La autora

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Ésta soy yo.

miércoles, 27 de enero de 2016

Capítulo 02

Diario del Padre Gracián

4 de julio de 1583


Hecho está. No puede un alma estar más dichosa como la mía lo está hoy. He vuelto a ver hoy a la Madre Fundadora y no quepo en mí de gozo al poder afirmar que sigue estando igual de hermosa que cuando estaba viva. No puedo expresar la alegría que invade todo mi ser al tener aquí, junto a mí, una parte de su sagrado cuerpo: su mano izquierda. Pero empecemos desde el principio.
Yo, Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, como provincial de la orden del Carmelo Descalzo, tengo y tendré siempre una deuda impagable con Teresa de Jesús, la Madre Fundadora; fue ella la que me dio fuerzas y fe para no desfallecer en la vida que, no sin ciertas dudas en algunos momentos, decidí emprender como siervo de Dios y carmelita descalzo. Ella es mi maestra y mi guía y mi único propósito en esta vida es continuar la Obra que ella empezó, siguiendo sus normas, tal y como ella lo hubiera hecho.
Por eso, aunque hayan pasado ya nueve meses desde que Teresa muriese, aún sigo sintiendo la misma pena que sentí el primer día que me enteré de su pérdida; si bien me reconforta saber que ella está bien y feliz allá en el Cielo junto a nuestro Señor Jesucristo.
Cuando recibí la carta que me informó de la muerte de la Madre Fundadora estaba yo en Lisboa. Supe así que el alma de Teresa había partido para reunirse con Dios en Alba de Tormes. Había acudido allí enferma y de mala gana, cumpliendo su voto de obediencia, pues la duquesa de Alba, que estaba encinta y a punto de parir, reclamó su presencia. Pero la Madre Teresa no llegó a tiempo y la criatura nació antes de su llegada a Alba, de tal modo que una vez que llegó, su presencia pasó desapercibida, tan ocupados como estaban todos celebrando el feliz nacimiento. Se retiró pues al Carmelo donde se acostó, y tras varios días de dolencias y padecimientos entregó su alma. Al día siguiente, 15 de octubre de 1582 (según el nuevo calendario), se procedió a enterrarla en la capilla del convento.
Esto fue, a grandes trazos, lo que supe de la muerte de Teresa hasta hace cuatro días, cuando llegué yo mismo al lugar, a Alba de Tormes, desde donde hoy escribo estás páginas.
Llegamos aquí el padre Cristóbal de San Alberto y yo con el deseo de ver el cuerpo de la Madre Fundadora, pues llegó a nuestros oídos noticia de que no se había descompuesto a juzgar por el suave olor a santidad que exhalaba el ataúd.
Tan pronto como estuvimos instalados en el Carmelo las hermanas nos informaron de los prodigiosos hechos acaecidos tras la muerte de Teresa. Quedó su rostro nada más morir hermosísimo y sin arruga alguna, aunque en vida solía tener muchas; todo el cuerpo blanco y también sin arrugas como suelen tenerlo los niños de dos o tres años. Y sus miembros se mostraban tan blandos y elásticos a los que los tocaban que parecía que tenían la ternura de la niñez, y se veían hermoseados con manifiestas señales de inocencia y santidad. De todo el cuerpo salía un olor suave que nadie podía decir a qué se asemejaba, y era un olor tan fuerte que incluso hubo que abrir las ventanas porque comenzó a dolerle la cabeza a algunas de las hermanas que allí estaban. El olor se extendió por toda la casa la noche de su muerte y al día siguiente quedó el olor en sus ropas y en todas las cosas que sirvieron en su enfermedad: en los platos que usó, y aún en el agua con que los lavaban, y en cualquier rincón o entre paños sucios que la hubieran tocado se sentía el olor. Había allí entonces una hermana que había perdido el sentido del olfato y se lamentaba de no poder sentir ella y participar de aquella suavidad de olor que sus hermanas le decían. De modo que se llegó a besar los pies de la Madre Teresa y acto seguido recuperó el sentido ¡y olió lo mismo que las demás! Otra hermana que hacía mucho que sufría de males de cabeza y mucho dolor en un ojo llegó también a besarla los pies ¡y luego quedó curada!
Otros milagros parecidos tuvieron lugar mientras preparaban el cuerpo para el enterramiento, el cual hicieron de este modo: lavaron su cuerpo y lo vistieron con el hábito carmelita. Después, sin tomarse el tiempo de extraer las vísceras ni embalsamarlo, lo metieron en un ataúd de madera envuelto en un lienzo briscado en oro, que había sido obsequio de los duques de Alba quienes también se hicieron cargo de los gastos del funeral. Permaneció el ataúd expuesto en la capilla hasta la misa de funeral. Cuando terminó la ceremonia se procedió a la inhumación. Se llamó a un albañil y a un carpintero del lugar los cuales cavaron un nicho en el muro que separa la capilla del coro reservado a las religiosas, bajo la doble reja de clausura. En ese lugar metieron el ataúd con el cuerpo de la Madre Fundadora sobre el cual vertieron gran cantidad de tierra, cal y piedras. Tanto le echaron encima que el ataúd se quebró y entró dentro parte de esto. Después cerraron el nicho y lo tapiaron con no poca prisa.
