?
—Verdad,
verdad—respondió el vicario Parra Rossi—El arte de beber de un porrón es algo
que sólo un español como Dios manda domina con los ojos cerrados.
Todos
estuvieron de acuerdo con esta gran verdad y el supuesto concejal que acababa
de poner objeciones pareció como si se arrugara en su silla.
Al poco empezaron a llegar los platos y
comenzó el festín de productos de casquería. Conforme los porrones iban
corriendo, vaciándose y rellenándose, la alegría invadía los espíritus de todos
los presentes.
En
el fragor de los banquetes siempre ocurren pequeños accidentes; cuando uno de
los comensales le pasaba a otro una fuente de manitas de cerdo en su salsa,
hubo un fallo de sincronización y la fuente me cayó encima. Una manita me
rebotó en el pulgar y quedé pringada en salsa. Rápidamente me limpiaron con una
servilleta y el dueño del restaurante hasta sacó un spray quitamanchas con el
que me rociaron abundantemente. El resultado fue que me dejaron muy reluciente
pero con una molesta peste a no sé qué producto químico de limpieza…
Después
de engullir todas las raciones, le tocó el turno al postre. Hubo tocinito de
cielo, tarta de Santiago, mostillo, natillas, arroz con leche y peras al vino.
Nadie se quedó con hambre.
Como
colofón de toda buena comida que se precie se pidió café, copa y puro. Los
comensales se repantigaron en sus asientos disfrutando de la copa y el puro
mientras sus estómagos digerían pacientemente las viandas ingeridas.
Tras
una larga sobremesa en la que el sopor reinó a sus anchas, el grupo se decidió
a reanudar el viaje. Los señores empezaron a desperezarse y se fueron
levantando sin disimular la pachorra que les invadía. Cabe destacar que ni uno
solo de los comensales se libró de lucir algún que otro lamparón de vino de
Valdepeñas en su chaqueta o sotana; si bien había tejidos que camuflaban mejor
que otros los churretes.
El
señor alcalde le dijo al dueño, antes de que éste le dijera el importe total,
que mandara la factura del ágape al ayuntamiento y que no se preocupase porque
en menos de una semana cobraba.
—Vale,
vale, tranquilo Paco—dijo el dueño—Ya sé que tu ayuntamiento es buen pagador…A
los porrones invita la casa, ya que hemos tenido el privilegio de disfrutar de
la presencia de esta extraordinaria reliquia. Pero… ¿Qué nombre le pongo al
concepto de la factura?
—Pues,
no sé—respondió el alcalde—Ponle: comida de la Mano Incorrupta.
—De
acuerdo, mañana la envío.
Salimos
del mesón y todo el mundo se montó en sus respectivos coches, todos contentos y
en ligero estado de embriaguez a causa de los vapores del Valdepeñas excepto,
claro está, los chóferes, que habían comido aparte y que sólo bebieron un par
de cañas. Abandonamos así Casa Pepe y Despeñaperros y continuamos viaje hacia
Ronda.
Unas
tres horas más tarde la comitiva santa que me transportaba atravesaba la
serranía rondeña por la serpenteante carretera; ya estábamos cerca…Al fin llegaba
a mi destino; mientras atravesábamos el barrio del Mercadillo los coches de la
comitiva comenzaron a tocar sus claxons, la gente ya estaba avisada de mi
llegada y se agolpaban en las aceras y balcones aplaudiendo y vitoreando,
dándome la bienvenida calurosamente tras tantos años. El frío día invernal no
les amedrentaba. Avanzábamos poco a poco, a velocidad de desfile; la multitud
taponaba la calle, quería saber en cuál de los coches iba yo. Hubo no poco
jaleo y confusión, la gente estaba deseosa de verme y escudriñaban en el
interior de los vehículos con la esperanza de distinguir mi figura. Se corrió
la voz al fin.
—¡Va
en el coche de en medio! ¡En el quinto coche va la Santa Mano! ¡La lleva el
alcalde!—se exclamaba a grito pelado.
La
muchedumbre se pegaba a los cristales de las ventanas de mi coche; clamaban, me
bendecían, pedían al alcalde que les dejase tocarme…
Lentamente
llegamos al majestuoso Puente Nuevo, que une el barrio nuevo y el viejo, y bajo
el cual se extiende esa maravilla de la naturaleza que es el Tajo, garganta
profunda de más de cien metros de profundidad excavada por el río Guadalevín.
