La autora

La autora
Ésta soy yo.

sábado, 30 de julio de 2016

Capítulo 12

Diario del Caudillo

2 de abril de 1939


“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.”
No me he podido resistir a incluir en este diario mío el último parte de guerra que, escrito de mi puño y letra, ayer enviamos desde mi cuartel general. Todo ha acabado, he limpiado España; ha sido duro, casi tres años de contienda, pero al fin todo ha ido según mis planes.
En Teruel lo pasamos mal y en la batalla del Ebro aún peor, pero al final salimos victoriosos asestándole a la República un golpe definitivo. Había que destruir por completo al Ejército Rojo. Podía haber conquistado fácilmente Cataluña en vez de enviar mis tropas hacia el Ebro, como me recomendaban algunos, y la guerra hubiera acabado antes, pero era necesario exterminar por completo al enemigo. En una guerra de desgaste las bajas son inevitables, muchos de los nuestros cayeron en el Ebro, me pude permitir el lujo de que se sacrificaran por la causa, pero serán honrados como merecen, ya tengo en mente un gran proyecto en honor a nuestros caídos. Kindelán se puso muy pesadito con lo de conquistar Cataluña pero me encabezoné en mi plan del Ebro. Faltó poco para que todo se fuera al traste por culpa de Hitler y su invasión de los Sudetes; me hizo sudar la gota gorda pues, si hubiera estallado un conflicto internacional, los franceses y británicos habrían apoyado sin duda la causa republicana. Menos mal que el ingenuo Chamberlain cedió ante el Führer y se mantuvo la paz en Europa.
Después de la batalla del Ebro todo fue rodado. Cataluña primero, luego Madrid y las demás ciudades que quedaban fueron cayendo una a una. La capital cayó el 28 de marzo, el mismo día en que nació mi adorada Santa Teresa de Jesús; no fue casualidad, es otra señal de su Divina intervención a favor de mi causa. Su Santa Mano me ha acompañado todo este tiempo y me ha guiado hacia la victoria final. La tengo aquí a mi lado como siempre mientras escribo, casi nunca la pierdo de vista, me gusta tenerla cerca en todo momento. Ahora me ayudará a gobernar España en estos tiempos de victoria, que no de paz. Esta guerra nuestra no ha sido una guerra civil sino una Cruzada, sí, una guerra religiosa como dijo el obispo Plà y Deniel; y Dios y sus Santos están de mi lado. Los que hemos combatido en esta guerra somos soldados de Dios y no hemos luchado contra otros hombres, sino contra el materialismo y el ateísmo. Y yo, como Jefe Supremo de esta Cruzada, sólo soy responsable ante Dios y ante la Historia. Soy como un Caudillo medieval castellano que guía a sus tropas contra las hordas infieles para llevar a cabo la Reconquista. Ayer mismo me recordaba Carmen las palabras de un párroco allá a finales de los años veinte; era el párroco de una pequeña finca de mi mujer llamada La Piniella, cerca de Oviedo. Cuando íbamos allí a pasar unos días este párroco siempre nos comentaba a mi Carmen y a mí que yo repetiría las hazañas de El Cid y de don Pelayo. ¡Qué razón tenía! ¡Qué sabios son los ministros de la Iglesia! Ayer, a Carmen y a mí, se nos llenó el corazón de gozo al recibir un telegrama en el que Santo Padre me agradecía la inmensa alegría que le había producido la victoria católica de España. Siempre me he sentido tan arropado por la Iglesia que, para hacer este abrigo más tangible, me atribuí a comienzos de la guerra la prerrogativa real de entrar y salir de las iglesias bajo palio. ¿Quién sino yo se merece tal honor? Nadie.
Ahora, una vez acabada la guerra, me va a tocar lidiar con monárquicos, falangistas y demás ralea. A Alfonso XIII, que me quiso meter prisa hace ya un par de años para que restituyese la monarquía, ya le dije que se olvidase de volver a ser rey y que fuera preparando a su heredero, si bien veo su entronización muy, muy lejana, tanto, que directamente ni la vislumbro ni la veo.
Luego está el insoportable Queipo de Llano. Aún tengo grabado cuando, a finales del 37, en la ceremonia de la jura de los miembros del Consejo Nacional, me sacó de quicio. Todo estaba muy bien preparadito por Ridruejo e Yzurdiaga, con regio sabor medieval, como a mí me gusta, en el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas en Burgos. Con tambores y cornetas sonando, todos los miembros del consejo desfilando por los claustros ataviados a la usanza del siglo XVI. Me juraron todos lealtad ante una imagen de mármol de Cristo y el pendón de la batalla de las Navas de Tolosa. Vino Queipo a estropearlo todo al quejárseme de que hubiera elegido a dedo a los miembros de Consejo sin consultar con nadie. Le hice callar gritándole:
—¡Esto no es un Parlamento y aquí no venimos a hacer política ni a plantear pequeñas cuestiones!
Ya me vengué de él más tarde al no darle ningún puesto en mi primer gobierno. Supongo que seguirá enfadado. Aún no he terminado contigo, amigo Queipo.