Nos contaron las hermanas que todo esto fue dispuesto por la patrona del Carmelo, Teresa de Layz, la priora, el padre Antonio de Jesús y los duques de Alba. Y que lo pensaron de esta forma y con esa premura para que el cuerpo de la Madre Teresa no pudiera ser sacado de allí nunca.
—¡Aquí se quedará para siempre jamás!—nos comentaron que dijo el padre Antonio una vez acabada la obra.
Luego, con el paso de los días las hermanas fueron testigo de otras maravillas. Por ejemplo, si sucedía que alguna de las monjas se echaba una siestecilla cerca del cuerpo de la Reformadora, oía la hermana un ruido que la despertaba para hacer oración, como espabilándola en su modorra. Y el olor del día del fallecimiento seguía sintiéndose a pesar de estar el cuerpo debajo de tanta cal y piedras. Y con más intensidad se sentía el olor en los días de los santos por los que Teresa había sentido particular devoción. Era este olor, como dijimos, muy suave, y no siempre de una manera, unas veces como de azucenas, otras como de jazmines y violetas, otras no sabían a qué compararlo pero siempre embriagador para los sentidos como si les inundara toda el alma de amor.
Todo esto lo supe yo, como digo, hace cuatro días cuando llegué aquí a Alba junto con el padre Cristóbal. Enseguida, después de contarnos todo esto, las hermanas nos acompañaron a la capilla y nos mostraron el lugar donde se encontraba el nicho. Ellas mismas nos animaron a abrir el sepulcro pues estaban con escrúpulo de la mala manera como estaba puesto allí ese santo cuerpo.
—Ábralo padre Gracián, no lo dude, que sabe Dios cómo estará el ataúd después de tanta piedra como le echaron encima—me dijeron.
He de reconocer que tanto el padre Cristóbal como yo ardíamos en ganas de ver de nuevo a la Madre Fundadora, de modo que no hizo falta que nos hiciéramos mucho de rogar. Discretamente, mandamos recado a un vecino albañil del lugar para que nos hiciera llegar un par de piquetas, palas y varias sacas donde ir metiendo los escombros.
Cuando recibimos los aparejos comenzamos el padre Cristóbal y yo a picar la pared donde se encontraba el nicho. Hicimos todo esto con mucho secreto, pues no queríamos que se enterase nadie del lugar, por lo que hacíamos muchas pausas en nuestra labor para que el ruido continuo no nos delatase. Esto, unido a nuestra inexperiencia en labores de derribo y a la gran cantidad de piedras y de cal que allí había, hizo que el trabajo se alargara varios días.
No fue hasta esta mañana cuando por fin pudimos retirar todas las piedras y la cal que cubrían el ataúd. Hallamos el ataúd, como nos dijeron las hermanas, quebrado por encima y medio podrido, lleno de moho porque para poner las piedras habían echado primero cal sobre él y aquella humedad pasó abajo.
Llegó al fin el momento que todos estábamos deseosos de vivir. Abrimos con cuidado la tapa de la caja donde reposaba el cuerpo de la santa Madre. Sus vestidos, como el ataúd, estaban podridos, con moho y oliendo a humedad. Pero ella, la santa Fundadora, estaba resplandeciente: la cara tersa y blanca con la piel suave, con una sonrisa beatífica en los labios. Y del mismo modo estaba el resto del cuerpo, intacto, entero como si lo acabasen de enterrar, pues nuestro Señor le había guardado de toda corrupción.
¡Cómo expresar la alegría y la piedad que nos invadía a todos los presentes! Éramos conscientes de que estábamos presenciando la obra de Dios, cosa sólo reservada a muy pocos mortales.
En esto, mi compañero fray Cristóbal y yo nos salimos fuera mientras las hermanas desnudaban el cuerpo de la santa. Y al poco, teniéndola cubierta con una sábana, me llamaron para que la viera, y descubriendo los pechos me admiré de verlos tan llenos y altos. Las hermanas habían ya retirado toda la tierra y lavado el cuerpo. Las ropas que llevaba tuvieron que quemarlas pues apestaban a humedad.
Viéndola así a la santa Madre en ese estado de majestad inmaculada, en olor de santidad, no pude resistir un fuerte impulso que me salió de lo más hondo del alma. Mandé a una de las hermanas que me trajera de la cocina el cuchillo mejor afilado que tuvieran. Cuando lo tuve en mis manos me acerqué al santo cuerpo y, ayudado por el padre Cristóbal, que sujetaba el brazo, le corté la mano izquierda de un limpio tajo. Fue un corte suave, como si hubiera trinchado un sedoso y jugoso solomillo de cerdo. Al contrario de los infieles sarracenos, que cortan la mano a los ladrones, yo cercené la mano de la más santa de las mujeres. La envolví en un pañuelo y luego en papel y me la guardé bajo el hábito.
Después de esto las hermanas vistieron el cuerpo con vestidos nuevos. Entre el padre Cristóbal y yo cogimos el santo cuerpo y lo metimos en un arca fácil de abrir y cerrar que habíamos hecho traer para este propósito. La colocamos en el coro para que las hermanas pudieran venerarla en ocasiones especiales y para que con su sagrada presencia velara por todas las almas del convento.