No pude evitar volver a quedarme pasmada ante la contemplación de este milagro
del Señor en el que la naturaleza y el ser humano han trabajado juntos para
crear esta belleza.
La
multitud cada vez era más numerosa, el transito se iba ralentizando aún más;
pero al fin llegamos a la plaza de la Merced, donde se produjo la apoteosis
final. La caravana de coches se detuvo, dejando a mi coche el lugar de honor.
El alcalde salió del coche llevándome sobre mi cojincillo de terciopelo. El
pueblo entero en masa estaba allí aglomerado en un estado de fervor y
exaltación sin parangón. Dos nutridas filas de carmelitas y sacerdotes formaban
un pasillo de seguridad para evitar que el gentío se acercase a tocarme, como
era el deseo de muchos. El alcalde avanzó a través del estrecho pasillo y subió
las escaleras que conducían a la puerta principal del convento, donde le
esperaba la priora carmelita María Asunción de Cristo. Con la solemnidad que el
momento requería, el señor de la Rosa, acompañado por el vicario episcopal de
Ronda monseñor Parra Rossi y el vicario general de los carmelitas de Andalucía,
me entregó a la priora mientras recitaba a viva voz estas emotivas palabras:
—Queridísima
priora y estimados vecinos rondeños. Hoy tengo el honor de devolver a su lugar
de origen esta preciada reliquia, que después de pasar cuarenta años en
usufructo con el general Franco, al que Dios tenga en su Gloria, vuelve a su
hogar definitivamente para goce y disfrute de la ciudad y las gentes de Ronda.
Tenemos el privilegio de volver a tener con nosotros una parte de la mejor y
más piadosa Santa que en el mundo ha habido. Es un lujo del que pocos pueden
presumir. Pero disfrutemos de él con la humildad que caracteriza a los buenos
cristianos. Ella sabrá recompensarnos por ello. Estoy seguro de que su Divina
Gracia intercederá a favor del progreso y la bonanza de nuestra amada tierra.
Os cedo de este modo, Sor María, en el día de hoy, que quedará grabado en
letras de oro en la historia de Ronda, ¡la Santa Mano Incorrupta de Santa
Teresa de Jesús!
—¡Viva
la Santa Mano!—gritó alguien de la multitud.
—¡Viva!—respondió
a coro como un solo ser todo el gentío.
—¡Viva
la priora de las carmelitas descalzas!
—¡Viva!—aquí
la priora me mostró al público levantándome sobre mi cojín por encima de su
cabeza. Suerte que tenía buen pulso y me mantuvo estable sin riesgo de caída.
—¡Viva
Ronda!
—¡Viva!—ovaciones
y aplausos sin fin.
El
acto se alargó unos tres cuartos de hora; me di un auténtico baño de
multitudes; pasé de mano en mano entre los personajes más destacados de la
ciudad, fui paseada a lo largo de toda la plaza por varias monjitas carmelitas
para que todo el mundo pudiera admirarme de cerca. Las buenas gentes sentían un
sincero éxtasis en lo más profundo de su espíritu. Finalmente, después de
muchas vueltas, volví a manos de la priora Sor María, que me mostró por última
vez a los vecinos y enfiló hacia el interior del convento dejando atrás los aplausos
y las aclamaciones…
Una
vez dentro del convento, las monjitas que no habían obtenido el permiso
especial que les permitiera salir a la puerta del convento a recibirme bullían
a mi alrededor y me llenaron de besos y bendiciones. Pero poco a poco la
quietud de la clausura hizo que todo el trajín que acababa de vivir se fuera
desvaneciendo…No tardaron mucho en dejarme reposar, sabedoras sin duda de la
dura jornada que llevaba, de modo que me acomodaron en una diminuta capilla del
convento, en la que ahora estoy a esta hora, ya cerca de la medianoche.
Ha
sido un día inolvidable el de hoy, uno de los más felices de mi ya larga vida
en la que no pocas peripecias he vivido…Pero eso es otra historia. A partir de
mañana empieza una nueva etapa de mi existencia. ¿Qué me deparará el futuro?
Sólo Dios lo sabe.