La autora

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Ésta soy yo.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Capítulo 13

Diario de la Santa Mano

27 de febrero de 1668


En julio cumpliré 85 años y la casi totalidad de ese tiempo (a excepción de mi primer mes de vida) la he pasado entre los muros de éste mi convento de San Alberto en Lisboa. La vida aquí transcurre tranquila; algunas de las monjitas de la congregación nos van dejando y sus almas ascienden junto al Señor, otras nuevas y jóvenes se unen a la comunidad para ocupar sus huecos, es ley de vida…Las hermanas me cuidan mucho y me miman con verdadero amor. Estoy ahora guardada a buen recaudo en un relicario de plata con forma de guantelete que mandaron hacer a un orfebre ex profeso para mí. En ocasiones especiales, como en el día de San Alberto de Jerusalén el 17 de septiembre o el día del nacimiento de mi madre Teresa de Jesús el 28 de marzo, me sacan de mi capilla y me exhiben ante los feligreses que me veneran con exaltado fervor. También a veces me muestran a personas eminentes y de alta alcurnia que tienen el deseo de contemplarme para que les otorgue mi bendición. Aparte de estos pocos días de asueto y algo de ajetreo, la rutina y el sosiego reinan entre las paredes de este convento.
No se puede decir lo mismo del exterior, pues los acontecimientos en la ciudad y en todo el reino han sido muchos y no precisamente monótonos. Llegué aquí y el reino de Portugal formaba parte de la corona hispánica gobernada bajo la prudente mano de Felipe II de España y I de Portugal, y hoy, hace apenas quince días, el reino recupera su independencia y deja definitivamente de formar parte de los reinos hispánicos.
Pero, ¿cómo llegó Portugal a formar parte de los reinos españoles? Por la muerte sin descendencia del rey Sebastián primero y de su tío el rey Enrique después. No me puedo resistir a relatar aquí la historia del rey Sebastián pues cuando la conocí me dejó fascinada.
Era Sebastián hijo del príncipe Juan Manuel de Portugal y de la archiduquesa Juana de Austria. Sus padres eran primos y era sobrino de Felipe II y nieto de Carlos V. Fue el resultado de una serie de matrimonios entre las mismas familias, de modo que tenía sólo cuatro bisabuelos cuando normalmente se tienen ocho. Su padre murió de diabetes 18 días antes de que naciera y su madre se fue de la corte a los pocos meses con destino a Castilla reclamada por cuestiones políticas. Nunca volvió a ver su madre, quien jamás volvió a Portugal, si bien se cartearon durante toda su vida. Se crió pues Sebastian junto a su abuela materna Catalina de Habsburgo, que fue regente del reino durante su minoría de edad. Creció bajo la tutela de los jesuitas y con los años se convirtió en un místico enamorado de la caza. Se convenció de que era un caballero cruzado con la misión de evitar la expansión del imperio turco en el norte de África. Nunca mostró interés por el bello sexo y se rumoreaba que era debido a una enfermedad en su órgano sexual que le provocaba impotencia y esterilidad. Su abuela quiso casarle con una princesa española pero él se negó a aceptar ningún tipo de compromiso. Cuando alcanzó la mayoría de edad comenzó los preparativos para llevar a cabo una cruzada contra la ciudad marroquí de Fez. Reunió un ejército compuesto en su mayor parte por mercenarios extranjeros, así como por gran parte de la nobleza portuguesa y algunas tropas enviadas por su tío Felipe II,  a pesar de que no estaba muy de acuerdo con la empresa que su sobrino pretendía llevar a cabo. Y es que la tal empresa consistía en ayudar a recuperar el trono de Marruecos a un sultán llamado Muley Ahmed al que su tío, un tal Abd el-Malik, le había arrebatado el poder con ayuda de los turcos. Muchos fueron los que le alertaron de los peligros pero Sebastián los desoyó a todos y ordenó a su ejército de diecisiete mil hombres dirigirse hacia Alcazarquivir donde estaban acantonadas las tropas enemigas. Se produjo pues allí la batalla el 4 de agosto de 1578 en la cual el ejército portugués fue masacrado bajo un asfixiante calor, aún más sofocante para los soldados lusos embutidos en sus corazas de metal recalentadas a pleno sol. En la contienda murió lo más granado de la nobleza portuguesa, con el rey Sebastián a la cabeza. Se supone (pues al parecer estaba irreconocible) que el cadáver del rey fue recuperado del campo de batalla y sepultado inicialmente en Alcazarquivir; en diciembre de ese mismo año fue entregado a las autoridades