Estas labores se extendieron a lo largo de toda la tarde y, tras cenar algo a hora temprana, me retiré a mi estancia pues estaba no poco fatigado y sufriendo de agujetas después de estos días de duro trabajo. Saqué la mano de la santa de mi regazo y la guardé en un cofrecillo. Esta santa reliquia es un regalo que pienso hacer a mis amadas hermanas carmelitas de Lisboa. Pero no he podido resistirme a la tentación de llevarme conmigo, para mí solo, una pequeña porción de mi amada Madre Teresa, una pequeña reliquia que me acompañe todo el tiempo que Dios nuestro Señor quiera que me quede en este mundo, un pequeño obsequio que me hago a mí mismo: acabo de cortarle a la Santa Mano el dedo meñique, el cual pienso guardar como oro en paño y espero que sea mi compañero inseparable en los días que me quedan por vivir en este mundo terrenal.

lunes, 18 de enero de 2016

Capítulo 01

Diario de la Santa Mano

21 de enero de 1976


Ronda se ha vestido hoy de fiesta. No puedo sino llenarme de orgullo y satisfacción al comprobar la alegría que mi retorno a esta bella ciudad ha causado a sus buenas gentes. Vuelvo a estas tierras malagueñas después de cuarenta años, pero no hay duda de que los rondeños no me han olvidado.
 Nada menos que una comitiva de nueve coches me han escoltado hasta aquí y en el interior de un décimo vehículo he viajado desde Toledo, imperial ciudad a la que llegué unos días antes proveniente de la que ha sido mi residencia más habitual en las últimas cuatro décadas, que no es otra que la capital de la patria, Madrid.
La viuda del Generalísimo me entregó, no sin aflicción, al cardenal primado de Toledo, monseñor Marcelo González Martín. Dije así adiós a la familia Franco Polo con la que he convivido estos últimos años. Y es que tras la muerte de su marido, Carmen Polo, pese a estar destrozada por el dolor de su irreparable pérdida, cumplió su palabra y se puso en contacto con las autoridades eclesiásticas oportunas para que fuese yo trasladada a mi lugar de destino.
A mediados del mes pasado doña Carmen, su hija, su nieta Carmencita y yo con ellas, nos desplazamos a Toledo donde llegamos a eso de las doce de la mañana. Fuimos recibidas y conducidas al Palacio Arzobispal por el vicario general del Arzobispado, don Rafael Palmero, y por el secretario particular del primado, don Santiago Calvo. Una vez en el palacio las damas mantuvieron una entrevista privada con el cardenal primado que se prolongó más de una hora y en la que estuvieron también presentes el capellán de El Pardo, don José María Bulart y la hermana del primado, doña Angelita González Martín. El cardenal primado Marcelo González firmó un documento de recepción en el se certificaba mi entrega y en el que se incluía un compendio sobre cómo llegué yo a parar a manos del Caudillo, así como alusiones a unas cartas cruzadas entre el general Franco Salgado y el obispo de Málaga, don Balbino Santos, en las que se trataba sobre mí. En fin, al final todo quedó atado y bien atado y llegó el momento de las despedidas.
—Cuídela bien, monseñor —dijo Carmen Polo—ya sé que lo van a hacer, las monjitas de Ronda lo harán, pero no me resisto a recordárselo, le hemos cogido tanto cariño a la Santa Mano, nos ha ayudado tanto…No sabe el dolor que nos produce separarnos de ella.
—Pierda cuidado Su Excelencia—le replicó González Martín—tenga por seguro que deja usted a la Mano en las mejores manos posibles.
—Lo sé, lo sé…Pero la vamos a echar mucho de menos, han sido muchos años los que ha estado con nosotros. No obstante, las promesas están para cumplirlas, mi marido dijo que la Santa Mano volvería a su lugar de origen cuando él partiese a su descanso eterno con el Señor, y así será. Además le voy a hacer entrega junto con la reliquia de la insignia de la Laureada de San Fernando, que pertenecía a mi marido, para que sea incrustada en el relicario y permanezcan así siempre unidas.
Mientras esto decía, la viuda de la patria me mantenía en sus regias manos y parecía resistirse a desprenderse definitivamente de mí; cosa en cierto modo comprensible ya que significaba renunciar a una de las cosas más estimadas, sino la más (perdóneseme la poca modestia), por su recientemente fallecido marido, y eso implicaba sin lugar a dudas lo más parecido a una nueva pérdida; muchos recuerdos se iban conmigo, todo el dolor acumulado en los meses precedentes parecía desembocar en esta última separación, como una postrera estocada mortal en el maltrecho ánimo de la viuda…No fue raro pues, que antes de entregarme, la mujer se emocionara.
—Déjeme despedirme de ella, padre—y me dio un número indeterminado de besos que tampoco es necesario contar, así como otras tantas caricias con su ya arrugada mano—Hija mía, dile adiós a la Santa Mano, y tú también Carmencita, despídete de la reliquia del abuelo que velará por todas nosotras y por la familia desde su convento de Ronda.
Hija y nieta procedieron a otorgarme su bendición y cuando la nietísima me besó, le escuché susurrar: “¡Qué fresquita que está!”
Finalmente se llevó a cabo la transacción y pasé a manos del cardenal primado junto con la insignia de San Fernando.
—Gracias, Su Excelencia—dijo—espero que vengan a visitarla una vez quede instalada definitivamente en Ronda.
—Lo haremos—replicó la viuda—sobre todo si la patria la necesita en estos tiempos de incertidumbre; tal vez haya que recurrir a ella y a su Divina Providencia porque sin mi Paco yo no sé qué es lo que puede suceder aquí; él era el garante de la paz, de la prosperidad, de la unión de la patria; ahora que él falta toda su obra se puede desmoronar…
A partir de aquí empezó a prorrumpir en sollozos seguidos de un creciente llanto ahogado.
El cardenal González Martín y las demás autoridades acompañaron a las damas hasta la salida del palacio. En la plaza a la que da la salida del palacio, que lleva el nombre de (¡oh, casualidades de la vida!) plaza del Generalísimo, se había concentrado un numeroso grupo de personas enteradas de la presencia de las señoras Franco. Al verlas salir, la multitud comenzó a proferir vítores y a aplaudir calurosamente; incluso una señorita se adelantó y se acercó a ellas para ofrecerles un ramo de flores. La viuda Carmen aceptó el ramo y saludó con su célebre gracia natural. Se despidieron cortésmente y vi partir a la hija y la nieta consolando a la abuela, que había vuelto a emocionarse, como si fueran las Tres Marías de un cuadro de la crucifixión de Cristo nuestro Señor. Si hay que sincerarse diré que no las voy a echar a faltar, nunca terminaron de caerme en gracia; el Señor me perdone, pero son unas petardas.