En mi primer gobierno tuve que hacer equilibrios para dejar contentos a todos, a falangistas y monárquicos, que siempre están a la gresca. Pero aún así la volvieron a liar e hicieron que estallase mi ira, cosa rara en mí, pues nunca expreso mi cabreo en público. En una Junta Política, Ridruejo, sin duda aguijoneado por Agustín Aznar y González Vélez, leyó una propuesta sobre los estatutos de FET y de las JONS elaborada por los sectores más extremistas de la Falange. El monárquico Sáinz Rodríguez se quejó de que la propuesta le daba excesivo poder al partido e iba en detrimento del gobierno y en su confianza en él. Yo no pude evitar estallar también:
—¡Más que en detrimento del Gobierno, va en mi contra! ¡Desconfianza en el Caudillo! ¡Deslealtad con él!—di un puñetazo en la mesa y todo—¡Tenía que haber fusilado a Hedilla! Sí, sí, fusilar, y también a Aznar y a González Vélez. ¿Y quiénes son los Ridruejos, los Aznares y los González Vélez para definir el partido? ¡Aquí mando yo!
Ridruejo se levantó y se disponía a irse. Me calmé y le dije que olvidara el incidente y se volviera a sentar. Eso sí, a González Vélez y a Aznar los hice encarcelar. Lo que hay que hacer para mantener el orden…
Y entre todas estas contrariedades me vino una desgracia familiar: la muerte de mi hermano Ramón. Se estrelló con su avión en el mar cuando se dirigía a bombardear Valencia. No derramé ni una lagrimilla por él la verdad; era un bala perdida, se veía venir. Envié un telegrama a la aviación nacional: “No es nada la vida que se da alegre por la Patria, y siento el orgullo de que la sangre de mi hermano, el aviador Franco, se una a la de tantos aviadores caídos.” Al entierro no fui, estaba muy ocupado, además era en Mallorca y desde lo de Mola no monto en avión. Mi otro hermano fue en mi nombre.
Pero no todo fueron calamidades, también tuve alguna que otra alegría. Una vez finalizada la batalla del Ebro me tomé un pequeño paréntesis en mis deberes y me fui para mi tierra. El gobernador civil de La Coruña, Julio Muñoz Aguilar y el banquero Pedro Barrié de la Maza, querían hacerme entrega de un regalito. Habían organizado una suscripción para recaudar fondos entre los habitantes de la provincia con el fin de agradecer a su Caudillo los servicios prestados a la patria por un hijo de la tierra; no hubo ni un vecino que no pagara, pues el que no lo hiciera quedaría marcado como simpatizante de los rojos. Con los fondos obtenidos adquirieron una mansión rural, llamada el Pazo de Meirás, que tenían el honor de regalarme. Se trata de un magnífico pazo de casi siete hectáreas de terreno coronado por un caserón de estilo medieval con tres torres que perteneció a la novelista Emilia Pardo Bazán. Conozco yo a esta escritora de oídas pero no he visto un libro suyo ni de lejos. Fui pues para allá con Carmen, Nenuca y la Santa Mano de Teresa de Jesús. Carmen, nada más entrar al caserón, dijo que había que hacer remodelación de la decoración y que quería que se plantasen hortensias (su flor favorita) por todo el pazo. Era necesario restaurar todo a su gusto, ya se sabe cómo son las mujeres. Me hicieron entrega de las llaves y de los certificados de la donación. A los dos benefactores responsables de este obsequio ya les recompensaré con algún favor, un ascenso o un ennoblecimiento cualquiera.
Volvimos, después de esta agradable excursión a Galicia, a Burgos, donde me dispuse a planear el ataque final a Cataluña. Llegó a los pocos días a la capital burgalesa mi sobrina Pilar, que había sido liberada de la cárcel de Valencia en un canje de prisioneros. Había estado dos años encerrada y se presentó con un bebé enfermo de meningitis; llevaba tal desaliño y tan mala pinta que me produjo un poco de asco. La recibí con apatía y con pocas palabras. Mi mujer hizo lo propio y observándola con mirada torva le preguntó:
—¿Tú de qué lado estás?
Respondió sin mucha convicción que del nuestro y la mandamos luego a que se asease. En fin, la familia no se escoge.
Espero que no me salga roja esta sobrina mía porque a los derrotados hay que darles mano dura. Ni amnistía ni reconciliación, los delincuentes republicanos no merecen otra suerte que la muerte o el exilio (eso el que pueda escapar).

Aunque nuestra Cruzada Nacional ha terminado, España sigue siendo una nación en armas. Nuestra victoria es sólo la primera etapa en el renacimiento del gran Imperio español. El norte de África será el principio; España es una potencia Mediterránea, dominamos la entrada al Mare Nostrum, y los franceses y británicos tendrán que ir acostumbrándose a tratar conmigo de igual a igual en los asuntos de la zona. Mi sueño es convertirme en el heredero imperial de Carlos V de Alemania y I de España y de Felipe II…¡Vaya! Ya me llama Carmen para que me acueste y le lleve la Santa Mano de Teresa de Jesús. Mañana será otro día.