portuguesas en Ceuta, donde permanecería hasta 1580, fecha en que sería trasladado al monasterio de los Jerónimos de Belém para su entierro definitivo. También murieron los dos sultanes marroquíes, por lo que la batalla fue también conocida como la Batalla de los tres Reyes. Sin embargo, la leyenda del rey Sebastián estaba por empezar pues, en la misma noche de la batalla, un grupo de soldados portugueses supervivientes llegaron a la plaza portuguesa de Arcila buscando refugio, y para conseguir que la guardia les franquease la entrada en la ciudad fingieron que Sebastián venía con ellos, lo que provocó que entre el pueblo se propagase el rumor de que el rey seguía vivo. Este rumor de la supervivencia de Sebastián iría tomando más fuerza con el paso de los años, sobre todo a raíz de la llegada al trono portugués de la corona hispánica, pues el pueblo añoraba a un rey propio. Tras la muerte (o desaparición) del rey Sebastián le sucedió en el trono su tío el Cardenal Enrique, que intentó renunciar a sus votos eclesiásticos con el fin de encontrar una esposa y asegurar la continuación de la dinastía, pero el Papa Gregorio XIII, aliado de los Habsburgo, no le dispensó de los votos, de modo que murió sin descendencia. Se produjo entonces una crisis sucesoria en la que las Cortes Portuguesas debían decidir quién de entre varios aspirantes debería ocupar el trono, pero antes de que se tomara ninguna decisión Felipe II, amparándose en sus derechos a la sucesión de la corona portuguesa, ordenó la invasión militar de Portugal. Pese a que otro aspirante, el prior de Crato Antonio de Portugal, se autoproclamó rey apoyado por el pueblo llano, su causa fue totalmente derrotada en la batalla de Alcántara quedando así el camino libre para Felipe II, que fue reconocido rey de Portugal en 1581.
La instauración de la corona hispánica en el reino luso fue el caldo de cultivo ideal para que floreciera la leyenda del retorno del rey Sebastián. Eran muchos los que creían que el rey no había muerto en Alcazarquivir y que simplemente estaba esperando el momento oportuno para volver al trono y desterrar el domino extranjero. Se decía que Sebastián había vuelto a Portugal tras la batalla, pero que quiso volver de incógnito por estar avergonzado, y que había jurado vivir como hombre bajo durante veinte años para, así, purgar su pecado de soberbia que había llevado a Portugal a la ruina y a la terrible derrota.
Durante esos años hubo un gran número de “impostores” que aseguraban ser el rey Sebastián. El más célebre de todos ellos fue sin duda Gabriel de Espinosa, también conocido como “el pastelero de Madrigal”. Muchas son las brumas que se ciernen sobre este enigmático personaje. Hay quienes afirman que era huérfano, otros que era hijo bastardo de Juan Manuel de Portugal y por tanto hermanastro de Sebastián, y los hay que aseguran que era el mismísimo rey Sebastián. El caso es que llegó este Gabriel de Espinosa, que decía tener cuarenta años, a Madrigal a finales de junio de 1594 acompañado de una hija de dos años a la que llamaba Clara Eugenia y de una mujer gallega llamada Inés Cid que pasaba por ama de la niña. Venían de la Nava del Rey y su intención era  quedarse en Madrigal para vivir de los pasteles de carne y empanadas que preparaban; porque Gabriel ejercía de pastelero. Fue entonces cuando se produjo el encuentro entre Gabriel y fray Miguel de los Santos. Era este fraile un agustino portugués que en ese tiempo ejercía como vicario del convento de Nuestra Señora de Gracia el Real de Madrigal. Había sido confesor en la corte del rey Sebastián y, habiendo apoyado al Prior de Crato en sus intenciones de suceder al rey Sebastián, había sido por ello desterrado de Portugal y enviado a Castilla por Felipe II. Como vicario del convento entabló amistad con la más ilustre de sus monjas, que no era otra sino  María Ana de Austria, hija natural de Don Juan de Austria, héroe de Lepanto y a su vez hijo natural de Carlos I. Ingresó María Ana en el convento de Agustinas de Madrigal a los seis años de edad, enviada por su tío Felipe II. Al parecer no sentía vocación religiosa alguna, y prefería las historias de aventuras, especialmente si se referían a su padre o a su primo Sebastián, al que, como muchos más en esos años, creía vivo. Fray Miguel de los Santos alimentaba su imaginación relatando a doña Ana unas visiones que decía tener en las que se le aparecían ella misma y el rey don Sebastián uniendo sus vidas para acometer grandes empresas.