Los siguientes días los pasé bajo la custodia del cardenal primado a la espera de ser entregada a las monjitas de Ronda. Y mientras tanto tuve el honor de presidir la sesión de clausura de las intensas jornadas de trabajo y convivencia espiritual destinadas a programar el curso del CETE (Centro de Estudios de Teología Espiritual) que tuvieron lugar en Toledo durante los días 21 al 23 de diciembre.  Allí estuve rodeada de profesores y eruditos de la Santa Iglesia que expusieron sus ideas en varias ponencias, como el doctor Herranz o el director espiritual del Seminario de Toledo, don José Rivera, entre muchos otros. Las ponencias versaban sobre apasionantes temas tales como “Los aspectos teológicos de la oración”, “Los aspectos pastorales de la oración y su problemática actual” o “La pastoral de la espiritualidad”. A pesar de las arduas jornadas de trabajo, el clima de satisfacción, unanimidad y alegría era intenso, de modo que el cardenal primado González Martín quiso obsequiar a los asistentes haciendo que yo presidiera esa jornada final. Fui pasada de mano en mano entre los concurrentes de modo similar a como ocurre en una escena de una película que vi recientemente, titulada “El Padrino. Parte II”, en la que un grupo de mafiosos sentados a una larga y oblonga mesa se van pasando embelesados un teléfono de oro macizo. De igual modo a éstos, los doctos eclesiásticos me admiraron y veneraron con sincero fervor.
Después de esto, pasé varios días más en compañía del cardenal primado hasta que llegó el día de hoy, el día de mi vuelta a Ronda.

Esta mañana bien tempranito, en un acto celebrado en uno de los majestuosos salones del imponente Palacio Arzobispal de Toledo, el cardenal primado procedió a cederme, junto a la insignia de la Laureada de San Fernando, al vicario episcopal de Ronda, monseñor José Parra Rossi, que venía acompañado del vicario general de los carmelitas de Andalucía y del alcalde de Ronda don Francisco de la Rosa Moreno.
—Estimado padre Parra—dijo el primado—le hago entrega de esta sagrada reliquia, de esta Santa Mano Incorrupta que, después de pasar estos últimos años en poder del Caudillo, ha de volver a su lugar de origen para uso y disfrute de las monjas del convento de la iglesia de la Merced de Ronda. Le hago depositario de ella para que la lleve sana y salva hasta allí. Junto con ella también le ofrezco esta insignia de la Laureada de San Fernando, que pertenecía al mismísimo Franco y que, según me comentó su viuda al obsequiármela, quería que fuese incrustada en el relicario de la Santa Mano para que así permaneciesen fusionadas para la eternidad, de modo que sirva de nexo entre estas dos lumbreras de la patria, así como de recuerdo del período en que el Generalísimo y la Santa Mano compartieron destino. Aquí tenéis ambos tesoros.
—Muchas gracias mi cardenal—le respondió el vicario—¡Vaya! ¡Cómo pesa! Me la imaginaba más liviana —comentó con una risita—No sabe el honor que nos hace con esta entrega, la alegría que va a inundar al pueblo de Ronda, que esta ansioso por recibir a su ilustre Mano para acogerla en su seno con todo el cariño que merece. Traslade mi más sincero agradecimiento a Su Excelencia Carmen Polo de Franco tanto por la devolución de la Santa Mano como por el preciado obsequio que la acompaña, el cual haremos que sea fijado con la mayor presteza posible en el relicario, ya que ese era el deseo de su recientemente fallecido esposo, al que Dios nuestro señor tenga en su Santa Gloria. Hágale saber también que acompañamos su sentimiento de dolor por su enorme pérdida y que rezamos diariamente por ella y los suyos.
—Así lo haré, así lo haré. La verdad es que la pobre está bastante afectada…Es normal, un hombre tan grande como Franco que ha dejado un vacío tan grande en la patria española, imagínese lo que tiene que ser perderlo como esposo…Una tragedia sin duda, tanto en lo personal como en lo público…Nos toca vivir momentos de confusión padre Parra, dejemos que Dios nuestro Señor nos guíe con sabia mano…
—Así es, cardenal primado, y no hay duda de que el Señor nos devuelve la Santa Mano para que nos muestre el camino y no desfallezcamos a pesar de la grandísima pérdida que la muerte del Caudillo ha supuesto. Por otro lado, monseñor arzobispo, me gustaría que escuchase una grabación magnetofónica en la que hay grabadas unas palabras de salutación y agradecimiento de la priora del convento de las carmelitas de Ronda que no ha podido trasladarse hasta aquí a recibir a la Mano en persona porque, como bien sabe, es religiosa de clausura.
—Será un placer escucharla—respondió el arzobispo.
—Monseñor vicario, por favor, proceda a reproducir la cinta.
El vicario general de los carmelitas de Andalucía echó mano de una cinta que tenía guardada en su maletín y la insertó en un magnetófono que habían dispuesto para tal efecto en una mesita a un lado de la sala. Acto seguido presionó el botón y se escuchó… ¡Un canto gregoriano!
—¡Vaya! Disculpen—dijo el carmelita—se conoce que se me ha olvidado rebobinar la grabación…Esto es lo que había grabado en la cinta…
Tras una contenida hilaridad general y una vez rebobinada convenientemente la grabación, se escuchó, ahora sí, la voz  grabada de la priora.
—Querido monseñor González Martín, le habla desde este micrófono su sierva de usted Sor María Asunción. Le mandamos desde esta nuestra humilde congregación un afectuoso saludo y le hacemos llegar nuestro más sentido agradecimiento por su mediación con la familia del recientemente fallecido Generalísimo, por el reposo del alma del cual rezamos a diario, para que nuestra bienamada reliquia retorne al lugar que le corresponde, a este nuestro convento de Ronda. Estamos deseosas de recibir la Santa Mano de la más grande de las Santas que en el mundo ha habido, la única e irrepetible doctora de la Iglesia Teresa de Jesús. Tenemos ya todo preparado para acoger y alojar a la reliquia con todos los honores que sin duda merece; al igual que ha merecido la pena la espera de tantos y tan largos años que hoy por fin se ve consumada. Con esto no quiero decir que nosotras deseáramos el fallecimiento del Caudillo, Dios nuestro señor nos libre, ni que la espera de casi cuarenta años haya sido en modo alguno fastidiosa, no…Ojalá Dios nuestro Señor hubiera tenido a bien alargar veinte o treinta años más la vida de nuestro Excelentísimo Francisco Franco, nosotras hubiéramos seguido aguardando dichosas, sabedoras de que la Mano se encontraba en seguras manos, ayudando al Jefe del Estado en su ardua tarea de gobernar la patria. Pero una vez que la voluntad del Señor se ha cumplido y que el alma de ese héroe ha ascendido a los Cielos junto a Él, justo es que la reliquia también emprenda su viaje de vuelta a su lugar de origen, al igual que las almas de los justos vuelan a su morada final, donde disfrutan para toda la eternidad de la compañía de la Divinidad suprema, tal y como ahora lo estará haciendo ese grande de España que fue nuestro Caudillo. No me queda sino volver a agradecerle su dedicación y esmero para hacer posible este reencuentro histórico que llenará de alegría a toda la ciudad de Ronda. Dios les bendiga a todos.