Así pues, cuando fray Miguel se topó con Gabriel de Espinosa en Madrigal creyó ver en él a su rey deseado, pues apreció gran parecido con el desaparecido Sebastián; era pelirrojo como él, de buenas y nobles maneras y de la misma edad que debería tener el ausente rey. Cuando el fraile le insinuó al pastelero si ocultaba su verdadera identidad de rey, éste, al parecer, le respondió ambiguamente. No está claro si Gabriel de Espinosa engañó a fray Miguel haciéndose pasar por el rey Sebastián, o si fray Miguel sabía que Gabriel no era el rey pero quiso creerlo y hacer campaña a favor de él para destronar a Felipe II; puede que los dos llegasen a algún tipo de acuerdo en el que ambos obtuviesen beneficio, el uno verse coronado rey y el otro accediendo a un alto puesto en la corte, llevando a cabo el engaño, o bien pudo ser (nada es imposible) que Gabriel Espinosa fuera realmente el rey Sebastián y ambos uniesen fuerzas en una causa común. El caso es que fray Miguel llevó a Gabriel al convento de Nuestra Señora a visitar a María de Austria. A través de la reja del convento de clausura María, al parecer, lo reconoció como su primo el rey Sebastián. De nuevo no hay certeza sobre si María Ana creyó realmente en la reaparición de su primo Sebastián o si sólo lo vio como una oportunidad de escapar del convento y cumplir sus sueños de ser reina. Tras varios encuentros a través de la reja ambos se prometieron en matrimonio, condicionándolo ella a conseguir la dispensa de voto que le daría la libertad, merced que el Papa no negaría a un rey. También se reunió Gabriel con varios nobles portugueses que, al igual que fray Miguel y María de Austria, dieron en “reconocer” al pastelero como su rey desaparecido. La relación del pastelero con la sobrina del rey no podía quedar en secreto. Y cuando las habladurías sobre sus constantes visitas se propagaron por la villa, Gabriel de Espinosa puso tierra de por medio y marchó a Valladolid con algunas joyas y dineros de María Ana supuestamente a buscar a un hermano de ésta que les ayudaría en su empresa. Pero en Valladolid hizo gala el supuesto Sebastián de un comportamiento bastante alejado del que se espera de un rey. Se dedicó a fanfarronear y a mostrar las joyas a la menor ocasión, así como a blasfemar en contra del rey Felipe II. En consecuencia fue denunciado y hecho preso por don Rodrigo de Santillán, alcalde del crimen en la Chancillería. Pero la sorpresa fue mayúscula cuando además de las joyas, se encuentran en su posesión cuatro cartas: dos de fray Miguel en las que trata de “Majestad” al pastelero y otras dos de Ana de Austria, sobrina del rey Felipe II, en las que le trataba como su prometido. Para don Rodrigo, con más deudas de las convenientes, aquélla era la oportunidad de alcanzar el favor real y la encomienda con que tantos altos funcionarios soñaban, así que, saltando jerarquías, escribió directamente a Su Majestad informando del insólito caso. El rey Felipe II en persona dio las instrucciones sobre cómo se debía actuar. Puso al mando de la operación a don Rodrigo, que viajó con sus alguaciles a Madrigal. Hizo éste encerrar a María Ana de Austria en su celda del convento después de registrar todas sus pertenencias y requisar los documentos pertinentes; también prendió a fray Miguel al que interrogaron sobre el asunto. Y fue entonces cuando el fraile reveló su fantástico descubrimiento: el extraño comportamiento del pastelero, las cartas en las que se le trata de “Majestad” , las amorosas cartas de María Ana…Todo se debe a que en realidad el pastelero es Sebastián, el derrotado y desaparecido rey portugués. Se informó a Felipe II de todo y, como era de esperar, se instruyó un proceso contra los detenidos por suplantación de la personalidad del rey.