Así acababa el mensaje de la priora, el cual fue escuchado con gran atención por todos los presentes. El vicario detuvo la cinta, la sacó del magnetófono y se la ofreció al cardenal primado.
—Por favor­­­—le dijo—acepte como recuerdo la cinta de la grabación de la priora. Guárdela en el archivo, secreto o no, que corresponda, o quédesela usted para su uso privado, por si algún día le apetece volver a oírla y rememorar este momento.
Monseñor González Martín tomó la cinta acompañando el gesto de una amplia sonrisa.
—Gracias, muchas gracias, señor vicario—respondió—Me la quedaré yo mismo y la guardaré como oro en paño. Me encanta retener junto a mí pequeños recuerdos de todos mis actos píos y ¡cuál mejor que una moderna grabación en audio! ¡Hay que ver qué milagros nos revela Dios nuestro Señor! Dios sabrá qué otras sorpresas nos depara para el futuro, qué progresos nos manifestará su Gracia. Deje pasar unos años y ya verá como es posible que en este tipo de actos podamos ver y escuchar a la priora de clausura de turno que se encuentre a kilómetros de distancia, que se nos manifestará de modo similar a como lo hace el Espíritu Santo.
—Cierto—dijo el alcalde de Ronda—Los hombres, guiados por la sabia tutela de Dios, cada día inventan los más sofisticados artilugios que nos hacen esta vida terrenal más sencilla.
—Así es—convino el vicario Parra Rossi—El Señor es el responsable de que se encienda la bombillita en esas mentes preclaras, aunque en algunas cabezas la bombilla está fundida de por vida y sin esperanza de sustitución. Pero no hay duda de que el mundo avanza, y lo hace gracias a Dios y a su Santa Madre Iglesia, que no duda en apoyar todos estos progresos siempre que no contravengan las Leyes Divinas que el Señor nos impone.
Siguieron un ratito más charlando y fantaseando en animada concordia sobre las maravillas tecnológicas que el futuro depararía, todas ellas bendecidas y hechas accesibles al conocimiento humano por intercesión del Espíritu Santo.
De este modo tan ameno se llegó al fin del acto de mi cesión. Tocó el turno de las consabidas despedidas. El primado de Toledo y las demás autoridades eclesiásticas del arzobispado se despidieron de la congregación rondeña y del resto del séquito que les acompañaba. En la puerta del Palacio Arzobispal esperaba una flota de diez coches preparados para llevarnos a mí y a las autoridades que me acompañaban de vuelta a Ronda. Entre las eminentes personalidades que tuvieron el honor de hacer este viaje conmigo se encontraban varios concejales, otros tantos nobles  y otras personas importantes de la ciudad malagueña como un doctor, un notario y hasta el orfebre más afamado de Ronda. Todos ellos quisieron admirarme y venerarme y tenerme en sus manos unos instantes. El orfebre me examinó con ojo profesional y no dudó en alabar mi belleza artística; el alcalde le informó del deseo del Generalísimo y su viuda en lo concerniente a la insignia de San Fernando y le encomendó que, una vez en Ronda, se encargarse de fijar en el relicario la Laureada, a lo cual el orfebre convino con sumo agrado, encantado de recibir tal honor. Agregó, en un acto de devota generosidad, que no cobraría nada por el trabajo manual que le llevara la tarea, tan solo facturaría los gastos materiales. El alcalde estuvo de acuerdo y le comentó que ya hablarían del asunto más tarde.
Poco después se procedió a distribuir a la comitiva en los diferentes coches. Hubo ciertos recelos y ligeras discusiones entre mis acompañantes, ya que todos querían ir en el mismo coche que yo. No era para menos, una ocasión tan singular e inolvidable lo valía. No faltó alguno que incluso afirmó querer venir en el mismo automóvil que yo porque era imposible que un coche que llevara como pasajero a tan santa reliquia tuviera un accidente. Finalmente los afortunados mortales que tuvieron el honor de realizar el viaje conmigo fueron el vicario episcopal de Ronda monseñor Parra Rossi, el vicario general de los carmelitas de Andalucía, el alcalde de Ronda don Francisco de la Rosa, el marqués de Salvatierra don Pablo de Atienza y el chófer, un señor muy simpático que respondía al nombre de Paco.
Una vez que estuvo todo listo y todo el mundo estuvo acomodado en su correspondiente vehículo, la caravana comenzó su peregrinaje hacia Ronda. Yo iba bien acomodada en el asiento delantero, en las rodillas del señor alcalde y encima de un cojincillo de terciopelo rojo comprado para tal cometido, ya que el viaje iba a ser larguito. Los otros tres prohombres se aposentaron en el asiento trasero del vehículo.
Y así salimos de Toledo en dirección al sur de la península. Nuestro coche iba en medio del convoy; íbamos bien escoltados y protegidos de cualquier posible percance. Dentro del auto la conversación fluía alegremente, todo eran parabienes y satisfacción por mi recuperación y mi “vuelta a la patria” como dijo el alcalde. Conforme avanzaba el viaje la charla se fue desviando hacia temas más mundanos. Se habló de compraventa de olivares, de no sé qué remodelaciones del casino de Ronda y otras cuestiones similares. Tampoco faltaron los chistes; el marqués don Pablo, a pesar de su avanzada edad, no ha perdido el sentido del humor;  contó varios chistes con campechana chispa, si bien he de reconocer que alguno fue un poquito subidito de tono…
A mitad de camino más o menos se había decidido hacer una parada para comer y descansar un poco. Se acordó detener la comitiva en Despeñaperros (armonioso nombre, por cierto), donde dijo el alcalde que había un mesón-restaurante en el que según sus propias palabras “te ponías las botas”. El sitio en cuestión se llamaba Casa Pepe y su decoración interior podría definirse como un templo al franquismo; todo lleno de banderas de la patria, cuadros del Caudillo, de José Antonio, de la Falange, figuritas y medallas de toda clase y condición que tuvieran relación con el régimen franquista, cabezas de toros y ciervos disecadas, decenas de cornamentas de ciervos y venados adheridas al techo…Todo ello presidido por un enorme cuadro de unos dos por tres metros del Generalísimo del que pendía un gran crespón negro.
El dueño del local salió a recibirnos y abrazó calurosamente al alcalde de Ronda del que, por lo visto, era gran amigo. Cuando se enteró de que el motivo del viaje de los comensales era llevarme a mí de vuelta a Ronda, el buen señor entró en una especie de éxtasis.
—¡Qué me dices, Paco!—le dijo al alcalde—¡Que traes la Santa Mano del Caudillo! ¡Madre mía! ¡Virgen del Amor Hermoso! ¡Qué honor! ¡Qué honor para este humilde local! ¡Déjamela, déjamela que la vea y la adore!
Pasé a sus manos y me estampó varios besos por todos lados (a pesar de llevar un palillo mondadientes en sus labios) dejándome un poco baboseada.
—¡Qué orgullo y qué privilegio poder tocar y admirar esta Santa reliquia que estuvo al lado, mano a mano, con el gran Franco! ¡Pelele!—exclamó dirigiéndose a uno de los camareros—Ven para acá y hazme una foto con la Santa Mano y con estos señores.
Una vez hecha la foto el propietario nos condujo al comedor del restaurante. Juntó varias mesas para que todos los integrantes de la comitiva comiesen juntos; si bien hay que decir que los chóferes no tuvieron ese privilegio y fueron acomodados en la barra del bar. El alcalde se colocó en el lugar preferente, presidiendo la mesa y a mí me puso en medio de la gran mesa, sobre mi cojín de terciopelo. Cuando todo el mundo tuvo sus posaderas bien acomodadas en sus respectivas sillas se procedió a pedir.
—Tengo menú del día—dijo el dueño—Pero supongo que preferirán pedir a la carta…
—Nada, nada, déjate de menús del día—replicó el alcalde—Permítanme, señores, que pida yo por ustedes, les aseguro que conozco bien las especialidades de la casa y que no quedarán defraudados.
Los comensales, que sumaban un total de 32, estuvieron de acuerdo en someterse a las sugerencias del alcalde.
—A ver, Pepe—continuó el alcalde señor de la Rosa—Nos vas a poner…Somos 32, ¿no?... Pues, diez raciones bien servidas de todo esto que te voy a ir diciendo, apunta, apunta: oreja de cerdo, rabo de toro, callos con garbanzos, manitas de cerdo en salsa, criadillas de toro, riñones al jerez, lengua de ternera a la vinagreta, zarajos, higaditos de pollo salteados, sangre encebollada de pollo a la plancha…Y, venga, para que no sea todo carne vamos a pedir como entrante algo sano, ponnos unos encurtidos, ya sabes, berenjenas de almagro, cebolletas en vinagre, banderillas picantes, guindillas en vinagre, aceitunas y demás…
—Perdone, señor alcalde—dijo el marqués de Salvatierra—Pero tengo hoy un antojo. ¿No tendrá usted—preguntó al dueño—sesos de cordero lechal?
—Por supuesto que tenemos, señor, los hacemos rebozados y con un popurrí de pimientas. Están para chuparse los dedos.
—¡No me diga! Pues nada, pónganos también sesos.
—Muy buena sugerencia señor marqués—dijo el alcalde—Y para beber nos vas a sacar 25 porrones del mejor vino de Valdepeñas que tengas.
—¿Cómo?—dijo uno de los comensales, creo que un concejal—¿Vamos a beber el vino del porrón? ¡Pero nos vamos a poner perdidos nuestros trajes de etiqueta!
—¡Vamos hombre!—exclamó el alcalde—¡Aquel que no sea capaz de beber a galillo de un porrón sin mancharse no se le puede considerar un español de pro! ¿Verdad monseñor vicario?
—Verdad, verdad—respondió el vicario Parra Rossi—El arte de beber de un porrón es algo que sólo un español como Dios manda domina con los ojos cerrados.
Todos estuvieron de acuerdo con esta gran verdad y el supuesto concejal que acababa de poner objeciones pareció como si se arrugara en su silla.
 Al poco empezaron a llegar los platos y comenzó el festín de productos de casquería. Conforme los porrones iban corriendo, vaciándose y rellenándose, la alegría invadía los espíritus de todos los presentes.
En el fragor de los banquetes siempre ocurren pequeños accidentes; cuando uno de los comensales le pasaba a otro una fuente de manitas de cerdo en su salsa, hubo un fallo de sincronización y la fuente me cayó encima. Una manita me rebotó en el pulgar y quedé pringada en salsa. Rápidamente me limpiaron con una servilleta y el dueño del restaurante hasta sacó un spray quitamanchas con el que me rociaron abundantemente. El resultado fue que me dejaron muy reluciente pero con una molesta peste a no sé qué producto químico de limpieza…
Después de engullir todas las raciones, le tocó el turno al postre. Hubo tocinito de cielo, tarta de Santiago, mostillo, natillas, arroz con leche y peras al vino. Nadie se quedó con hambre.
Como colofón de toda buena comida que se precie se pidió café, copa y puro. Los comensales se repantigaron en sus asientos disfrutando de la copa y el puro mientras sus estómagos digerían pacientemente las viandas ingeridas.
Tras una larga sobremesa en la que el sopor reinó a sus anchas, el grupo se decidió a reanudar el viaje. Los señores empezaron a desperezarse y se fueron levantando sin disimular la pachorra que les invadía. Cabe destacar que ni uno solo de los comensales se libró de lucir algún que otro lamparón de vino de Valdepeñas en su chaqueta o sotana; si bien había tejidos que camuflaban mejor que otros los churretes.
El señor alcalde le dijo al dueño, antes de que éste le dijera el importe total, que mandara la factura del ágape al ayuntamiento y que no se preocupase porque en menos de una semana cobraba.