Los dos son acusados de crimen de lesa majestad.  En la investigación que siguió participó para interrogar al fraile el doctor Juan de Llano Valdés, sacerdote, capellán real y antiguo inquisidor, con potestad para hacer justicia con frailes y monjas, a quienes por su fuero no podía castigar don Rodrigo. Ambos procesados fueron reiteradamente interrogados, algunas veces bajo tormento. Las preguntas se centraron en la relación con la sobrina del rey y sobre todo en la identidad del suplantador. Pero poco dijo Gabriel de su vida y andanzas, sosteniendo que su verdadero nombre no era por el que se le conocía sino que lo usaba por ser el que aparecía en su título de pastelero. Su comportamiento fue mutable, y va desde una pronta confesión de la suplantación de la persona del rey Sebastián hasta la negación de la misma. El proceso era tutelado personalmente por Felipe II desde la corte, pues se carteaba con regularidad con don Rodrigo y el doctor Llano, responsables de la investigación, que le iban informando de todo. Fue el rey quien en todo momento tuvo la última palabra. Finalmente los dos acusados fueron condenados a muerte. Gabriel Espinosa fue ahorcado en Madrigal el 1 de agosto de 1594 y su comportamiento durante la ejecución contribuyó a acrecentar su leyenda. Subió al cadalso con pasmosa tranquilidad, con mirada orgullosa y porte regio, maldijo con saña a don Rodrigo, el alguacil que le detuvo, y le emplazó a pagar sus pecados ante el Tribunal de Dios. Se colocó el mismo la soga al cuello y fue luego cumplida la pena. Después su cuerpo fue decapitado y descuartizado y se expusieron sus despojos al pueblo en cada una de las puertas de entrada a la villa; la cabeza se colocó en la fachada del ayuntamiento.
El fraile Miguel de los Santos fue también ejecutado por ahorcamiento pero en la Plaza Mayor de Madrid donde había sido trasladado y reducido a condición laica. A pie de cadalso, sus últimas palabras fueron para declarar su inocencia y su convicción de que Gabriel de Espinosa era el rey Sebastián, o que al menos así lo había creído él. Fue también decapitado tras morir ahorcado y su cabeza fue llevada a Madrigal para posar junto a la de su compañero.
Felipe II también castigó a su sobrina María Ana por su implicación en este enojoso asunto. Fue encerrada en el convento agustino de Ávila donde pasó más de tres años hasta que su primo Felipe III, al poco de suceder a su padre en el trono, le permitió volver al convento de Madrigal donde, con el tiempo, llegó a ser priora. Más adelante, en 1611, se le nombró abadesa perpetua de las Huelgas Reales de Burgos.
Ésta es la enigmática historia del rey Sebastián y de su supuesto suplantador Gabriel de Espinosa. Es ciertamente sorprendente cómo este Gabriel pudo, en no más de tres meses que estuvo en Madrigal, prometerse con la sobrina del rey y planear reclamar el trono portugués. Muchas dudas siguen hoy en el aire y este episodio estimuló a muchos súbditos portugueses a creer en un “rey Sebastián” que les liberase del dominio castellano. Fue el germen de las revueltas que estaban por venir. El pueblo portugués se levantó en armas en 1640 y tras varios años de enfrentamientos, hace hoy dos semanas, el 13 de febrero de 1668, se ha firmado el tratado de Lisboa en el convento de San Eloy que ha confirmado definitivamente a la Casa de Braganza como dinastía reinante en Portugal.

Muchos han sido pues, desde que aquí estoy, los avatares políticos que se han producido en el reino, de los cuales me mantengo bien informada por los nobles personajes que de vez en cuando vienen a visitarme en mi capilla y charlan con las hermanas carmelitas. Muchas más cosas podría contar, pero tampoco conviene agotar a mis posibles lectores.