—Vale, vale, tranquilo Paco—dijo el dueño—Ya sé que tu ayuntamiento es buen pagador…A los porrones invita la casa, ya que hemos tenido el privilegio de disfrutar de la presencia de esta extraordinaria reliquia. Pero… ¿Qué nombre le pongo al concepto de la factura?
—Pues, no sé—respondió el alcalde—Ponle: comida de la Mano Incorrupta.
—De acuerdo, mañana la envío.
Salimos del mesón y todo el mundo se montó en sus respectivos coches, todos contentos y en ligero estado de embriaguez a causa de los vapores del Valdepeñas excepto, claro está, los chóferes, que habían comido aparte y que sólo bebieron un par de cañas. Abandonamos así Casa Pepe y Despeñaperros y continuamos viaje hacia Ronda.
Unas tres horas más tarde la comitiva santa que me transportaba atravesaba la serranía rondeña por la serpenteante carretera; ya estábamos cerca…Al fin llegaba a mi destino; mientras atravesábamos el barrio del Mercadillo los coches de la comitiva comenzaron a tocar sus claxons, la gente ya estaba avisada de mi llegada y se agolpaban en las aceras y balcones aplaudiendo y vitoreando, dándome la bienvenida calurosamente tras tantos años. El frío día invernal no les amedrentaba. Avanzábamos poco a poco, a velocidad de desfile; la multitud taponaba la calle, quería saber en cuál de los coches iba yo. Hubo no poco jaleo y confusión, la gente estaba deseosa de verme y escudriñaban en el interior de los vehículos con la esperanza de distinguir mi figura. Se corrió la voz al fin.
—¡Va en el coche de en medio! ¡En el quinto coche va la Santa Mano! ¡La lleva el alcalde!—se exclamaba a grito pelado.
La muchedumbre se pegaba a los cristales de las ventanas de mi coche; clamaban, me bendecían, pedían al alcalde que les dejase tocarme…
Lentamente llegamos al majestuoso Puente Nuevo, que une el barrio nuevo y el viejo, y bajo el cual se extiende esa maravilla de la naturaleza que es el Tajo, garganta profunda de más de cien metros de profundidad excavada por el río Guadalevín. No pude evitar volver a quedarme pasmada ante la contemplación de este milagro del Señor en el que la naturaleza y el ser humano han trabajado juntos para crear esta belleza.
La multitud cada vez era más numerosa, el transito se iba ralentizando aún más; pero al fin llegamos a la plaza de la Merced, donde se produjo la apoteosis final. La caravana de coches se detuvo, dejando a mi coche el lugar de honor. El alcalde salió del coche llevándome sobre mi cojincillo de terciopelo. El pueblo entero en masa estaba allí aglomerado en un estado de fervor y exaltación sin parangón. Dos nutridas filas de carmelitas y sacerdotes formaban un pasillo de seguridad para evitar que el gentío se acercase a tocarme, como era el deseo de muchos. El alcalde avanzó a través del estrecho pasillo y subió las escaleras que conducían a la puerta principal del convento, donde le esperaba la priora carmelita María Asunción de Cristo. Con la solemnidad que el momento requería, el señor de la Rosa, acompañado por el vicario episcopal de Ronda monseñor Parra Rossi y el vicario general de los carmelitas de Andalucía, me entregó a la priora mientras recitaba a viva voz estas emotivas palabras:
—Queridísima priora y estimados vecinos rondeños. Hoy tengo el honor de devolver a su lugar de origen esta preciada reliquia, que después de pasar cuarenta años en usufructo con el general Franco, al que Dios tenga en su Gloria, vuelve a su hogar definitivamente para goce y disfrute de la ciudad y las gentes de Ronda. Tenemos el privilegio de volver a tener con nosotros una parte de la mejor y más piadosa Santa que en el mundo ha habido. Es un lujo del que pocos pueden presumir. Pero disfrutemos de él con la humildad que caracteriza a los buenos cristianos. Ella sabrá recompensarnos por ello. Estoy seguro de que su Divina Gracia intercederá a favor del progreso y la bonanza de nuestra amada tierra. Os cedo de este modo, Sor María, en el día de hoy, que quedará grabado en letras de oro en la historia de Ronda, ¡la Santa Mano Incorrupta de Santa Teresa de Jesús!
—¡Viva la Santa Mano!—gritó alguien de la multitud.
—¡Viva!—respondió a coro como un solo ser todo el gentío.
—¡Viva la priora de las carmelitas descalzas!
—¡Viva!—aquí la priora me mostró al público levantándome sobre mi cojín por encima de su cabeza. Suerte que tenía buen pulso y me mantuvo estable sin riesgo de caída.
—¡Viva Ronda!
—¡Viva!—ovaciones y aplausos sin fin.
El acto se alargó unos tres cuartos de hora; me di un auténtico baño de multitudes; pasé de mano en mano entre los personajes más destacados de la ciudad, fui paseada a lo largo de toda la plaza por varias monjitas carmelitas para que todo el mundo pudiera admirarme de cerca. Las buenas gentes sentían un sincero éxtasis en lo más profundo de su espíritu. Finalmente, después de muchas vueltas, volví a manos de la priora Sor María, que me mostró por última vez a los vecinos y enfiló hacia el interior del convento dejando atrás los aplausos y las aclamaciones…
Una vez dentro del convento, las monjitas que no habían obtenido el permiso especial que les permitiera salir a la puerta del convento a recibirme bullían a mi alrededor y me llenaron de besos y bendiciones. Pero poco a poco la quietud de la clausura hizo que todo el trajín que acababa de vivir se fuera desvaneciendo…No tardaron mucho en dejarme reposar, sabedoras sin duda de la dura jornada que llevaba, de modo que me acomodaron en una diminuta capilla del convento, en la que ahora estoy a esta hora, ya cerca de la medianoche.

Ha sido un día inolvidable el de hoy, uno de los más felices de mi ya larga vida en la que no pocas peripecias he vivido…Pero eso es otra historia. A partir de mañana empieza una nueva etapa de mi existencia. ¿Qué me deparará el futuro? Sólo Dios lo sabe.